30 enero 1982
Será Subdirector, al igual que Francisco Giménez-Alemán, que ocupa el cargo desde 1980
Dario Valcárcel, accionista y fundador de EL PAÍS, acepta el cargo de Subdirector del ABC, su diario competidor
Hechos
El 30.01.1982 D. Dario Valcárcel asumió el cargo de Subdirector del periódico ABC.
Lecturas
El 28 de enero de 1982 D. Darío Valcárcel Lezcano dimite como miembro del Consejo de Administración de PRISA, siendo reemplazado por D. Diego Hidalgo Schnur, para aceptar el día 30 de enero de 1982 el cargo de Subdirector del periódico ABC, formando un equipo junto a D. Rafael Góngora y D. Manuel Adrio Arrojo con el que tratará de que el periódico acerque posiciones a Alianza Popular.
Durante ese periodo abandonarán ABC contrarios a esta línea D. Carlos Dávila Pérez de Camino (que se trasladará a Diario16) y D. Carlos Luis Álvarez Álvarez ‘Cándido’ (que ficha por el Grupo Zeta).
Darío Valcárcel y Guillermo Luca de Tena liderarán la ampliación de capital de febrero de 1982.
Tres censores de ABC: Dario Valcárcel, Rafael Góngora y Manuel Adrio
Memorias
Puedo hablar de tres grupales de menor cuantía. Periodistas o proximadamente algo así. Los tres del ABC verdadero, que escribe Luis María Anson. Claro está que ninguno de estos tres. Darío Valcárcel, Rafael Góngora (él se colocaba una preposición entre el nombre y apellido para darse pote) o Manuel Adrio no fueron otra cosa que una rémora para el ABC al que se refiere uno de los cuatro directores de periódico más importantes del siglo XX y en algún caso del XXI. Son, él mismo, Anson, Emilio Romero, el primer Cebrián de EL PAÍS y Pedro J. Ramírez.
Nada que ver con estos monstruos. Dario Valcárcel (D. V.) ha realizado una carrera de aquí para allá, más enjundiosa por sus pretensiones de influencia en lo universal que por su perfil profesional. Es un viceversa: un tipo del ABC a la competencia y así sucesivamente pero, eso sí, acumulando requiebros convertidos en puñaladas cuando el requerido comete la temeridad de darl a espalda. D. V. ha sido siempre un vigilante de la ortodoxia del momento (ora allí, ora allá, ora acullá) salvo, naturalmente, para sí mismo: podría haberse censurado el día en que, según todas las informaciones internas de la Casa, perpetró una historia falsa, miserable, para justificar que la Política Social del último franquismo lanzó a un estudiante, Ruano de apellido, por una ventana. Partidario muy interesado fue cuando ya se vislumbraba la catástrofe de UCD de pactar que este partido básico de la transición se entregara con armas y bagajes a la Alianza Popular del Fraga menos reformista. Esa tarea le ocupó grandes ratos en ABC, también usó mil desvelos destrozando los textos políticos en forma de crónica de todos los que se oponían a sus fines, también en sobarle el lomo estrepitosamente al editor y presidente de Prensa Española, Guillermo Luca de Tena, probablemente el editor más respetuoso, más liberal con sus redactores y colabroadores que yo haya conocido nunca. D. V. siempre pasa a mejor vida, incluso cobrando subvenciones para sus aventuras exteriores. Como se comprueba, guardo un hermoso recuerdo del sujeto.
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El censor se apellidaba impropiamente Góngora. Era, a lo mejor todavía es en este momento, un personaje más oscuro que las minas de Gales, que se ganó la vida en el, otra vez, ABC verdadero, fisgando para a continuación contar sus malévolas averiguaciones al jefe que pocas veces, ésa es la verdad, le hacía caso. No se le conoce en toda su biografía un solo escrito propio, como no fueran las denuncias que perpetraba gozando del anonimato. Sólo en una ocasión se despojó, en compañía de otros, claro está, de su infame virus. Corría la madrugada del 23 de febrero de 1981 y los redactores de ABC que habíamos pasado unas cuantas horas secuestrados por el espadón, o pistolero mejor, Tejero y sus superiores Armada y Milans del Bosch, regresamos a la sede del periódico. Allí en el despacho barroco, en un confesionario que parecía del Bosuet y un artesonado de madera rica realmente apabullante estaban reunidas las fuerzas vivas de la empresa. El güisqui era el principal sustento de aquellas horas. El citado se dirigió a mí , algo que no hacía desde tres años antes, y en tono enfático me ordenó con prosopopeya: “Escribe sin adjetivos porque todavía no sabemos quien ha ganado”. Mi sorpresa duró sólo unos segundos, los que tardó el director Luca de Tena en sentenciar: “Dávila escribirá como siempre” y rematar: “y nosotros estamos con el Rey y la Constitución”. Al oficioso acompañado le pudo dar un patatús en el momento. Mi natural bonhomía lo lamentó. Yo todavía lo sigo lamentando ahora.
Manuel Adrio puede ser síntesis y resumen de los censores anteriores. Tras algunas vueltas y revueltas en su periplo profesional, volvió a ABC, de set en set decía, él era buen jugador de tenis. Fue aupado hasta una subdirección y allí le entró un pavoroso ataque de censor en la creencia de que así se haría perdonar sus idas y venidas. Cualquier medido aspaviento liberal le resultaba un atentado contra la tradición de la Casa. Los sábados, vísperas de mi Crónica del Domingo, me perseguía por toda la Redacción; se colocaba tras de mí mientras pergeñaba el texto y, sin leer una línea, argüía sin piedad: “Esto aquí no se puede decir”: Fue uno de los responsables de mi salida de aquel ABC. No le he visto más; se murió sin darme ese gusto, el gesto de decirle: “Eras un memo, Manolo”. Para qué gastarme en otras exquisiteces.
El Análisis
Era un debate que se estaban haciendo todos los electores ‘no de izquierdas’ en 1982. Estaban hartos de ver una UCD sin valores, ambigua y media tinta. Estaban viendo como en el lado izquierdo del espacio político había un PSOE fuerte, mientras que en frente, sólo había una masa blanda y confusa en descomposición que era UCD. Y en ese momento pusieron su mirada en Manuel Fraga, que había sabido esperar su oportunidad con su Alianza Popular. Darío Valcárcel, tras fracasar en su intento de comprar EL PAÍS, fue el que entendió que había que hacer lo mismo a la derecha. Aprovechar la debilidad de UCD, que se iba a llevar por delante a los periódicos más afines a ella como INFORMACIONES o PUEBLO y pasar a apoyar mediáticamente a Alianza Popular. El columnista Jaime Campmany se sumó rápidamente a esa posición editorial, pasando de apoyar a UCD a apoyar a AP. En cambio otros como ‘Cándido’ o Carlos Dávila, se lo tomaron como ‘un ataque a la línea liberal’.
El giro editorial era razonable en el contexto de la España en 1982 en la búsqueda de nicho, el problema de Darío Valcárcel es que carecía del liderazgo suficiente para pilotarlo, y la operación no culminará hasta la llegada de un timonel mucho más fuerte que él, en enero de 1983. Hasta ese momento, el director-propietario seguía siendo Guillermo Luca de Tena , y Valcárcel era sólo su capataz en la redacción.
J. F. Lamata