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Los históricos no reconocen el congreso organizado por los jóvenes renovadores que lidera el sindicalista vasco

24º Congreso del PSOE: Escisión total entre un PSOE-Histórico con Llopis y un nuevo PSOE-Renovado con Nicolás Redondo

HECHOS

El 15 de agosto de 1972 se celebró el XII Congreso del PSOE en el exilio al que no asistió D. Rodolfo Llopis.

DOS EJECUTIVAS, DOS ‘PSOE’

La Comisión Ejecutiva del PSOE está formada por 14 miembros. Pero la negativa de los dirigentes salientes del PSOE encabezados por D. Rodolfo Llopis a asistir al congreso del ‘PSOE Renovado’ que intuían convocado básicamente para apartarles del mando, llevó a una crisis de liderazgo que se saldó con que el XII Congreso del PSOE en el exilio eligió a una dirección ‘provisional’ formada únicamente por cinco personas. Mientras el Sr. Llopis anunciaba que celebraría por su cuenta en diciembre su propio XII Congreso del PSOE, ahora identificado como ‘PSOE Histórico’.

EJECUTIVA DEL PSOE RENOVADO

  • Secretario de Organización: D. Juan Iglesias.
  • Secretario Administrativo: D. Fernando Gutiérrez.
  • Secretario de Propaganda y Prensa: D. Arsenio Jimeno.
  • Secretario de Relaciones: D. Francisco López Real.
  • Secretario de FOrmación del Militante – D. C. García.

El ‘hombre fuerte’ de la ejecutiva es el sindicalista de UGT D. Nicolás Redondo («Juan»).

EJECUTIVA DEL PSOE HISTÓRICO

  • Secretario GeneralD. Rodolfo Llopis
  • Secretario de Organización: D. José Martínez de Velasco
  • Secretario Administrativo: D. Julio Fernández Lucio
  • Secretarios: D. Ildefonso Torregrosa, D. Antonio García Duarte, D. Miguel Armentia.

Ninguno de ellos asistió al congreso de agosto de 1972.

LA DIVISIÓN SE TRASLADA A LA PRENSA

El periódico francés LE SOCIALISTE de Georges Brutelle que desde su fundación en 1962 era el órgano de expresión del PSOE de D. Rodolfo Llopis, ahora se ha alienado con el PSOE Renovado de D. Nicolás Redondo, paralelamente los sectores de LE SOCIALISTA partidarios de Llopis encabezados por Jacques Cassan se dispone a crear su propio periódico, LE NOUVEAU SOCIALISTE afín al PSOE Histórico del Sr. Llopis.

21 Septiembre 1972

Editorial

LE SOCIALISTE

El XII Congreso del PSOE se ha convocado y celebrado pese a cuantas maniobras internas y externas se ha desarrollado para impedirlo. Desde llorear el naipe, hasta convertir la daga florentina en vulgar faca, pasando por el grito acusatorio para escurrir el bulto, se han utilizado todas las trapacerías imaginables y las inimaginables, incluida la inmoral sopalanría ante el gendarme para desintegrar una organización difícilmente tolerada por quienes se han hecho los abogados de Franco ante el Mercado Común.

Más del 65% de los afiliados del exilio y algo más del 99% del interior de España estuvieron representados previo riguroso control administrativo.

Las ausencias de algunas secciones son perfectamente explicables, como lo es la poca gallarda defección de quienes, con su gestión debían responder de las abominables calumnias con las que han intentado corroer y descargar la honra de admirables militantes.

Contra todo pronóstico y pese a calculadas provocaciones, predominó en el Congreso la serenidad, la altura de miras, la sagacidad política. Fue un Congreso impregnado de indignación y de tristeza, serio, grave y, finalmente, emotivo, también fecundo y quizás el mejor de los celebrados en tierra extranjera.

Los certeros análisis de la situación política, económica y social de España, recobraran el inconfundible tono socialista que habíamos perdido, inmersos durante años en efectos oratorios al servicio de un posicionamiento conspirativo pequeño burgués, sentimental y hueco.

El panorama sobrio, realista, sin concesión alguna a las ilusiones al deseo subjetivo, fue trazado con profundo conocimiento de la realidad, que hay que formar tal y como es y no como quisierámos que fuera. La magistral introducción hecha por los miembros de la C. E. saliente marcó con su impronta debates y resoluciones.

La presencia en el Congreso de numerosísimas delegaciones del Interior, al frente de las cuales la personalidad más prestigiosa de nuestro partido, cuya autoridad moral nadie se atrevió a discutir hasta su desencadenamiento de bajas pasiones destructivas, eran, indiscutible garantía de autenticidad.

Es altamente significativo que una de las primeras preocupaciones del Congreso fuera la de volver a nuestra tradición democrática devolviendo al Comité Nacional sus facultades directivas, erosionadas poco a poco en cauteloso caciquismo.

Una preocupación predominante, hay que subrayar: la de informar objetivamente a cuantos han podido ser sorprendidos en su buena fe y cuya limpia historia militante nadie puede discutir.

No cabe duda alguna de que el exilio y la represión habían creado un desequilibrio en la dirección. Felizmente el Congreso terminó con tan peligroso estado de cosas, dando al Partido una dirección única, radicada sustancialmente en el interior elegida PARA TODOS Y POR TODOS.

El despegue de la economía española dentro de un corrompido marco fascista, acentuó la lucha reivindicativa ilegal abriendo perspectivas que la revolución política analiza para concluir con proporciones concretas ajustadas a una lucha nacional por la libertad y a una lucha de clases cada vez más acentuada por el trascurso y la cobardía del capitalismo español.

