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Se pone fin al debate sucesorio, descartando así al Duque de Cádiz o a Carlos Hugo de Borbón

El General Franco propone Don Juan Carlos de Borbón su sucesor en la Jefatura del Estado a Título de Rey y es aprobado por Las Cortes

HECHOS

En julio de 1969 D. Juan Carlos de Borbón fue designado por Las Cortes Franquistas sucesor del General Franco en la jefatura del Estado a propuesta del propio dictador.

D. Emilio Romero (director de PUEBLO en 1969) habla sobre Don Juan de Borbón y Don Juan Carlos de Borbón:

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Durante la segunda mitad de la década de los sesenta se había especulado mucho sobre la sucesión del Dictador Franco una vez que falleciera. El debate entre las distintas familias de la derecha política, sobre la que se sostenía la dictadura franquista, había llegado al público a través de los medios de comunicación.

En mayo de 1966, la revista SP, del sector falangista del franquismo (nacional-sindicalista, los de ‘la revolución pendiente’), defendió abiertamente con su célebre ‘¿Después de Franco, qué?’ que tras la muerte del Dictador España debía convertirse en una República sindicalista bajo el modelo joseantoniano. Por contra el diario ABC, del sector monárquico del franquismo en julio de 1966 había publicado su célebre tercera de D. Luis María Anson ‘La Monarquía de Todos’, proponiendo una monarquía parlamentaria encarnada en el Conde de Barcelona bajo el modelo de los países nórdicos.

Ninguno de aquellos dos sectores verían cumplidos sus esperanzas, ni monarquía del Conde de Barcelona, ni República fascista, porque el General Franco tenía otros planes: que su sucesor fuera el hijo del Conde de Barcelona – y nieto del último Rey Don Alfonso XIII – el príncipe Don Juan Carlos de Borbón.

VOTACIÓN DE JUAN CARLOS COMO SUCESOR DE FRANCO A TÍTULO DE REY:

Los Procuradores votaron abrumadoramente a favor de la candidatura Don Juan Carlos en la votación de Las Cortes 22 de julio. Incluso los procuradores falangistas terminaron votando a favor del restablecimiento de la monarquía, a pesar de su supuesta oposición a ese sistema, por su ‘fideismo’ hacia todo lo que propusiera el Dictador Franco. Por tanto, el único sector de procuradores que votó en contra fue el sector monárquico. Dos de estos procuradores franquistas monárquicos, D. Torcuato Luca de Tena y el Sr. García Valiño explicaron su voto en contra en que Don Juan Carlos no podía ser Rey ‘saltándose’ a su padre, el Conde de Barcelona.

samaranch_marañon Los procuradores franquistas D. Juan Antonio Samaranch y D. Gregorio Marañón, al igual que la inmensa mayoría, votaron a favor de la designación de Don Juan Carlos de Borbón como sucesor del General Franco a título de Rey. También los periodistas D. Jaime Campmany y D. Emilio Romero. Todos los procuradores falangistas votaron a favor. Uno de los principales cabecillas, el falangista D. Jesús Suevos. ‘anti-monárquico’, explicó un artículo en ARRIBA que votaba a favor porque por encima de todo estaba su lealtad al Caudillo.

  • VOTOS A FAVOR: 491 procuradores
  • VOTOS EN CONTRA: 19 procuradores
  • ABSTENCIONES: 9 procuradores

LOS DIECINUEVE PROCURADORES QUE VOTARON EN CONTRA, TODOS DEL SECTOR ‘MONÁRQUICO’:

TorcuatoLuca El franquista monárquico D. Torcuato Luca de Tena (director de ABC), encabezaba a los 19 procuradores que votaron en contra siguiendo los deseos del Conde de Barcelona.

Los nombres de los procuradores que expresaron su «no» fueron: don Torcuato Luca de Tena y Brunet, don Alfonso María Abella y García de Eulate. don José Alcaina Caballero, don Antonio Arrue Zarauz. don Manuel Baldellou Ciprés, don José Báñales Novellas, don Manuel María Escudero y Rueda, don Baldomero García García, don Rafael García Valiño Marcent, don Auxilio Goñi Donazar, don Juan Pablo Martínez de Salinas, don Juan Marrero Portugués, don Rafael Merino García, don José Navarro López, don Manuel Pizarro Indart, don José Manuel Sierra Haya, don Agatángelo Soler Llorca. don Eduardo Tarragona Corbellá y don José Ángel Zubiaur Alegre.

LOS GRANDES DERROTADOS: 

Conde_Barcelona_Juan El Conde de Barcelona, D. Juan de Borbón, veía como sus aspiraciones a ser designado Rey de España quedaban eclipsadas por la candidatura de su propio hijo. Desde Estorill, Don Juan de Borbón había buscado el apoyo de la oposición demócrata cristiana e incluso de socialistas y comunistas, terminando de enfurecer a la derecha franquista.

