29 septiembre 1938

Triunfo diplomático de la dictadura nazi frente al gobierno checoslovaco que tuvo que doblegarse a las exigencias germanas

Pacto de Munich: Reino Unido, Francia e Italia autorizan que la Alemania nazi se anexione Los Sudetes, como primer paso para tomar toda Checoslovaquia

Hechos

La Conferencia de Munich entre los Gobiernos de Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia entregó la región checoslovaca de Los Sudetes a Alemania.

Lecturas

El Reich alemán, Italia, Gran Bretaña y Francia cerraban el 29 de septiembre de 1938 el Pacto de Múnich, que cedía la región de los Sudetes a Alemania. De este modo parecía alejarse el peligro de guerra que amenazaba a Europa. 

Después de integrarse Austria, Alemania había puesto los ojos en Checoslovaquia. Concretamente en la zona de Los Suedetes.

CHECOSLOVAQUIA OBLIGADA A DOBLEGARSE

Excluida de la Conferencia, el Gobierno de Checoslovaquia se ve forzada a ceder a Alemania  29.000 km cuadrados del territorio que le fue entregado tras la Primera Guerra Mundial y 3 millones y medio de habitantes. Para aquel país ha resultado imposible oponerse a la voluntad de las cuatro naciones más fuertes de Europa.

CHAMBERLAIN PERMITIÓ LAS EXIGENCIAS DE HITLER PARA EVITAR LA GUERRA:

munich_firmantes  El primer ministro del Reino Unido, Neville Chamberlain, el dictador de Italia, Benito Mussolini y el primer ministro, Daladier, firmaron los acuerdos de Munich con el dictador de Alemania, Adolf Hitler, que le autorizaban a ocupar Los Sudetes a cambio de mantener la paz en Europa.

munich_hitler  Adolf Hitler, en la imagen junto a sus colaboradores Hermann Goering, Heinrich Himmler y Rudolf Hess, ha sido el principal ganador de la conferencia de Muncich.

Henlein_1  Konrad Henlein, fundó en Checoslovaquia el el Frente Patriótico de Los Sudetes Alemanes, defendiendo la autonomía de todos los alemanes de Checoslovaquia, fue apoyado por Hitler y tras la ocupación de la zona quedó al mando como ‘Gaultier’.

La disputa por la región de los Sudetes, habitada mayoritariamente por población alemana y situada dentro de las fronteras de Checoslovaquia, fue un problema permanente. Los políticos de la República de Weimar había intentado, de manera leal y pidiendo respeto por los derechos de las naciones, suavizar las duras condiciones del Tratado de Paz de Versalles. Con la llegada al poder de los nacionalsocialistas, este afán revisionista alcanzó a partir de 1933 una nueva dimensión: Adolf Hitler implantó el servicio militar obligatorio en 1935, y un año después ordenó  ocupar la zona desmitilarizada de Renania. En 1938 llevó a cabo la Anschluss de Austria (anexión de Austria por parte de Alemania). Todas estas acciones se realizaron con un consciente desprecio del Tratado de Versalles, pero Inglaterra y Francia sólo alzaron débiles protestas.

Gran Bretaña seguía una política de appeasement (apaciguamiento) a la que también se sumó Francia. El imperio británico estaba sumido en una crisis política interna y atravesaba graves dificultades económicas, derivadas sobre todo del pago de las deudas de guerra a Estados Unidos. Por todo ello, no estaba en modo alguno preparado para un enfrentamiento militar. Se creía que sería posible frenar las ansias expansionistas del dictador alemán en la mesa de negociaciones implicando al mismo tiempo al Reich alemán en una actitud combativa contra el comunismo soviético.

Hitler supo aprovecharse de esta indecisión: ordenó al dirigente del Partido Alemán de los Sudetes, Konrad Henlein, que prácticamente actuaba como su portavoz, que exigiera de autodeterminación para los alemanes de los Sudetes, petición que fue rechazada por el gobierno checoslovaco.

