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Inminente ganador de las primarias por el Partido Demócrata, estaba considerado el favorito de los comicios

Asesinan al candidato a la presidencia de los Estados Unidos, Robert Kennedy, y la prensa española culpa al sistema democrático

HECHOS

El 5.06.1968 el senador norteamericano Robert Kennedy – aspirante a la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Demócrata – murió asesinado por disparos de Sirhan Bishara Sirhan.



UN ASESINO QUE DICE NO RECORDAR NADA

Sirhan Sirhan Bishara Sirhan, el hombre que disparó contra Bob Kennedy minutos después de que Kennedy ganara las elecciones primarias presidenciales de California, era un cristiano palestino, el 5 de junio de 1968, reconocería el asesinato desde el primer momento apareciendo como móvil del crimen el apoyo de Robert Kennedy a que Estados Unidos se retirara de la Guerra de Vietnam a cambio de incrementar su respaldo a Israel en sus guerras con los países árabes. Posteriormente Sirhan terminaría asegurando que no recordaba nada. Fue condenado a reclusión perpetua.

¿BOB KENNEDY, EL CANDIDATO DEL COMUNISMO?

«Bob Kennedy, candidato de Moscú para presidente de USA», ese era el titular que se leía en la portada del periódico español PUEBLO el 8 de agosto de 1967. En realidad PUEBLO sólo se estaba haciendo eco de lo que pensaban importantes sectores analistas del mundo que consideraban que la política pacifista de Robert Kennedy en materias como la guerra de Vietnam (radicalmente opuestos a los del presidente Lyndon Johnson) favorecían los intereses del Este.

06 Junio 1968

Delenda Est Democracia

Rodrigo Royo

Otro magnicidio se ha cometido en nombre, en uso, en amparo, en instigación, en honor y en vergüenza de la democracia. A la hora de escribir este comentario, dos de la madrugada española, cinco de la tarde de ayer, hora de California, un hombre de 42 años, padre de 11 hijos (el undécimo nonnato), lucha con la muerte, víctima de tres tiros (o de cuatro tiros, porque las noticias todavía son confusas a ese respecto) que ha pegado la democracia capitalista, armando el brazo mercenario de un pistolero a sueldo. El hombre, un superdotado, amigo de los negros, de los humildes, de las plantas, de los libros, de los animales, un multimillonario dispuesto a jugárselo todo por los pobres, un Manolete del ruedo político, iba a gran velocidad camino de la Casa Blanca. Había que frenarlo. A su hermano, John Kennedy, cuando ya era inquilino de la mansión, también había que frenarlo. Y lo frenaron en Dallas. Y a Bob, en Los Ángeles. Los frenó la democracia. ¡Y cómo!

¿Saben ustedes que la democracia – ese régimen que tan de moda han puesto en España los órganos informativos del Opus Dei – no tolera a los Kennedy? No los tolera, no. Los asesina. La democracia – ese régimen que los órganos informativos del Opus Dei (EL ALCÁZAR, NUEVO DIARIO, MADRID, Europa Press, Actualidad Española y tantos otros simpatizantes y deudos) presentan como la panacea para la organización civilizada de la sociedad política – no tolera a los grandes hombres, no digiere a los hombres brillantes, sufre indigestión con los conductores de pueblos. La democracia – y sus secuaces y lacayos españoles – sólo digiere la mediocridad. La mediocridad químicamente pura. Cuando les sale un Kennedy, lo asesinan. Cuando les sale otro Kennedy, tratan de asesinarle. Cuando les sale un Franco, le dicen que se vaya. Ya hablaremos del diario MADRID; que dice Europa Press que DIARIO SP no se ha pronunciado editorialmente sobre la suspensión. Nos vamos a pronunciar, no tengan cuidado.

Pero volvamos al tema. La moraleja es que la democracia ha fenecido con esto de Kennedy, ha palmado. Que no creo que haya nadie, a partir de ahora, que tenga cara para presentarse en público a abogar por la introducción en España de un sistema político cuya especialidad en el asesinato de sus mejores hombres, el desorden, la injusticia, la inseguridad personal, el pillaje, la discriminación racial, el asesinato racial, el atentado político, la explotación del hombre por el hombre. Pueden abogar por el comunismo, si lo prefieren, o por el fascismo. Nosotros abogamos por el nacional-sindicalismo, que es lo nuestro. Ellos que elijan.

