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Alfonso Sastre y Fernando Savater polemizan en EL PAÍS sobre su distinta posición sobre la cuestión vasca y ETA

HECHOS

Polémica de artículos en noviembre de 1983.

13 Noviembre 1983

Más luz

Alfonso Sastre

Una y otra vez se opina, a propósito de la cuestión vasca, que se trata de un problema político, o que simplemente ha de plantearse como mero problema policiaco; o, las más de las veces, que serían precisas medidas de ambas índoles, con mayor o menor subrayado en lo político o en lo policiaco, según la procedencia ideológica de las opiniones que a este respecto se formulan una y otra vez a lo largo de ya tantísimos años.Entre densas oscuridades se camina de esta manera, pienso, tanto si se abraza la opción de lo que se llama las medidas políticas como en el peor caso de que se propugne la pura y simple represión, como parece ser el camino que, ¡ay, Dios mío!, nos ha anunciado el presidente del Gobierno en su última comparecencia; y algo de eso pasa con las opciones medias o intermedias, más o menos matizadas. La experiencia del mucho tiempo ya transcurrido en tales zozobras, sin que se avizore ni una ligera lucecita que parezca anunciar una salida a tan terrible situación, parece que da, por lo menos, cierto aire de fuerza intelectual a esto que acabo de decir. Me considero entre las personas de inteligencia media, y aún mediana, pues, caso de darse en mí alguna cualidad un tanto sobresaliente, sería, creo yo, la capacidad de imaginar y desarrollar algunas situaciones de forma teatral y, en ocasiones, propiamente narrativa; pero nada más. Ahora bien, una gran pasión por la verdad sí que me acompaña y no me abandona nunca, y, por cierto, ha sido muchas veces causa de no pocos quebrantos en mi vida. Desde esa pasión, y no desde cualquier otra instancia, voy a expresar una opinión tercera, si así quiere decirse: tercera y no conciliatoria, ni sintética con aire más o menos dialéctico. Se trata, ni más ni menos de que es menester empezar por otra parte.

En pocas palabras: no se trata de un problema meramente político ni meramente policiaco, ni una mixtura de ambas metodologías. Se trata -y qué valor hay que tener para plantear el asunto de esta manera- de un problema teórico. O, si se quiere, filosófico. O, si se quiere, científico. Glosando a Lenin, en términos digamos anteriores a que uno se plantee o no un proyecto revolucionario, podríames decir que sin teoría política no es posible realizar una acertada práctica política; y la teoría se hace en un lugar donde no se oye el ruido de los sables, sino los dictados del entendimiento y de la voluntad ética.

Ese ruido se oye en el justo momento en que se pasa del terreno de la ciencia (de la teoría) al de la ideología (al de la política). Pero habría que empezar al menos por una reflexión científica sobre las cosas, a poco que se tenga una cierta aprensión de caer en el más grosero (y, por cierto, erróneo) de los pragmatismos, lo cual después se paga muy caro, y no sólo desde el punto de vista moral. Es un derrumbadero de las personas de las cosas. Sobre todo, atención al momento en que uno recibe testimonios de simpatía procedentes del sector troglodita: es malísimo síntoma ese, si no hubiera otros de mayor envergadura epistemológica.

Alguna pequeña luz teórica se ha encendido en el campo de la intelligentsia madrileña durante los últimos tiempos. Yo quisiera señalar aquí, y desde luego recomendar su lectura, las reflexiones -en algunos aspectos muy discutibles desde mi punto de vista- que en más de una ocasión ha publicado el sociólogo Jesús Ibáñez. Tanto su respuesta a la encuesta sobre la negociación, que se publicó en un libro, como un reciente artículo publicado en EL PAÍS con el título El terrorismo (y al que tendría que objetar la aceptación acrítica de ese término ideológico), son buenas muestras de ese necesario esfuerzo teórico por cuya necesidad abogo en estas líneas, no porque suponga la posibilidad de que tal esfuerzo sea posible en el mundo de los políticos, sino porque observo la misma indigencia teórica -el mismo irracional fervor ideológico (sobre todo cuando se trata del problema de la unidad de España)- en ya demasiados de los intelectuales, progresistas un día, áulicos hoy para su mala fortuna intelectual; y algo de mala conciencia, que por otro lado es lo suyo, podría despertarse quizá en ellos a favor de que el panorama de la cultura española de hoy no siga ofreciendo tan lamentabilísimo espectáculo: intelectuales gran-españoles, chovinistas hasta el extremo, de encontrarse muy a su gusto en la caverna matritensé; y no hablo ahora de los grafómanos tragaperras, que es una especie que siempre existió pero que hasta ahora no había cructado con expresiones como «me pagan por esto» y otras no menos divertidas e indecentes. Acompañantes casi efusivos de las mayores inepcias de la gobernación del Estado. Silenciosos cómplices de todos los abusos del poder. Todo ello configura un momento muy bajo de la vida intelectual, de manera que el esfuerzo que uno propone en estas líneas -el esfuerzo de comprensión de las cosas en el que ha consistido siempre la vida intelectual-, ¿de dónde podría surgir? Quienes tendrían que ser implacables destructores de todo fetichismo se detienen llenos de un pasmo sagrado ante una «eterna metarisica» (José Antonio Primo de Rivera), ignorando la génesis de los fenómenos históricos y el «cómo fue» de la constitución de los actuales Estados; y, por tanto, de la científica justificación de lo que, desde el chovinismo de gran potencia, se considera irracional: la reclamación de autogobierno de las pequeñas naciones, que además hoy se plantea en términos internacionalistas y es un reto contra la homogeneización planetaria que es el programa del imperialismo.

