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Los leninistas de Frutos pactaron con los 'eurocomunistas' un consenso, mientras que los pro-soviéticos de Ardiaca aparecen como los grandes perdedores de congreso

Vuelco en el comunismo catalán: Antoni Gutiérrez y Grigori López Raimundo recuperan los cargos directivos del PSUC

HECHOS

El VI Congreso del PSUC celebrado en marzo de 1982 eligió a D. Gregori López Raimundo como Presidente (reemplazando al Sr. Ardiaca) y a D. Antoni Gutiérrez como Secretario General (reemplazando al Sr. Frutos)

PERE ARDIACA, DESTITUIDO COMO PRESIDENTE DEL PSUC

Ardiaca Poco más de un año ha durado la presidencia del PSUC para D. Pere Ardiaca, considerado el miembro del PSUC más fiel a las directrices de la dictadura de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

FRUTOS AL PCE EN MADRID

francisco_frutos Francisco Frutos deja la secretaría general del PSUC. En su caso su sector, el leninista, a acabado colaborando en el intento de consenso de Antoni Gutiérrez Díaz (ambos coinciden en rechazar los métodos totalitarios de Santiago Carrillo al frente del PCE). Se cree que Francisco Frutos aspira a distanciarse del PSUC para acercarse a la dirección del PCE dentro de los partidarios de regenerar el partido aún a cosa de forzar la renuncia de Carrillo.

12 Enero 1982

El fondo político de la crisis del PSUC

Andreu Claret

El pasado año no ha transcurrido en vano para el partido de los comunistas catalanes, porque los icambios políticos que recorren Europa, la irrupción del pacifismo. y la crisis polaca han contribuido a la clarificación. La confrontación habida en el seno del PSUC no tiene un signo de clase, aunque así lo pretendan los escindidos del partido. Es un fenómeno mucho más complejo, en el que inciden desde los errores e insuficiencias de la dirección hasta la pérdida de la mayoría de izquierda en el Parlamento de Cataluña o las dificultades de muchos partidos comunistas europeos.

Pese a lo aciago que ha resultado para nosotros 1981, y pese a que la crisis por la que ha atravesado el PSUC durante estos doce meses no ha concluido todavía, no creo que el año haya transcurrido en vano. Las actitudes adoptadas a lo largo de este período por todos los protagonistas de esta crisis han permitido despejar muchas de las brumas que rodearon el V Congreso y han dejado al descubierto el fondo político de la confrontación que ha conocido y que conoce aún nuestro partido. Aunque, como suele ocurrir en estos casos, a este proceso de clarificación han contribuido poderosamente acontecimientos exógenos al partido, en particular algunos de los que han marcado la vida internacional durante 1981: los cambios políticos que recorren Europa, la irrupción del pacifismo, la renovación y la crisis en Polonia.Es cierto que el V Congreso fue objeto de debates múltiples, que se desarrollaban en escenarios simultáneos; que representó un momento de cristalización de muchas insatisfacciones acumuladas durante la transición y que supuso, en buena medida, un intento sincero de muchos militantes de criticar y superar vicios enquistados en nuestro quehacer político desde hace años, entre otros, el de un pragmatismo que tiende a menospreciar el papel del partido como intelectual colebtivo y que -en el nuevo con texto democrático- ya no podía, ya no puede, subsanarse con el acierto táctico de los equipos dirigentes y con el voluntarismo de la militancia.

Pero estos y otros aspectos positivos del V Congreso no podían y no podrán ser incorporados, a nuestro patrimonio político mientras las aguas no hayan vuelto a su cauce, esto es, mientras el PSUC no recupere el sentido imprescindible de la organicidad y mientras no quede zanjada la principal confrontación política abierta por el V Congreso en torno al núcleo de nuestro proyecto estratégico. Porque el V Congreso fue también, y en primer lugar, un intento de poner en cuestión los fundamentos de lo que históricamente (al menos desde 1956) ha sido la política del PSUC y del PCE -socialismo en democracia, revolución de la mayoría, unidad de la izquierda, partido de masas, independencia en el plano internacional- y de sustituirla por otra política de contornos todavía imprecisos cuando el V Congreso, pero que han ido afirmándose posteriormente en una dirección, por así llamarla, clásica, cuyo rasgo nás acusado y explícito es el de la dependencia en el plano internacional, pero que apunta también a otras ideas propias de la III Internacional; entre otras, la de una concepción subsidiaria de, la democracia y de su función en la construcción del socialismo o la de una actitud sectaria ante los partidos socialistas y socialdemócratas.

