18 julio 1999
Un accidente de avión acaba con la vida de John John Kennedy, el hijo del presidente de Estados Unidos asesinado John F. Kennedy
Hechos
El 16.07.1999 falleció John F. Kennedy Jr. a los 38 años en un accidente de avión acaecido el 16 de julio de 1999, en el cual también murieron su mujer (33 años) y su cuñada Lauren (34 años)
Lecturas
18 Julio 1999
La maldición de los Kennedy se ceba en el hijo del presidente asesinado
Lo tienen todo, belleza, inteligencia, dinero, cultura y encanto; sólo carecen de lo más importante: suerte para disfrutarlo. Es la terrible maldición que se abate sobre los Kennedy. Ayer, en Hyannisport, iba a casarse Rory, una de las pequeñas del clan. Habían venido desde todo el planeta, con sus deslumbrantes sonrisas y sus elegantes trajes. Se aprestaban para celebrar una ceremonia brillante, cuando sonó el teléfono y en la histórica mansión que sirve de refugio y cuartel general a la familia más importante de América, se heló el aire.
El liviano avión de John Kennedy, que había despegado de Nueva Jersey a las 20.45 horas del viernes, no aparecía. El aparato, un moderno Piper Saratoga en el que también iban Carolyn Bessette, la hermosa mujer de John, y su hermana Lauren, debía haber aterrizado en la isla de Martha’s Vineyard dos horas después.
Allí iba a dejar a su cuñada antes de despegar nuevamente rumbo a Hyannisport, a pocos kilómetros de la isla, donde iba a celebrarse la boda de su prima.
Al principio, con el alma en vilo y la boca seca, todo el mundo intentó restar importancia al retraso, pero al ver que corría el tiempo y seguían sin llegar noticias, Ethel Kennedy decidió que había que dar la alarma, llamar a la Guardia Costera y prepararse para lo peor.
La tragedia nunca ha sido ajena a la lujosa residencia de los Kennedy, situada al borde del mar y sobre la que ondea, desafiante, la bandera de las barras y estrellas. Ethel Kennedy estaba embarazada de Rory, la muchacha que iba a desposarse ayer y cuya boda ha sido pospuesta indefinidamente, cuando su marido, Robert Kennedy, fue asesinado en Los Angeles, donde iniciaba su carrera hacia la Casa Blanca. Fue Rory quien, hace dos años, el día de Año Nuevo, acunó en sus brazos a su hermano Michael, mientras agonizaba tras sufrir un accidente en las pistas de esquí de Colorado.
Hace 30 años, un domingo como hoy, muy cerca de aquí, junto al puentecillo de la isla de Chappaquidick, cayó al agua el coche que conducía el senador Edward Kennedy, tío de John y actual patriarca del clan, y murió ahogada su secretaria, la joven e inocente Mary Jo Kopechne.
La propia piel de John, de 38 años, a quien la revista People calificó no hace mucho como «el hombre más sexy de América», ha estado marcada por el infortunio. En noviembre de 1963, cuando apenas tenía tres años, su padre fue asesinado en Dallas y él cautivó el corazón de millones de personas al ponerse firme y saludar militarmente al paso del cortejo con el ataúd.
Ayer, a la hora de redactar esta crónica, todavía no había noticia alguna del paradero de la avioneta ni del destino corrido por John y por las otras dos ocupantes. Los equipos de búsqueda localizaron restos que podrían pertenecer al avión desaparecido. Un reposacabezas y una maleta con el nombre de Lauren Bessette fueron recuperados en un área de unos 100 metros en la playa de Gay Head, en la isla de Martha’s Vineyard.
Las cadenas de televisión norteamericanas habían suspendido su programación normal y dedicaban todo su espacio y a sus mejores periodistas a cubrir lo que se perfilaba como una nueva catástrofe para los Kennedy.
En un día levemente neblinoso debido al ardiente calor, los equipos de la Guardia Costera y decenas de voluntarios en sus propios yates se dedicaban a cursar incansables las aguas costeras de Long Island y el mar contiguo al sur de Massachusetts, rastreando la ruta que presumiblemente debió seguir la Piper Saratoga.
Cientos de turistas, vecinos de Hyannisport y curiosos, muchos de ellos con lágrimas en los ojos, se acercaban hasta la entrada de la mansión de los Kennedy.
Varios helicópteros y al menos un avión C-130 sobrevolaban la zona, a la busca de restos. Tras examinar meticulosamente las cintas de vídeo adosadas a los radares militares, los expertos han llegado a la conclusión de que la avioneta de Kennedy estaba a punto de tomar tierra cuando desapareció misteriosamente.
También se dice que un poco después de las 02.00 horas, los guardacostas captaron una señal de socorro y despacharon una lancha hacia el lugar de procedencia.
La Piper Saratoga es una avioneta muy segura, capaz de aterrizar en un simple camino y que puede planear incluso con el motor parado. John llevaba un año pilotando y había sufrido un accidente, por el que le escayolaron una pierna. Debido a la ligereza de sus materiales, el aeroplano puede flotar un buen rato y va dotado de chalecos salvavidas, bengalas y mecanismos electrónicos de SOS. John no había presentado un plan de vuelo, requisito que tampoco era obligatorio.
