4 abril 1979
La Ejecución del líder del Partido del Pueblo, causa protestas internacionales
La dictadura de Zia en Pakistán ahorcada al ex primer ministro de Ali Bhutto, acusado de asesinato
Hechos
- El Tribunal Supremo de Pakistán condenó a muerte al ex primer ministro Zulfikar Ali Bhutto acusado de ser el responsable de un atentado el 11.11.1974 contra Ahmed Raza Kasuri – rival político de Bhutto – en Lahore que acabó con la vida de Nawab Mohamed Khan.
Lecturas
El general Zia está en el poder desde julio de 1977.
El ex primer ministro de Pakistán, Alí Bhutto, ha sido ejecutado esta madrugada, casi un año después de que un tribunal le condenara a muerte.
La orden de ahorcar a Bhutto fue dada personalmente por el dictador de Pakistán, Zia Ul-Haq. El ex primer ministro estaba acusado del asesinato de un opositor y de otros varios delitos políticos, cometidos durante su mandato.
El tribunal Supremo de Pakistán había rechazado en febrero último su recurso de casación. Las múltiples peticiones de gracia, formuladas al régimen de Zia Ul-Haq por diversas personalidades de Europa, Asia y Estados Unidos, no han sido escuchadas. Alí Bhutto, derrocado por los militares islámicos con el 5 de julio de 1977, fue detenido dos meses más tarde y sometido a los tribunales.
05 Abril 1979
Bhuto, en la horca
ALI BHUTO ha sido la excepción de una regla tácita que evita las ejecuciones de jefes de Estado y de Gobierno por sus enemigos políticos, que esperan, dentro del acuerdo de casta, un trato parecido si las cosas cambian. Irán, a pesar del apasionamiento revolucionario, cedió la salida al sha y a Bajtiar y se detuvo ante la pena de muerte preparada para Amir Abbas Hoveyda, su primer ministro: ha tenido la honestidad de paralizar, simultáneamente, los fusilamientos en general. Pero Ali Bhuto ha corrido la terrible suerte de un militante de base: torturado, apaleado, vejado, hambriento. «Sus carceleros le están matando lentamente: tiene ya negro el interior de la boca », declaró uno de sus abogados. Le negaron la entrada de medicinas y agonizaba entre dolores de cabeza y de estómago y vómitos de sangre. La horca ha sido una solución más humana.Toda la piedad y el horror de esta muerte lenta no deben confundir sobre la naturaleza de Bhuto. No es un mártir de la democracia, aunque sea la víctima de una bestialidad más de la violencia política. Hubo un momento en que intentó dar una democracia al fragmento de país -tras la escisión de Bangla Desh- para el que fue elegido primer ministro: la Constitución que preparó fue la mejor que haya tenido nunca el país; como su reforma agraria -aun excluyendo de ella sus inmensas propiedades personales-, el movimiento sindical y los aumentos de salarios y las nacionalizaciones. Pero fue una etapa breve. Sus enemigos políticos conocieron también las prisiones y la muerte, los partidos que le habían ayudado fueron disueltos, y sus dirigentes, perseguidos o asesinados.
Probablemente, Ali Bhuto era culpable de algunos de los crímenes que se le imputaban. La palabra «probablemente» da un acento máximo de rechazo a las circunstancias en que ha sido juzgado y ejecutado: con un tribunal presidido por un enemigo personal, unos testigos de cargo que habían sido sus antiguos cómplices -a los que se ha perdonado la vida a cambio de sus declaraciones- y han procurado cargar toda la responsabilidad sobre Bhuto; con un fallo dudoso en el que tres jueces le declararon inocente y cuatro culpable; con la apelación a un Tribunal Supremo que hace año y medio legalizó el golpe de Estado en una sentencia en la c ue se declaraba que si el movímíento era «extraconstitucional» era válído «por la ley de la necesidad»; y con la última apelación pendiente de su implacable enemigo, el general Zia UI-Haq, para quien las peticiones de clemencia de los jefes de Estado del mundo -entre ellos, el Rey de España y el Papa- no eran más que una maniobra de «un sindicato de políticos extranjeros».