Nuestros colegas periodísticos del Opus Dei, con o sin permiso de monseñor – ya que la desobediencia es la medicina que puede curar a ciertos miembros del Gobierno del virus que les ha contaminado el diario MADRID, al atacar personalmente al Jefe del Estado – no van a tener más remedio que colgar la lira o cambiar de melodía. Porque ‘delenda est democracia’.

Rodrigo Royo

08 Junio 1968

El Instinto y la ley

Manuel Blanco Tobío

La muerte del joven senador Robert Kennedy ha planteado un gran interrogante: el de si una democracia puede sobrevivir a la violencia: Por extensión, nosotros nos preguntamos si cualquier forma de vida civilizada puede sobrevivir a la violencia.

La respuesta es: NO. La violencia es la negación de la democracia y la negación de toda forma de vida civilizada. Cada acto de violencia, como sustitutivo de la persuasión, del diálogo y del cauce legal, es un retroceso en dirección a la jungla.

Ahora estamos asistiendo, tanto en América como en Europa, a una recaída en la violencia; pueblos tan civilizados como Estados Unidos y Francia, entre otros, están dando un atávico salto atrás, impulsados por una turbadora irracionalidad. Parece como si de vez en cuando el mundo manifestase esa voluntad de autodestrucción de que hablaba Schopenhauer. Estamos presenciando un impulsivo y ciego salto atrás, y tiempo es de que digamos, ahora y aquí, que cualquier conquista aparente que se obtenga mediante el uso del desorden y la violencia pasará más tarde, sin hacerse esperar mucho, su dramática cuenta con intereses. Digamos ahora y aquí, que cada vez que alguien consiga algo por la intimidación o el terror, habrá hecho triunfar un instinto, nunca la justicia. Habrá sido un triunfo para la selva, y un fracaso para el hombre y para la sociedad.

Con pesadumbre estamos presenciado también la justificación y apología de la violencia, por parte de sociedades atemorizadas atribuyendo desórdenes e intimidaciones al inconformismo, a las frustraciones y al anhelo reformista de sectores impacientes de la sociedad.

Pues, bien, con esas justificaciones y apologías, bajo la presión del miedo, se ha fabricado la pólvora que abatió, entre otros, a los hermanos Kennedy. Se habla de conspiración. Pues claro que sí: conspiración de una sociedad entera, de todos y cada uno de sus miembros, tolerando crecientes índices de criminalidad; tolerando la expansión de las drogas; tolerando la deserción de la juventud tolerando la protesta violenta como sustitutivo de la ley; tolerando el continuo desprestigio de las instituciones básicas del país. Y no hay nación, ni sociedad humana, por grande que sea su poder o su bienestar que pueda sobrevivir a ese múltiple asalto a las raíces de su espíritu.

La democracia americana siempre ha sido considerada por sus más grandes servidores no como algo definitivamente instalado, sino como un fascinador, pero frágil y dudoso experimento. Desde Lincoln a Kennedy, en sus discursos y escritos, se vuelve continuamente sobre la pregunta de si una democracia concebida como la americana puede perdurar y cumplir sus promesas, de si puede conservar su validez, para cada tiempo en un mundo en constante transformación, y cuando esos grandes hombres llegaban a una respuesta afirmativa, estaban manifestando una fe, no una certidumbre. Porque la democracia es un depósito de fe en la capacidad de lhombre para comportarse racionalmente.

¿Estaba – está – bien depositada esta fe? Quizá, sí; quizá si hubiese que renunciar a ella, tuviésemos que dar por fracasado al hombre y a la civilización. Pero, entre tanto, es preciso reconocer que llega un momento en la vida de los pueblos en el que hay que hacer una solemne pausa para un examen de conciencia y preguntarse si en estos umbrales del siglo XXI los esquemas políticos como el americano, ideados en el siglo XVIII responden a las neceidades de las postrimerías del siglo XX, y si la irracional violencia y profunda insatisfacción que sopla como un vendaval en tantas ilustres naciones, puede conjurarse con blandas apologías, blandas tolerancias y blandas filosofías sobre la libertad. La sangre de Robert Kennedy, como la de su hermano Hohn, están ahí haciéndonos esa pregunta; de si seguimos teniendo derecho a hablar de democracia y de libertad, mientras el respeto a la vida humana y la conducta civilizada está haciendo crisis en el mundo entero.

