1 septiembre 1981

Matias Rodríguez Inciare asume la cartera de Presidencia que hasta el momento desempeñaba Cabanillas

Dimite Francisco Fernández Ordoñez como ministro de Justicia tras la crisis interna en UCD por el divorcio, le reemplaza Pio Cabanillas

Hechos

  • El 31 de agosto de 1981 se hizo efectiva la dimisión de D. Francisco Fernández Ordoñez como ministro de Justicia. El hasta ese momento ministro de la Presidencia, D. Pio Cabanillas le reemplazó en el cargo, mientras que el Sr. Rodríguez Inciarte asumió el ministerio de Presidencia.

Lecturas

El 31 de agosto de 1981 D. Francisco Fernández Ordoñez anunció su dimisión como ministro de Justicia en el Gobierno de D. Leopoldo Calvo-Sotelo Bustelo después del desgaste que ha supuesto sacar adelante la Ley del Divorcio con una gran contestación interna dentro de la propia UCD. El líder de la corriente democristiana del partido, D. Óscar Alzaga Villaamil había pedido su dimisión.

Es la primera crisis de Gobierno seria que afronta el Sr. Calvo Sotelo desde que asumió la presidencia del Gobierno y que evidencia que la UCD sigue siendo un hervidero de conflictos.

El 1 de septiembre de 1981 D. Pío Cabanillas Gallas dejaba el ministerio de presidencia para sustituirle en el ministerio de Justicia. D. Matías Rodríguez Inciarte será el nuevo ministro de Presidencia.

Tampoco este gobierno logrará estabilidad, ni en el partido (el presidente de la UCD Sr. Rodríguez Sahagún dimite en noviembre de 1981), ni en el Gobierno: en diciembre de 1981 hay una nueva crisis de Gobierno tras las cual el Sr. Calvo Sotelo acepta nombrar vicepresidentes.

LA EVOLUCIÓN DE FERNÁNDEZ ORDÓÑEZ:

El Sr. Fernández Ordóñez no tardará en romper con UCD, fundar su propio partido político, el Partido de Acción Demócrata y llegar a un acuerdo con el PSOE para integrar a su líderes en las listas electorales socialistas. En el caso del Sr. Fernández Ordóñez irá de ‘número 3’ del PSOE por Madrid en las siguientes elecciones generales.

02 Septiembre 1981

La dimisión

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

Leer

La dimisión de Francisco Fernández Ordóñez ha inaugurado el nuevo curso político de forma espectacular y relativamente sorprendente. Todos los esfuerzos de Leopoldo Calvo Sotelo para mantener artificialmente al Gobierno que preside, al margen o por encima de los conflictos que desgarran al partido que no preside, han quedado desbaratados en menos de veinticuatro horas por la decisión de este hombre de no desempeñar por más tiempo el papel de falso testigo en el proceso de desplazamiento hacia posiciones cada día más conservadoras de UCD.Son relevantes la controvertida filtración de la dimisión de Fernández Ordóñez -desde los propios círculos gubernamentales, según unos, o desde el mismo equipo del dimisionario,según otros- y el tratamiento dado en algunos medios a esta dimisión, presentándola como un cese fulminante ante un supuesto ultimátum del ya ex ministro de Justicia. Fernández Ordóñez ha salido al paso de las especulaciones haciendo pública su carta al presidente.

La piadosa ficción de que el Gobierno apenas tiene que ver con el partido, o que UCD es simplemente ese pariente pobre e impresentable que algunas familias distinguidas albergan en las habitaciones de servicio, era tan dificil de sostener con argumentos lógicos como imposible de mantener a la larga en la práctica.

