4 septiembre 1990
Tras haber decidido el cese de Borbolla al frente del PSOE andaluz, Alfonso Guerra pretende repetir la misma operación con Leguina en Madrid
Acto de Chamartín: Los ministros felipistas Solana, Barrionuevo y Almunia apoyan públicamente a Joaquín Leguina en lo que supone el primer desafío público ‘al aparato’ de Alfonso Guerra
Hechos
El 4 de septiembre de 1990 se produce en el Hotel Chamartín un acto de apoyo al presidente de la Comunidad de Madrid y secretario general de la FSM-PSOE, D. Joaquín Leguina Herrán.
Lecturas
06 Septiembre 1990
Madrid como síntoma
LA ‘BATALLA’, de Madrid ha comenzado en el interior del partido socialista. Alguien está intentan do eliminar políticamente al presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina. Alertado por lo que le había pasado a Rodríguez de la Borbolla en Andalucía, Leguina ha plantado cara y resiste el envite. Lo está haciendo con ardor, a la luz pública, y ello resulta tan insólito que su resistencia se ha convertido inmediatamente en un símbolo de alcance superior al del ámbito concreto en que se plantea.Tanto que las eventuales posiciones políticas de los contrincantes -su actitud ante los sindicatos; su política de alianzas; su estrategia respecto a la propia Comunidad de Madrid, a los ciudadanos o al próximo congreso del PSOE, etcétera- han pasado a segundo plano. Lo que se dilucida en Madrid es la posibilidad de decir lo que se piensa, aunque incomode al aparato y sin que al discrepante le vuele la cabeza. Ello explica la heterogeneidad de los apoyos cosechados por Leguina. Cuasi liberales, socialdemócratas o radicales; sindicalistas o presidentes de empresas y bancos públicos; militantes de a pie, consideran que la contienda es entre el pluralismo y el monolitismo.
José Acosta, presidente del partido en Madrid, comunicó a Leguina, secretario general del mismo, su intención de promover un nuevo candidato a la presidencia de la Comunidad. Si hubo razones que justificasen tal decisión -y es posible que las hubiera-, no fueron hechas públicas. Sólo cuando el conflicto ha desbordado los límites del partido y ha trascendido al resto de la sociedad se ha dicho que Leguina carece de suficiente tirón electoral, lo que se demostraría Por la progresiva pérdida de votos del PSOE en Madrid. Este argumento anula, desde luego, las posibilidades de otros muchos candidatos socialistas para el futuro inmediato. E incluso cabe cuestionar si en esa pérdida de votos han influido más los errores de Leguina o los de otros dirigentes del PSOE con mayores responsabilidades que él, y si para recuperarlos cuenta con más posibilidades Acosta (o alguien propuesto por él) o el actual presidente autonómico.
Junto a ello se ha insinuado (más que pronunciado explícitamente) que sus desmarques en episodios como el 14-D o el caso Guerra indican que Leguina ya no participa del proyecto mayoritario. Además se ha dicho que Acosta no pretende convertirse en candidato alternativo, sino patrocinar a un tercero, y que Alfonso Guerra (a Leguina le consta) nada tiene que ver con tal iniciativa.
Es posible que así sea. Pero nadie podrá negar que, con o sin la intervención del vicepresidente, el intento de descabalgamiento de Leguina se parece bastante al culminado con éxito en la persona de Rodríguez de la Borbolla en el congreso del PSOE andaluz de marzo de 1988. Tampoco entonces se trataba prioritariamente de imponer a un candidato -acabó siéndolo Chaves como podía haber sido otro-, sino de privar al entonces presidente de la Junta de una plataforma política autónoma. En eso precisamente reside la esencia del denominado guerrismo: su práctica no consiste en proponer alternativas, sino demostrar quién manda.
Quien ayer habló por la radio, explicando los posibles móviles de Acosta, fue Juan Barranco, ex alcalde de Madrid. Este político bienintencionado dijo, sin decirlo, que quizá podría organizar una tercera vía que garantizase la unidad del partido en la Comunidad de Madrid. Esta solución significaría, de momento, la eliminación de Leguina, que es lo que una parte pretende conseguir y la otra evitar. La neutralidad de Barranco es, por tanto, bastante asimétrica.