El presidente Bill Clinton fue informado de los hechos en Camp David, donde pasó el fin de semana, e inmediatamente publicó un comunicado manifestando que todas sus oraciones las dedicaba a apoyar a los familiares de los que iban a bordo del aparato.
La residencia de los Kennedy, que a principios de la década de los 60, antes del magnicidio de Dallas, era vista como un idílico reino de Camelot, donde los apuestos varones de la familia y las decididas hembras pasaban sus vacaciones haciendo deporte y curtiéndose, es ahora un lugar de duelo. Los 275 invitados a la frustrada boda de Rory consumieron la jornada rezando para que el muchacho bueno del clan, el que no provocaba escándalos, el que había flirteado hasta con Madonna y seguía limpio y puro para triunfar en la política, no muriera joven como tantos de los suyos.
20 Julio 1999
La pérdida de Kennedy
Ese chico se ha caído con la avioneta al mar, y ha desaparecido, en compañía de su interesante y atractiva mujer, entre la espuma de los días, como lo que era, además de otras cosas, un miembro de la jet set, es decir, de esa clase privilegiada que viaja en jet privado, en avión particular.
Jet set, en sentido estricto, quiere decir eso, gente rica y famosa que viaja en su propio avión. El destino final de John Kennedy Jr. ha sido acorde con su definición precisa en el mapa de las especies sociales: pertenecía al grupo de los que se desplazan en un aeroplano de su propiedad.
Los norteamericanos lloran su desaparición, y también, según he comprobado, los taxistas madrileños, las mujeres de la limpieza, las amas de casa de todo el planeta y, por generalizar, todo bicho viviente. Los mismos, todos, que sufrieron por la muerte de Lady Di, también en un verano, en un túnel de París, en otro accidente absurdo. Absurdo porque no se encuentra relación justa entre los dones que la vida otorgó a esas personas y lo abrupto y trágico de su desenlace.
El destino de John Kennedy Jr. está marcado, según se dice tópicamente, por una maldición que pesa sobre su familia, ya que otros muchos miembros de su estirpe han muerto, comenzando por su padre, en dramáticas circunstancias.
No cabe duda de que este factor noveliza y dramatiza las circunstancias de su último viaje, pero, en el fondo, nadie cree hoy en la existencia de maldiciones ni de fatalidades escritas previamente en el libro del destino.
¿Por qué impresionan a los pobres las desgracias de los ricos? Se podría pensar que los pobres, y los comunes, y los del montón no tendríamos por qué sentirnos afectados por los graves contratiempos de quienes nos aventajan en bienes y en regalías de la vida. Allá ellos.
Lo que causa impresión es la idea abstracta de la pérdida, tanto más impresionante cuanto más sea lo que se pierde. El pobre sufre con la desgracia del pobre, pero el melodrama de la vida señala que es necesario sufrir más con el percance de quien más pierde. Lo tenía todo, era guapo, rico, inteligente, y todo lo perdió. La idea de la pérdida es lo que termina por afectar al corazón de las mentes sencillas. El miserable, el infortunado y el desheredado no pierden nada cuando mueren. Se dice: por fin descansarán. Pero el que pierde todo conmueve, porque pierde todo lo que tenía y todo lo que todos sueñan tener. Ahí está la tragedia, en comprobar que el todo que no tengo, si lo tuviera, también lo podría perder. Lloro por él y lloro por mí.
18 Julio 1999
Kennedy, el delfin
«Es alta – escribió el gran Juan Marsé – de estremecidos hombros aristocráticos, de escurridas caderas y de muslos de amazona adolescente”. Su imagen de luto junto a sus hijos mientras desfilaba el marido-cadaver fue un espejismo. Jacqueline Bouvier no había perdido ni las ambiciones ni a los Onassis. La sangre sobre su vestido en el asesinato de Dallas se lavó enseguida en las calas griegas, con millones de dólares y altas finanzas. Ella se creía fuera de la maldición de los Kennedy. El accidente que ayer estremeció al mundo se llevó al príncipe heredero, al delfín, a John-John, único hijo varón vivo de John Fitzgerald Kennedy y Jacqueline, el niño triste que, sin comprender nada, saludaba militarmente ante el féretro indescifrable de su padre. La obra periodística del presidente asesinado es notable y sus Perfiles con valor ha quedado como libro de referencia. Su obra política con el intento de invasión de Cuba, incluido, transformó América. Un católico en la Casa Blanca, mujeriego y siempre arrepentido, como Dios manda, electrizó al imperio. ‘Nadie puede ser verdaderamente rico si sus vecinos son pobres”, escribió Kennedy, anticipándose a la Solicitudo rei Socialis de Juan Pablo II. Era demasiado para la plutocracia americana que pensaba como el padre del presidente. Joseph Kennedy le puso a su hijo John este telegrama durante la campaña electoral: “No compres ni un voto más de los necesarios. No voy a ser tan necio como para pagar por una victoria aplastante”. El presidente, lo mismo que su hijo John-John, fue ajeno a ese cinismo bostoniano. “Negociemos libres de miedo. Pero no temamos negociar”, dijo Kennedy en su discurso de toma de posesión. En la oscura penumbra del más allá, tantos Kennedys asesinados o muertos trágicamente en accidente, tendrán hoy ocasión de contemplar, una vez más, la fugacidad del poder y de la gloria.
Luis María Anson