18 enero 1985
Reemplaza en el cargo a André Laurens
Nueva etapa en el diario francés LE MONDE: André Fontaine será su nuevo director

Hechos
El 18 de enero de 1985 los accionistas del periódico LE MONDE eligieron a André Fontaine nuevo director.
Lecturas
El 18 de enero de 1985, los accionistas de la sociedad editora de Le Monde eligieron a André Fontaine director-gerente por una mayoría abrumadora: 890 de las 1.000 participaciones sociales respaldaron su nombramiento. Fontaine, que asumiría el cargo el lunes 21, se convertía en el cuarto director de la historia del periódico después de Hubert Beuve-Méry, Jacques Fauvet y André Laurens. Pero presentarlo como una sucesión ordinaria ocultaría casi todo lo interesante. Le Monde llevaba desde 1980 intentando resolver la sucesión de Fauvet, había elegido primero a un director que nunca llegó a serlo, después recurrió a un candidato de compromiso que duró apenas dos años y medio y finalmente terminaba depositando su confianza en un hombre que había trabajado en el periódico desde 1947 y que ya había aspirado al puesto cinco años antes.
Todo había comenzado con una idea aparentemente impecable. Jacques Fauvet debía dejar la dirección a finales de 1982 y Le Monde quiso evitar una sucesión improvisada. La Société des rédacteurs, que poseía el 40 % del capital, organizó en 1980 por primera vez una verdadera elección interna. Entre los candidatos estaba André Fontaine, responsable durante años de la información internacional y redactor jefe desde 1969, pero el vencedor fue Claude Julien, director de Le Monde diplomatique, que el 31 de mayo de 1980 obtuvo el 62,76 % de los votos. En abril de 1981 fue incorporado como gerente para preparar durante la última etapa de Fauvet el momento en que recibiría formalmente el periódico.
La larguísima cohabitación terminó demostrando precisamente el riesgo del sistema. Fauvet conservaba el mando y Julien poseía ya la legitimidad del sucesor. Surgieron enfrentamientos sobre organización, autoridad y funcionamiento de la redacción, hasta que los propios periodistas retiraron su confianza a Julien a comienzos de 1982. El hombre elegido con dos años de anticipación para garantizar una transición tranquila no llegó jamás a sentarse en el sillón de director. Le Monde tuvo que improvisar aquello que había pretendido evitar. Un comité de «sabios» buscó entonces una personalidad de compromiso y propuso a André Laurens, jefe adjunto del servicio político. Fauvet adelantó finalmente su retirada y Laurens asumió la dirección el 1 de julio de 1982.
Laurens heredó, sin embargo, bastante más que una crisis de sucesión. El periódico que durante los años setenta había disfrutado de una posición excepcional empezó a descubrir que su prestigio no pagaba por sí solo las nóminas. En 1982 perdió 18 millones de francos y volvió a registrar números rojos en 1983. Los costes crecían más deprisa que los ingresos y la peculiar estructura accionarial que garantizaba su independencia también significaba que Le Monde carecía de un gran propietario dispuesto a cubrir indefinidamente sus pérdidas. La dirección inició jubilaciones anticipadas y reducciones de plantilla; en diciembre de 1983 Laurens anunció la supresión de aproximadamente otros cien empleos.
También desaparecían lectores. En 1983 la difusión retrocedió algo más del 4 % y en 1984 el periódico rondaba los 400.000 ejemplares vendidos, mientras las pérdidas acumuladas de 1982 y 1983 se aproximaban a 50 millones de francos, aunque una parte correspondía a los costes de las jubilaciones anticipadas. No era únicamente un problema de Le Monde: buena parte de la prensa diaria nacional francesa atravesaba dificultades económicas. Pero en la rue des Italiens el problema se agravaba porque cualquier tratamiento exigía negociar con una empresa donde periodistas, cuadros y empleados poseían una enorme capacidad para bloquear las decisiones de la dirección.
