30 julio 1989
La policía le pone en busca y captura
Un chófer de furgón blindado, Dionisio Rodríguez Martín ‘El Dioni’ se fuga de España tras robar 320 millones que debía entregar al banco
Hechos
- El 30.07.1989 la prensa informó de la fuga de D. Dionisio Rodríguez Martín, de 40 años, de la empresa de seguridad ‘Candi’ llevándose el furgón que transportaba con 320 millones de pesetas.
Lecturas
El 28 de julio de 1989, Dionisio Rodríguez Martín, de 39 años —cumpliría 40 en octubre— y empleado desde comienzos de la década en la empresa de seguridad Candi, protagonizó un robo cuya sencillez contribuiría a convertirlo en leyenda popular. Aquella tarde formaba una dotación con los vigilantes José Luis Terrón Prats y Juan Luis Macarro Marcos y transportaba, entre otras partidas, 298 millones de pesetas procedentes del Banco Hispano Americano. Al detenerse ante la pastelería Mallorca de la calle Alberto Alcocer de Madrid, Rodríguez, que había pedido conducir alegando molestias en una pierna, aprovechó que sus dos compañeros descendieron del vehículo para marcharse con el furgón. Poco después lo abandonó en las inmediaciones de Maestro Lassalle dejando dentro unos veinte millones en calderilla y billetes pequeños, las armas reglamentarias y otros efectos; las sacas importantes fueron trasladadas a su Audi 80, posteriormente localizado en Barajas. Para entonces el vigilante de fuerte estrabismo, gafas oscuras y peluquín —rasgos que inmediatamente hicieron reconocible su fotografía— ya había puesto tierra de por medio. El juez dictó orden internacional de busca y captura y el 19 de septiembre fue localizado y detenido en un apartamento de Barra da Tijuca, Río de Janeiro; simultáneamente la investigación española condujo hasta personas de su entorno y permitió descubrir en Madrid un escondite con alrededor de 150 millones de pesetas. Brasil tardaría diez meses en entregarlo a España: regresó el 27 de julio de 1990 y entró en Carabanchel. En el proceso fueron también encausados, entre otros, Miguel Ángel Dueñas Martín, María Isabel Rodríguez, José Luis Ontalva Vega y María José Domínguez Cuenca por su presunta colaboración o receptación. Ya ante la Audiencia Provincial, El Dioni aseguró que había actuado movido por el trato vejatorio que decía haber recibido en Candi y que desconocía dónde estaban los cerca de 140 millones que continuaban desaparecidos; el fiscal pidió seis años por robo o, alternativamente, cuatro por apropiación indebida, mientras su espectacular abogado Emilio Rodríguez Menéndez intentó presentarlo poco menos que como un Robin Hood popular y pidió una condena mínima alegando obcecación. La sentencia del 31 de mayo de 1991 fue relativamente benigna: tres años y cuatro meses de prisión por apropiación indebida y obligación de restituir 139.783.000 pesetas que seguían sin aparecer. El Tribunal Supremo ratificaría posteriormente la condena.
El Análisis
El caso plantea una de esas incómodas diferencias entre justicia y simpatía popular. Dionisio Rodríguez no fue Robin Hood: no repartió 298 millones entre los pobres, sino que se los llevó él; traicionó además la confianza fundamental sobre la que descansa precisamente el oficio de un vigilante encargado de custodiar dinero ajeno, y Candi vio seriamente dañada su credibilidad por culpa de uno de sus propios empleados. Para sus compañeros de profesión difícilmente podía haber romanticismo alguno: El Dioni representaba exactamente aquello que un sector dedicado a vender seguridad no podía permitirse, el hombre encargado de impedir el robo convertido él mismo en ladrón. Y, sin embargo, una parte de la España de aquellos años decidió adoptarlo como personaje simpático. Ayudaba una historia cinematográfica —el empleado modesto que un día se marcha con el furgón— y ayudaba extraordinariamente el personaje: aquel hombre de estrabismo acusado, gafas oscuras y peluquín, que en vez de presentar aspecto de sofisticado delincuente parecía un español corriente al que inesperadamente le había tocado protagonizar su propia película. Su propio abogado, Rodríguez Menéndez, comprendió perfectamente ese fenómeno y llegó a proclamar durante el juicio que la opinión pública española ya lo había «absuelto», mientras lo comparaba con Robin Hood; el pequeño inconveniente era que seguían faltando unos 140 millones de pesetas que nadie devolvía. Y esa absolución popular terminó siendo, en cierto modo, real: después de la cárcel, Rodríguez pasó del suceso policial al personaje televisivo, concedió entrevistas, grabó discos y explotó durante años el apodo que había nacido de su delito. Quizá ésa sea la parte sociológicamente más interesante del caso: España no absolvió jurídicamente a El Dioni, pero lo despenalizó sentimentalmente. No se admiraba necesariamente el delito, sino la fantasía que representaba: la del empleado anónimo y descontento que un viernes mira los millones que lleva años protegiendo para otros y decide que esta vez se los queda. Para la empresa y sus compañeros aquello fue una traición; para los tribunales, apropiación indebida; para una parte del público, una picaresca monumental. Y la televisión terminaría haciendo el resto: Dionisio Rodríguez entró en un furgón como vigilante de seguridad, salió de él como delincuente y acabó convertido en “El Dioni”, personaje de la cultura popular española.
J. F.