 

05 Febrero 1972

NI APARTADO, NI INDIFERENTE

Andrés Saborit

Entre las cartas de felicitación que he recibido con motivo del Año Nuevo hay una que, sin desearlo su autor me dejó cierto rescozor en el alma del que deseo librarme públicamente. Decía así, en uno de sus párrafos.

“Dichoso usted, amigo y compañero Saborit, que vive apartado y ajeno a los acontecimientos de estos últimos tiempos en nuestros organismos directivos…”.

Mi respuesta fue rápida un tanto seca sin dejar de agradecer a mi comunicante la solicitud que expresaba por mi estado. He aquí lo esencial.

Yo no estoy apartado de nada que se relacione con la vida de nuestros organismos ni soy indiferente a cuanto les ocurre o les puede ocurrir. Si no hago más en ellos – no he dejado de cotizar en ninguno, a pesar de no tener obligación de hacerlo – es porque no puedo hace poco ha cumplido 82 años. Pero mientras mi cabeza marcha mejor de mis piernas, escribiré y si mis libros – tengo varios terminados, sin contar el grande de Historia: varios tomos en preparación en el fondo una Enciclopedia Socialista, con la biografía de Pablo Iglesias y de sus colaboradores, enlazada con la historia del Partido Socialista Obrero Español y la Unión General de Trabajadores – se publican cuando yo no los pueda leer, otros lo harán, y seguirán la senda trazada por nuestros fundadores. Lo esencial es crear y no destruir: arrimar más el hombro y criticar menos.

Recapitulemos datos de una vida con la esperanza de que interesen a una minoría de alma limpia y sentimientos generales.

En noviembre próximo hará setenta años que ingresé en la Asociación General del Arte de Imprimir de Madrid, fundadora de la Unión General de Trabajadores de España. Creo ser el único superviviente del os que pertenecimos al Centro de Sociedades Obreras de Relatores. 24. Allí ingresé en la Juventud Socialista, Agrupación Socialista, Grupo de Tipógrafos Socialistas. Mutualidad Obrera. Sociedad de Escuelas Laicas. Cooperativa Socialista, Sociedad Artístico-Socialista y Escuela de Aprendices Tipógrafos. No falté a ninguna asamblea ni acto de propaganda, y jamás pedí la palabra ni intervine en ningún problema de los que se plantearon en aquellos años – algunos bien importantes – aunque siempre emití mi voto con arreglo a mi punto de vista, equivocado o acertado, pero mío y no ajeno. Me limitaba a hacer ver, oír y aprender. Lo que quiero destacar es que en Relatores no intervine con mi palabra, pero desde el primer momento -¡éramos tan pocos! – ejercí cargos, aunque modestos, de muchas horas de presencia, redactando actas y pasándolas al libro correspondiente, poniendo al día las cuentas, cubriendo recibos de cotización y a veces yendo a cobrarlos a domicilio, vendiendo el semanaro los sábados en la Puerta del Sol, entregando la recaudación a beneficio del diario, entonces una ilusión. En la imprenta de El Consular de los Ayuntamientos – medio siglo antes trabajó Iglesias en ese mismo periódico, en talleres establecidos en ese lugar – calle de San Jaidro 5, donde estuve dos años, 1905-1907, fui delegado del Arte de Imprimir, a pesar de mi juventud.

Pero volvamos a Relatores donde los jueves Pablo Iglesias presidia las sesiones del Comité Nacional de Unión General de Trabajadores en el salón pequeño con más de veinte vocales, uno por cada Sociedad afiliada. Los sábados Iglesias forma la tertulia alrededor de potente estuta, que desparramaba cabo a través de una tubería por otras dependencias del local social. Era una familia alrededor de uno de los suyos planteándole problemas pidiendo consejo, a veces consuelo moral. ¡Tiempos admirables en que nadie sentía apetitos mezquinos! Los viernes Iglesias presidía las sesiones del Comité Nacional del Partido Socialista en el domicilio de Francisco Mora, secretario de la Internacional en 1889, situado en el piso segundo de una vetusta casa de la calle del Espíritu Santo, 18, donde funcionaban los modestos servicios de EL SOCIALISTA semanal y los del Partido.

En Relatores nació La Mutualidad Obrera en cuya dirección primitiva no intervino Largo Caballero. El cargo de gerente fue creado meses después de ser concejal – 1 de enero de 1906 a 1 de enero de 1910 – cargo que le obligaba a faltar al trabajo algunos días a la semana, en los cuales percibía el correspondiente subsidio de los fondos de la Agrupación Socialista.

La Asociación Artístico-Socialista estaba dividida en Secciones. El Orfeón Socialista – la más importante – lo dirigía Francisco Mora, que había estudiado música y durante varios años trabajé como corista en el Real de Madrid. En la Sección Teatral el peso recala sobre José Maeso, que hacía pasar ratos deliciosos a las familias obreras en fiestas de aniversario de las organizaciones sindicales y en leches conmemorativas, como la Comuna de París. Allí comenzó la Cooperativa Socialista vendiendo distintos géneros los sábados por la noche con personal que no disfrutaba de gratificación. El trabajar gratis por las ideas era un placer y hasta un honor en aquellos años. Exponerse a perder un taller por defender causas justas, por faltar al trabajo el 1º de Mayo – cuyo jornal no era recuperable – caer preso en redadas gubernativas, era algo que no atemorizaba ni se cotizaba como mérito. No existía el subsidio por prisión, que se soportaba en condiciones muy duras. Ser socialista no era nada fácil.

