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El concejal Matanzo había intentado impedir que el teatro Alfil estrenara una obra en la que se le caricaturizaba, representación que, en cambio, sí era apoyada por el concejal Pedro Órtiz

Crisis en el ayuntamiento de Madrid: Álvarez del Manzano López del Hierro destituye al polémico concejal Ángel Matanzo y a su rival Pedro Ortiz

HECHOS

  • El 17.02.1993 el alcalde de Madrid, D. José María Álvarez del Manzano, relevó de sus responsabilidades a los concejales D. Ángel Matanzo y D. Pedro Órtiz

19 Enero 1993

Matanzo

Carlos Luis Álvarez 'Cándido'

MATANZO parece un personaje del género chico por lo que dice, por cómo lo dice y también por lo que hace. Este concejal de la derecha interpreta a Wagner en piano de manubrio y a Chopin en tambor. Alvarez del Manzano no puede con él y ha puesto a Dios por testigo de su impotencia: «iAy, Dios mío!». Pero con eso se resuelve poco. Supongo que Matanzo, como el ombligo, tendrá alguna razón de ser y servirá para algo, pero la verdad es que al Partido Popular le sirve mal. Por debajo de la superficie progresista y moderna de la derecha bullen fósiles vivos y sañudos que de pronto revientan como un geiser y le recuerdan al paisanaje que la vieja mentalidad conservadora no ha muerto. La derecha debiera comprender que éste es mal momento para exhibir Matanzos. Esa vehemencia purificadora y ronca, esa manera de ir repartiendo por la calle un miedo «saludable», es un guiño a los «matanzistas» de toda la vida. Matanzo quiere acabar con las «clases peligrosas». El Ayuntamiento de Madrid, gobernado hoy por la derecha, no es un ente exento, sino que está en el esquema general de una formulación de poder político que pronto saldrá a juicio de los españoles. Y mirando por el agujero negro de Matanzo no se ven horizontes risueños. Esos modales de gallo polainero, esa petulancia de quírite municipal con la que Alvarez del Manzano no puede («iAy, Dios mío!») tal vez acabe por tener un efecto de escándalo en el ánimo impresionable y memorioso del elector. Para Matanzo se acabaron los melindres democráticos y constitucionales. Bien es cierto que Angel Matanzo es uno y no para repetido, pero así y todo el Partido Popular tendría que distanciarse de esos mensajes del pasado (el de Matanzo y otros) que empiezan a hervir como si olfateasen la inminencia de una nueva oportunidad.

19 Enero 1993

Franquismo popular

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

EN MADRID hay un concejal del Partido Popular, Ángel Matanzo, que se ha hecho famoso por el estilo castizo con que pronuncia las sentencias simplistas con las que pretende explicar sus autoritarias decisiones. Casticismo, simplismo y autoritarismo: una mezcla de éxito seguro entre ese sector del electorado de derechas que no se sentiría ofendido si fuera llamado franquista. Soluciones simples para problemas complejos: ¿que los drogadictos acostumbran a inyectarse en los bancos de una plaza? Se quitan los bancos, y santas pascuas (y los viejos del barrio se ven obligados a tomar el sol sentados sobre unos cartones, en el santo suelo). Un grupo de teatro ha ridiculizado esa mezcla y al personaje que la encarna. El concejal Matanzo, alegando ciertos problemas administrativos, ha respondido ordenando el cierre del teatro en que la farsa se representa. Confirmando con ello lo adecuado de la identificación que le había molestado (como el irascible que proclama: «Yo soy muy tolerante, y al que lo niegue lo mato»).El asunto ha provocado un cierto enfrentamiento entre ese concejal y otros de su grupo de otro talante. El alcalde pareció primero respaldar a Matanzo, pero luego, a la vista del escándalo -ayer hubo concentración de famosos en el teatro, a la espera de la ejecución de la orden de cierre-, ha razonado y dado marcha atrás, provocando así un anuncio de dimisión por parte del concejal, algo que ya practicó en el pasado sin Regar nunca a hacerla realmente efectiva. Esas vacilaciones reflejan la incomodidad con que el caso es seguido por los dirigentes del PP, en plena campaña por la captación del voto de esos tres millones de electores que, según Aznar, dudan si seguir votando al PSOE o hacerlo a su alternativa de centro-derecha. El asunto tiene, por ello, una dimensión política que desborda lo municipal. Para ganar, el PP necesitaría extender su influencia hacia el centro, pero si lo hace arriesga perder el apoyo de los sectores derechistas, de mentalidad franquista, que han venido apoyando a ese partido desde su creación por Fraga hace tres lustros. Fichajes de liberales centristas como Rafael Arias Salgado pretenden avalar el giro emprendido , pero su sinceridad será cuestionable mientras los Matanzos sigan teniendo vara alta para aplicar un programa consistente en cerrar, arrasar, prohibir, clausurar. Para ser popular puede bastar con imitar el acento de los sainetes y gritar que «aquí mando yo». Pero el liberalismo es otra cosa.

