14 agosto 1988
Enfrentado al comunismo y al islamismo, era un aliado de Estados Unidos en la guerra de Afganistán
El General Zia, dictador de Pakistán, muere en un extraño accidente de avión. Estados Unidos pierde un aliado
Hechos
En agosto de 1988 un accidente de avión acabó con la vida del Presidente de Pakistán, Zia Ul-Haq.
Lecturas
Zia está en el poder en Pakistán desde 1977.
El diario español ABC en su portada del 19.08.1988 acusó a los servicios secretos de la URSS de estar detrás del atentado, algo que nunca se pudo demostrar.
En noviembre de 1988 llega al poder de Pakistán, de Benazir Bhutto.
19 Agosto 1988
La venganza de Benazir
Los mecanismos constitucionales paquistaníes prevén la sucesión automática en la jefatura del Estado; pero no, claro está, en la jefatura del Gobierno, que es lo que era el general Mohamed Zia Ul-Haq, muerto en accidente o quizá sabotaje de aviación cuando se dirigía a ver un nuevo tanque norteamericano con cinco de sus generales y el embajador de los Estados Unidos allí. Pero Zia Ul-Haq era mucho más que un simple jefe de Gobierno de una democracia al uso occidental y su régimen – ya que podría hablarse, en efecto, de su régimen – tenía bastantes rasgos autocráticos, incluyendo su origen, pues Zia Ul-Haq accedió al poder por la vía rápida, es decir, mediante un golpe militar en julio de 1977.
Todo lo que siguió fue muy dramático, pues el general ahora desaparecido no sólo vino a salvar al país, sino también a ejecutar, una venganza casi bíblica todavía no del todo aclarada. Me estoy refiriendo al proceso, condena y ejecución de su predecesor al frente de Pakistán, Zulficar Ali Bhutto, hombre también de poderes excepcionales, y también de flaquezas excepcionales, al que se acuso de planear el asesinato de un adversario político. Como solía decirse, se removió Roma con Santiago para obtener el perdón de Zulficar, pero Zia Ul-Haq fue implacable.
La ejecución de Bhutto causó una fuerte impresión en el mundo y dejó un rescoldo vivo de venganzas ppendientes entre sus partidarios y sus familiares; entre estos, de una manera especial, su hija Benazir, una mujer muy bella, educada políticamente en ese dorado exilio de las grandes Universidades europeas, que después no garantizan nada si de vuelta al país nativo conquistan el poder, con frecuencia no democráticamente.
Benazir quiso ser la némesis de Zia Ul-Haq, quizá sin dar la talla, y en 1986 regresó a Pakistán, con la idea de reconstruir la organización política de su padre, el partido del pueblo paquistaníes, parece ser que los viejos partidarios de Zulficar no estaban satisfechos con ella, a la que acusaban de dirigirles con mano demasiado autoritaria. En cualquier caso, Benazir no consiguió crear la poderosa oposición que pensaba enfrentar al general, que no parece temerla demasiado. Ahora tal vez se presenta la oportunidad de realizar sus planes, pues el hombre que se ha hecho cargo del país, el presidente del Senado, dicen que piensa mantener en pie la fecha que Zia Ul-Haq había señala para las próximas elecciones en noviembre. Esa era la oportunidad que esperaba Benazir y el nuevo partido del pueblo paquistaní.
La renta actual ‘per cápita’ continúa siendo muy baja en Pakistán, pues no pasa de los 400 dólares, pero según los datos de los que se dispone, los once años de Zia Ul-Haq en el poder han conocido un buen nivel de desarrollo económico, hasta el punto de que hace pocos años el ‘New York Times’ hablaba de un ‘milagro económico’. Mucho milagro se necesita para sacar a Pakistán adelante.
Desde su fundación como país independiente, bajo Ali Jinnah, Pakistán siempre ha sido prooccidental y continúa siéndolo. Durante los largos años de la guerra-ocupación de Afganistán, Zia Ul-Haq dio refugio en su país a varios millones de mujahedines y sus familias, que ahora tienen que regresar a un país devastado por la guerra, cosa que están haciendo a sangre y fuego.
En noviembre, Pakistán tendrá una oportunidad para convertirse en un genuino país democrático, y no en una mera ‘democracia controlada’ como sólo decir Bhutto.
Manuel Blanco Tobío.