Manuel Blanco Tobío

09 Junio 1968

A Kennedy no lo ha matado la democracia

Pedro Calvo Hernando

A Kennedy no le ha matado la democracia sino el extremismo. Desgraciadamente, hay quien ha pretendido – dentro y fuera de España – obtener un rendimiento inmediato e interesado de la sangre del ilustre mártir. Un rendimiento que desvirtúa radicalmente el sentido profundo de los ideales proclamados por el senador demócrata. Los ideales de paz, justicia, igualdad, libertad y  democracia, son principios irrenunciables y sagrados que Robert Kennedy había adoptado para concretarlos en su programa de renovación y saneamiento político.

¿Cómo puede ahora atreverse nadie a mancillar torpemente esos ideales atribuyéndoles nada menos que el asesinato de su impar mantenedor? Cómo se puede insultar a los que participan de esos mismo planteamientos con gravísimas acusaciones? ¿Por qué se permiten pronunciamientos totalitarios de extrema derecha y patentes de corso para defenestrar a quien no puede defenderse? ¿Cómo se comprende que alguien sea capaz de remedar alguna famosa frase orteguiana para proponer una especie de golpe de estado que instale revolucionariamente una dictadura fascista a estas alturas del siglo XX?

La democracia es el único sistema

La democracia – da rubor tenerlo que decir aquí y ahora – no es un sistema política cuya especialidad sea el asesinato, el desorden o la injusticia. La democracia es el único sistema posible en cualquier sociedad que tenga un mínimo respeto por la dignidad y los derechos fundamentales del hombre. Estamos celebrando el XX aniversario de las Declaraciones de 1948, y el Gobierno español ya se adhirió oficialmente hace meses al clamor mundial por los derechos del hombre. Pero a pesar de todo, aún hay quien no desea enterarse, aunque se considera a sí mismo inserto en la más pura ortodoxia del régimen, con lo cual solo puede tratar de descalificarlo también en este caso.

Alguien me habló de la torpeza que suponía mezclar problemas de política internacional con los asuntos estrictamente internos. Pues bien ¿qué otra ocasión más propicia para tenerlo en cuenta que el brutal asesinato del senador americano? ¿P es que vamos a aplicar la ley del embudo a la medida de las conveniencias de cada cual? Los principios, las normas legales, las pautas de comportamiento no pueden ser interpretados caprichosamente. Hacerlo supondría elevar la arbitrariedad a la categoría de única regidora de los destinos comunitarios.

Hemos decidido – escribía el martes Josep Melía en este periódico – avanzar hacia la plena democratización, con visión de futuro con voluntad de integración. Negarse a proseguir ahora, dar un frenazo en el proceso de instauración de las libertades políticas, sería claramente contraproducente. Ese es el deseo de todos los fascistas’. Y cada palo aguante su vela.

El Análisis

¿LA CULPA ES DE LA DEMOCRACIA?

JF Lamata

Los directores de los periódicos ARRIBA y DIARIO SP consideraron que la democracia era débil frente a la violencia. Su tesis se podía presumir en que la democracia era algo bonito, pero un mundo tan moderno como el del Siglo XX no se lo podía permitir (ya durante el asesinato de John Kennedy algún columnista español lo había insinuado, pero ahora tras la de Robert Kennedy los Sres. Blanco Tobío y, en especial, el Sr. Royo fueron directos a responsabilizar al sistema demócrata de todo eso.

Dejando al margen los muchos puntos flacos de esa teoría (replicado en su momento por el periodista Sr. Calvo Hernando entonces en el diario opusdeista ND), la mejor réplica se la darían los hechos: si la democracia era culpable de los magnicidios y la dictadura era la imagen de la seguridad… ¿cómo explicarían los Sres. Royo y Blanco Tobío el asesinato del almirante Carrero Blanco en plena dictadura? Ambos vivieron para ser testigos de aquel crimen que acreditaba que magnicidios se han dado en democracia y magnicidios se han dado en dictadura.

Claro que para 1978 los Sres. Blanco y Royo evolucionarían lo suficiente para ser ‘demócratas de toda la vida’, algo muy común en aquella España.

J. F. Lamata

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