En Relatores, por fin fue creado el Grupo Femenino Socialista como auxiliar de la Juventud Socialista. Fui asesor suyo durante varios años, hasta que se convirtió en Agrupación Femenina Socialista ingresando en el Partido. Al cabo de los tiempos, por distintas causas, esta entidad fue disuelta en asamblea presidida por María Rojo, ingresando las afiliadas que permanecieron fieles en la Agrupación Socialista, donde siempre hubo algunas mujeres que se negaron a pertenecer a la Agrupación Femenina, por ejemplo, Amparo Meliá, compañera de Pablo Iglesias, afiliada al Partido desde que en Valencia se fundó la Agrupación Socialista para hombres y mujeres.

Conservo la tarjeta personal que me dio derecho a entrar en la Casa del Pueblo el día en que fue inaugurada – domingo, 28 de noviembre de 1908 – con una manifestación a banderas desplegadas, que circuló desde Relatores, atravesando la Puerta del Sol, calles de Alcalá y Barquillo, hasta llegar a Piamonte 2, donde se disolvió después de oír a Pablo Iglesias desde una ventana del piso principal. La instalación de las Sociedades Obreras y del Partido Socialista en un palacio que había pertenecido a la aristocracia española produjo impresión extraordinario en todo el país.

La Juventud socialista en Relatores todavía – nunca gozó del estímulo de los veteranos – organizó campañas contra la ley de Jurisdicciones y para pedir fuera suprimido la redención a metálico que evitaba a los hijos de los ricos ir al cuartel mediante entrega de unas pesetas obligando a cubrir esas bajas con hijos de trabajadores. Esta agitación antimilitarista creció en intensidad al provocar al Gobierno de Maura y Cierva la guerra de Marruecos en 1909. Entonces cayó preso Lucio Martínez, presidente de la Juventud Socialista, condenado a seis meses y un día por un Consejo de Guerra que le aplicó la ley de Jurisdicciones. Lucio era inocente del delito que purgó: mientras actuaba en el salón Zorrilla en función benévola de aficionados, haciendo el papel de Malnetik del drama Tierra Baja, al Comité de la Juventud Socialista aprobó un manifiesto contra la guerra de Marruecos exigiendo, entretanto, fueran a ella los hijos de los ricos en iguales condiciones que los de los pobres. Conoció el texto redactado por Redondo y por mí, después de publicado, con la firma entonces corriente, ‘El Comité’, sin dar nombres con la fecha al pie. Y como era también corriente entonces, el presidente de la entidad se hizo único responsable alegando ante el juez que el resio del Comité Ignoraba el texto del manifiesto porque le habían dado un vote de confianza para redactarlo.

Me tocó llevar a Lucio Martínez a la cárcel modelo. El juez militar que le comunicó la sentencia – estuvo en libertad provisional – un excelente hombre de relevantes cualidades morales que terminó sus días dentro de las filas del Partido Socialista, José Calvet nos dio la orden de entrada en prisión, advirtiéndonos lo hiciera Lucio antes de anochecer, para evitarse dormir fuera de celda, ya que ese servicio sólo funcionaba del día. Así lo hicimos pasando unas horas deliciosas juntos, cual si se tratara de preparar una excursión de propaganda. Preso Lucío, la asamblea de la Juventud Socialista me nombró para sustituirle, esto es, para ir a la cárcel tan pronto se presentara la primera oportunidad. Que, naturalmente, no tardó en presentarse.

En octubre de 1910 la Juventud socialista acordó organizar un mitin contra la guerra de Marruecos y exigiendo fuera abolida la redacción a metálico. Visité a Pablo Iglesias para rogarle tomara parte en ese acto, ya que contra la guerra había intervenido valientemente en el Parlamento y fuera de él. Iglesias me advirtió que al acto no sería autorizado y, de serlo, nos traería serias consecuencias, pues conocía la actividad de Canalejas con respecto al Partido Socialista, si que odiaba, secundando a la Casa Real. Desoí las advertencias de Iglesias y redacté una hoja de convocatoria, que fue denunciada por la jurisdicción militar para impedir la celebración del mitin. Fui procesado, quedando en libertad provisional. Insistimos con otra convocatoria sin texto, insertando objeto, fecha y sitio, para evitar fuera denunciada. Canalejas estaba furioso porque rigiendo las garantías constitucionales no podía impedir la celebración del mitin. Ordenó se tomaran taquigráficamente los discursos para pasarlos seguidamente al juez da guardia. Presidí el acto – tenía yo 19 años – a mi izquierda se situó Juana Taboada, en nombre del Grupo Femenino Socialista, y a mi derecha el comisario del distrito del Hospital, un policía de malas entrañas que esiendo de plantilla en Bilbao había asesinado a un huelguista en los alrededores del Centro Obrero, provocando conflicto de tal gravedad que llegó a la declaración del estado de guerra y hablaron Daniel Anguiano, Eladio Fernández Egochea, Fermín Blázquez, Lucio Martínez y Pablo Iglesias. El delegado de la autoridad me pidió llamara al orden al os oradores cuando a su juicio se excedían. Naturalmente, yo no le hice caso, no atreviéndose a suspender la reunión ante el temor de que estallara un conflicto porque el teatro estaba abarrotado y los ánimos muy excitados adivinando el público lo que ocurría en el escenario. Conclusión: aquella noche dormimos los cinco jóvenes socialistas en la Cárcel Modelo, salvándose Iglesias por su cualidad de diputado a Cortes. Los temores suyo tuvieron confirmación, pero nosotros estábamos radiantes de alegría: del mitin de Barbieri salieron consagradas las Juventudes Socialistas.

