El presidente Jafizula Amín es asesinado por los soviéticos tras haber permanecido apenas unos meses en el poder

La Unión Soviética invade Afganistán e instala una nueva dictadura comunista encabezada por Babrak Karmal

HECHOS

El 27.12.1979 Fue ejecutado el Presidente de Afganistán, Jafizula Amín, y reemplazado por Babrak Karmal.

JAFIZULA AMÍN, QUIEN A HIERRO MATA…

Amin Apenas tres meses estuvo en el poder en Afganistán, Jafizula Amín, después de liderar la revuelta contra el anterior presidente, el comunista Taraki, que fue asesinado. Ahora Amín acaba de la misma manera que su antecesor.

carter_iran Estados Unidos, presidido por Jimmy Carter, condenó junto con la mayoría de países occidentales la invasión de Afganistán y anunció que, como protesta, EEUU no iría a las olimpiadas de Moscú de 1980.

30 - Diciembre - 1979

Afganistán: el peligro internacional crece

Editorial (Director: Juan Luis Cebrián)

La intervención militar soviética en Afganistán no constituye ninguna novedad en los comportamientos del Krenilin. Desde la invasión de Checoslovaquia -antes la de Hungría- hasta nuestros días, sus intervenciones en Africa, con la ayuda de soldados cubanos, e Indochina han puesto de relieve una y otra vez sus prácticas imperialistas, que en Asia coinciden cronológicamente con un cierto repliegue americano después de su derrota en Vietnam.Según todas las noticias, la acción que ha terminado con el régimen y la vida del presidente Amin, como él lo hiciera meses atrás con el del prosoviético Taraki, ha venido siendo cuidadosamente planificada. El golpe se dio después de una extraordinaria concentración de tropas soviéticas en la frontera de la URSS con dicho país, y todo hace suponer que desde hace semanas los estrategas del Kremlin venían preparando la acción. Esta constituyó un nuevo revés a los intereses americanos en la zona, seriamente amenazados por la situación en Irán y el empeoramiento de la de los emiratos del golfo y la propia Arabia Saudí.

Sin despreciar los aspectos estratégicos, de esencial importancia en la cuestión, pues Afganistán tiene fronteras con Irán, India, Pakistán y China, además de la propia Unión Soviética, es imposible no contemplar, en el sustrato de cuanto está sucediendo, los problemas suscitados por la revolución islámica, cada vez más generalizada. Moscú, que ya en abril de 1978 apoyó abiertamente el golpe que puso en el poder a Taraki, esta, sin duda, seriamente preocupado por la crecienterevuelta que en el interior de Afganistán vienen protagonizando los partidarios de una revolución jomeinista. Los rebeldes controlan gran parte de las zonas rurales y amenazan de continuo a la capital con acciones terroristas. La íncapacidad de Amin para dar una solución negociada a la guerrilla y restaurar la normalidad habría decidido a la URSS a intervenir. Pero está por saber sí el nuevo Gobiérno tendrá más capacidad que el depuesto para dar a la zona en breve plazo una estabilidad que la URSS necesita. El contagio de la rebelión islámica amenaza de otro modo con extenderse y sólo en el Turquestán ruso habitan quince millones de musulmanes.

Mientras tanto, la posición americana es cada día más y más complicada y más débil. Los analistas de Estados Unidos piensan que la rebelión musulmana es imparable y ven en peligro -en el horizonte- la estabilidad de Pakistán – de alto valor estratégico para los intereses de Washington- y la de la propia India, donde un Gobierno más prosoviético no es impensable en el próximo futuro. La cuestión está en saber durante cuánto tiempo podrá el presidente Carter mantener su actual actitud de prudencia frente a quienes le reclaman acciones más enérgicas, mientras todo el Oriente Próximo comienza a ser una tea encendida junto a los pozos de petróleo que suministran la mayor fuente de energía del mundo occidental. A la condena moral que toda intervención militar en un país extranjero merece -la haga quien la haga- se debe sumar por eso, en este caso, la acusación a la Unión Soviética de contribuir a aumentar de manera sustancial la tensión en una zona del globo sometida ya a demasiadas confrontaciones. La intervención en Afganistán es no sólo un acto indigno -lo que, por desgracia, en política importa cada día menos-, sino también una jugada peligrosa para el futuro del orden internacional.