Luz, más luz. Pero, ¿desde dónde podría llegar esa luz necesaria? Con pena escuchamos el otro día la comparecencia de Felipe González. Pensé, escuchándolo, en El retrato de Dorian Gray y en que quizá en las facciones de algún retrato que le hayan hecho se estén reflejando aspectos no muy plausibles de su comportamiento moral (en lo que a su vida política se refiere, naturalmente; del hombre público hablo y nada más). También en las suyas propias parece haberse apagado alguna ingenua alegría que formaba parte de su imagen natural. Ahora hay técnicos de imagen. Pero eso no conduce a parte alguna en la que los pueblos puedan encontrarse y abrazarse en la hermandad de un proyecto de nueva organización y, sobre todo, de nueva vida, de la que la organización política no tendría que ser sino un mero reflejo. ¿Pero todo esto que estoy diciendo no es sino una tontería? ¿Me callo? ¿Qué ruido se oye? ¿Es un ruido metálico? ¿Seré reo, por lo que ahora estoy diciendo, de apología del terrorismo?

P. S. Escribí este artículo a raíz del reciente discurso del presidente del Gobierno sobre nuevas medidas antiterroristas. Posteriormente se ha producido en Bilbao una manifestación convocada por Herri Batasuna, en la que ha quedado elocuentemente probado que es necesario pensar esta cuestión muy seriamente. Cualquier reducción del problema vasco a la necesidad de una vía decididamente represiva pondría la cuestión en términos que apuntarían a cifras propias de lo que tantas veces, históricamente, se ha caracterizado como genocidios. Atención, pues, a este dato científico, que ha de contar mucho más para nosotros que las inepcias y los balbuceos retóricos procedentes de la caverna española, por muy encastillada y armada que esta caverna se halle.

17 Noviembre 1983

Lo teórico y Alfonso Sastre

Fernando Savater

Nos proponía el pasado domingo Alfonso Sastre un poco más de luz sobre la cada vez más dolorosa y cruel cuestión vasca. Nada tan bien venido como la luz, desde luego, siempre que no sea luz de gas. Apunta Sastre que alguna pequeña luz teórica comienza a abrirse paso entre las tinieblas de la intelligentsia madrileña, y a aumentar tan necesario foco promete dedicarse. Pero lo que de su luz relumbra es como el invisible fulgir de aquella llama de la vela apagada. que inquietó a Lewis Carroll; es una luz oscura, mística luminaria que habría quizá hecho las delicias del maestro Eckhart, pero que difícilmente nos servirá para leer con su ayuda la realidad del problema que nos preocupa. En una palabra, a Sastre le pasa lo contrario que al Dios del Génesis: cuando dice «Que sea la luz», se funden todos los plomos y ya nadie ve ni gota. Lástima, porque buena voluntad parece que no le falta.Empecemos antes que nada por tributar a Sastre el reconocimiento intelectual y humano que merece y que desde las primeras líneas de su artículo nos reclama. Como tantos otros, le admiro como espectador de sus dramas, leo sus interesantes relatos y te respeto muy sinceramente como persona y como honrado luchador antifranquista. También le concedo sin rechistar que «una gran pasión por la verdad» rija desde siempre su vida. De todas formas, me impresionaría más su amor a la verdad si no pareciese tan implícitamente seguro de Poseerla casi toda, lo mismo que admiraría aún más su honradez intelectual si no le viese tan decidido, a dudar de: la de quienes discrepan de él. Porque lo tristemente cierto es que el mundo está lleno de amantes de la verdad tan letales en los transportes de su amor corno nunca llegarán a serlo los peores hipócritas; y de personas espantosa, agresiva, abrumadoramente honradas en cuyo camino rectilíneo más vale no cruzarse. Desde el punto de vista de la luz buscada, la descalificación traumática del enemigo aporta más bien poco, sobre todo cuando uno pretende que tal adversario deje efectivamente de serlo. Por Io tanto, admitamos que hay tan escaso pecado en. estar a gusto en la caverna matritense como en jugar en Fuenterrabía a ser una Madame Butterfly que espera a su comodoro del Volga para que la rescate del imperialismo centralista. Y sigamos tratando de hacer luz.