Lector: estando entre rejas cumplí los 20 años, los 21 y los 22. Porque mis camaradas, terminado la pena impuesta, salieron a la calle, pero yo fui condenado en dos Consejos de Guerra posteriores reunidos en el interior de la Cárcel Modelo: primero, por la hoja convocando a un acto que fue suspendido y después, por unos comentarios que hice y publicó EL PAÍS, diario republicano dirigido por Roberto Castrovido, considerados injuriosos por la jurisdicción militar. Mi madre, de acuerdo conmigo, no pidió ni una comunicación extraordinaria que facilitaba como un favor el director de la prisión. Me atuve al régimen carcelario en todo. Cuando me enteré de que Leopoldo Romeo, director de LA CORRESPONDENCIA DE ESPAÑA, en cuya imprenta trabajaba estaba tramitando mi indulto – era diputado a Cortes de gran influencia política – le desautoricé pública y violentamente.

Estando preso aún, en 1912, la Federación Nacional de Juventudes Socialistas se reunió en Congreso, en la casa del Pueblo de Madrid, acordando elegirme presidente de la Federación y director de Relatores. Tomé posesión al salir de la Modelo en febrero de 1913, y di impulso a la Federación convirtiendo Renovación en quincenal; efectué una encuesta sobre el problema agrario cuyos datos utilizó Fernando de los Ríos, haciendo constar en su trabajo el origen de los mismos y organicé varias campañas de propaganda de acuerdo con Virginia González, recorriendo juntos 58 poblaciones de Levante y Andalucía. Como se trata de hechos históricos, diré que Virginia, después de un mitin que dimos en Cuenta cuando yo tenía 24 años, trabajaba como corrector de pruebas de la imprenta de Peña Cruz, Pizarro 16, no había hablado en público en Madrid ni ejercido el derecho de sufragio por carecer de edad para ello, me dijo: “Saborit, usted será director de EL SOCIALISTA, secretario del Partido, concejal y diputado a Cortes”. Tomé a broma el vaticinio de Virginia, quien me dijo aún: “¡Cuánto daría yo por conseguir que mi César siguiera la senda de usted!”. Digamos que era una madre apasionada, tanto lo fue que tomó parte en la escisión del año 1921, sin ser comunista, por seguir a su hilo, al que idolatraba.

Con motivo de la inauguración de la Casa del Pueblo del ingreso en el Partido Socialista de Julián Besteiro y de otros intelectuales, de actos verificados allí al socaire de la Conjunción Republicano-Socialista o en conferencias en que intervenían personalidades del periodista y de los políticos ajenos y a veces hostiles a nuestras organizaciones – Francisco Cambó líder del capitalismo catalán, ocupó la tribuna de nuestro domicilio social, lleado por Núñez de Arenas – surgieron atisbos desviacionistas, que nos alarmaron a unos cuantos. Otro ejemplo: en el Congreso del Partido Socialista en que se acordó transformar el semanario en diario, Iglesias no fue elegido director del periódico, utilizando el argumento de su deficiente estado de salud, aceptado de buena fe por muchos: más otros votaron en ese sentido con la esperanza de cambiar la orientación del Partido, fomentando una política reformista, casi monárquica, hasta el extremo de que Eduardo Dato, jefe del Partido Conservador, estuvo dispuesto a dar una Conferencia en la Casa del Pueblo concedida entre Núñez de Arenas y García Ormaechea, evitada en último instante merced a la decisiva intervención de Julián Besteiro.

Ante semejante situación, de acuerdo con otros camaradas convoqué una reunión de afiliados en casa de Luis Torrent, que dispone de local espacioso porque su esposa regentaba taller de modistería donde se acordó fundar una revista semanal ilustrada – Acción Socialista, 21 de marzo de 1914 – agosto de 1917 – dirigida por mí, cuyo artículo de entrada iba firmado por Pablo Iglesias, lo que explicaba la orientación que seguíamos. Fue reconquistada la presidencia de la Agrupación Socialista, que pasó a manos de Largo Caballero, y Pablo Iglesias volvió a ser elegido director de EL SOCIALISTA entrando en los Comités Nacionales de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista, al lado suyo, Besteiro, Largo Caballero y yo.

