4 septiembre 1990

Tras haber decidido el cese de Borbolla al frente del PSOE andaluz, Alfonso Guerra pretende repetir la misma operación con Leguina en Madrid

Acto de Chamartín: Los ministros felipistas Solana, Barrionuevo y Almunia apoyan públicamente a Joaquín Leguina en lo que supone el primer desafío público ‘al aparato’ de Alfonso Guerra

Hechos

El 4 de septiembre de 1990 se produce en el Hotel Chamartín un acto de apoyo al presidente de la Comunidad de Madrid y secretario general de la FSM-PSOE, D. Joaquín Leguina Herrán.

Lecturas

El presidente de la Federación Socialista Madrileña, D. José Acosta Cubero (‘guerrista’) había comunicado al presidente de la Comunidad de Madrid, D. Joaquín Leguina Herrán, que los ‘guerristas’, teóricamente mayoritarios en la federación de Madrid, consideraban que él debía dejar de ser secretario general de la Federación Socialista Madrileña.

El Sr. Leguina, temiendo que aquello fuera el primer paso de una operación para provocar que él dejará de ser el candidato del PSOE a la presidencia de Madrid en las elecciones de mayo de 1991 decidió organizar un acto de apoyo a su persona del sector ‘felipista’.

Los ministros D. Javier Solana, D. José Barrionuevo Peña y D. Joaquín Almunia así como el exministro D. José María Maravall o D. Alfredo Pérez Rubalcaba, todos ellos considerados ‘felipistas’ asistieron al acto de apoyo público a D. Joaquín Leguina. En cambio no asistió el alcalde de Madrid, D. Juan Barranco, lo que le situaba alineado con el ‘guerrismo’.

05 Septiembre 1990

El contraataque de Leguina

DIARIO16 (Director: Justino Sinova)

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Los madrileños que vuelven a la capital del Estado tras las vacaciones se encuentran con dos cosas sorprendentes: por un lado, toda la ciudad patas arriba, en una rara acumulación de obras que han convertido la «rentrée» en un anticipo de los monumentales atascos que les esperan; por otro, la guerra abierta entre los dos sectores en que, al parecer, se divide el planeta del PSOE: guerristas y no guerristas. Dos personajes de distinto peso encabezan las huestes enfrentadas: José Acosta, presidente de la Federación Socialista Madrileña, y el de la Comunidad y secretario general de dicha federación, Joaquín Leguina.
Las diferencias entre ambos personajes son ya mucho más anchas que las zanjas abiertas en la mayor parte de las calles capitalinas y empiezan a parecer insalvables. Serán, a fin de cuentas, los afiliados socialistas de Madrid los que decidan si Leguina encabeza la delegación madrileña que represente a esta federación en el próximo congreso del PSOE. Pero el sonido de esta sorda batalla interesa a todos los ciudadanos, no sólo por su valor de «test» en ese enfrentamiento que, tras el «caso Guerra», parece dividir al partido más votado entre los españoles, sino por el hecho de que, según el artículo 6 de la Constitución, la estructura interna y el funcionamiento de los partidos políticos deberán ser democráticos.
¿Qué delito ha cometido Joaquín Leguina para que ese personaje típico del «aparato» llamado José Acosta haya desencadenado esta ofensiva veraniega, que, como Saddam Husein, busca «anexionarse» el territorio que hasta ahora controlaba Leguina, esto es, la Secretaría General? Nadie lo explica. De la conspiración de Getafe, de la que nuestros lectores han tenido una jugosa información, sólo se desprende que Leguina no les gusta porque el Partido Socialista con él al frente puede perder la mayoría, y eso, según alguno de sus audaces adversarios, como el señor Cimadevilla, antiguo presidente de la Diputación, pone en peligro la democracia. Cimadevilla, como algunos guerristas incorregibles, confunde al PSOE con el país y a la democracia con su estatus personal. ¿Habrá que recordarle que la historia de España no empieza con la llegada de los socialistas al poder y que personajes como Joaquín Leguina se han ganado el respeto de la opinión pública por hacer gala de tolerancia y de ausencia de sectarismo?
No es este el lugar adecuado para realizar el balance de la gestión de Leguina como presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid. Tiempo habrá de analizarla cuando cumpla su mandato. Pero sí que es oportuno recordar que, aparentemente, la gestión del secretario general es lo que menos importa en estos momentos a sus más encarnizados enemigos que, paradójicamente, están en sus propias filas. Lo que preocupa a un sector del PSOE es que Leguina sí que cree en el debate interno y que opina, como hizo saber en carta dirigida a los militantes de Madrid, que el PSOE debe ser un partido abierto, ni dogmático ni sectario. Ayer ha reunido a unos cientos de esos militantes –entre los que se encontraban algunos destacados personajes del socialismo que parecen compartir esos puntos de vista– para iniciar su particular contraofensiva. Pronto sabremos si «el aparato», es decir, lo que el PSOE tiene de más intransigentemente disciplinado, acepta ese talante liberal para uno de sus más conspicuos representantes.