Acto seguido Hitler amenazó con la anexión por la fuerza de la región de los Suedetes al Reich alemán. Tras dos visitas al dictador nazi, Chamberlain, deseoso de mantener la paz, consiguió un aplazamiento de la intervención militar. Intentó, en primer lugar, junto con el primer ministro de Francia, Edouard Daladier, conencer al gobierno checoslovaco de que accediera a abandonar la región de los Suedetes, propuesta acpetada por Checoslovaquia «con amargura» el 21 de septiembre. Francia y Gran Bretaña se comprometían, como contrapartida, a garantizar las fronteras del resto de Checoslovaquia. Hitler se negó entonces enérgicamente a garantizar la existencia de Checoslovaquia. En vista del ultimatum alemán, Praga decretó la movilización, y Hitler hizo públicos su planes de ataque para el 30 de septiembre.

Tras los intentos de meditación del dictador italiano Benito Mussolini, éste, Hitler, Daladier, y Chamberlain se reunieron el 29 de septiembre en Múnich. Un día más tarde se acordó la evacuación checoslovaca de la región de los Sudetes, a más tardar el 10 de octubre. Hitler y Chamberlain firmaron además una decalaración por la que sus respectivos países se comprometían a no iniciar ‘nunca más una guerra entre sí’. El valor del Tratado de Munich quedó demostrado en marzo de 1939 cuando la Alemania nazi invadió el resto de Checoslovaquia: la parte de la República Checa quedó integrada en Alemania como Protectorado de Bohemia y Moravia y la parte de Eslovaquia se proclamó independiente como gobierno títere de Alemania con el sacerdote Tiso como dictador. La política de apaciguamiento de Chamberlain había fracasado.

HITLER Y MUSSOLINI CONTINÚAN SU EXPANSIÓN

Después de Checoslovaquia el Führer de Alemania pondrá los ojos en Polonia, pero antes deberá pactar con Stalin. 

A su vez el Duce de Italia invadirá Albania. 

09 Marzo 1936

Una barrera entre el bolcheviquismo y la civilización

Manuel Delgado Barreto

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Por mucha importancia que concedamos a nuestra politiquilla interna, con sus jactanciosas manifestaciones, sus acobardamientos temblorosos y ridículos y sus sacudidas histéricas, en unos lados; su rechinar de dientes y sus ademanes groseros, en otros; su desaparición de valor cívico y sus ausencias de autoridad, como si esto de que unos grupos tengan 40 diputados más que otros clavara un hito inconmovible en las cumbres de la Historia de España, se ha de reconocer que el mundo no es esto. No le negamos trascendencia a lo que ocurre en casa, porque para los españoles la tiene, ya que no es lo mismo vivir en paz y en orden, con trabajo, producción saneada y posibilidades de progreso, que debatirse en este desbarajuste de indisciplina, desmoralización e incomprensiones, que han ido haciendo de un país tradicionalmente glorioso algo así como un arrabal o un barrio chino de Europa.

Sin embargo, a la hora presente, aún siendo indispensable, tal vez más que nunca, que la disciplina se restablezca en nuestra nación – de la que no sabemos todavía que papel puede jugar en los futuros acontecimientos exteriores – y que las gentes se den cuenta del ridículo que estamos haciendo a los ojos de los extraños con estas convulsiones epilépticas de multitudes engañadas, toda la atención está fija en los acontecimientos de fuera, porque ellos pueden modificar más rápidamente que lo que se supone nuestra situación interior.

El acto magnífico de Hitler, aunque no tenga las inmediatas consecuencias, por fortuna, de una conflagración internacional, porque tanto Francia como Inglaterra – sobre todo la primera – han de meditar mucho lo que hacen, tiene un significado de tal fuerza, que ha cambiado en horas lo que todas las potencias juntas no se han atrevido a modificar en muchos años; porque si bien es cierto que la denuncia del Pacto de Locarno representa la reivindicación de todos los derechos que le han sido arrebatados a Alemania desde el Tratado de Versalles, no es menos verdad que para el mundo tiene una significación universal y al instituto de conservación acerca de esa brutalidad de Rusia, de esa política hostil y destructora del puño cerrado, que desde 1919 viene minando los cimientos de la civilización, y que amenaza deshacerla al amparo de un suicida ‘dejar decir y dejar hacer’ de todos los pueblos de la tierra.