SeparacionDuquesCadiz El Duque de Cádiz, Don Alfonso de Borbón (primo de D. Juan Carlos) con aspiraciones dinásticas tanto en España como en Francia y considerado cercano a la familia Franco incluso en el terreno ideológico se veía ahora desbancado por su primo.

carlos_hugo D. Carlos Hugo de Borbón era el candidato de los carlistas. Había intentando acercarse a otras coronas (se había casado con una princesa holandesa) y a sectores de la oposición, en especial hacia el nacionalismo vasco y navarro. Ahora sus aspiraciones se veían derrotadas y fiaba su futuro a la creación de un Partido Carlista como heredero de la Comunión Tradicionalista, pero con un perfil mucho más progresista y federalista.

LA PRENSA FRANQUISTA ANTE EL NOMBRAMIENTO:

Ese nombramiento es, precisamente, una estupenda manera de comprobar los distintos matices de la prensa en el régimen.

En un bloque están los que apoyan a don Juan Carlos porque creen que su nombramiento supone la consolidación del régimen: EL ALCÁZAR (ya en manos de los “ultras” de DYRSA con D. Lucio del Álamo de director), – resaltando que el príncipe juró “Lealtad a Franco” – ARRIBA, – cuyo director, Sr. Blanco Tobio, publica un artículo del falangista Sr. Suevos asegurando que la Monarquía era compatible con la revolución falangista – PUEBLO, – que dice jovialmente que: “El príncipe se metió a las cortes en el bolsillo” – y el joseantoniano DIARIO SP [fundado por D. Rodrigo Royo al estilo de su revista] que señala que la lealtad que ha jurado don Juan Carlos es a “la legitimidad del 18 de julio”.

En otro bloque los que lo apoyan viendo en don Juan Carlos la persona del cambio: NUEVO DIARIO separa a don Juan Carlos del dictador al señalar que no es el general quién le nombra sino el príncipe quién acepta, “Juan Carlos dijo SÍ”. El YA del Sr. Morcillo lo señala como “garantía de la consolidación de nuestro país en un régimen de libertad”. Pero el más aperturista es INFORMACIONES, periódico – periódico que ya había iniciado el llamado “milagro INFORMACIONES” bajo la dirección de don Jesús de la Serna con claro tinte aperturista – es el único que se atreve a usar a las claras la palabra “democracia”. “Aquella redacción de INFORMACIONES lo llevaba en la sangre, la democracia y Europa” – me confirmó el propio Sr. de la Serna – “Desde el primer momento que llegamos [1968] el término `democratizar´lo llevó INFORMACIONES siempre”.

Por último, el único claramente en contra, el director del ABC, don Torcuato Luca de Tena y Brunet, que seguía recordando la legítimidad de don Juan de Borbón y no de su hijo.

revista_SP_JuanCarlos A pesar de que SP y su dueño, D. Rodrigo Royo, habían mantenido una campaña contra la monarquía en los años pretéritos, al final su periódico apoyó la designación de D. Juan Carlos de Borbón como gesto de lealtad hacia el caudillo.

23 - Julio - 1969

La única Monarquía Posible

Emilio Romero

Procurador franquista

En Estorill funcionaba toda una organización de restauradores - acelerada últimamente por Areilza, Anson y Calvo Serer - alejada del dinamismo legislativo. El Error estos políticos ha sido atroz. El sentido común era otro. Solamente Franco podía traer la Monarquía, la operación tendría que hacerse con él.

El 19 de junio de 1964 y en la biblioteca del palacio de la Zarzuela, leí al príncipe Juan Carlos de Borbón las siete cartas que habían de constituir mi libro ‘Cartas a un Príncipe’. Estaban presentes, además del secretario y los ayudantes de Juan Carlos de Borbón, el profesor Juan José López Ibor, Florentino Pérez Embid, Torcuato Luca de Tena, el doctor Francisco José Flórez Tascón y Raimundo Saporta. Leía en la primera Carta que ‘en muchas cosas, y sobre todo en la política, se ha de hacer más lo que conviene que lo que gusta’. Esto se aprende tarde; pero yo lo sé; algunos jóvenes dirán que es oportunismo; mi deseo es que este oportunismo les llegue cuanto antes, porque sería una forma precoz de talento y de generosidad.

Estaba Decidido

Mucho antes de aquel acto, el acontecimiento de ayer estaba decidido en la mente de Franco. Renuncio a que se me adjudique cualquier bondad de anticipación profética. Joaquín Arrarás, el gran biógrafo de episodios contemporáneos, me decía ayer mismo en las Cortes que desde 1937 Franco había señalado claramente que no habría una restauración, sino una instauración, es decir, una Monarquía de nueva planta; la Monarquía del Régimen o de llamado desde entonces Movimiento Nacional. Pero otros episodios habrían de sucederse para dejar definitivamente claro que si Franco decidía proponer al país, en vida, un sucesor, este no sería otro que el Príncipe Juan Carlos de Borbón. Todo estaba claro como la luz del día. No era, en verdad, suficiente el dato de la mera educación del Príncipe, pasando por los tres EJércitos y asistiendo como oyente a la Universidad. Eso se había convenido con su padre.

