Adolf Hitler ha culminado hoy la última escenificación de su poder sobre la Noruega ocupada, otorgando a Vidkun Quisling el título de “ministro-presidente” con plenos poderes. En la práctica, Quisling ya era el hombre fuerte del régimen títere instalado desde la invasión nazi en abril de 1940, pero con este gesto se oficializa lo que la Historia ya había sentenciado: que su apellido será recordado como sinónimo universal de “traidor”.
Noruega, nación neutral y pacífica, fue invadida por sorpresa hace casi dos años, con el pretexto de protegerla del avance británico. En realidad, los alemanes no toleraban que su ruta marítima hacia el hierro sueco y el control estratégico del Atlántico Norte quedaran en manos aliadas. La Wehrmacht arrolló rápidamente al ejército noruego, y mientras el rey Haakon VII y su Gobierno legítimo partían al exilio en Londres, un oscuro personaje salía a la luz para recibir al invasor con la mano tendida.
Vidkun Quisling, antiguo militar, breve ministro de Defensa y fundador de un minúsculo partido fascista —el Nasjonal Samling— se ofreció sin pudor como colaborador de los nazis. Hitler lo usó como máscara de legalidad local, mientras la realidad del país era la de una ocupación brutal: censura, represión, deportaciones de judíos, control absoluto por parte de Berlín. A los ojos del mundo, Noruega es un país ocupado; a ojos de la propaganda del Reich, es un país “aliado”, con Quisling como su rostro servil.
Lo más grave de la figura de Quisling no es sólo su colaboración, sino su celo en imponer el ideario nazi. Ha perseguido con saña a sus compatriotas resistentes, ha intentado forzar una germanización de la sociedad noruega, y ha actuado como verdugo moral del pueblo al que debió defender. Para Hitler es un útil títere; para su país, un símbolo del oprobio.
La Historia tiene formas curiosas de recordar. Mientras algunos nombres de dictadores se olvidan, el de Quisling ha sido absorbido por el idioma: ya no es sólo un apellido, sino un término que designa la traición doméstica al servicio de la opresión extranjera. Pocas veces un hombre ha caído tan bajo ante los suyos.
Pero la Noruega verdadera no es la que hoy se encierra tras el despacho del “ministro-presidente”. Es la que resiste desde el exilio, la que lucha en los bosques, la que se niega a saludar a los soldados de ocupación. La que no olvida ni perdona a quienes, como Quisling, cambiaron la libertad por un uniforme ajeno.
Un día, Noruega será libre de nuevo. Y entonces, la Historia no necesitará castigar a Quisling con más dureza de la que ya le ha impuesto: la de ser ejemplo viviente de lo que significa renunciar a la patria por ambición. Porque en esta guerra, incluso las palabras saben distinguir entre honor y traición.
JF Lamata