18 Agosto 1988
La muerte de Zia
EL ACCIDENTE de aviación que ha causado la muerte del presidente de Pakistán, general Zia Ul Haq, y de las personalidades que le acompañaban, entre otras el embajador de Estados Unidos y el jefe del Estado Mayor, se produce en un momento en que ese país está sometido a fuertes tensiones, tanto internas como externas. Después de unos primeros pasos liberalizadores con la promesa de volver a un sistema de gobierno parlamentario, Zia disolvió hace cuatro meses la Cámara y destituyó al Gobierno civil de Jan Junejo, a pesar de que éste seguía con docilidad las directrices de los militares. Había convocado elecciones para noviembre, pero sin la condición elemental para que fuese un paso político serio: la legalización de los partidos de oposición y la posibilidad para ellos de expresar con libertad sus opiniones y de controlar luego la autenticidad de los resultados.La realidad política de Pakistán es que el general Zia, desde que liquidó en 1977 el régimen constitucional y ejecutó luego al principal dirigente democrático, Bhuto, nunca ha renunciado a gobernar con el apoyo de los militares y en nombre de un cierto fundamentalismo islámico, más o menos rígido, según las épocas. Frente a esa dictadura militar, arropada de clericalismo musulmán, las esperanzas que despertó en el pueblo el proyecto renovador de Bhuto no se han extinguido. Lo demostró la acogida que recibió su hija al retornar al país en 1986 y la amplitud alcanzada por el movimiento por la restauración de la democracia. La pujanza de los anhelos democráticos, así como la agudeza de los conflictos intercomunales en ciertas zonas del país, ha dado lugar a que en diversas ocasiones se produzcan amplias movilizaciones de masas en demanda de libertad que han sido duramente reprimidas. Las promesas de democratización del general Zia se han truncado siempre sin abrir el camino hacia un sistema de supremacía del poder civil. Esos vaivenes han acumulado en amplios sectores una creciente indignación, matizada en no pocos casos de impotencia y pasividad.
En el plano exterior, Pakistán tiene en la actualidad una situación sumamente conflictiva con la URSS y con el Gobierno afgano de Kabul. Moscú ha acusado reiteradamente a Zia de suministrar armas a los grupos fundamentalistas de la resistencia afgana, violando así los acuerdos de Ginebra. Es probable que esa actitud de Pakistán cause disgusto en otras capitales, y no sólo en Moscú. A pesar de la alianza entre Pakistán y EE UU, no parece que éste, ni ningún país occidental, tenga interés en que se instale en Kabul un nuevo régimen islámico fundamentalista. Entre esa solución y la del actual Gobierno comunista hay fórmulas intermedias que la ONU se esforzó en promover en el momento de la firma de los acuerdos de Ginebra. El apoyo de Zia al fundamentalismo fue entonces, y ha seguido siendo, un obstáculo para una solución sensata.
Por las condiciones mismas de su nacimiento, mediante una emigración masiva y una ruptura turbulenta de las masas musulmanas con la India, Pakistán siempre ha tenido con este país relaciones antagónicas. A principios de 1987 hubo momentos en que las amenazas llegaron a un punto álgido. En realidad, el Gobierno de Nueva Delhi nunca ha dejado de considerar que Pakistán, de manera más o menos directa, ayuda a los movimientos separatistas de los sijs, marcados por numerosas acciones violentas y terroristas.
Pakistán es un gran país de 100 millones de habitantes, con un ejército fuerte, probable poseedor de la bomba atómica, situado en medio de una zona de tormentas y confrontaciones internacionales. La muerte de su jefe de Estado en un accidente como el que ha costado la vida del general Zia no puede dejar de suscitar preguntas. ¿Quién será su sustituto?, ¿seguirá el Ejército controlando la vida política o surgirán dirigentes con la suficiente inteligencia como para comprender que la hora de una normalidad democrática no se puede posponer indefinidamente? Lo que, desde luego, a todos interesa es que de la tragedia de Bahawalpur no dimanen obstáculos para el proceso de distensión que se observa en el mundo.
El Análisis
El 17 de agosto, el presidente de Pakistán, general Zia-ul-Haq, ha perdido la vida en un accidente aéreo aún rodeado de misterio. El siniestro, en el que también fallecieron altos mandos militares y el embajador de Estados Unidos, ha puesto fin de manera abrupta a once años de una dictadura que marcó profundamente la vida del país. Zia llegó al poder en 1977 con la promesa de elecciones inmediatas, pero prolongó su mandato gracias a un férreo control del Ejército y a un ambicioso programa de islamización de las leyes, que ha dejado huella en la estructura jurídica y social de Pakistán. Su régimen combinó represión política —con la ejecución de Zulfikar Ali Bhutto como episodio más dramático— con un protagonismo creciente en el tablero internacional, especialmente en la guerra de Afganistán, donde Pakistán se convirtió en pieza clave de la estrategia estadounidense frente a la URSS.
El accidente, que oficialmente se atribuye a un fallo técnico, no ha logrado disipar las sospechas. Existen teorías que apuntan a una posible acción de los servicios secretos soviéticos (KGB) como venganza por el papel decisivo de Islamabad en el apoyo a la resistencia afgana; otras sugieren conspiraciones internas, tanto del Ejército como de grupos radicales, descontentos con el poder absoluto de Zia. La verdad, de momento, se pierde entre el humo del aparato siniestrado y el hermetismo del gobierno provisional, en un país donde el recurso a la intriga siempre ha sido compañero de la política.
La gran incógnita ahora es el futuro. El aparato militar mantiene la llave del poder, pero en la calle crece con fuerza la figura de Benazir Bhutto, hija del ajusticiado Zulfikar Ali Bhutto, que encabeza un movimiento popular de oposición cada vez más vigoroso. La muerte del general abre una oportunidad para la democracia, aunque la tradición autoritaria y las tensiones regionales invitan a la cautela. Pakistán, pieza esencial en el equilibrio del Asia meridional, entra en una nueva etapa que puede decidir si el sacrificio de once años de dictadura solo sirvió para perpetuar la inestabilidad, o si al contrario abre la puerta a una modernidad política largamente aplazada.
J. F. Lamata