02 - Enero - 1980

Afganistán, satrapia de Moscú

ABC (Director: Guillermo Luca de Tena)

En Afganistán, el régimen del marxista pro soviético Hafizullah Amin ha sido derrocado por el marxista pro soviético Babrak Karmel. Parte activísima en el golpe de Estado ha correspondido a Moscú, que no se ha limitado a ‘inspirar’ la operación, sino que ha enviado al vecino Afganistán 40.000 soldados equipados con blindados y la más moderna artillería. desde la invasión de Chechoslovaquia (1968) la Unión Soviética no se había embarcado en una acción tan audaz y arriesgada. Moscú, sin embargo, ha dado el paso adelante después de un calculado análisis de su acción.
La Unión Soviética controla Afganistán plenamente desde la revolución marxista que situó a Mohamed Taraki al frente del país, en abril de 1978. Taraki primero, y más tarde Amin, eran elementos leales a Moscú, nuevos sátrapas de los zares rojos. El cambio de ahora se debe a cuestiones de matiz que, dadas las circunstancias del momento, se han convertido en imperativos insoslayables para la estrategia de Moscú. Amín era más nacionalista que marxista y nunca dio prubea de flexibilidad ante la rebelión musulmana interna, a la que tampoco supo frenar. Karmel intentará parlamentar con las fuerzas islámicas y se mostrará más flexible con los rebeldes.

En la calculada acción de Moscú hay dos objetivos claramente definidos: estratégicamente impone la teoría de la soberanía limitada sobre un país que tradicionalmente no era considerado una satrapía moscovita. El control sobre Afganistán facilita el acceso soviético a las aquas calientes del Indico y se mete como una cuña entre Irán y Pakistán, a la espera, por ejemplo, de que en Teherán los revolucionarios marxistas se hagan con el Poder cuando se desgaste la polémica figura de Jomeini.

El otro objetivo de Moscú es de índole político: Trata de canalizar, lo mejor posible para sus intereses, la espiral islámica y para ello necesita que su sátrapa-gobernador de Kabul presenta una imagen menos dura ante el mundo musulman. Le interesa a Moscú por razones Internas (más del 25% de la población soviética es musulmán) y también para canalizar la explotación de la rebeldía iraní hacia el enemigo común ‘imperialista-sionista’.

Por lo demás, la acción soviética ha sido llevada a cabo con un cinismo que causa escalofrío en cualquier ánimo democrático o simplemente humanitario. Cuando Taraki se hizo con el Poder llovieron los elogios del Kremlin; lo mismo ocurrió con Amín, el verdugo de Taraki, y ahora con Karmel, el asesino de Amín.
También, en las primeras declaraciones oficiales, se han hecho referencia a las libertades democráticas (y se ha ejecutado sumarísimamente el jefe dle Estado depuesto juntamente con familiares y miembros del Gobierno) y se ha prometido de inmediato libertad de Prensa (pero se imposibilita la acción de los contados corresponsales extranjeros).

Ante esta fría estrategia de Moscú, Occidente puede caer en la trampa de una respuesta condenatoria meramente retórica. Algunos políticos occidentales – la conservadora Margaratet Thatcher y el socialdemócrat Helmut Schmidt, sobre todo – vienen llamando la atención últimamnete sobre el expansionismo de los nuevos zares de Moscú. Sorprende la ingenuidad de la reacción del presidente Carter, que se siente por una vez engañado por su homónimo Leónidas Breznef. Occidente necesita una respuesta de firmeza e inteligencia para evitar que el número de satrapías del imperio soviético siga en aumento.

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