Las Causas

Era, sin embargo, un proceso en virtud del cual don Juan de Borbón, padre del Príncipe, se alejaba voluntariamente del Régimen haciendo rancho aparte mediante sus ambiguas manifestaciones públicas, su organización de reinado en el destierro con un Consejo Privado y la cristalización de una hueste restauradora: mientras que el Príncipe Juan Carlos aparecía instalado en la Zarzuela se incardinaba en la dinámica oficial del Régimen, era testigo de sus actos y los Ministros recibían instrucciones de mostrarle la actividad de la acción de gobierno en los problemas nacionales concretos. Finalmente, el Caudillo le puso a su lado, tras la distancia de respeto, en los desfiles. ¿Qué quería que se mantuviera la perplejidad, la incógnita y la especulación en este asunto. La única duda que podría quedar, con un planteamiento correcto de razones sería la de no apagar la alternativa de un Rey o un Regente. La segura del Regente, sin embargo, dejaría las cosas como estaban, sin las ventajas de la adhesión general que ha tenido siempre Franco. Habría sucesor, pero no sucesión. Habría salida inmediata, pero no solución permanente. Por eso, en las correcciones que se hicieron a las Leyes Fundamentales en el Referéndum de 1966, el autor de la ley hizo más endeble, más lejana la posibilidad de la Regencia y se reforzó el propósito de un sucesor a título de Rey, porque de esta manera la sucesión mediante la herencia establecía una solución definitiva automática.

La aparición en escena de un Príncipe carlista – una vez fracturado ese movimiento del siglo XIX prolongado hasta este siglo, aquejado de agotamiento sucesorio y confluyente en la última familia reinante – que tenía el aire de luchador carlista decimonónico (aunque de corte moderno) sublevante, líder político y no resignado, aclaro todavía más la cosas. Un día se puso a esta familia en la frontera. Pues bien: todavía seguía especulando la gente con la sucesión. Realmente era inaudito.

Más sorprendente

Pero todavía era más sorprendente la acción de ese casi centenera de personalidades descollantes de nuestra ida política, cultural y económica, que constituían el Consejo Privado de Don Juan de Borbón. En Estorill funcionaba toda una organización de restauradores – acelerada últimamente por Areilza, Anson, Andes y Calvo Serer – alejada del dinamismo legislativo del país, que a lo largo de un tercio de siglo había ido creando un sistema político un orden constitucional, una programación de gobierno y un amplio compromiso de actividad nacional. Allí se funcionaba con un Rey en activo, radicado fuera del territorio, y a cuya Monarquía se la expresó políticamente como ‘la Monarquía de todos’. En ese saco de todos estaría también el Régimen, como una cosa entre varios, ya que el principio era retrotraerse al origen de las dramáticas discordias del primer tercio de este siglo y hacer una manipulación alucinante de cambio de rumbo. El revisionismo alcanzaba al Movimiento, a los Sindicatos, a las Cortes, al Estado y al régimen o al sistema de representación. El Error estos políticos ha sido atroz.

Asusta pensar en personas de juicio tan eminente, de cultura tan probada, de experiencia política en muchos de ellos tan cuantiosa y de conocimiento de Franco y de la Historia últimas tan presumibles, desorientados de forma tan espectacular en sus preocupaciones políticas a corto plazo, que son los únicos presupuestos que deben manejar los políticos.

Únicamente Franco podía traer la Monarquía

El sentido común era otro. Solamente Franco podía traer la Monarquía. La operación tendría que hacerse con él. Pero, lógicamente, a Franco enía que preocuparle la continuidad del Régimen en sus esencias, en sus grandes realizaciones, y, en una gran parte de sus estructuras, más allá de su propia vida: eso de ‘después de mi el diluvio’ no deja de ser una de las frases más irresponsables de la Historia: por tanto, era equivocado proponer un revisionismo del Régimen, una descalificación posterior de la obra de su fundador. No había tampoco, finalmente, una sola probabilidad de restauración negociada en las actuales Cortes Españolas: o mediante un acto de pronunciamiento a cargo del Ejército como en el pasado siglo. El Ejército que es la institución más robusta, más coherente, menos deteriorada, menos salpicada de reticencias o de inculpaciones, no está inclinado, a lo que parece, a intervenir en asuntos políticos. Incluso grandes sectores del Ejército ven con preocupación la legítima vocación política de algunos de sus miembros. Su misión está claramente establecida en la Ley Orgánica del Estado. Es la gran tutela de la legalidad. Que nadie se haga ilusiones con el Ejército para sus aventuras o esquemas políticos. ¿Cuáles eran, entonces, los razonamientos para sostener el escenario de Estorill? Me gustaría conocerlos, no se me ocurren, ni siquiera fantásticamente.

El mecanismo sucesorio de Portugal y Francia

Los ejemplos sucesorios de Portugal y de Francia han impresionado vivamente a todo el mundo. ¿Por qué no habrían de impresionar también a Franco, que sigue tan de cerca estos asuntos? Las fórmulas de ambos países han sido diferentes. Portugal tenía una difícil sucesión salazarista sobre el papel: pero en la práctica ha sido un mecanismo de relojería. La gran síntesis de este mecanismo ha sido que Salazar designaba con el apoyo de la nación al os jefes d Estado. Entonces un día el Jefe de Estado fue quién designó al sucesor de Salazar, más que al Jefe del Gobierno. Si esta rueda no se interrumpe, es un sistema simple y perfecto.

