8 noviembre 1979
Dimite el primer ministro de Irán, Mehdi Bazargan, como protesta por el secuestro de la embajada de Estados Unidos por afines al ayatola Jomeini
Hechos
El 8 de noviembre de 1979 Mehdi Bazargan dimitió como primer ministro de Irán.
Lecturas
El 4 de noviembre de 1979 fue asaltada la embajada de EEUU en Irán.
En enero de 1980 se celebrarán elecciones presidenciales en Irán.
08 Noviembre 1979
Irán, la revolución en expansión
LA CAIDA de Bazargan y su Gobierno y la asunción por Jomeini de todos los poderes en Irán es una noticia excepcionalmente grave; sobre todo en el momento en que se produce, cuando la embajada de Estados Unidos ha sido asaltada y ocupada por estudiantes jomeinistas, que mantienen en ella sesenta rehenes.Bazargan llevaba nueve meses intentando frenar los excesos y desórdenes de una revolución justificada en su base (el alzamiento contra una tiranía y contra el poder exterior que la sostenía), pero descabellada en su forma y sus objetivos (la implantación de una tiranía teológica, las ejecuciones sumarias, el exterminio de las minorías, el germen de la guerra santa), y en varias ocasiones intentó dimitir, pero no lo consiguió. En parte, por su propia noción de necesidad; en parte también, por el terror que inspira, hasta a su primer ministro, el fanatismo crudo de Jomeini.
Esta vez Bazargan ha sido desplazado definitivamente del aparente poder que tenía. Puede ocurrir que le sustituya otro primer ministro y forme otro Gobierno; pero será ya un mero instrumento de Jomeini. Puede ocurrir también, y es la otra salida, que Jomeini, con sus religiosos más fanáticos -eliminados, o a punto de serlo, aquellos otros ayatollahs que presentaban soluciones moderadas-, mantenga enteramente el poder que asume ahora. Las dos opciones no ofrecen más diferencia que la meramente formal.
El centro de la cuestión, en este momento, está en la pugna con Estados Unidos por la ayuda médica que está dando al sha. El dilema que se le plantea a Carter es enormemente duro, sobre todo en un momento en que su figura es cada vez más vacilante, más borrosa. Ceder y expulsar al sha del centro hospitalario donde se encuentra sería, prácticamente, funesto; no sólo para su carrera, sino para cierta imagen que se trata de mantener todavía de
Estados Unidos. Una acción violenta como la que algunos sectores duros proponen, y que consistiría en un desembarco militar para liberar la embajada y recuperar los rehenes -una acción semejante a la del aeropuerto de Entebbe por Israel- podría tener consecuencias aún más graves Dejar las cosas como están, limitándose a una ruptura de relaciones diplomáticas, es una solución de desprestigio. Quedaba la negociación. Pero ese puente se ha cortado con la caída de Bazargan; más claramente, ha precipitado la caída de Bazargan y la inclinación de Irán hacia la esfera irreductible de Jomeini. De quien se sabe, más allá de lo que la diplomacia pueda admitir, que es el responsable directo de la ocupación de la embajada de Estados Unidos. Los asaltantes de las embajadas de Gran Bretaña y de Irak han retrocedido. inmediatamente a la petición de Jomeini. Si no lo han hecho aún los ocupantes de la embajada de Estados Unidos es porque esa orden no ha existido para ellos.
Pero debemos convenir en que el grave incidente con Estados Unidos no es más que un síntoma, como la caída de Bazargan. Son síntomas de que Irán progresa incesantemente por ese camino de la totalidad revolucionaria religiosa, que está dando a su pueblo la sensación de venganza y de omnipotencia y que está suponiendo un ejemplo para otros pueblos que permanecen todavía subyugados y con rasgos nacionales y culturales semejantes a los de Irán. No es fácil que llegue a esos pueblos la contraimagen, la de la producción del caos y la incertidumbre que significa el jomeinismo, porque lo que tienen más inmediatamente ante sus ojos es la otra opresión, la otra explotación, la ausencia de salidas. La revolución de irán ha modificado todo el contexto; pero no parece haber modificado la sensibilidad política de Occidente hacia el tipo de fenómenos que producen estos hechos. La simple esperanza de que Jomeini llegue a desacreditarse y a invalidarse a sí mismo no es suficiente.
El Análisis
La dimisión de Mehdi Bazargan como primer ministro de Irán, el pasado 8 de noviembre, confirma lo que muchos sospechaban desde hace meses: el verdadero poder en la nueva república no reside en el gobierno, ni en sus instituciones civiles, sino en la figura del ayatolá Ruhollah Jomeini y en el estrecho círculo de clérigos chiitas que lo rodean. Bazargan, un político moderado, ingeniero de formación y profundamente patriota, fue designado para liderar el país en la difícil transición tras la caída del sha. Su apuesta era clara: una república islámica, sí, pero compatible con el derecho, con el diálogo internacional y con la modernidad. Su dimisión, tras la crisis de la embajada estadounidense, marca el final de ese intento.
La ocupación de la sede diplomática norteamericana por una multitud de estudiantes revolucionarios —bendecidos, aunque no oficialmente dirigidos, por el propio Jomeini— ha desbordado al gobierno provisional. Bazargan, que ya había mostrado su desacuerdo con el creciente papel de los comités revolucionarios y con la erosión del Estado de Derecho, no ha podido aceptar que decisiones tan graves se tomen al margen del ejecutivo. Su salida deja vacío no solo el cargo, sino el espacio de la moderación dentro del proceso revolucionario.
Aunque Irán se encamina ahora hacia unas elecciones presidenciales teóricamente libres, con Jomeini fuera de la contienda formal, nadie duda de dónde emana el poder real. La voluntad del líder supremo y del clero chiita se impone como una nueva constitución no escrita. Las promesas de pluralismo se desvanecen entre la exaltación religiosa y la presión de la calle. Y los asaltantes de la embajada, lejos de ser perseguidos, son tratados como héroes populares. Lo que se ha puesto en evidencia no es solo la fragilidad del gobierno de transición, sino el rumbo irrevocable de un Estado que ha fundido religión y política hasta hacer indistinguibles sus fronteras. La dimisión de Bazargan no es un cambio de gabinete. Es, en muchos sentidos, el fin de la ilusión de una república islámica con rostro civil.
J. F. Lamata