La crisis llegó a la Federación de Juventudes Socialistas coincidiendo con la guerra europea de 1914-1918. Estuve en relaciones con las organizaciones del movimiento pacifista de Zimmerwald, desde donde me enviaron documentación y varias postales, en una de las cuales venía la firma de Ulianof (Lenin), quien al hacerlo no utilizaba ese seudónimo, sino su nombre propio. En el Congreso celebrado por las Juventudes Socialistas en 1915 hubo una minoría que, conociendo esa posición mía, quiso enfrentarla con el Partido, mejor sería decir con Pablo Iglesias, cuya declaración política en la Cámara de Diputados acerca de la guerra había aprobado el Congreso del Partido Socialista poco antes. Me opuse a que la Federación adoptara acuerdos contrarios a los del Partido, ni siquiera a que los discutiese. Esa no era su misión. Las Juventudes son escuela de formación de militantes, nunca tribuna de doctrinarios. Dentro del Partido todo puede y debe ser discutido, absolutamente todo, pero las Juventudes no son otro Partido, si deben convertirse en enemigo suyo. Quien se crea en condiciones de poder cátedra, que utilice los procedimientos reglamentarios dentro de los métodos tradicionales de respeto mutuo, honra de nuestros organismos. Hubo quien me acusó de contradicción. No la había. Ya había demostrado más de una vez mi independencia de juicio. En la Agrupación Socialista Madrileña con Iglesias en el mantenimiento indefinido de la Conjunción Republicano-Socialista, no por dar gusto a los monárquicos ocmo algunos radicales de boquilla que militaban entre nosotros, sino porque el contacto con republicanos que se entendían con la Casa Real nos restaba prestigio. Discrepé de Iglesias cuando éste defendía que la victoria militar de Francia e Inglaterra, seguida de la derrota del káiser alemán, sería el triunfo de la libertad y de la democracia y el término de las guerras en el mundo. No acepté esa posición; pero evité convertir en polémica personal, mi punto de vista, huyendo de dar a mis opiniones carácter de infalibilidad, impropio de mis hábitos conciliadores, tan poco agradables entre algunos amigos míos.

Trabajaba de corrector de pruebas en la imprenta de Fortanet, Libertad, 29, cuando surgieron los sucesos políticos y militares del año 1917. En el primer Comité de Huelgas, dispuesto a declarar un movimiento revolucionario, de acuerdo con la Confederación Nacional de Trabajo y reformistas y republicanos, caso de que fueran detenidos los miembros de la Asamblea de Parlamentarios reunidos en Barcelona, no intervenimos Daniel Anguiano, secretario del Partido Socialista, ni yo, vicesecretario. Trabajadores, reservados para sustituir a los designados, al que volver a poner en marcha el Comité, esta vez para dirigir la huelga general en solidaridad con los ferroviarios del Norte, con el programa político revolucionario hecho público con nuestras firmas, al pie, Eduardo Torralba Bací y Francisco Núñez Tomás renunciaron a seguir perteneciendo al mismo, siendo encargados de sustituirles Anguiano y yo. Fui, pues, héroe a la fuerza para cubrir bajas y de rechazo aspirante al fusilamiento si la huelga salía mal, porque lo que habíamos previsto no era precisamente una broma. Es más: se pudo triunfar el jueves de la semana de huelga, al los ferroviarios de MZA y de MCP hubieran cumplido con su deber. El Gobierno estuvo dispuesto a negociar, pero los ferroviarios – y no sólo ellos – traicionaron, fracasando al movimiento.

Detenidos en prisiones militares – estuvimos allí incomunicados 21 días – el capitán Quirós, secretario de la causa, por orden del juez, comandante Gustavo del Amo, me sacó a un pasillo para rogarme modificara mis declaraciones en las que me hacía responsable de cuantos documentos aparecían en autos advirtiéndome del riesgo que corría al ser reincidente por cuarta vez, ya que había sido condenado por tres Consejos de Guerra y era inevitable recargar la pena en mi caso. Agradecí la gestión, seguro estoy que de buena fe – Quirós era masón, aunque yo nunca lo fui – pero mantuve mis declaraciones, a pesar de que insistió diciéndome que Besteiro se había hecho responsable de todo, para influir sobre mí, sin conseguirlo.

Nuestras condenas impresionaron en toda España. Estando presos en Cartagena, los cuatro fuimos elegidos concejales por Madrid y en mayo de 1918, diputados. Yo continué siéndolo en las tres Cortes póstumas de la Monarquía con Iglesias, Besteiro y Prieto. Anguiano y Largo Caballero no volvieron a triunfar. Al ayuntamiento de Madrid pertenecí hasta la Guerra Civil. Fue el cargo más interesante, más eficaz que ningún otro, a mi juicio.

En 1921 estalló la división comunista. Previamente estuvo decretada la suspensión de EL SOCIALISTA por la comisión ejecutiva dirigida por García Quejido y Anguiano, en cuyas manos se había evaporado la fortuna amansada con gran esfuerzo en favor de la Editoria Socialista. Aquella gestión fue un desastre, en el que colaboraron profesionales del periodismo con todas las máculas propias de la profesión.  Cuando no había otra solución, esto es, cuando no existía un céntimo en la Caja del Partido, dividido y maltrecho, y el diario estaba en la agonía, Iglesias, Besteiro y Largo Caballero gestionaron, me hicieron cargo del periódico, compatibilizándolo con la secretaría del Partido y con los de concejal y diputado a Cortes, en los cuales no se percibían ni dietas de presencia. ¡Una canonjía! Virginia González había acertado, sin intervención mía en el acierto.

Estuve 10 años largos en el periódico y en las Ejecutivas de la Unión General y del Partido Socialista. La presidencia de la Federación de Juventudes Socialistas y la dirección de ‘Renovación’, al cumplir los treinta años, fecha tope, hube de abandonarlas. Poco después, el comunismo clavaría sus garras entre los jóvenes socialistas, fomentando desvaríos irrealizables. Como director del periódico – aunque de derecho lo era Pablo Iglesias y con él confiábamos para todo – durante más de cuatro años no percibí un céntimo porque no había más que deudas, amortizadas a lo largo de mi gestión, creando una Editorial que adquirió la imprenta de la calle de San Bernardo 92, donde fue instalada la Gráfica Socialista con nueve linotipias y máquina rotativa para el diario. ¡Si Iglesias hubiera vivido para verlo! Por entonces publiqué un libro de 712 páginas y profusión de grabados con la gestión de la Comisión Ejecutiva del Partido Socialista desde abril de 1921 hasta diciembre de 1927, convocando al XII Congreso ordinario que se reunió en la Casa del Pueblo de Madrid en los días 28 y siguientes del mes de junio de 1926. En Memoria, elogiada por Manuel Albar, en un artículo suyo, está agotada y los especializados en divulgar aspectos del movimiento sindical y político español encuentran grandes dificultades para poderla utilizar.