Francia creó una estructura gaullista tan amplia variada, comprometida, que al final el gaullismo ha sido superior y más poderoso, que De Gaulle. Resultó emocionante la evaporación a cargo de esta fuerza de ambiente y de raíces nuevas del tándem Deferre-Mendes France: la Francia ilustre e imaginativa, pero anticuada. El Régimen español del 18 de Julio, con su evolución y con su imagen diferente o las treinta y tres años tenía que hacer una operación de características parecidas a las de Portugal y a las de Francia; pero hubiera sido arriesgado hacelro luego. La originalidad española ha consistido en haber hecho esa operación el propio Franco. La obra ha sido magistral, por lo práctica. Se acabó la discusión.

¿Quién y no qué?

Cuando esta primavera se organizaba una polémica en los periódicos en orden a la conveniencia de designar en seguida presidente del Gobierno, sostuve que lo importante era dejar aclarada la sucesión a la Jefatura del Estado. Vamos a ver por qué: en los primeros años de esta década, la gente preguntaba con temor: “¿Después de Franco, qué?”. Entonces el Régimen, a través de varios de sus insignes ideólogos, contestó: ‘Después de Franco, las instituciones’. Los políticos exclamaron: Eso nos gusta. Pero la gente no se quedó tranquila. Entonces la pregunta de estos últimos tiempos ya era esta otra: ¿Y después de Franco, quién? La sensibilidad y agudeza de las gentes es en ocasiones mayor que la de sus ingenios políticos. Y todo era porque les oía hablar y opinar, y cada uno decía una cosa. Lo que podemos llamar clase política del Régimen estaba dividida en la sucesión y todo ello se agravaba con un carlismo más beligerante en el último tiempo, y la organización montada en Estoril, que se ponía a todo gas. Por eso, el quién va a ser el sucesor de Franco era más acuciante que el qué va a pasar. Las instituciones, aunque estuvieran a buen rendimiento, no resolvían el problema.

La Página Triste

Don Juan Carlos de Borbón acepta las leyes fundamentales del Régimen, se compromete a procurar por su continuidad, admira al Jefe del Estado y el respetuoso con él. El aspecto triste de esta página de la Historia de España, que se escribió ayer, una vez más, en la vieja e ilustre Carrera de San Jerónimo, es la situación actual del Príncipe Juan carlos respecto a su padre. Pero hay otros dos casos más en su familia, aunque por las circunstancias propias de sus tiempos respectivos. Don Fernando VII desplazó del trono a su padre Don Carlos IV, por algo más serio que un golpe de palacio como dicen los manuales superficiales de la Historia, sin perjuicio de que este monarca no tuviera luego, a su regreso del destierro, la estatura necesaria para encabezar el nuevo país que salía de la guerra de la Independencia. A un pueblo que había tomado las riendas, colectivamente de la nación y de la guerra ,le resintaló el absolutismo. El joven príncipe don Alfonso XII tuvo que aceptar el trono, con su madre doña Isabel II en el destierro, y con todos los resentimientos de ésta en carne viva. Cánovas no habría podido hacer otra restauración. Don Juan de Borbón y Battenberg, ante el cúmulo de errores de sus monárquicos efectivos y credencializados, una vez pasada la contrariedad de estos instantes, tendrá que hacer dos reconocimientos expresos, aunque amargos, de gratitud y de satisfacción. O el alma humana es también obstinada. La gratitud a Franco por la instauración de una monarquía, cuya corona ha puesto en las sienes de su hijo en medio de un ambiente de indiferencia general en el país hacia las formas de gobierno, principalmente hacia la forma monárquica. Y satisfacción y orgullo por su hijo, el Príncipe Juan Carlos , que en lugar de haber adoptado una fácil y afectiva actitud e identificación con la empresa monárquica de su padre, ha realizado la difícil tarea de ofrecer a la institución monárquica otra posibilidad, mediante el respeto a un sistema político y con una prudencia y una discreción admirables para que su figura en el país no se acompañara nunca de actos ligeros o impacientes o detonantes. Una vez me dijo el Príncipe, pienso que conmovedoramente: “Mi padre me ha enseñado que lo importante es la institución, y lo secundario somos las personas. Creo que estoy obedeciéndole’. Después, lo que haya de ocurrir, que sea lo que Dios quiera”.

La Monarquía de Todo el Régimen

El Príncipe debe tener, en este asunto, buena memoria. Uno de los principales éxitos políticos de Franco ha consistido en ho haber tenido cortesanía, o grupo, o camarilla o validos o inspiradores de oficio. Ahora el Príncipe tiene dos peligros: el de la carrera a la Zarzuela y el de la aspiración a hipotecarle por servicios que realmente nunca han existido con eficacia decisiva. Tendrá que contener impaciencias y devolver recibos.