Para confirmar lo que ahora, a un año del congreso, es ya algo más que una intuición, conviene recordar algunas propuestas políticas que no pasaron a formar parte de los textos aprobados por el congreso -porque no fueron sostenidas por sus promotores hasta el final o porque no obtuvieron el voto mayoritario de los delegados-, pero que formaban parte de la misma matriz política que pudo con el eurocomunismo en las tesis y que introdujo algunas enmiendas de inequívoco significado en el capítulo de política internacional. Un primer y elocuente ejemplo: la propuesta de sustitución de socialismo en democracia por democracia socialista defendida por el célebre documento del comité comarcal del Vallés occidental. Otro ejemplo: la justificación de la intervención soviética en Afganistán, basada en la tesis de las «reiteradas solicitudes del Gobierno legítimo de aquel país». O la idea según la cual los problemas entre países socialistas se explican por «el papel que la URSS se ha visto obligada a jugar como principal, potencia económico-militár del bloque socialista».

Actitud escisionista

De ahí la importancia y la significación política de algunas de las enmiendas aprobadas por el V Congreso (en contradicción con el resto del enunciado y, por supuesto, sin que todos los delegados que las votaban fueran conscientes de su valor alternativo), sobre todo de la que preside la concepción internacional del grupo que ha adoptado ahora una actitud claramente escisionista, según la cual «la confrontación entre los países socialistas y el imperialismo es una de las principales manifestaciones de la lucha de clases a nivel internacional».

El V Congreso del PSUC, insisto, no puede reducirse a una ofensiva contra el eurocomunismo y contra una política independiente en el plano internacional. Las intenciones de los cuatrocientos y tantos delegados que votaron contra la caracterización eurocomunista de nuestro proyecto político no pueden, de ninguna manera, encorsetarse hasta este estremo. (Y quieries lo han hecho, impugnando de plano el V Congreso, han hecho más difícil la superación de la crisis.) Pero lo cierto es que el vehículo que transportaba valiosas intenciones críticas iba en una dirección tan equivocada corno inequívoca. Aunque sólo la conocieran unos pocos, los que supieron canalizar el malestar y la voluntad de cambio de muchos militantes al servicio de un proyecto político alternativo, madurado y defendido con todas sus consecuencias, sin reparar en la utilización de métodos que sólo se explican si están al servicio de una determinación política absoluta.

El desarrollo posterior de los acontecimientos ha despejado las dudas que pudieran quedar y ha situado la confrontación en el terreno político. Es significativo que la plataforma política del grupo escindido recoja textualmente la formulación según la cual la confrontación entre los bloques tiene un signo de clase determinante. Como lo es también que, en escritos en la Prensa, algunos de los dirigentes de este grupo hayan interpretado la crisis polaca como una expresión más de la lucha de clases entre Estados. Creo sinceramente que ello habrá contribuido a desvanecer una idea bastante extendida, dentro y fuera del PSUC, en particular entre algunos circulos de intelectuales comunistas y radicales -y que se expresó, en elmismo mes de enero de 1981, en un polémico artículo del equipo de Mientras tanto publicado por EL PAIS-, según la cuál el V Congreso fue una confrontación entre la izquierda obrera y la derecha del PSUC. Ni esta interpretación en clave espontaneista -en términos de rebelión de las bases- ni la concepción puramente conspirativa del V Congreso, alcanzan a explicar un fenómeno que fue mucho más complejo.

Causas profundas -objetivas, unas, y derivadas, otras, de nuestros errores e insuficiencias en los métodos de dirección y en los criterios de organización- subyacen a la crisis que ha conocido el PSUC durante el año 1981. Entre éstas destaca la tremenda frustración de expectativasque supuso, para las clases populares catalanas, la pérdida de la mayoría de izquierdas en las elecciones al Parlament. La victoria de Pujol actuó en favor de lo que los italianos llaman una tendencia alenrocamiento, esto es, un repliegue en los cuarteles de invierno. (Un fenómeno de especial trascendencia para Cataluña, con sus casi tres millones de inmigrados, y para el PSUC, cuyo mayor destacamento lo constituyen los militantes nacidos en Andalucía: el retroceso social se traduce también en un frenazo al proceso de integración natural a la comunidad catalana y se traduce en una exigencia de identidad cultural diferenciada, de graves consecuencias políticas.)