Un gran amigo de Iglesias, Dámaso Gutiérrez Cano, que había hecho fortuna en América, me hizo objeto de Igual estima, entregándome fuertes sumas, sin firmar jamás recibo alguno, que sirvieron para contribuir a adquirir imprenta destinada a EL SOCIALISTA y demás trabajos de entidades de la Casa del Pueblo. La Gráfica Socialista, con un centenar de operarios fue un éxito del que partimos para construir edificio propio consagrado a la Fundación Pablo Iglesias, cuyo terreno obtuvo de Gutiérrez Cano, voluntad respetada por su familia una vez fallecido tan altruista correligionario cuyos restos reposan en el Cementerio Civil Madrileño.

En 1930, estando ausente Largo Caballero, las Comisiones Ejecutivas de la Unión General de Trabajadores y del Partido Socialista recibieron invitación de los elementos republicanos para participar en reuniones celebradas con ellos en el Ateneo de Madrid. Fuimos varias veces Besteiro, Cordero y yo, sin que se hablara de colaboración ministerial. Lo úncio que nos pedía el Comité presidido por Niceto Alcalá-Zamora era que la clase trabajadora se adhiriera con un paro pacífico al movimiento militar en gestación, de tanta fuerza, que la República, cuarta vez, ya que había sido condenado por tres consejos de guerra y era inevitable recargar la pena en mi caso.

Cuando no existía un triunfaría sin derramamiento de sangre y era preciso evitar que el golpe militar se convirtiera en una cuartelada. Como no se nos pedía sino secundar a los militares cuando estos estuvieran en la calle, fui autorizado por las Comisiones Ejecutivas para organizar la huelga general, enviando emisarios a provincias con la consigna y las órdenes oportunas. Tan pronto como regresó Largo Caballero le informamos de cuanto había sucedido que no le agradó poco ni mucho. ¿Qué pasó para que después cambiara de criterio? Es fácil adivinarlo: Prieto y De los Ríos no consiguieron que Besteiro aceptase colaborar en el Gobierno en gestación, consiguiéndolo en cambio, de Largo Caballero. ¿Cómo pudo decirse – y aún se falsean los hechos en referencias contemporáneas – que las Comisiones Ejecutivas presididas por Besteiro eran contrarias a la huelga general para traer la República, si en ausencia de Largo Caballero la habíamos preparado, gastando miles de pesetas en enviar emisarios a provincias con ese objeto? Digamos aún que Prieto, con su característica nobleza, reconoció que las Ejecutivas nunca regatearon su concurso al cambio de régimen, surgiendo la división – dijo más de una vez – al tratarse del problema de la colaboración ministerial.

Efectivamente. Sólo en ese caso surgió la división. Yo hablé contra la colaboración ministerial, coincidiendo con Besteiro y Trifón Gómez; pero a la hora de votar lo hice en favor de Prieto y De los Ríos, insistiendo cerca de Largo Caballero para que desistiese de sus pretensiones sin conseguirlo. Entonces llegué a decir, en presencia de los tres interesados: “El fracaso inevitable a mi juicio de Fernando y de Prieto no producirá graves quebrantos a la Unión General de Trabajadores y al Partido Socialista; pero el fracaso de usted, Largo Caballero, sí; porque comunistas y anarquistas, éstos especialmente si le ven a usted al frente del ministerio de Trabajo, harán la vida imposible al Gobierno y sufrirán con ello nuestro organismo e incluso el régimen republicano”. Por desgracia, así sucedió. Terminada la sesión, delante de todos, Largo Caballero me ofreció el cargo de subsecretario del Ministerio de Trabajo, oferta que rechacé sin vacilar, aunque agradeciéndoselo vivamente. Vale la pena aclarar que entre Largo Caballero y yo, entonces un cuarto de siglo de relaciones, jamás hubo la menor discrepancia.

Se ha dicho también que yo no creí en el triunfo del movimiento republicano. Si no hubiera tomado en serio la petición que nos hizo el Comité presidido por Alcalá-Zamora, ¿Hubiera yo enviado emisarios a provincias propagando la huelga general? Esa confianza decreció cuando comprobé que pedían entraran en el Gobierno tres socialistas, era porque no tenían tanta confianza como habían dicho en los militares, buscando el refuerzo que les flaqueaba en el movimiento obrero como después confirmaron los hechos y fue origen de la dimisión de Besteiro y de cuantos opinábamos como él. La república triunfó sin intervención del ejército, en unas elecciones municipales, nombrando una victoria a los componentes del Gobierno provisional, como reconocen en los libros de historia los interesados. Nada perdieron los jóvenes que deseen conocer lo ocurrido en España en esos años leyendo las memorias de Azaña, Lerroux y Alcalá Zamora, para no citar sino tres ramas del republicanismo. Pero ¿son partidarios de enterarse seriamente de la historia de España los españoles? ¡Cuántas veces lo dudo!