La Alemania de Hitler fue el dique gracias al cual la barbarie soviética no ha invadido ya a toda Europa, aunque haya tenido chispazos en algunos países – especialmente el nuestro, por debilidad de una política que no comprende los peligros hasta que se producen las convulsiones irreparables – y ahora esa misma Alemania, al advertir cómo el trasnochado democratismo francés que, de igual modo que el nuestro ha favorecido en la vecina República la aparición del disparate comunista, lo avalaba con un compromiso francorruso, ha interpuesto su voluntad, la de un gran hombre y un gran pueblo, entre el ciego afán de exterminio y la anhelante aspiración de una vida de paz y de concordia.

Cuando la Historia examine toda la etapa de la postguerra hasta nuestros días no sabrá explicarse como se ha producido el fenómeno enervante de que al aparecer una monstruosidad de la magnitud del bolchevismo ruso, forjado en las más negras e inhumanas negaciones y en los engaños más repugnantes, Europa entera no se alzara contra esa peste contagiosa, para ahogarla en el periodo de su germinación. Pero ahora que los ojos están muy abiertos y las experiencias dolorosas hablan tan claramente a los hombres, la actitud de Alemania puede y debe ser el principio del fin que quiera Dios no necesite una guerra para su realización, sino de una actitud que nos tenga en absoluto aislamiento, y que a la par que preserva de los miasmas comunistas a todos los pueblos, sirva para que el foco principal vaya extinguiéndose a la hora en que desde Oriente le amenaza una fuerza que ya en otra ocasión supo demostrarle a Rusia su poder.

El momento es de una emoción y de una gravedad verdaderamente extraordinarias y quiera Dios que nuestro país, y sus gobernantes sepan comprenderlo así.

El Análisis

EL ESPEJISMO DEL APACIGUAMIENTO

JF Lamata

La firma del Pacto de Múnich ha pasado a la historia como el punto culminante de la política de apaciguamiento, esa estrategia diplomática por la que las democracias europeas, temerosas de un nuevo conflicto mundial, han preferido hacer concesiones a Hitler en lugar de oponerle resistencia. En este caso, la concesión fue Checoslovaquia —o, más concretamente, la región de los Sudetes— entregada al III Reich con la venia de Reino Unido, Francia e Italia en una reunión donde, paradójicamente, los checoslovacos no fueron invitados. El pretexto fue la importante presencia de población alemana en esa región y el activismo del partido nazi local dirigido por Konrad Henlein, pero lo que realmente se impuso en Múnich fue la voluntad de Hitler, envuelta en la retórica del «derecho de autodeterminación».

Neville Chamberlain, primer ministro británico, regresó a Londres agitando un papel firmado junto a Hitler y proclamando con entusiasmo que había asegurado «la paz para nuestro tiempo». Pero si en aquel instante parecía que se había evitado el desastre, hoy la realidad ha desmontado ese espejismo. Hitler no se ha detenido en los Sudetes. Apenas meses después, la Wehrmacht ha ocupado el resto del territorio checo, sin disparar un solo tiro. La República Checoslovaca ha sido desmantelada. Bohemia y Moravia son ya un «protectorado» alemán, mientras Eslovaquia ha sido convertida en un Estado títere bajo el mando del clerical monseñor Tiso, que ha asumido el papel de colaborador con el nazismo.

La gran pregunta que nos deja el Pacto de Múnich es si ceder una parte de Europa a Hitler ha servido para evitar la guerra… o simplemente para posponerla. Porque si tras Austria y Checoslovaquia el Führer no se siente aún satisfecho, ¿qué vendrá después? ¿Polonia? ¿Dónde trazará Europa la línea definitiva? Chamberlain ha buscado la paz, sí, pero quizás ha confundido paz con rendición anticipada. Lo que hoy parece un éxito diplomático podría ser recordado mañana como la claudicación que envalentonó al totalitarismo. Y Europa, una vez más, juega con fuego.

J. F. Lamata