La batalla electoral surgida en la Federación Socialista Madrileña demuestra una vez más que el aplazamiento, en nombre de la unidad, de las respuestas a problemas reales sólo contribuye a hacer más complicadas las soluciones y más improbable esa unidad. Es lógico que Felipe González, cuya autoridad en el PSOE es indiscutida, trate de evitar movimientos disgregadores dentro de su partido. Pero a partir de un momento dado, los aplazamientos estimulan, más que contienen, la división.
06 Septiembre 1990
Leguina saca pecho
LEGUINA llama «el bolero de Ravel» a la polémica que electriza los ánimos de los socialistas madrileños. Sin duda, en alusión a su reiterativo y pegadizo sonsonete. Pruebe usted a tararear el conocido tarirorirorirorí… y ya verá cómo no logra quitárselo del macuto cerebral. Después de hablar con varios de los asistentes a la cita del hotel Chamartín, saco un manojo de conclusiones de importancia diversa, que expongo a renglón seguido. Sabe Leguina, y lo ha dicho, que Alfonso Guerra no quiere su cabeza, sino su cargo. Esto lo declaró el 13 de agosto, agregando «Acosta no me quiere de secretario general de la FSM; pero quizás sí de escritor». Pese a ello, en su carta «mailing» a los 17.000 afiliados al PSOE de Madrid, fechada el 30 de agosto, Leguina dramatizó algo más el conflicto, al escribir: «No se ganan las elecciones cortando políticamente la cabeza de nadie. Tampoco la de quién suscribe esta carta». Con lo que puso sobre el escenario el morbo de la sangre. Leguina sabe también que lo de «quien se mueve, no sale en la foto» es un camelo bien rodado. Rafael Escuredo, primero, y Pepote R. de la Borbolla, después, no movieron ni un músculo para autodefenderse… y sin embargo quedaron fuera de la foto y fuera del despacho oficial. De ahí que, viéndose él en el mismo trance de acoso y derribo, haya optado por la estrategia dinámica de plantar cara al adversario. Y, en fin, Leguina no ignora que «no todos los guerristas son acostistas». Así, Teófilo Serrano, José Luis Fernández Rioja, Pipo Velasco, Paco Virseda… etc, etc. Y aún algo más: que, entre los dos bandos etiquetados, hay «indecisos» (eufemismo piadoso que debe entenderse como «pardosidad camaleónica que, siempre en tonos ténues y nada llamativos, se acomoda al color del terreno, confundiéndose con él»). Esos «indecisos» no son precisamente «intelectuales dubitantes entre dos tesis políticas contrapuestas», porque en la FSM no hay una pugna de ideologías, sino de personalismos con aspiración de poder. Entre esos camaleones pardos, agazapados a la espera de acontecimientos, están Juan Barranco, Ramón Espinar, Luis Larroque… Y, como ellos, muchos otros que apostarán a caballo ganador. De ahí que, para animarles a decantarse, Leguina quisiera ofrecerles en el Chamartín un avance, un aperitivo, un «breefing» de las adhesiones que su figura suscita.. No hace falta mucha agudeza para entender que, entre las adhesiones a Leguina, están las de quienes aprovechan la ocasión para clavarle un buen par de «castigo» a Alfonso Guerra. Es el caso de José Borrel y el llamado «grupo de Camorritos», con Javier Solana y Miguel Muñiz; o el de los «críticos de Palace», con Julián Campo, Luis de Velasco, Eduardo Mangada, Pedro Sabando, Carlota Bustelo… Ahora bien, yendo al suceso del hotel Chamartín, lo importante fue que el gesto audaz de Joaquín Leguina (yo diría que temerario, dados los bajomínimos de democracia interna en el PSOE), tuviese la vigorosa respuesta de convocatoria que tuvo. Era uno de los objetivos: verse, ser vistos… y televistos. Lo importante allí no era el discurso, sino el concurso. Es decir, la concurrencia y el apoyo. De algún modo, atendiendo a esa llamada, se rompió un mito y se le dió un quiebro al miedo: Guerra no sólo no es impugnable, sino que es combatible. El episodio supone una reanudación de la espiral ofensiva iniciada en julio por Carlos Solchaga, y que tuvo ecos diversos en las voces de Fernando Morán, Enrique Barón, Jorge Semprún, José Borrel… Ahora, la toma de posición de los ministros Solana, Barrionuevo y Almunia, en arropo al «perseguido por Guerra», es un paso claro en la misma línea de poner fin al monopolio del poder, al «monolito guerrista». Lo evidente, lo que Benegas no puede disfrazar ni disimular desde Ferraz-.0, es que la contestación a Guerra está ya, a careta quitada, dentro del Consejo de Ministros. Es, sí, el mismo «bolero de Ravel»; pero… ha subido de tono.