Madurez política

Otras causas tienen que ver con las dificultades que ha conocido, durante este mismo período, la tradición comunist a a nivel del Estado para afirmarse como una realidad con el arraigo social, el talante democrático y la madurez política suficientes como para hacer frente a los e mbates de la transición y a los retos del futuro. Cabe destacar también, en correspondencia con las dificultades por las que atraviesan otros partidos comunistas en Europa, el impacto producido en «el alma sencilla de las viejas certidumbres comunistas» por elrectudecimiento del belicismo norteamericano y por la confirmación de la crisis del socialismo real.

Esta situación objetiva, que se expresa en forma de una triple exigencia de identidad -social, cultural e ideológica-, está en la base de un intento de desvirtuación de nuestro proyecto político, presentado bajo el atractivo propósito.del rearme ideológico. De ahí que para hacer frente a esta crisis haya que abordar tanto ,su significado como sus causas, combatiendo ideas que sólo provocarían un mayor aislamiento de la clase obrera y le impedirían actuar en la escena política, pero asumiendo autocríticamente los errores que hemos cometido.

Sólo así podremos evitar la tentación de afrontar esta crisis de manera artificiosa, ideológica, con huidas hacia adelante en búsqueda de homologaciones, que representarían echar por la borda una de las mejores tradiciones del movimiento obrero. Y sólo así podremos hacer de esta experiencia, ciertamente traumática, un factor de arraigo del PSUC como partido diverso y, democrático, unido en torno a un programa político, capaz de abrirse, en estrecha relación con nuestra realidad cotidiana, al debate y las nuevas exigencias políticas que recorren lo mejor de la izquierda europea.

Andreu Ciaret Serra

24 Marzo 1982

El VI Congreso del PSUC

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

El Partido Socialista Unificado de Cataluña, es decir, el partido de los comunistas catalanes, fue durante largo tiempo el modelo en el que se inspiraron las corrientes renovadoras Y modernizadoras del comunismo español en su conjunto. La influencia sobre el PSUC de la práctica política del PCI y de las ideas de Antonio Gramsci y Palmiro Togliatti contribuyó a que su sólida implantación entre los trabajadores manuales marchara en paralelo con su penetración en otros estamentos sociales y profesionales y con la aceptación de su existencia por otras fuerzas políticas. Mientras el resto de los comunistas españoles luchaban todavía por salir del ghetto de rechazo social y político al que les habían conducido el clima de guerra fría, los recuerdos del conflicto bélico de 1936 y el anticomunismo emocional cultivado por la propaganda del interior régimen, el PSUC lograba adelantarse en la ruptura de ese aislamiento y se incorporaba de forma mucho menos traumática a los primeros acuerdos globales de la oposición antifranquista.De añadidura, los comunistas catalanes, superado el turbio episodio en el que Joan Comorera -acusado de desviacionismo nacionalista, trotskista y pequeñoburgués- desempeñó el inmerecido papel de víctima propiciatoria, acertaron en la tarea de articular en un mismo programa la cuestión nacional, los planteamientos de un partido obrero, las exigencias de democratización de toda la sociedad y la solidaridad con el resto de los españoles. La política del PSUC, equidistante del catalanismo pasional y del centralismo irresponsable, contribuyó de manera decisiva a impedir el surgimiento en Cataluña de esos núcleos de nacionalismo radicalizado que se hallan en los orígenes de la violencia y el terrorismo en el País Vasco, donde socialistas y comunistas, en cambio, fracasaron estrepitosamente a la hora de afrontar las graves resporisabilidades que les correspondían.

La implantación social de los comunistas catalanes durante la última etapa del franquismo y el comienzo de la transición no se manifestó tan solo en los apoyos que recibió de intelectuales, profesores o artistas -como militantes, simpiatizantes o votantes de sus siglas- sino que reflejó también de manera espectacular en las elecciones de junio de 1977. El PSUC logró en los comicios el 18,20 de los votos emitidos en Cataluña y 8 diputados, frente al 6% de los sufragios y los 12 congresistas conseguidos por los comunistas en el resto de España. La nutrida presencia de representantes del PSUC en la Cámara Baja -un 40% del grupo parlamentario comunista- recibió, de añadidura, el refuerzo del triunfo de las candidaturas unitarias de Cataluña para el Senado. Aunque la considerable ventaja comparativa del PSUC respecto al PCE se reduciría en las elecciones de 1979, la distancia siguió siendo notable. En cualquier caso, Cataluña permanecía para los comunistas españoles como el el único espacio social en el que las esperanzas de la revolución de la mayoría y de la conquista de la hegemonía ofrecían horizontes que no fueran meros ensueños.