Al votar como lo hice al lado de Besteiro y Trifón Gómez, entre otros, anuncié que renunciaba a los cargos que tenía en la Unión General de Trabajadores y en el Partido Socialista sin formar grupo con nadie ni crear disidencia alguna. La Agrupación Socialista Madrileña me ratificó su confianza en el puesto de concejal y teniente de alcalde de La Latina, y luego me eligió diputado a Cortes por Madrid. Tuve entonces quía distritos por donde luchar, haciéndolo tan sólo por la capital de España. Pasados los meses se reprodujeron las dimisiones, esta vez en la Unión General de Trabajadores, cuando se intentaba llevar el movimiento obrero a un conflicto con la República sin reunir previamente un Congreso como deseaba Besteiro que hubiera resuelto todas las dificultades, oyéndonos mutuamente, respetando nuestra tradición democrática. Fuimos vencidos y sustituidos sin oír la opinión de los afiliados por un golpe de fuerza, faltando a la tradición democrática de nuestros organismos. Camino desventurado que tuvo segunda parte – tan arbitraria como la primera – en la elección de la Comisión Ejecutiva llamada de la escalera, en Valencia. Quien a yerro mata, dice un refrán castellano, a yerro muere. Tiempos de enorme tristeza, que es imprescindible evitar tengan repetición.

Las cosas llegaron entre nosotros a tal extremo que sin oírme, sin citarme previamente para lectura del pliego de cargos, antes había por un discurso que pronuncié sin citar nombre alguno ni atacar a nadie, absolutamente a nadie, fui suspendido de derechos y deberes en la Agrupación Socialista Madrileña, aunque la medida no llegó al extremo de impedir continuara siendo concejal y teniente de alcalde porque no pudieron, legalmente era imposible sustituirme en esos puestos sin nueva elección en las urnas. ¡Cuánta arbitrariedad! Pasaron los meses y senté a mi mesa a quien había firmado la comunicación oficial informándome de haber sido suspendido de derechos y deberes en el Partido Socialista con la finalidad de impedir pudiera ser elegido diputado a Cortes en las elecciones en perspectiva. No he tenido tiempo para odiar a nadie dentro del Partido. ¿Para qué me interesaba a mí ser diputado o concejal? Absolutamente para nada personal. Encontré trabajo como corrector de pruebas en la imprenta del HERALDO DE MADRID, de la que era gerente José Cernada y allí me cogió el movimiento militar del 18 de Julio.

Entretanto yo había fundado y dirigido Thompus Heaves, revista quincenal ilustrada consagrada a problemas provinciales y municipales con la finalidad de ayudar a constituir una Federación de diputados provinciales y concejales socialistas que sirviera para capacitar a quienes actuaban en tan importantes corporaciones que vivió holgadamente hasta la guerra civil. No llegó a formarse la Federación citada porque quienes tenían que haber patrocinado el proyecto no lo hicieron creyendo secundarlo fijar atención en estos problemas cuando lo esencial era prepararse para un movimiento revolucionario que de la noche a la mañana cambiara la faz del país. Desgraciadamente el Partido Socialista se dejó llevar por la corriente bolchevista, siendo impasible cómo esos elementos se apoderaban de la Federación de Juventudes Socialistas, constituyéndose en otro Partido Socialista, desde el cual se lanzaban infamantes consignas de exclusión contra hombres de pureza inmaculada y se creaban ídolos personales.

A tal extremo llegaron las cosas que Lucio Martínez, Trifón Gómez y yo, entre otros,  nos vimos obligados a fundar un semanario DEMOCRACIA, dirigido por mí para evitar que en el Partido Socialista hubiera tendencias; para defender, como en Acción Socialista, en 1914, en vida de Pablo Iglesias, la pureza y la integridad de los ideales socialistas. La clasificación de reformistas centristas y revolucionarios, maligna intención moscovita, fue pura arbitrariedad para dividir el movimiento obrero socialista. Yo no he sido nunca reformista. Basta repasar mi historia, mi escaño municipal fue volcada tribuna socialista elogiada por Luis Araquistain en un prólogo a trabajos míos editados en folleto.

Llegaron los días aciagos de la guerra civil, y saqué de Madrid a mi anciana madre enferma de cuidado, para evitar los horrores del acoso militar que sufría la capital. El barullo político surgido por la anormal salida del Gobierno hacia Levante me sorprendió fuera de mi sitio en la imprenta del HERALDO DE MADRID y en el ayuntamiento. Cuando volví habían estallado acontecimientos de tal magnitud en el Municipio y entre los ministros que tardó en restablecerse la normalidad en Valencia. En enero de 1937, Juan Negrín, ministro de hacienda me nombró Director General de Aduanas y subdirector del Banco de Crédito Local. Antes de tomar posesión la expuse mis puntos de vista, contrarios a incorporarme a esos cargos, Negrín, en sustancia, me replicó: “Amigo Saborit, eso que usted alega para no aceptar la Dirección General de Aduanas – yo seguía suspendido de derechos y deberes en la Agrupación Socialista Madrileña – hay que dejarlo a un lado. Estamos en guerra. Su nombramiento ha sido acordado por unanimidad en el Consejo de ministros presidido por Largo Caballero y el decreto está firmado por el presidente de la República, véalo usted. ¿Qué más puede usted pedir? Olvide lo pasado y a trabajar como usted sabe hacerlo”. Reclamé entonces absoluta libertad en mis cargos, advirtiéndole que no aceptaría recomendaciones ni favores de ninguna clase, condiciones que Negrín aceptó, dictando delante de mí una circular a los ministros en ese sentido. Posteriormente, para cubrir bajas, me ofreció la dirección de Seguridad, una vez y al ministerio de Gobernación, más tarde. Le rogué me dejara tranquilo en mi sitio, en el que estuve hasta la caída de Cataluña. En el Parthus, mi mujer y yo dormimos gracias a la generosidad de un amigo francés de gran influencia en aquella población fronteriza, porque los billetes que saqué de Barcelona no tenían curso en Francia. ¡Y en Aduanas sabíamos los números de los que circulaban en la otra zona y aceptaba la Banca Francesa, y yo hubiera podido reunirlos con facilidad! Pude subsistir los primeros tiempos gracias a amigos fraternales del Partido – alguno vive todavía – que conocían mi situación. Nunca lo olvidaré.