Unos textos necesarios

El generalísimo Franco pronunció ayer el discurso más frío de conceptos, pero más conmovedor de sentimientos de toda su vida. Únicamente me gustaría leer si una vez se decidiera a escribirlo, un texto de consejos para el Príncipe, a la manera como lo hizo el Emperador Carlos con su hijo Felipe. Un hombre que decidió a su favor una guerra civil; que consiguió no meter al país en la segunda guerra mundial; que ha gobernado con una alianza de fuerzas políticas; que ha metido la nueva época social en un país dominado de antiguo por los influyentes sectores del conservadurismo; que ha presidido las tareas de sacar a España de un atraso económico inconcebible; que ha sido contemporáneo del fascismo y del comunismo: que ha descolonizado sin violencia: y que está en el poder desde el tiempo de los aviones de hélice, hasta el aterrizaje de dos hombres en la Luna, algunos consejos útiles debe dar a un joven que abre ahora el libro de sus responsabilidades.

Emilio Romero

24 - Julio - 1969

Nos va a salir bien

Manuel Blanco Tobio

Por segundo día consecutivo se hizo ayer Historia de España en las Cortes, al jurar el Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, lealtad al caudillo y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino. Por segundo día consecutivo, también, la solemne ceremonia, presidida por el Jefe del Estado, estuvo cargada de emoción y clamores. Se hizo historia, pues a la española. Pero no en la calle, en el alborozo de las turbas, sino en el ambiente que acoge a la Suprema Camara Legislativa de la nación y al amparo de los textos jurídicos. Los trámites de la sucesión se cumplimentaron, en realidad, tanto en La Zarzuela, por la mañana, como en el Palacio de las Cortes, por la tarde, con un protocolo y una seriedad notarial. Y esto, a nuestro entender, es un buen indicio de que los españoles confiamos a las leyes y reglamentos el supremo interés del país, que es como las gentes serias hacen las cosas rubricándolas después con esa tensión emocional que va con nuestro temperamento y que le da a la austera arquitectura de la legalidad las razones del corazón, de que hablaba Pascal.

En la mañana de ayer estuve en La Zarzuela, y escuché el discurso de aceptación del Príncipe de España, Don Juan Carlos. Por la tarde estuve en las Cortes, y escuché su juramento de lealtad al Jefe del Estado y de fidelidad a los Principios del Movimiento y demás leyes fundamentales. Y si tuviese que resumir mis impresiones de esta intensa jornada, podría empezar diciendo: “Tengo la muy viva impresión de que esto nos va a salir bien”. “Esto” quiere decir la sucesión, las previsiones de nuestro futuro tal y como las ha ordenado Francisco Franco. ¿Por qué esa impresión optimista? Trataré de explicarlo.

Porque en el lenguaje empelado por Don Juan Carlos, tanto en La Zarzuela como en las Cortes, he reconocido el lenguaje, las frases, el estilo que el uso ha consagrado desde el 18 de julio de 1936. Fueron ambos, los discursos de un hombre joven que podría haber pronunciado un Procurador de representación familiar, pongamos por caso, que tuvo un hermano mayor alférez provisional, que le contó una y mil veces el fuego de Somosierra o del Jarama, o del Alfambra; que en sus años universitarios perteneció al SEU; y que, posteriormente sintió la vocación política y llegó a las Cortes con un aire de apertura y de inquietud social. No sentí ese distanciamiento que tal vez uno espera de la realeza europea, que llena páginas y páginas del ‘Gotha’, que habla sin acento de ninguna parte concreta, que parece pertenecer a otro tiempo y regirse por otros códigos. Tuve la impresión en fin, de que me hallaba ante un hombre ‘nuestro’, en el sentido de que nada de lo que dijo me suena a nuevo o inesperado, y en consecuencia de que también puede entendernos a mí y a ti, lector, cuando hablamos de lo mismo. Me ‘sonó’ a familiar su evocación del significado del 18 de julio, su calificación del hombre como ‘portador de valores eternos’, su compromiso de insatisfacción permanente con los logros de la justicia social para nuestro pueblo, su profesión de admiración y lealtad al hombre que ayer le proclamó después de la jura sobre los Evangelios, con un casi imperceptible temblor de párpados, frases estas que fueron las más resonantemente aplaudidas.

Sí; tengo la impresión de que nos va a ‘salir’ bien; de que todas las incógnitas han quedado atrás; de que, como de costumbre, Francisco Franco ha hecho diana. Quienes tenemos cierta edad y cierta experiencia en ese misterioso laberinto de las cosas humanas, es difícil que nos equivoquemos al juzgar la clase de relaciones que existen entre dos hombres. Ayer, en las Cortes, viendo a Franco aplaudir al Príncipe, y mirarle con sus ojos húmedos, y viendo al Príncipe llamarle con voz casi temblorosa ‘mi general’, tuvimos la evidencia de que ambos estaban a lo mismo, de que sus mentes estaban operando sincronizadamente sobre un mismo esquema de propósitos y sentimientos. Fue como una imagen plástica de lo que de verdad yace debajo de la prosa jurídica de la Ley de Sucesión. Una relación de afecto y de entendimiento humanos entre el Jefe del Estado y su Sucesor, con una España de fiesta y de destino conciliador y pacífico al fondo, aclamando y confiando.