Laurens intentó aplicar sucesivos planes de saneamiento y terminó desgastándose con ellos. Reducción de personal, contención salarial, modernización y nuevas fórmulas comerciales chocaban una y otra vez con sectores de la plantilla. Incluso propuestas para renovar el producto, como un suplemento dominical de presentación más moderna, fueron rechazadas por considerarse poco acordes con la identidad de Le Monde. A finales de 1984 la crisis alcanzó también a la relación con su principal banco, la BNP, y la autoridad del director quedó seriamente debilitada. El 20 de diciembre de 1984 André Laurens dimitió.
Y reapareció entonces André Fontaine. Tenía 63 años y difícilmente podía presentarse como un joven renovador. Precisamente ahí estaba la paradoja: para cambiar de etapa, Le Monde recurría a uno de sus hombres más antiguos. Había entrado en 1947, dirigido durante años el servicio de política exterior, se había convertido en redactor jefe en 1969 y era uno de los grandes especialistas franceses en relaciones internacionales y Guerra Fría. Había perdido la batalla sucesoria de 1980 frente a Julien, pero ahora reunía dos cualidades que escaseaban después de cinco años de conflictos: autoridad profesional dentro de la redacción y respetabilidad fuera de ella.
El procedimiento fue mucho menos aventurero que en 1980. Tras la dimisión de Laurens, los propietarios de participaciones de clase A encomendaron a Fontaine el 20 de diciembre una «misión de exploración» para comprobar si podía reunir alrededor de su candidatura las diferentes sensibilidades de la empresa. La respuesta fue afirmativa. La Société des rédacteurs se pronunció a su favor; después lo hicieron, por amplias mayorías, las sociedades de cuadros y empleados. Finalmente, el 18 de enero la asamblea de accionistas ratificó todo el proceso con aquellas 890 participaciones sobre 1.000. Fontaine formó equipo con Bernard Wouts como administrador, Daniel Vernet como redactor jefe y Claude Sales como corredactor jefe.
Fontaine no prometió simplemente ahorrar. Su diagnóstico alcanzaba al propio periódico. Quería devolver a Le Monde su condición de «informador imparcial de las realidades francesas e internacionales», pero también hacerlo más legible. Pedía una lengua más sencilla, síntesis, claridad y menos artículos escritos como si sus lectores hubiesen cursado previamente Sciences Po. El diario debía contar historias, incorporar emoción e incluso humor y dejar de confundir exhaustividad con calidad. Era una autocrítica considerable para una cabecera cuya densidad intelectual constituía simultáneamente su orgullo y uno de sus problemas.
Pero el nuevo director tampoco podía escapar de las cuentas. Fontaine continuaría e incluso profundizaría la cura que había contribuido a destruir políticamente a Laurens: reducción drástica de efectivos, sacrificios salariales, renovación administrativa y finalmente venta del histórico edificio de la rue des Italiens. Después se ampliaría la base accionarial mediante la Société des lecteurs du Monde. Es una de las ironías de la crisis: muchas de las medidas consideradas insoportables bajo Laurens acabarían aplicándose bajo un director que había conseguido previamente reconstruir la confianza necesaria para aplicarlas.
El 18 de enero de 1985 termina así una extraña travesía de casi cinco años. En 1980 Le Monde eligió democráticamente a Claude Julien para que sucediera algún día a Fauvet; Julien fue derribado antes de llegar al cargo; Laurens apareció como solución de emergencia y terminó consumido por la crisis financiera; finalmente llegó Fontaine, uno de los candidatos derrotados en aquella primera elección. El periódico había inventado un complicado procedimiento para encontrar al hombre nuevo y, después de probar prácticamente todas las alternativas, acabó entregándose a uno de sus hombres más antiguos.

22 Enero 1985
La misión imposible de André Fontaine
Querido director:
Desde el que quiso sacarse del pozo tirándose de las orejas, pocas veces se habrá visto esfuerzo más inverosímil que el de LE MONDE, el gran diario francés, designando director a André Fontaine para que le salve de la bancarrota.