La entereza con que Ali Bhuto ha llevado sus últimos días, negándose a pedir clemencia a su ejiemigo, ha sido, al mismo tiempo, una acusación contra la brutalidad del régimen y una forma de desprestigiar y de descalificar al general Zia. El odio y el espíritu de venganza de éste le han hecho desdeñar la trampa y llevar su enemistad a las últimas consecuencias.
Es un acto que se inscribe dentro de un régimen de violencia y sangre, de la aplicación incesante de la interpretación de la ley coránica que lleva a los cortes de mano y a los azotes de los delincuentes -considerando como delincuentes a los bebedores de alcohol o los adúlteros-, y que mantiene las cárceles llenas de enemigos políticos. El aplacamiento momentáneo de la violencia en Irán y el pulso que trata de imponerse en Afganistán dejan más en evidencia la crudeza de Zia en Pakistán; lo que no puede impedir que Estados Unidos, pese a su política de defensa de los derechos del hombre, continúe suministrándole ayuda, consejeros militares y armas, con la esperanza de que sea aún útil a una estrategia occidental, que se hunde poco a poco en toda la zona.
En cualquier caso, la reflexión que suscita el ahorcamiento de Bhuto reside en que se ha colocado un jalón más en el tratamiento de las diferencias políticas a base de sangre y cuchillo. No es un sentimiento de conmiseración elitista el que hace repudiar esta ejecución, sino la parcela de presumibles horrores que se consolidan para no pocos pueblos cuando ni las más altas cabezas pueden encontrar un hálito de clemencia.
El Análisis
El 4 de abril, en Pakistán, se consumó la ejecución del que fuera su hombre fuerte durante la pasada década: Zulfikar Ali Bhutto. Primero presidente de la República tras la traumática partición de 1971 y después primer ministro, Bhutto encarnó el intento de dotar al país de un liderazgo civil, con un proyecto socialista de nacionalizaciones y un discurso modernizador en un Estado marcado por la tutela permanente del Ejército. Su final ha sido la horca, tras ser condenado como autor intelectual del asesinato de un opositor político, Ahmed Raza Kasuri, aunque en realidad la víctima del atentado fue su padre, Nawab Mohamed Khan. El proceso ha estado rodeado de sospechas: para muchos observadores, el juicio no fue más que la coartada jurídica con la que el general Zia-ul-Haq, actual dictador, ha querido liquidar a su principal adversario político.
Es cierto que durante el mandato de Bhutto no faltaron episodios de represión, encarcelamientos arbitrarios y sospechas de crímenes políticos, como tampoco escasearon los abusos de poder. Pero incluso admitiendo esas sombras, resulta difícil considerar que el ajusticiamiento haya respondido a un procedimiento imparcial. Las reacciones internacionales no se han hecho esperar: desde las cancillerías occidentales hasta los países no alineados, se multiplican las críticas y las llamadas de atención sobre un régimen que, tras prometer elecciones rápidas, prolonga su carácter dictatorial en nombre de la “islamización” del Estado. El caso de Bhutto recuerda a otros finales trágicos de líderes derrocados, como el de Francisco Macías en Guinea Ecuatorial, igualmente ejecutado en 1979 tras la caída de su régimen.
El vacío que deja Bhutto no es absoluto: al frente del Partido del Pueblo de Pakistán emerge su hija, Benazir Bhutto, como figura llamada a prolongar el legado de su padre. El futuro dirá si la joven dirigente podrá convertirse en referente de la oposición en un país que hoy sigue bajo el férreo control del general Zia, y donde la alternancia democrática parece una promesa lejana. La ejecución de Ali Bhutto no solo elimina a un líder, sino que amenaza con ahogar la esperanza de que Pakistán pueda encontrar un camino hacia la estabilidad democrática.
J. F. Lamata