El resto, ya lo dijo Don Juan Carlos: España será lo que todos y cada uno de nosotros queramos que sea, que eso es lo que se quiere decir con lo de un ‘proyecto sugestivo de vida común’. A esa tarea hemos sido convocados todos, y si todos ponemos a contribución lo mismo que el Príncipe de España, nuestra lealtad al Jefe del Estado y nuestra fidelidad a los Principios del Movimiento y demás Leyes Fundamentales del Reino, nos habremos garantizado a nosotros mismos lo que, poniendo la mano sobre el corazón, creo que nos tenemos bien merecido, tras tantas tribulaciones y sacrificios: El país que queremos para nuestros hijos; el que sacamos del agujero en que nos lo habían metido, para convertirlo en eso que, al cabo de treinta y tres años, ya nos empieza a gustar.

24 - Julio - 1969

Un sucesor de 31 años

INFORMACIONES (Director: Jesús de la Serna)

Entre los rasgos más destacados del Príncipe de España, sucesor en la Jefatura del Estado y futuro Rey de nuestro país, está el de su absoluta juventud. Treinta y un años tiene el Príncipe. Treinta y un años que hacen de él un miembro más de la generación de la posguerra, educado en la paz, ciudadano de España de nuestros días, protagonista de la reconstrucción y el desarrollo.

El propio don Juan Carlos en su discurso de ayer ante las Cortes, modelo de sobriedad, sencillez y buen tino político no puedo dejar, pese a la brevedad de sus palabras, de refrirse a esa condición suya de ser joven y a los problemas que la juventud plantea en el momento actual. “En la rebeldía que a tantos preocupa – dijo – está viva la mejor generosidad de los que quieren un futuro abierto, muchas veces con sueños irrealizables, pero siempre con los deseos de lo mejor para el pueblo’. Esta frase, que puede haber escandalizado a algunos, es la expresión de la serenidad comprensiva con que el Príncipe mira los problemas de la España de hoy y muy especialmente los de los hombres de su generación, constructores ya del país que marcha hacia adelante y muy pronto dirigentes de la sociedad española.

La propia juventud del Príncipe le ha hecho convivir en las Academias militares, en la Universidad con los hombres de su generación. Está claro que de ese conocimiento de los jóvenes el Príncipe ha debido sacar valiosas consecuencias. La primera, la voluntad sincera de un mundo mejor que alienta en todos ellos. La segunda no lo dudamos, la problemática de la Monarquía plantea a las nuevas generaciones.

El Príncipe es un español más de hoy, y ha debido percibir claramente que no todos los jóvenes son especialmente monárquicos, pero tampoco existe ningún indicio de que sean especialmente republicanos. La juventud española ha vivido siempre en el régimen de Franco, que revista unas características excepcionales por lo excepcional de la figura del actual Jefe del Estado y que ha provocado tal estabilidad política en el país que ha hecho olvidar a muchos que el paso de la sucesión tendría que llegar algún día. Así las nuevas generaciones no ha nvivido tanto preocupadas por las formas de gobierno como por el contenido y autenticidad de la política interior de la nación. Los jóvenes buscan mejoramiento en todos los órdenes, eficacia, progreso, convivencia, paz.

Y aunque de pasada, el Príncipe dio a entender bastante claramente todo esto cuando ayer aseguró que la Monarquía puede y debe resultar un eficaz sistema político si se sabe mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arraiga en la vida auténtica del pueblo español. Lo que equivale a prometer que se arraigará. Y estamos seguros de que sucederá así, habida cuenta de las premisas que el futuro Monarca ha planteado en su discurso de ayer.

El mensaje de don Juan Carlos constituye una actitud absolutamente coherente y progresiva dentro del proceso de democratización del régimen que se viene observando desde hace años. No estamos ante la ruptura de un proceso y el comienzo de otro nuevo, sino ante la continuación acentuada de los logros del desarrollo político social y económico, conseguidos en estos últimos treinta años.

Que la voluntad del Príncipe es continuar este proceso queda demostrado en las palabras antes glosadas y definitivamente cuando afirma que el culto al pasado no debe frenar la evolución de una sociedad que se trnasforma con ritmo vertiginoso.

Un hombre de treinta y un años como Príncipe de España y sucesor de la Jefatura del Estado es claramente una garantía en todos los órdenes para el país.

27 - Julio - 1969

Por qué vote 'SÍ'

Jesús Suevos

Lo que José Antonio consideraba, con razón, fenecida e irrecuperable no es la Monarquía como institución sino la Monarquía demoliberal, que precisamente para ser demoliberal tenía que dejar de ser una verdadera Monarquía, puesto que se quedaba sin la unidad de mando.