14 Enero 1993

Libertad de expresión

ABC (Director: Luis María Anson)

No hace falta remontarse a Hammurabi, rey de Babilonia, que promulgó el código más antiguo del mundo casi dos mil años antes de Cristo; ni a la primera formulación de los principios generales del Derecho que Sófocles puso en boca de Creonte en ‘Antígona’, en el siglo IV a. de C.; ni a los Códigos de Eurico y Alarico, que recopilaron el Derecho Romano. Carlos Arniches, muerto hace cincuenta años, hacía decir al alcalde de su comedia ‘Los caciques’: «La ley es una cosa que me sirve a mí para poner multas». Ese es el antecedente inmediato en el que se inspira la ‘acción política’ del concejal del distrito Centro de Madrid, Ángel Matanzo, que en muy diversas cuestiones es necesario recordar que ha tenido singulares aciertos. Pero ayer amparado en disposiciones administrativas, que mal utilizadas pueden constituir fraude de ley, ordenó la suspensión del espectáculo del Alfil, en el que se hace una caricatura sobre su persona. Esta vez el concejal ha olvidado el derecho constitucional a la libertad de expresión, al utilizar en su favor una simple ordenanza y no autorizar que un teatro sobreviva ampliando su programación como café espectáculo.

19 Enero 1993

El jaque del peón

Alex Grijelmo

El original jaque al Alfil vivido estos días reúne todos los requisitos de un aviso ajedrecístico de inminente ofensiva: forma parte de una estrategia global, procede de una serie de movimientos anteriores y anuncia consecuencias.La pieza que ha ejecutado el jaque es un simple peón; pero aspira a reencarnarse una vez llegado al final del tablero. En la transmutación, puede tomar las funciones -conforme permiten las reglas- de una poderosa torre o de un caballo desbridado.

El peón, Ángel Matanzo, forma parte de un grupo de fichas monocolores que le dan cobertura. Ayer hizo un nuevo movimiento para volvérsela a asegurar, y se ofreció a ser comido por el contrincante, con el único objetivo de reforzar su posición en la partida: si no hay intercambio de fichas -igual que otras veces-, seguirá avanzando. ¿Hasta dónde?

Felipe González se llevó como ministro del Interior en 1982 a un concejal del PSOE, José Barrionuevo. Habría que preguntarse ahora si el PP, que ha dado dos veces a Matanzo el principal distrito de Madrid -donde se hallan los focos económicos, de la cultura y del ocio-, se plantearía para este edil más altos cometidos en el caso de ganar las elecciones (dando satisfacción así a quienes le vitorean). Lo que puede un peón caminante apenas es nada comparado con lo que lograría subido a una torre.

23 Enero 1993

Ay

Rosa Montero

Espeluzna pensar que un señor como Matanzo esté dentro de un partido de las dimensiones y responsabilidades del PP. Eso sí, el PP jamás alcanzará el poder manteniendo entre sus filas (¡y con cargo y mando en plaza!) a personajes de la catadura de este hombre; porque aterrorizan al posible votante y embadurnan todo el partido con un anacrónico y pegajoso tinte de facherío y despotismo.Aunque en este país posean un pasado tan lamentable, lo cierto es que los conservadores no tienen por qué ser necesariamente unos trogloditas, Hay por el mundo bastantes conservadores que dan gusto, señoras y señores de una derecha muy civilizada, dialogantes, abiertos y demócratas. Incluso hay quien asegura que existe algún personaje así en nuestro país. Por ahí pasa, sin lugar a duda, el futuro del PP: esa derecha moderna y tolerante conquistarla hoy con facilidad los votos de un inmenso batallón de descontentos. Pero qué ciudadano en su sano juicio va a votar a un partido que tiene al señor Matanzo entre sus líderes.