No es que Fontaine no sea, señor director, un buen periodista no reúna méritos profesionales susceptibles de dirigir un periódico cualquiera en cualquier circunstancia. Durante muchos años, coincidí con la corresponsalía de LA VANGUARDIA en los mismos países donde Fontaine ejercía la de LE MONDE y con Fontaine cubrí mil veces acontecimientos internacionales.
Pocos pueden enjuiciar mejor que yo, y sobre la base de más elementos, sus grandes aptitudes. Lo que dudo es que si, como el propio Fontaine le ha declarado a Feliciano Fidalgo, otro antiguo compañero mío, la razón por la que LE MONDE fracasó fue ‘el exceso de democracia’ (con lo que yo estoy conforme y lo he previsto desde hace mucho tiempo), pueda Fontaine resultar la persona indicada para descargar de democracia a LE MONDE.
Ningún periodista europeo ha representado con tanta brillantez como el portavoz internacional de LE MONDE, con tanta consecuencia y con tanta pasión, la tesis en que ha consistido lo que ahora Fontaine describe como ‘exceso de democracia’, y según la cual, aunque no eran igual de democráticos, los rusos y los americanos merecían de las democracias europeas el mismo trato.
Haber estado contra la OTAN pretendiendo equilibrarla con el Pacto de Varsovia en el otro platillo de la balanza ha sido uno de los más característicos ‘excesos de democracia’ , entre otros muchos a los que le atribuye, ahora, Fontaine la peripecia de LE MONDE. Yo leo, ahora, menos, ya que hasta la casa grande de Xanceda llega mal LE MONDE, a Fontaine, pero mucho ha tenido que cambiar para que, bajo su dirección, el periódico se vea purgado de los ‘excesos democráticos’. EL nuevo director de LE MONDE no cree sólo, además, que para salvarse necesita abandonar el papel de ‘Humpty Dumpty’ que se siente ‘on the great wall’ entre Rusia y el mundo libre. Cree también que ‘para evitar la bancarrota que llama ya a las puertas de su hogar, atraer capital ‘exterior’, ya que todo lo de la ‘propiedad colectiva’ de los redactores, las monsergas y los ilusionismos económicos no han podido sustituir al dinero verdadero. Triste espectáculo verle a Fontaine subir escaleras con su dificultosa pierna, para pedirle aportaciones al os ricos.
El futuro del MIRROR
Y que el dinero venga no es lo más cuestionable si LE MONDE echa por la borda la utopía equiparando a Rusia con los Estados Unidos. Lo más cuestionable es que el dinero de los capitalistas comprensibles y magnánimos pueda llegar a tiempo ya. Vea usted lo que está ocurriendo con el solo periódico izquierdista, el DAILY MIRROR, que quedaba en Inglaterra. Al MIRROR lo compró el multimillonario laboralista Maxwell, un judío checo huido del holocausto hitleriano, que se casó con una rica heredera francesa, consocia en la operación del MIRROR, y lo compró para que los laboralistas no se quedaran sin su último órgano, lo cual, como yo le dije a usted a la sazón, parecía una cosa filantrópica y no poco inglesa, pues recordaba la componenda de los sindicatos con lord Southwood, establecida el año que usted me mandaba a Londres hace más de cincuenta y que, durante veinte, le proporcionó al laborismo el órgano más leído de Inglaterra. Después murió.
Bien porque, desde el año 1933 los tiempos han cambiado, bien porque Mr. Maxwell no es lord Southwood, o por lo que sea, el caso es que ahora, sólo seis meses después que el MIRROR ha sido comprado en cerca de cien millones de libras por un gran capitalista para servicio del partido laborista y de los sindicatos, los síntomas son que quien va a corresponder el abono de la filantrópica operación es a los obreros, los empleados y los redactores del MIRROR. O todos ellos acceden a rebajas en los salarios por cantidades entre el veinte y el treinta por ciento y acceden igualmente a otra serie de renuncias así como sacrificios sociales, o Mr. Maxwell puede verse obligado a cerrar y dedicar a otros menesteres que los de hacer la propaganda socialista el rascacielos circular de High Holborn y su gran imprenta.