Todos los que desde hace años escribimos en la Prensa tenemos un grupo de lectores que no sólo nos hacen el honor de leernos con asiduidad, sino que nos comunican las impresiones, favorables o adversas que les sugieren nuestros escritos a actitudes, por lo que no me extraño recibir en los últimos días tres cartas, que pueden resumirse así: ‘Les consideramos un hombre serio y leal, consecuente con sus ideas y nada oportunista. Por lo que nos ha sorprendido saber que ha votado ‘sí’ en las Cortes a la propuesta de nombrar un Príncipe para que, en su día, suceda como Rey al Caudillo. ¿Ese voto no está en evidente contradicción con lo que dijo José Antonio a la Falange en el cine Madrid el 19 de mayo de 1935? La coincidencia del argumento y el reproche me permite suponer que esa interrogación se la están haciendo muchos falangistas, y no sólo entre mis lectores. Pues bien; como nunca me han dolido prensas y en todo momento he actuado con reflexión y responsabilidad puedo decirles a mis corresponsales que el voto afirmativo en las Cortes me pareció inexcusable en los que conservamos una cordial vinculación con el 18 de Julio de 1936 y la esperanza de que el Régimen en tal fecha nacido pueda proyectarse y desarrollarse en el futuro. Es más, me atrevo a decir algo que puede parecer una paradoja: que voté ‘sí’ precisamente por las mismas razones por las que me solidaricé personalmente y de todo corazón con las palabras de José Antonio el 19 de mayo de 1935.

Vamos a ver: ¿Qué dijo José Antonio del régimen monárquico aquel día? Estas fueron sus palabras literales: ‘El 14 de abril de 1931 – hay que reconocerlo, en verdad – no fue derribada la Monarquía española. La Monarquía española había sido el instrumento histórico de ejecución de uno de los más grandes sentidos universales. Había fundado y sostenido un Imperio, y lo había fundado y sostenido, cabalmente , por lo que constituía su fundamental virtud: por representar la unidad de mando. Pero la Monarquía dejó de ser unidad de mando hacía bastante tiempo’. Y más adelante: ‘Fijáos en que ante el problema de la Monarquía nosotros no podemos dejarnos arrastar un instante ni por la nostalgia ni por el rencor’. Y sentencia: ‘Nosotros entendemos que la Monarquía española cumplió su ciclo, se quedó sin sustancia y se desprendió, como cáscara muerta, el 14 de abril de 1931. Nosotros hacemos constar su caída con toda emoción que merece, y tenemos sumo respeto para los partidos monárquicos que, creyéndola aún con capacidad de futuro, lanzan a las gentes a su reconquista; pero nosotros, aunque nos pese, aunque se alcen dentro de algunas reservas sentimentales o nostalgias respetables, no podemos lanzar el ímpetu de la Juventud que nos sigue para el recobro de una institución que reputamos gloriosamente fenecida“. Lo que José Antonio consideraba, con razón, fenecida e irrecuperable no es la Monarquía como institución – que él mismo alaba sin reservas en uno de los párrafos transcritos – sino su menoscabo; su caricatura. Lo que, por decirlo así, desahucia es la Monarquía demoliberal, que precisamente para ser demoliberal tenía que dejar de ser una veradera Monarquía, puesto que se quedaba sin la unidad de mando. Y no es que a José Antonio le pareciera mejor la anacrónica República que por entonces teníamos que soportar, pero era el suelo histórico sobre el que forzosamente nos movilizábamos, y estaban en el más grave de los peligros valores religosos, patrióticos, nacionales y sociales, en cuyo socorro había que acudir con urgencia, posponiendo la restauración de una Moanrquía cuyo evidente y lógico desprestigio no era una incitación para que las juventudes se pusieran en línea de combate.

Pero ahora no hay una República en España, sino un Reino. Y ese Reino no es detestable, como lo fue aquella República, sino que se basa sobre lo que nosotros hemos proyectado, aunque no siempre conseguido, y si entonces nos esforzamos por nacionalizar lo intolerable, ¿cómo podríaomos negarnos ahora a repetir nuestro gesto de entonces? Pero que nadie sospeche que se trata de una cómoda actitud ‘posibilista’ que acepta cualquier cosa con tal de perdurar, sino de ser consecuente y servir a España, no con mera palabrería, sino con esfuerzo y, si es necesario, con sacrificio. Franco nos ha dicho, y Don Juan Carlos lo confirmó sin la más pequeña duda, que la nueva Monarquía española no es una ‘restauración’, sino una instauración. Y que nadie vea en esto tan sólo un juego de palabras. Porque esta clara distintción quiere decir que la Monarquía que hemos escogido es una Monarquía original, no sólo porque es propia y diferente, sino porque es un arranque, un comienzo, una fundación. Sin el menor deseo de hacer gorgoritos patrióticos podríamos decir que el salón de las Cortes en la tarde del 22 de julio de 1969 fue una nueva Covadonga. Estábamos en un umbral: ante la puerta por la que todos los españoles tenemos que encaminarnos – unidos y en orden – hacia el futuro.