Sin embargo, la grave crisis que viene arrastrando el PSUC desde hace mas de un año amenaza con arrebatarle su caracter de adelantado a la italiana de los comunistas españoles, tanto en lo que se concierne a su implantación electoral y social como en lo que respecta a la plena incorporación de los principios democráticos al funcionamiento interno de su organización. El regreso a los puestos claves de la dirección del PSUC de Gregorio López-Raimundo y Antonio Gutierrez Díaz tras este VI Congreso ha contado con el decidido apoyo de Santiago Carrillo. Sin embargo, los conflictos internos entre los comunistas catalanes comenzaron precisamente con las críticas formuladas, a lo largo de 1980, por el secretario general del PCE contra ambos dirigentes. El V Congreso del PSUC, celebrado a comienzos de 1981, sirvió de escenario para el dramático despliegue de esa larvada crisis pero con el resultado final -seguramente inesperado para quienes contribuyeron inconscientemente a desencadenarla- de que las posiciones pro-soviéticas fueran defendidas por un buen número de delegados, que recibieron el sobrenombre de afganos. La profanación del rótulo o el tabú del eurocomunismo y la modificada correlación de fuerzas en el seno de la organización empujaron a Gregorio López-Raimundo y Antonio Gutierrez Díaz a dimitir irrevocablemente de sus puestos directivos, pese a que el V Congreso los hubiera reelegido sin dificultades, y elevó a los cargos de máxima responsabilidad, con el apoyo de los pro-soviéticos representados por Pedro Ardiaca, a los representantes de una tercera tendencia habitual pero impropiamente bautizada como leninista. A lo largo de 1981, sin embargo, esa impía alianza terminó por romperse con estrépíto y los pro-soviéticos, tras abandonar el PSUC, se disponen ahora a celebrar el Congreso fundacional de su nuevo partido. Abandonados por los afganos, para quienes los pactos del V Congreso fueron tan solo una argucia táctica, los componentes de la tendencia encabezada por Francisco Frutos no tenían otra salida que convocar un nuevo Congreso que establecíera una nueva alianza con la tendencia eurocomunista, repusiera en sus cargos a los antiguos dirigentes dimitidos y sellara definitivamente la paz con Santiago Carrillo.

En este sentido, el VI Congreso no ha deparado mayores sorpresas. Gregorio López-Raimundo, un dirigente histórico respetado por casi todo el mundo, ocupa de nuevo la presidencia y Antonio Gutierrez Díaz, un político profesional de notable capacidad, gran perseverancia y prometedor futuro, recupera la secretaría general. Aunque la maniobra de los derrotados en el V Congreso para hacer pagar caros sus devaneos a los llamados leninistas y reducirles a su mínima expresión en el Comité Central no salió finalmente triunfadora, el mal ganar de los ahora vencedores ha obsequiado a Francisco Frutos, un dirigente obrero de reconocida honestidad aunque probablemente poco dotado para la política profesional, con un humillante voto de castigo en las votaciones finales.

La historia, así, trenza en ocasiones inútiles vueltas para regresar simplemente al punto de partida. La crisis del PSUC, iniciada con los empellones dados a Antonio Gutierrez Díaz por Santiago Carrillo a lo largo de 1980, se cierra con la reintegración a su puesto del secretario general voluntariamente dimitido en enero de 1981. Tras los descalabros sufridos por los comunistas en estos catorce meses, incluida la escisión catalana de la corriente pro-soviética y la expulsión de los renovadores en Madrid y en el País Vasco, el mal menor,encarnado por Antonio Gutierrez Díaz, adquiere los perfiles del bien supremo. Pero tal vez el PSUC, a lo largo de esta prolongada y profunda crisis, haya sufrido daños irreparables para el futuro. Los pro-soviéticos parecen haber arrastrado consigo a una parte de la militancia obrera del PSUC. Las desconfianzas y recelos mutuos entre los vencedores del V Congreso y los ganadores del VI Congreso seguramente han abierto heridas de difícil cicatrización en el seno de la organización. El electorado, en consecuencía, tal vez refleje negativamente en las urnas, en los próximos comicios, su desconcierto y desencanto ante esas escisiones y conflictos. En esa perspectiva, el PSUC, frenada la dinámica que permitía a las diversas corríentes y tendencias tolerarse recípocramente y coexistir bajo unas mismas siglas, podría dejar de ser el modelo a la italiana de los comunistas españoles para transformarse, perdida su singularidad política y arruínado el clima de pluralismo de sus debates ideológicos, en una federación mas del PCE, severamente castigado, a su vez, por los abandonos y escisiones de pro-soviéticos y renovadores.

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