Reconstruidos el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores en Toulouse llegó el momento, a instancias de amigos de Méjico, de nombrar ministro de Trabajo a Trifón Gómez, en un Gobierno de coalición – el primero formado fuera de España – actuando de presidente de la República Martínez Barrio. Aquello me parecía disparatado. Hubo asamblea de delegados de la Unión General de Trabajadores, presidida por Trifón, gran amigo mío, de quien publicaré un libro con su biografía y sentado a su izquierda pronuncié un discurso en contra de que nuestra central sindical tuviera intervención en un Gobierno formado de aquella manea. La misión de la Unión General no es convertirse en otro Partido Socialista, sino colaborar en la acción política por éste desarrollada sin menoscabo de su esencial significación sindical obrerirsta. Es peligroso dar lugar a confusiones en ese sentido mucho más hoy en que resurgen corrientes contra las cuales ha estado siempre, partidarias de un neutralismo obrero, para arrancarle de la influencia socialista. Como en otras ocasiones, fui vencido en Tolouse, pero mi conciencia quedó tranquila.

Con un historial así – perdón, joven lector, por la inmodestia de un octogenario que sigue siendo joven en lo esencial de su vida, a quien nunca se le paró el reloj, ni encuentra detalle alguno de su actuación que le avergüence o que le obligue a rectificarse – ¿Cómo podía yo ser neutral ni indiferente siquiera ante posibles conflictos en el seno de nuestras organizaciones? Yo no creo que el Partido Socialista y la Unión General de Trabajadores se distancien, se dividan. Yo no lo acepto. Yo no quiero nada con los comunistas. En 1921 me opuse a las 21 condiciones de Moscú, que, por otra parte, Moscú nunca aplicó, porque eran fantásticamente demagógicas. Con los comunistas no se puede tratar seriamente. Su palabra no tiene valor alguno. No lo digo con alegría, ni soy sectario. No me siento enemigo personal de nadie. Para mí, la política está por encima de la economía. Más claro: lo económico tiene que estar subordinado a la política y ésta debe ser de clase sin alianzas ni contubernios. El Partido Socialista ha de ser el faro en los problemas a desarrollar desde el Gobierno. ¿Con su colaboración ministerial? Continúo siendo contrario a que el Partido Socialista desdibuja su personalidad, su espíritu de clase, por impaciencias políticas, las más de las vacas de sus hombres representativos que utilizan el nombre de las masas para comprometer el porvenir de las ideas socialistas. Quien tenga prisa por gobernar estorbará y dificultará el porvenir y la consolidación del Partido Socialista en un país de tan deficiente educación política como el nuestro. Tras la dictadura que actualmente sufre España, la misión del socialismo no está en los ministerios, sino en campos fábricas, y talleres, educando en socialista a un proletario desmoralizado y abatido por tantos años de sufrimientos y de traiciones.

Hay que dar tiempo al tiempo. Tienen que poder organizarse libremente los socialistas y ugetistas del Interior de modo tal que sus resoluciones internas, acertadas o equivocadas, no puedan ser discutidas por vicios de forma que las hagan sospechosas de invalidez. Saltos en el vacío no los puede dar una organización de tanta solera como la nuestra, ni pueden ser aceptados por una emigración que durante tantos años ha sabido mantener limpia y abnegadamente la antorcha que hizo popular Pablo Iglesias, ayudado por un puñado de héroes en 1879. El 1 de enero de 1928 yo terminaba del siguiente modo el prólogo que puse al libro antes citado convocando al Congreso del Partido Socialista reunido en Madrid en el mes de junio de dicho año:

“El espíritu de Iglesias nos sigue iluminando desde el ignoto más allá. Los cuervos que a raíz de su muerte vaticinaron gozosos la división y la ruina del Partido han fracasado estrepitosamente, al igual que cuando la escisión comunista. El Partido Socialista sigue inconmovible en su unidad, que esperamos salga fortalecida más aún del próximo congreso”.

Han transcurrido cuarenta y cuatro años desde que escribí esas palabras, que mantengo en toda su integridad. Estoy seguro de que el Congreso que va a reunirse en Toulouse en el mes de abril sabrá acertar en sus resoluciones. Pero yo quiero anticipar una cosa; que en el supuesto de que los acuerdos que adopta el Congreso Socialista no fueran los que yo deseo, los que he dibujado en párrafos anteriores, yo no abandonaré el Partido Socialista ni la Unión General de Trabajadores. Yo no seré baja en esos organismos consutanciales con mi vida. Yo no los dividiré y seguiré teniendo fe en las ideas y esperanzas en los hombres que las representan en cada momento. Socialistas y ugetistas españoles. Uniós.

Ginebra, enero de 1972.

Andrés Saborit

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