8 abril 1980

32º Congreso de UGT – Nicolás Redondo Urbieta reelegido Secretario General del sindicato pactando con los críticos de Garnacho

Hechos

En abril de 1980 se celebró el XXXII Congreso del sindicato Unión General de Trabajadores.

08 Abril 1980

El reto UGT

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

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EL 32º Congreso de la Unión General de Trabajadores ha resultado, de alguna manera, una reedición del 28º Congreso del Partido Socialista Obrero Español, pero una reedición «a través del espejo», con inversión de parámetros y resultados. La misma amenaza de dimisión del secretario general, en caso de no ser respaldada mayoritariamente su gestión; idéntica presencia de un sector crítico, relativamente derrotado al final.Los términos de la discusión ugetista se invierten en el espejo respecto al precedente del congreso del PSOE, por cuanto la línea crítica -representada por Garnacho- ha impuesto más hombres en la nueva ejecutiva de UGT que el entendimiento sindical más amplio, defendido por el ex secretario de la Unión Sindical Obrera Zufiaur, que se ha visto Í moralmente castigado en las votaciones. Paradójicamente, lo que entenderíamos por la «línea Zufiaur» queda sancionado en la masiva votación de apoyo a Nicolás Redondo. Es obvio que en este galimatías sindical no faltan recelos y problemas personales.

El congreso de UGT ha respaldado la política de Nicolás Redondo y su hito sindical, que es el acuerdo-marco interconfederal entre el sindicato socialista y la gran patronal, representada por la CEOE. Sin embargo, el artífice de este pacto -Zufiaur- junto con otros sindicalistas de mérito provenientes de USO han sido relegados de la nueva ejecutiva.

No es aventurado sugerir que tanto Nicolás Redondo como Zufiaur aspiran a una gran central socialista escasamente dogmática, con aspiraciones mayoritarias y alejada del estereotipo político de correa de transmisión del PSOE. Las severas críticas del propio Nicolás Redondo a la política de Comisiones Obreras, sumadas a las de Felipe González, apuntan en esta dirección.

Excepción hecha del fenómeno ácrata, ninguna central sindical de importancia deja de tener estrechas relaciones de hermandad política con un partido correspondiente. De entre las dos grandes corrientes sindicalistas españolas, Comisiones Obreras no ha sabido o podido distanciarse de la imagen de doble militancia con el PCE (pese a que en el seno de CCOO militen enemigos a la izquierda de Carrillo, como el Movimiento Comunista), mientras que UGT continúa teniendo abierta la posibilidad de erigirse en sindicato mayoritario en función de la flexibilidad ideológica del PSOE y de la aspiración común de partido y sindicato a representar algo, más que meros intereses clasistas.

Dada la reciente división de USO (hacia CCOO y hacia UGT) es de lamentar el recelo de los ugetistas históricos hacia los hombres de Zufiaur, que no son en absoluto representantes de inclinaciones camarillistas». Así las cosas, la facción de USO escindida hacia Comisiones Obreras será presentada con aristas de pureza obrerista, y los integrados en UGT aparecerán tildados, de una parte, de entreguistas, y de otra, como hombres y mujeres rechazados por el ugetismo histórico.

Los hombres de UGT provenientes de USO representaban la corriente del sindicalismo de masas distanciado -hasta donde es posible- del compromiso partidista. Sus tesis han resultado vencedoras en la persona de Nicolás Redondo, pero sus más acendrados defensores han quedado en pérdida. En los próximos tres años, UGT debe resolver esta contradicción; y el Gobierno de UCD, al menos en lo que atañe a la negociación de los convenios en las empresas públicas, debiera primar las consideraciones políticas a largo plazo sobre la inmediatez de la economía, aplicando con mayor generosidad el acuerdo-marco suscrito entre UGT y CEOE. Aquí las reservas gubernamentales sólo favorecen a la central comunista.

Ahora la gran responsabilidad de la nueva ejecutiva ugetista reside en desmontar el mito de la sindical comunista como gran aglutinadora de muchos independientes. UGT deberá aprender de sus viejos errores, porque bien es cierto que lo que el PCE no tolera políticamente a su, izquierda lo admite sindicalmente CCOO; y que en los últimos años la central sindical histórica y mayoritaria de este país (tras la CNT, ahora fraccionada y sin rumbo), UGT, se ha visto rebañar apoyo obrero y de los nuevos «proletarios de cuello blanco» a manos de la sindical comunista.

La política de apertura de UGT debe consolidarse superando recelos personalistas. La economía de un país exige unas centrales sindicales fuertes. Un panorama político en el que el primer partido de la oposición se corresponde con una central sindical en equilibrio inestable con el sindicato de un partido también oposicionista, pero que representa un electorado mucho menos numeroso, no ayuda precisamente a facilitar la marcha del país.

El Análisis

UGT y Redondo: La voz obrera que sacude la Transición

JF Lamata
Del 24 al 27 de abril de 1980, el XXXII Congreso de la Unión General de Trabajadores (UGT), celebrado en Madrid, reeligió a Nicolás Redondo Urbieta como secretario general, consolidando su liderazgo en un sindicato que emerge como un pilar clave de la joven democracia española. Legalizada en 1977 tras décadas de clandestinidad, UGT, bajo Redondo, se ha convertido en un motor de movilización obrera, canalizando el descontento contra el gobierno de la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez. Aunque Redondo renunció en 1976 a su cargo como secretario de organización del PSOE para centrarse en el sindicato, su influencia sigue siendo crucial para alinear a los trabajadores con el proyecto socialista de Felipe González y Alfonso Guerra. En un contexto de crisis económica y tensiones políticas, este congreso refuerza el papel de UGT como un ariete del PSOE, cuestionando la gestión de UCD y preparando el terreno para un cambio político.
Redondo, un metalúrgico vasco con raíces en la lucha antifranquista, contó con colaboradores clave en el congreso, como Manuel Chaves, encargado de política sindical, Antón Saracíbar, líder en el País Vasco, y Justo Zambrano, responsable de organización. Estas figuras fortalecieron la estructura de UGT, que ya cuenta con más de 500,000 afiliados, frente a su rival Comisiones Obreras (CCOO). La estrategia de Redondo combinó la defensa de los derechos laborales—en un país con un 11% de desempleo y una inflación del 15%—con una crítica contundente a las políticas económicas de UCD, que no lograban frenar la recesión. Aunque formalmente independiente del PSOE, la sintonía de Redondo con González y Guerra, forjada en el Congreso de Suresnes de 1974, permitió a UGT movilizar a los trabajadores, especialmente en sectores industriales, para amplificar el mensaje socialista, cuestionando la legitimidad de un gobierno de UCD debilitado por divisiones internas y una reciente moción de censura socialista.
El XXXII Congreso no solo reafirma la autoridad de Redondo, sino que posiciona a UGT como un actor político decisivo en la Transición. La capacidad del sindicato para organizar huelgas y negociar convenios colectivos lo convierte en un altavoz del malestar social, alineándose con el PSOE en su apuesta por una alternativa progresista. La rivalidad con CCOO, ligada al PCE, sigue siendo un obstáculo, ya que ambos compiten por la representación obrera, pero UGT aprovecha su ventaja como sindicato percibido como más moderado y cercano al establishment democrático. En este abril de 1980, el congreso de UGT trasciende lo sindical: es una demostración de fuerza que fortalece la candidatura de Felipe González para liderar España, mientras Redondo, desde el frente obrero, se consolida como un arquitecto clave del cambio político que se avecina, en una nación que lucha por consolidar su democracia frente a las sombras del pasado y las incertezas del presente.
J. F. Lamata