06 Septiembre 1990

Madrid como síntoma

EL PAÍS (Joaquín Estefanía)

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LA ‘BATALLA’, de Madrid ha comenzado en el interior del partido socialista. Alguien está intentan do eliminar políticamente al presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina. Alertado por lo que le había pasado a Rodríguez de la Borbolla en Andalucía, Leguina ha plantado cara y resiste el envite. Lo está haciendo con ardor, a la luz pública, y ello resulta tan insólito que su resistencia se ha convertido inmediatamente en un símbolo de alcance superior al del ámbito concreto en que se plantea.Tanto que las eventuales posiciones políticas de los contrincantes -su actitud ante los sindicatos; su política de alianzas; su estrategia respecto a la propia Comunidad de Madrid, a los ciudadanos o al próximo congreso del PSOE, etcétera- han pasado a segundo plano. Lo que se dilucida en Madrid es la posibilidad de decir lo que se piensa, aunque incomode al aparato y sin que al discrepante le vuele la cabeza. Ello explica la heterogeneidad de los apoyos cosechados por Leguina. Cuasi liberales, socialdemócratas o radicales; sindicalistas o presidentes de empresas y bancos públicos; militantes de a pie, consideran que la contienda es entre el pluralismo y el monolitismo.

José Acosta, presidente del partido en Madrid, comunicó a Leguina, secretario general del mismo, su intención de promover un nuevo candidato a la presidencia de la Comunidad. Si hubo razones que justificasen tal decisión -y es posible que las hubiera-, no fueron hechas públicas. Sólo cuando el conflicto ha desbordado los límites del partido y ha trascendido al resto de la sociedad se ha dicho que Leguina carece de suficiente tirón electoral, lo que se demostraría Por la progresiva pérdida de votos del PSOE en Madrid. Este argumento anula, desde luego, las posibilidades de otros muchos candidatos socialistas para el futuro inmediato. E incluso cabe cuestionar si en esa pérdida de votos han influido más los errores de Leguina o los de otros dirigentes del PSOE con mayores responsabilidades que él, y si para recuperarlos cuenta con más posibilidades Acosta (o alguien propuesto por él) o el actual presidente autonómico.

Junto a ello se ha insinuado (más que pronunciado explícitamente) que sus desmarques en episodios como el 14-D o el caso Guerra indican que Leguina ya no participa del proyecto mayoritario. Además se ha dicho que Acosta no pretende convertirse en candidato alternativo, sino patrocinar a un tercero, y que Alfonso Guerra (a Leguina le consta) nada tiene que ver con tal iniciativa.

Es posible que así sea. Pero nadie podrá negar que, con o sin la intervención del vicepresidente, el intento de descabalgamiento de Leguina se parece bastante al culminado con éxito en la persona de Rodríguez de la Borbolla en el congreso del PSOE andaluz de marzo de 1988. Tampoco entonces se trataba prioritariamente de imponer a un candidato -acabó siéndolo Chaves como podía haber sido otro-, sino de privar al entonces presidente de la Junta de una plataforma política autónoma. En eso precisamente reside la esencia del denominado guerrismo: su práctica no consiste en proponer alternativas, sino demostrar quién manda.

Quien ayer habló por la radio, explicando los posibles móviles de Acosta, fue Juan Barranco, ex alcalde de Madrid. Este político bienintencionado dijo, sin decirlo, que quizá podría organizar una tercera vía que garantizase la unidad del partido en la Comunidad de Madrid. Esta solución significaría, de momento, la eliminación de Leguina, que es lo que una parte pretende conseguir y la otra evitar. La neutralidad de Barranco es, por tanto, bastante asimétrica.

La batalla electoral surgida en la Federación Socialista Madrileña demuestra una vez más que el aplazamiento, en nombre de la unidad, de las respuestas a problemas reales sólo contribuye a hacer más complicadas las soluciones y más improbable esa unidad. Es lógico que Felipe González, cuya autoridad en el PSOE es indiscutida, trate de evitar movimientos disgregadores dentro de su partido. Pero a partir de un momento dado, los aplazamientos estimulan, más que contienen, la división.