06 Septiembre 1990
El Leguinazo
EL leguinazo del otro día en Madrid, con ministros y ex ministros, y mil militantes, no puede reducirse a un cisma vaticano entre «leninistas» (como llama mi admirado José Luis Gutiérrez a Guerra, con calumnia que lo engrandece) y liberales dentro del PSOE. Más que con Leguina, los conjurados del otro día están contra Guerra. Hagamos un travelling. Leguina es más socialista que todos los emboscados (cinco ministros o ex, contando a Romero, ausente, pero adherido). Maravall es un liberal de la cultura (lo heredó de su padre) vestido de postmoderno en la calle Almirante. Almunia es un socialdemócrata geopolítico y un tecnócrata elitista y un poco cínico. Barrionuevo se pasa por el otro lado: es un gubernamentalista duro- y un ejecutivo eficaz a quien suelo ver en casa de Cela. Solana es un histórico del felipismo, más que del socialismo, que conserva una cosa de rojata de Colegio Mayor del SEU. Nada que ver, pues, ninguno de ellos, con el trotskismo municipal o comarcano de Leguina. Uno diría que han elegido a Leguina como mascarón de proa, caballo de Troya y de bawlla contra el legitimismo descamisado de Guerra. Guerra y Leguina están enfrentados porque son afines (sólo se odian los afines y se aman los opuestos). Llegado el momento (y lo digo en su elogio), Leguina haría un legitimismo duro mucho más construido y sincero que el de Guerra. Y entonces, estos mismos varones del liberalfelipismo se buscarían otra virgen sacrificial de la tribu para enfrentarse a Leguina. Es cierto que el caso de los Guerra, esa tribu urbana, está como esmerilando y relegando el perfil agudo del vicepresidente. Es cierto que el legitimismo socialista de Ferraz no significa a veces sino una verbalización de Alfonso Guerra, que viene a compensar las clemencias liberalcapitalistas de Felipe González. Pero uno barrila que los yuppies del partido, este travelling que acabo de hacer y otros que no han salido en la foto, como Solchaga, no van tanto contra el exceso demagógico de Guerra como contra el núcleo duro o la promesa latente de un socialismo/guerrismo. Por eso el leguinazo del otro día me parece contra natura, como esos anos contra natura que venden en las ortopedias de Carretas, muy cerca del despacho de Leguina. A uno le parece justo y benéfico que Leguina siga y dure como presidente de la Comunidad y de la cosa socialista de Madrid, porque es un político inteligente, hábil, un hombre complejo, lleno de barroquismos interiores, y un socialista total. Lo que uno viene tratando de explicar aquí es que los papeles se han invertido, como en una comedia de Lope o de Alonso Millán (que hoy estrena otra) y que los galanes del liberalismo político y el librecambismo económico están utilizando a un rojo como ariete contra otro rojo. Ocurre que al proleta Leguina le aforran los señoritos del apparat. No hay peor cuña que la de la misma madera, y perdón por el refrán, género que no uso: hombre refranero, maricón o pilonero, decíamos en Valladolid, lo cual no deja de ser otro refrán. Lo que este vodevil explica y deja claro es que dentro del PSOE hay un cisma. Más que los integrismos proletarios del vicepresidente, en los que quizá no creen mucho, a la derecha del partido le molesta el gran poder fáctico que Guerra acumula. Pero el presidente descansa en Guerra y Guerra en las masas, de modo que no tiene mucho sentido proclamarse felipista y antiguerrista, cuando ellos son como los Reyes Católicos. Esta no es una cruzada por el Santo Grial socialista, sino, sencillamente, por el poder. Leguina es un político singular, pero el leguinazo ha sido una comedia (la tercera este verano) de Alonso Millán.