El 12 de mayo de 1978, durante una sesión de las Cortes Constituyentes de España, Licinio de la Fuente, diputado de Alianza Popular (AP) y exministro franquista, realizó una audaz defensa de la dictadura de Francisco Franco en respuesta a las críticas de los diputados nacionalistas vascos. Su discurso declaró con orgullo su honor por haber servido como Ministro de Trabajo de Franco (1969-1975), afirmando que el régimen trajo «prosperidad y paz» a España, incluido el País Vasco. Esta postura sin complejos, si bien reflejaba la honestidad personal de De la Fuente y su lealtad a su pasado franquista, contrastaba marcadamente con la calculada moderación de su líder de partido, Manuel Fraga, quien, como Adolfo Suárez de la UCD, comprendió los riesgos electorales de abrazar abiertamente la dictadura en una España que forjaba su identidad democrática. El episodio, ocurrido mientras se redactaba la Constitución, subraya las tensiones dentro de AP y el desafío más amplio que enfrentaron los exfranquistas durante la Transición. Cabe destacar que, para las elecciones de 1979, mientras Suárez y Fraga lideraban sus respectivos partidos, De la Fuente estaba ausente de las listas de AP, lo que sugiere que su franqueza pudo haberle costado políticamente.
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La intervención de De la Fuente fue una réplica directa a los nacionalistas vascos, que habían condenado la represión de su lengua y cultura por parte del régimen franquista. Mencionó el crecimiento económico —como el aumento anual del 7% del PIB durante el «milagro español» de la década de 1960— y el desarrollo de infraestructuras en el País Vasco, afirmando que las políticas franquistas habían sacado a España de la ruina de la posguerra civil. Su orgullo por los logros del régimen era sincero, arraigado en su papel en las reformas laborales que, si bien restrictivas, estabilizaron el empleo bajo el franquismo. Sin embargo, su discurso ignoró la brutal represión del régimen, incluyendo la ejecución de miles de personas y la prohibición del euskera, lo que alimentó la indignación de los diputados vascos. Fraga, exministro de Franco, compartía la admiración de De la Fuente por aspectos de la dictadura, pero había aprendido del éxito de Suárez —UCD obtuvo 166 escaños en 1977, frente a los 16 de AP— que evitar la nostalgia franquista manifiesta era clave para la viabilidad electoral. El silencio de Fraga durante la sesión, que permitió a De la Fuente tomar el protagonismo, sugiere una decisión estratégica para dejar que un subordinado absorbiera la reacción mientras AP creaba una imagen más moderada para el futuro.
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La ausencia de De la Fuente en las listas electorales de AP de 1979, a pesar de su prominencia como uno de los «siete magníficos» fundadores, es elocuente. La UCD de Suárez, con 6,3 millones de votos en 1977, prosperó proyectando una imagen centrista y progresista, mientras que la AP de Fraga, rebautizada como Coalición Democrática (CD) en 1979, obtuvo solo un millón de votos, luchando por desprenderse de su estigma franquista. La negativa de De la Fuente a suavizar su lealtad franquista, a diferencia del giro pragmático de Fraga, probablemente lo convirtió en un lastre. Su discurso, aunque honesto, distanció a los votantes y puso de relieve la división interna de AP entre los franquistas de línea dura y quienes, como Fraga, se adaptaban a la democracia. Ese 12 de mayo de 1978, la defensa que De la Fuente hizo de Franco fue un fugaz acto de desafío, pero subrayó el coste de aferrarse a un pasado que España, en sus albores democráticos, estaba ansiosa por dejar atrás, allanando el camino para su marginación política a medida que la Transición avanzaba.
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JF Lamata