En muchas ocasiones he recordado a mis camaradas de la Falange aquella frase con la que Lenin fustigó en un momento crítico a la vieja guardia bolchevique: ¡Cuidado! No os dejéis ganar por le infantilismo revolucionario. Es decir, por una simple radicalización de las expresiones y las actitudes sin correspondencia con la acción política y sus efectos prácticos. Se equivocan gravemente lo que sospechan que las palabras ‘Monarquía’ y ‘República’ encierran en sí mismas y sin remedio una sustancia y un talante conservador o revolucionario ‘derechista’ o ‘izquierdista’ según la clasificación de que tanto gustan los eternos paseantes de los limbos. Pero tales encasillamientos nada tinen que ver con la realidad. Hay Monarquías progresistas, como las europeas nórdicas, y Repúblicas reaccionarias, como la de los Estados Unidos de América. Lo importante no es que un país se proclame Reino o República, sino lo que ese Reino o República se propone ser. Si la Monarquía que acabamos de instaurar pone en movimiento todo lo que lleva en sus entrañas el 18 de julio de 1936, también José Antonio, Ramiro Ledesma, Onésimo Redondo y Ruiz de Alca hubiesen votado ‘sí’. De nosotros depende en gran parte que lo haga. Y el primer paso para que pueda hacerlo ha sido precisamente el rotundo ‘sí’ del a vieja Falange.

Y en el último término, ¿por qué no recordar la frase de Talleyrand que dice?: “Sí no quieres equivocarte haz lo contrario de lo que te aconsejen tus enemigos”. ¿Y qué nos aconsejaban los enemigos del Régimen? Que votásemos ‘no’. La cosa pues, estaba clara: debíamos votar sí. No sólo porque eso era lo posible y útil, sino porque era lo patriótico y valiente. Y, por añadidura, lo revolucionario. La vuelta a una Monarquía o a una República a la antigua usanza hubiera supuesto una regresión, un paso atrás y, en definitiva, un fracaso. Creo sinceramente que, tras un periodo de excesivas contemporizaciones para congraciarnos con la mafia internacional que nos hostiga, al menos esta vez el Régimen hizo lo que le pareció oportuno, pensando sólo en su conveniencia y no en los aplausos o censuras de los demás. El nombramiento de Don Juan Carlos como Príncipe y futuro Rey de España no quiere decir que la revolución planteada por José Antonio se vaya a interrumpir definitivamente. Al contrario incluso obtener de la Monarquía un mayor dinamismo. Porque los enemigos de la España resurrecta van a hacer todo lo posible para desacreditar la nueva Monarquía, colocándole el sambenito de reaccionaria y conservadora. Y sólo podrá enralzarse y populairzarse de versa si hace suya la revolución nacional y la lleva adelante sin regateos ni cortapisas. Y así como en la época de los Reyes Católicos la unión del a Monarquía y el pueblo puso fin a los abusos feudales, deben ahora unirse otra vez par que se imponga el interés común al modernos feudalismo de los grupos de presión demoliberales-capitalistas.

Jesús Suevos

El Análisis

NO MÁS FRANCO

JF Lamata

Era un secreto a voces, pero aquel 1969 se hizo realidad… después del General Franco no habrá otro General Franco. Se retornaría una monarquía. La idea de una revolución nacional-falangista-sindicalista quedaba denifitivamente desechada. El General Franco había pasado de ser el dictador que iba a liderar una revolución desde la juventud trabajadora social (y anti-comunista, claro). A ser un clásico dictador General occidental con una política económica liberal (y anti-comunista, claro). Para los falangistas era un golpe bajo, por más de que se intentara presentar como “garantía de continuidad”, era un hecho que muerto Franco habría una nueva España, una nueva España con un Rey y, si se metía un Rey era más que probable que con él vinieran de regalo el sistema de partidos que tanto habían denigrado los falangistas.

Y, sin embargo, todos los procuradores falangistas puros apoyaron aquel día en La Cortes que el sucesor de de Franco fuera el ‘Borbón’. Y es que, tras una Guerra Civil tan dura, todas las ‘familias’ de la derecha política, las que apoyaban la dictadura, seguían teniendo un gran sentimiento de respeto y lealtad hacia el dictador. Por ello los Suevos, los Girón, los Fernández Cuesta, los Utrera, a pesar de declararse falangistas, apoyaron al ‘Borbón’. Quizá a la hora de etiquetarles, más que falangistas, ahora eran ‘franquistas ortodoxos’ o ‘bunker’.  La ironía quiso que la única familia política que votó ‘No’ al retorno a la monarquía fueron los monárquicos, ellos defendían que el sucesor debía ser el Conde de Barcelona (el padre del Príncipe). Ellos también perdieron la batalla. ¿Quienes habían ganado la batalla con el nombramiento de Don Juan Carlos? Los franquistas-aperturistas, los democristianos y los liberales-opusdeianos (los Torcuato Fernández Miranda, Fraga, Suárez, López Rodó o Fernández de la Mora).

Esos ‘franquistas-aperturistas’ habían conseguido asestar una derrota decisiva a los falangistas puros y a los monárquicos puros (y no digamos a los tradicionalistas, los carlistas, que quedaban reducidos a la nada).

J. F. Lamata

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