Posee dicho señor sus seguidores, por supuesto, pero son minoría, lo cual dice mucho de la salud mental de este país. Debería estar Matanzo en otro partido. Con el señor Gil, ponlo por caso. O con Ruiz-Mateos. Esos son sus agujeros naturales. Lo que estremece es que cuente con el peso y el aparato del PP para dar rienda suelta a su ferocidad política. El escándalo del Alfil y la inadmisible actitud de Matanzo en todo ello han rebosado el vaso: no sé si es que el hombre está loco (lo cual sería una virtud: mejor loco que fascista puro) o si es un agente infiltrado del PSOE a la procura de la destrucción definitiva de los conservadores. Pero no. Me temo que Matanzo no finge: aunque parezca mentira, ay, él es así. Y a lo peor hasta hay más como él en su partido.

18 Febrero 1993

Las lágrimas de Matanzo

Lorenzo Contreras

En política hay varias clases de lágrimas. Están las lágrimas de amargura por el padecimiento de algún desastre personal en la vida pública. Están las lágrimas de cocodrilo, que ocultan una satisfacción por el mal ajeno. Están las lágrimas de alegría, que no la ocultan. Y están también las lágrimas de Matanzo.

Estas últimas son difíciles de analizar. El ex concejal de centro del Ayuntamiento de Madrid ha pasado por el consistorio como una curiosidad política. Fueron tantas sus notoriedades que al final ha producido una especie de deslumbramiento en los mismísimos medios de comunicación. Es o ha sido una figura pública capaz de generar y vender noticia. Y con motivo del cierre del teatro Alfil, donde renacía una especie de gauche divine que nos remontaba casi a los tiempos de la predemocracia, la acción neutralizadora y aplastante de Matanzo ha producido un doble efecto de rechazo y simpatía. Agitando a una mano las ordenanzas y en otra la espada flamígera de su personal estilo, ha puesto en un brete a la propia alcaldía.

Es sumamente probable que Matanzo llevara razón en su actitud frente al teatro Alfil, que lo mismo era lugar de escenificación que copetería de alta madrugada. Pero también parece que haya sido, a través de Matanzo, peor el remedio que la enfermedad.

Lo que un político no puede hacer es intentar convertirse en figura. Y Matanzo, a despecho de su rectitud de intención en algunas ocasiones, que no todas, se ha sentido embriagado de popularidad. Sabía que no todo Madrid le admiraba, pero sí que no había en la villa tema de mayor sonoridad que el suyo.

El Matanzo que perseguía a ciertos vendedores ambulantes era el mismo que acababa con islotes de rameras y travestis y, últimamente, con los izquierdistas divinos del teatro Alfil. Pero su acción no era sigilosa y discreta, sino ruidosa y personalista. Le importaba llevar razón, pero siempre, a ser posible, con el máximo ruido. Y su estilo tenía un corte extremista que hacia las delicias de la izquierda. En vísperas del congreso del PP, tan hábilmente planteado y organizado, Felipe González podía barrer ‘pro domo sua’ con aquella declaración que generalizaba de presencia de ‘matanzos’ en el seno de la oposición de centro-derecha.

De ahí a convertirse en un penoso e insufrible incordio político había poca distancia. Y cabe decir que Ángel Matanzo la cubrió con diligencia. Hasta el punto de que el alcalde madrileño, José María Álvarez del Manzano, se sintió desbordado peligrosamente. De manera especial cuando su concejal de Cultura, Pedro Ortiz, sintiendo invadida su parcela, se convirtió también en beligerante de signo inverso, creando las condiciones de un guirigay sin preced¡entes.

Cabe preguntarse con un mínimo de seriedad si el alcalde podía actuar de otra manera que aplicando el cese a uno y otro concejal desmesurado. Había una esquizofrenia en la Casa de la Villa. Frente a un alcalde tan moderado y discreto como Álvarez del Manzano se alzaban las barricadas del matanzismo. Y, por supuesto, los cascotes de tanta refriega tenían que dañar la imagen política del primero.

Esa situación no podía durar y todavía menos si cabe cuando se ventila en la alta política algo tan decisivo como la conquista del poder en las elecciones generales de octubre. Intentar el descrédito del alcalde por haber actuado tarde, pero bien parece excesivo castigo político. Las lágrimas de Matanzo sobre su hombro no pasan de ser la escenificación de un esperpento. Sí, como dice el concejal cesado, «mis lágrimas regaran Madrid», sean bienvenidas en estos tiempos de sequía.

En un ataque de autocompasión, Ángel Matanzo ha levantado en Madrid su monumento simbólico. El hombre del hacha, el antiguo carnicero metido a justiciero sin fortuna, ha entrado ya en la leyenda.

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