Aniversario del TIMES
Ya ve usted, señor Director, lo que son las cosas y cuánta injusticia puede caber en el mundo Los redactores, los empleados y los obreros de LE MONDE, propulsores de la fraternidad con los rusos e inventores de una nueva utopía empresarial, expuestos a verse en la calle.Esto en Francia. En Inglaterra, los obreros, los empleados y los redactores del MIRROR que un capitalista salvó para hace la propaganda del socialismo, teniendo, ellos mismos, que pagar con sus salarios el salvamento. Mientras tanto, el TIMES que cambió tres veces de mano pero sin abandonar ninguna el principio de la propiedad o la ideología conservadora, celebrando ufano, glorioso y próspero su doscientos aniversario después de vencer todos los embates sindicales. ‘El Tío Federico Ferrador’, viejo oráculo de mi aldea frieiresa, decía siempre: “Mejor discrepar con los santos que confiar en el diablo”.
Y yo ya, en mi bolsillo, con la invitación del TIMES para la gran fiesta en la que honrarán al veterano rotativo, su majestad, la Reina, el duque de Edimburgo y los otros miembros de la familia real, el arzobispo de Canterbury, el lord Canciller, la primer ministro rodeada por el Gobierno en pleno, el jefe de la oposición de S. M., el sepaker, el primer lord del Mar, mientras el gran periodismo conservador, patriota, constante camina hacia el trescientos aniversario.
Suyo affm y s. s.
Augusto Assía
El Análisis
La llegada de André Fontaine merece llamarse cambio de etapa porque la crisis de Le Monde no es solamente económica. El periódico que había sido incómodo para De Gaulle, Pompidou y Giscard llegó a 1981 mirando con manifiesta simpatía la posibilidad de una alternancia y recibió favorablemente la victoria de François Mitterrand; Fauvet había evolucionado hacia posiciones próximas a la izquierda democrática y el diario representaba buena parte de aquella Francia intelectual que quería comprobar por fin qué ocurría cuando la izquierda gobernase la V República. Cuatro años después, la situación ha cambiado: las nacionalizaciones, el programa económico inicial, el giro hacia la austeridad de 1983 y el ejercicio efectivo del poder socialista han devuelto a Le Monde a una pregunta mucho más saludable para un periódico: no si comparte las esperanzas del Gobierno, sino cómo debe vigilarlo. Y además está perdiendo lectores. Por un lado, Libération, refundado por Serge July como diario moderno, irreverente, gráficamente más vivo y generacionalmente más joven, está arrebatándole precisamente parte del público intelectual que antes llegaba casi automáticamente a Le Monde; por otro, Le Figaro sigue ofreciendo a la Francia liberal y conservadora una alternativa de referencia mucho más nítidamente situada frente al socialismo. Un periódico como Le Monde, que pretende no ser ni órgano de la izquierda ni órgano de la derecha, corre un riesgo peculiar: cuando la sociedad se polariza, sus competidores pueden explicar en una frase quiénes son mientras él necesita una página. Fontaine llega, por eso, con una misión más difícil que decidir si el diario debe desplazarse unos centímetros a derecha o izquierda: debe recuperar distancia respecto al poder, claridad respecto al lector y autoridad dentro de su propia casa. Después del experimento Julien, de la breve etapa Laurens y de interminables conflictos internos, el problema ya no consiste en demostrar que los periodistas de Le Monde pueden elegir democráticamente a su director, sino en demostrar que, una vez elegido, pueden dejarle dirigir. Fontaine propone menos jerga, menos autosatisfacción, más claridad y un periódico «lleno de vida». Es una curiosa revolución para una institución tan solemne: después de cuarenta años explicándole Francia al mundo, Le Monde descubre que quizá deba empezar por conseguir que Francia vuelva a tener ganas de leer Le Monde.
JF