Ni problema. político, ni problema policiaco, ni simple mezcla de ambos: lo que Alfonso Sastre propone- a quien corresponda es considerar la cuestión vasca como un problema teórico.

Y él mismo se jalea diciendo que hay que echarle mucho valor al asunto para enfocarlo así; pero, aunque el coraje desde luego nunca sobra, digo yo que la teoría ha de requerir más sutiles aptitudes. La teoría, para Sastre, resulta ser la ciencia, y ésta conviene, ni más ni menos, con la verdad cuya pasión domina su vida; frente a ella se instala la ideología, criatura política frecuentemente poseída por el más erróneo y grosero pragmatismo. La más notable característica de la teoría-ciencia es, siempre según Sastre, su insonorización: en efecto, «la teoría se hace en un lugar donde no se: oye el ruido de los sables, sino los dictados del entendimiento y de la voluntad ética». Ahora bien, en qué consiste precisamente tal teoría, eso Sastre no nos lo dice. Sólo sabemos que es una cosa muy buena e iluminadora que él tiene y los demás apenas vislumbran, que exige mucho valor y notable amor a la verdad; una vez aceptado humildemente todo ello, Sastre es tan cruel que se calla y nos escamotea la teoría-ciencia que necesitamos tan perentoriamente. Lo poco que se le escapa sirve solamente para desconcertarnos. Por ejemplo, cita con aprobación a Lenin como defensor de las exigencias teóricas. Pues, señor, si Lenin es un teórico-científico, los ideólogos serán Max Weber o quizá Einstein… Más adelante recomienda los artículos de Jesús Ibáñez, que en efecto son muy de considerar, pero le reprende por utilizar el término terrorismo, en su noción acrítica e ideológica. En cambio, Sastre, supongo que como ejemplo de teoría-ciencia aplicada, emplea conceptos puros tan libres de adherencias ideológicas como «chovinismo de gran potencia», «autogobierno», «internacionalismo», «homogeneización planetaria como programa del imperialismo», etcétera. Pasen y vean, la luz está servida.

No aspiro a ser teórico ni científico; quizá resulta que no amo tan frenéticamente la verdad como Alfonso Sastre. Pienso desde un sitio donde se oye el ruido de los sables, que es muy crispante. Pero no es eso todo ni lo peor se oyen también disparos, tiros en la nuca de algún joven de 19 aflos con uniforme, de alguna mujer embarazada, de algún padre de familia o de algún jubilado. Y explosiones, y peticiones de rescate y gritos de dolor de los torturados por los amantes de la verdad de todo pelaje. Ingenua, ideológicamente, creo en las soluciones políticas, y considero que un político en ejercicio no puede renunciar a ellas sin presentar de inmediato su dimisión. Pero también comprendo que las medidas policiales no son más escandalosas que los métodos criminales de quienes las provocan, siempre que se respete al aplicarlas la legalidad constitucional. Tengo, si no una Teoría-Ciencia única, varias ideas sobre el autogobierno de los pueblos y la profundización de la democracia, pero ninguna que justifique ni acepte la práctica criminal de las bandas terroristas. Mi papel es áulico, desde luego, y desde las aulas trato de argumentar la única verdad ética, que no es sino la primacía de la comunicación sobre la violencia y la urgente abolición de la crueldad instrumental. Me asquea utilizar a los jóvenes como carne de cañón o tropas de choque en defensa de ideales políticos incompetentes, brumosos y mil veces refutados por la historia de nuestro siglo. No quiero vivir convertido en una Casandra del venidero genocidio vasco, sino trabajar prácticamente por que acabe la violencia provocadora que a poco que nos descuidemos terminará por acarrearlo. En una palabra, no veo por parte alguna la luz prometida por nuestro dramaturgo, y temo muy mucho que la teoría-ciencia de Sastre sea más bien una ciencia desastrosa.

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