06 Septiembre 1990

Leguina saca pecho

Pilar Urbano

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LEGUINA llama «el bolero de Ravel» a la polémica que electriza los ánimos de los socialistas madrileños. Sin duda, en alusión a su reiterativo y pegadizo sonsonete. Pruebe usted a tararear el conocido tarirorirorirorí… y ya verá cómo no logra quitárselo del macuto cerebral. Después de hablar con varios de los asistentes a la cita del hotel Chamartín, saco un manojo de conclusiones de importancia diversa, que expongo a renglón seguido. Sabe Leguina, y lo ha dicho, que Alfonso Guerra no quiere su cabeza, sino su cargo. Esto lo declaró el 13 de agosto, agregando «Acosta no me quiere de secretario general de la FSM; pero quizás sí de escritor». Pese a ello, en su carta «mailing» a los 17.000 afiliados al PSOE de Madrid, fechada el 30 de agosto, Leguina dramatizó algo más el conflicto, al escribir: «No se ganan las elecciones cortando políticamente la cabeza de nadie. Tampoco la de quién suscribe esta carta». Con lo que puso sobre el escenario el morbo de la sangre. Leguina sabe también que lo de «quien se mueve, no sale en la foto» es un camelo bien rodado. Rafael Escuredo, primero, y Pepote R. de la Borbolla, después, no movieron ni un músculo para autodefenderse… y sin embargo quedaron fuera de la foto y fuera del despacho oficial. De ahí que, viéndose él en el mismo trance de acoso y derribo, haya optado por la estrategia dinámica de plantar cara al adversario. Y, en fin, Leguina no ignora que «no todos los guerristas son acostistas». Así, Teófilo Serrano, José Luis Fernández Rioja, Pipo Velasco, Paco Virseda… etc, etc. Y aún algo más: que, entre los dos bandos etiquetados, hay «indecisos» (eufemismo piadoso que debe entenderse como «pardosidad camaleónica que, siempre en tonos ténues y nada llamativos, se acomoda al color del terreno, confundiéndose con él»). Esos «indecisos» no son precisamente «intelectuales dubitantes entre dos tesis políticas contrapuestas», porque en la FSM no hay una pugna de ideologías, sino de personalismos con aspiración de poder. Entre esos camaleones pardos, agazapados a la espera de acontecimientos, están Juan Barranco, Ramón Espinar, Luis Larroque… Y, como ellos, muchos otros que apostarán a caballo ganador. De ahí que, para animarles a decantarse, Leguina quisiera ofrecerles en el Chamartín un avance, un aperitivo, un «breefing» de las adhesiones que su figura suscita.. No hace falta mucha agudeza para entender que, entre las adhesiones a Leguina, están las de quienes aprovechan la ocasión para clavarle un buen par de «castigo» a Alfonso Guerra. Es el caso de José Borrel y el llamado «grupo de Camorritos», con Javier Solana y Miguel Muñiz; o el de los «críticos de Palace», con Julián Campo, Luis de Velasco, Eduardo Mangada, Pedro Sabando, Carlota Bustelo… Ahora bien, yendo al suceso del hotel Chamartín, lo importante fue que el gesto audaz de Joaquín Leguina (yo diría que temerario, dados los bajomínimos de democracia interna en el PSOE), tuviese la vigorosa respuesta de convocatoria que tuvo. Era uno de los objetivos: verse, ser vistos… y televistos. Lo importante allí no era el discurso, sino el concurso. Es decir, la concurrencia y el apoyo. De algún modo, atendiendo a esa llamada, se rompió un mito y se le dió un quiebro al miedo: Guerra no sólo no es impugnable, sino que es combatible. El episodio supone una reanudación de la espiral ofensiva iniciada en julio por Carlos Solchaga, y que tuvo ecos diversos en las voces de Fernando Morán, Enrique Barón, Jorge Semprún, José Borrel… Ahora, la toma de posición de los ministros Solana, Barrionuevo y Almunia, en arropo al «perseguido por Guerra», es un paso claro en la misma línea de poner fin al monopolio del poder, al «monolito guerrista». Lo evidente, lo que Benegas no puede disfrazar ni disimular desde Ferraz-.0, es que la contestación a Guerra está ya, a careta quitada, dentro del Consejo de Ministros. Es, sí, el mismo «bolero de Ravel»; pero… ha subido de tono.

