24 agosto 1954
Se suicida el ex dictador de Brasil, Getúlio Vargas, tras ser depuesto por militares por segunda vez
Hechos
El 24 de agosto de 1954 Getúlio Vargas puso fin a su vida.
Lecturas
Vargas había vuelto al poder en Brasil en 1951.
El presidente de Brasil, Getúlio Vargas, se ha suicidado esta madrugada de 25 de agosto de 1954 de un tiro en el corazón. Había recibido poco antes la visita del ministro de la Guerra y del general Odilio Denis, quienes acudieron a notificarle que se requería su alejamiento del poder temporalmente.
La decisión se había tomado la noche anterior en una reunión de 30 generales presidida por el brigadier Eduardo Gómez, ídolo de la Fuerza Aérea.
El presidente accedió contando con la promesa de que se respetaría la autoridad del vicepresidente Joao Café Filho. Habló luego con su familia y entró en su dormitorio. Poco después se oyó un disparo. Su hijo Lutero le encontró muerto sobre la cama. En la mesilla de noche había dejado una carta que terminaba con este testimonio:
«Luche contra la explotación de Brasil, contra la explotación del pueblo. He luchado a pecho descubierto. El odio, las infamias, no abatieron mi ánimo. Os di mi vida. Ahora os doy mi muerte. Serenamente doy el primer paso en el camino de la eternidad y salgo de la vida para entrar definitivamente en la historia».
El detonante de su caída fue el asesinato del periodista Lacerda, del que se le responsabilizó.
Getúlio Vargas ya había sido depuesto como dictador de Brasil una primera vez en 1945 por militares pero, sin embargo, había conservado un fuerte respaldo popular debido a sus logros en el campo de la legislación social y laboral. Además, siempre había sabido movilizar a las masas y combinar hábilmente una supuesta democracia con su política autoritaria.
Por esos motivos consiguió volver al gobierno seis años después a través de unas elecciones generales en las que los brasileños le eligieron como Jefe del Estado.
Pero el 23 de agosto de 1954 los militares obligaron nuevamente a Vargas a dimitir. El político ya no pudo soportar esa derrota un día después puso fin a su vida. La siguiente década estuvo marcada por el protagonismo de los partidos de izquierdas que consiguieron políticas de grandes inversiones públicas como la construcción de Brasilia.
El Análisis
El segundo mandato de Getúlio Vargas, iniciado en 1951 con esperanza democrática, terminó apenas tres años después envuelto en un torbellino de crisis política, económica y social. La inflación, la presión de los sectores empresariales contra su política nacionalista —que se materializó en la creación de Petrobras— y la creciente polarización entre la élite conservadora y los trabajadores erosionaron rápidamente su poder. La prensa, encabezada por el diario O Globo, lo acusaba de autoritarismo encubierto y de corrupción, mientras las Fuerzas Armadas, siempre atentas, empezaban a conspirar contra él. El episodio que aceleró la crisis fue el atentado contra el periodista Carlos Lacerda, feroz opositor del presidente, en el que apareció involucrada la propia guardia personal de Vargas.
Acosado por la oposición, con los militares exigiendo su renuncia inmediata y un Congreso que le había retirado el apoyo, Vargas se vio acorralado. El 24 de agosto de 1954, antes de entregar el poder a sus enemigos, decidió suicidarse en el Palacio de Catete, dejando una célebre carta-testamento en la que se presentaba como víctima de las élites y defensor del pueblo. Con aquel disparo al corazón no sólo puso fin a su vida, sino que también transformó su figura política: de presidente cuestionado pasó de inmediato a mártir nacional. Las calles de Brasil se llenaron de multitudes llorando y clamando venganza, mientras la clase política y los militares quedaban atónitos ante el impacto emocional de su muerte.
Tras su suicidio, el vicepresidente Café Filho asumió la presidencia en un clima de enorme inestabilidad. Vargas había dejado tras de sí un legado contradictorio: artífice de derechos sociales y del desarrollo industrial, pero también símbolo del personalismo y del autoritarismo que habían marcado buena parte del siglo XX brasileño. Su muerte marcó un antes y un después: el mito de Vargas sobrevivió al hombre y seguiría influyendo durante décadas en la política brasileña, inspirando a unos y dividiendo a otros.
J. F. Lamata