06 Septiembre 1990

El Leguinazo

Francisco Umbral

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EL leguinazo del otro día en Madrid, con ministros y ex ministros, y mil militantes, no puede reducirse a un cisma vaticano entre «leninistas» (como llama mi admirado José Luis Gutiérrez a Guerra, con calumnia que lo engrandece) y liberales dentro del PSOE. Más que con Leguina, los conjurados del otro día están contra Guerra. Hagamos un travelling. Leguina es más socialista que todos los emboscados (cinco ministros o ex, contando a Romero, ausente, pero adherido). Maravall es un liberal de la cultura (lo heredó de su padre) vestido de postmoderno en la calle Almirante. Almunia es un socialdemócrata geopolítico y un tecnócrata elitista y un poco cínico. Barrionuevo se pasa por el otro lado: es un gubernamentalista duro- y un ejecutivo eficaz a quien suelo ver en casa de Cela. Solana es un histórico del felipismo, más que del socialismo, que conserva una cosa de rojata de Colegio Mayor del SEU. Nada que ver, pues, ninguno de ellos, con el trotskismo municipal o comarcano de Leguina. Uno diría que han elegido a Leguina como mascarón de proa, caballo de Troya y de bawlla contra el legitimismo descamisado de Guerra. Guerra y Leguina están enfrentados porque son afines (sólo se odian los afines y se aman los opuestos). Llegado el momento (y lo digo en su elogio), Leguina haría un legitimismo duro mucho más construido y sincero que el de Guerra. Y entonces, estos mismos varones del liberalfelipismo se buscarían otra virgen sacrificial de la tribu para enfrentarse a Leguina. Es cierto que el caso de los Guerra, esa tribu urbana, está como esmerilando y relegando el perfil agudo del vicepresidente. Es cierto que el legitimismo socialista de Ferraz no significa a veces sino una verbalización de Alfonso Guerra, que viene a compensar las clemencias liberalcapitalistas de Felipe González. Pero uno barrila que los yuppies del partido, este travelling que acabo de hacer y otros que no han salido en la foto, como Solchaga, no van tanto contra el exceso demagógico de Guerra como contra el núcleo duro o la promesa latente de un socialismo/guerrismo. Por eso el leguinazo del otro día me parece contra natura, como esos anos contra natura que venden en las ortopedias de Carretas, muy cerca del despacho de Leguina. A uno le parece justo y benéfico que Leguina siga y dure como presidente de la Comunidad y de la cosa socialista de Madrid, porque es un político inteligente, hábil, un hombre complejo, lleno de barroquismos interiores, y un socialista total. Lo que uno viene tratando de explicar aquí es que los papeles se han invertido, como en una comedia de Lope o de Alonso Millán (que hoy estrena otra) y que los galanes del liberalismo político y el librecambismo económico están utilizando a un rojo como ariete contra otro rojo. Ocurre que al proleta Leguina le aforran los señoritos del apparat. No hay peor cuña que la de la misma madera, y perdón por el refrán, género que no uso: hombre refranero, maricón o pilonero, decíamos en Valladolid, lo cual no deja de ser otro refrán. Lo que este vodevil explica y deja claro es que dentro del PSOE hay un cisma. Más que los integrismos proletarios del vicepresidente, en los que quizá no creen mucho, a la derecha del partido le molesta el gran poder fáctico que Guerra acumula. Pero el presidente descansa en Guerra y Guerra en las masas, de modo que no tiene mucho sentido proclamarse felipista y antiguerrista, cuando ellos son como los Reyes Católicos. Esta no es una cruzada por el Santo Grial socialista, sino, sencillamente, por el poder. Leguina es un político singular, pero el leguinazo ha sido una comedia (la tercera este verano) de Alonso Millán.

El Análisis

Vio cortar las barbas de su vecino

JF Lamata

Estaba demasiado cerca. Joaquín Leguina había visto como Alfonso Guerra se había cepillado políticamente a José Rodríguez de la Borbolla. Y no sólo él, muchos dirigentes del PSOE ‘felipista’, estaban cada vez más hartos en que Alfonso Guerra hiciera y deshiciera por todo el partido, dando por supuesto que si él lo decía es porque Felipe González lo apoyaba. El acto de Chamartín más que un acto de apoyo a Leguina, era un primer gesto político interno del PSOE en defensa de poner límites a Alfonso Guerra.

Leguina no podía ignorar que José Acosta y Alfonso Guerra controlaban el 40% de la Federación Socialista Madrileña, pero si Leguina demostraba que él controlaba a otro 40% y hasta podía ser respaldado por el 20% restante, podía conseguir seguir siendo el candidato del PSOE a la presidencia de Madrid. A su favor, si Felipe González no lo desmentía, la presencia apoyándole de Almunia, Maravall, Barrionuevo y Solana, podía acreditarse que Leguina era «el candidato de Felipe González» y ante eso Guerra no podía eliminarlo.

J. F. Lamata