Leopoldo Calvo Sotelo no se aloja, es verdad, en el palacio de la Moncloa por haber encabezado una lista victoriosa en unas elecciones generales, sino porque el Comité Ejecutivo de UCD decidió a comienzos de este año, a iniciativa del dimitido presidente, designarle como sucesor de Suárez, el congreso de Palma ratificó ese nombramiento y los diputados centristas votaron disciplinadamente su investidura. Sería lógico, por tanto, que los miembros del Gobierno se sintieran afectados plenamente por los conflictos que se desarrollan en el seno del partido centrista, especialmente por esa convergencia objetiva que se está produciendo entre las exhortaciones programáticas de la llamada plataforma moderada -y que tiene coloraciones y visos cada día más reaccionarios- y las tomas de posición gubernamentales. Lo más notable de la actual situación, es que el presidente del Gobierno, a la vez que manifiesta un olímpico desprecio hacia lo que sucede dentro de UCD, comienza a mover se hacia una dirección mucho más cercana a la que propugna la minoría centrista, organizada en esa plataforma que los democristianos controlan, que a la que defiende la mayoría vencedora en el congreso de Palma y en las elecciones intrapartidistas anteriores al verano. En esta perspectiva, las referencias de la carta de Fernández Ordóñez a la «lucha enormemente costosa y desestabilizadora dentro del propio partido» que implicaría llevar adelante su propio «proyecto político», y a su propósito de recuperar su identidad pública y recuperar su libertad de movimientos, iluminan el sentido último de su decisión. En un país en el que los ministros, directores generales o simples consejeros y asesores mantienen el fuego sagrado de las tradiciones franquistas, según las cuales es preferible la muerte a la dimisión (tal y como el trío de la colza, se encarga de ejemplificar todos los días con obcecación digna de mejor causa), la renuncia del ex ministro de Justicia es, además de un gesto de clarificación política sobre los objetivos y la política de Gobierno de UCD, un ejemplo de dignidad personal. Si Fernández Ordóñez había llegado a tener la certidumbre de que la deriva de UCD hacia la gran derecha con vistas a las próximas elecciones es una decisión ya adoptada por el presidente, su decisión de recuperar su libertad de movimientos parece poco reprochable.

Francisco Fernández Ordóñez sale del Gobierno con el capital político -por el que unos le elogian y otros le crucifican- de ser el responsable directo de los dos únicos pasos que ha dado UCD para transformar la sociedad española al margen del propio contenido de la transición política: la reforma fiscal y la ley de Divorcio. En ambos proyectos, y desde las posiciones moderadas de su partido, encontró los mayores obstáculos y frustradas campañas de desprestigio político. Sus críticos se han obstinado en señalar que ambas cosas eran más propias del programa de la oposición que del programa del Gobierno. Sus seguidores han insistido en que estos ribetes de progresismo prudente que la figura de Fernández Ordóñez prestaba a UCD eran lo único que justificaba el apellido centrista del partido y lo que evitaba -junto con algunos escarceos de la política exterior de Suárez la alineación de su programa con la más descarnada de las postulaciones derechistas. Pero no todo pueden ser elogios a la figura del ministro dimisionario, que entre otras cosas se ha dejado en el tintero la tarea de agilizar y modernizar -democratizar- la administración de justicia.

Entre los poderes fácticos, éste sigue siendo uno de los más necesitados de reforma. Leyes como la del jurado y un nuevo sistema de elección de jueces podrían haber coronado la obra de Fernández Ordóñez. No ha sido así, y es una lástima. Porque hay que suponer que después de su salida del Gobierno el tema resultará aún mucho más dificil e improbable de que se realice.

02 Septiembre 1981

Ni mártir, ni víctima

ABC (Director: Guillermo Luca de Tena)

Leer

Al parecer la retirada del señor Fernández Ordoñez no ha sorprendido a casi nadie. No ha sorprendido a los partidos de izquierda, que encuentran en ella una ocasión para acusar de derechización al Gobierno. Y no ha sorprendido, sino en la forma y la fecha, a los hombres de UCD que sabían que antes o después, esta dimisión se produciría, tanto por la tendencia del señor Ordoñez a las retiradas estratégicas como por sus reales dificultades de ajuste dentro de éste o de cualquier Gobierno plural.

No regatearemos aquí ni uno solo de los muchos elogios que el señor Ordoñez merece: los valores de su persona cultivada y seria, su apasionada entrega al trabajo en pro de los valores de la libertad y de la justicia, su incuestionable buena fe en el trabajo, su rectitud al alejarse cuando cree ver en juego su conciencia.

Pero – dicho todo esto – se nos eprmitirá también que reiteremos aquí no pocos puntos de discrepancia – no con su persona, sino con su gestión – que ya se han ido señalando a lo largo de no pocos editoriales de este periódico.

Porque si el señor Ordoñez es, evidentemente, un libreal, pero de este género que llaman los americanos ‘liberales impositivos, es decir, de aquellos que malamente aceptan otros liberalismos diferentes y que tienen facilmente a creer tanto en su propio progresismo que terminan convenciéndose de que no hay más que el suyo. Consecuentemente tienden en seguida a sentirse discutidos o perseguidos por ser liliberales o progresistas, cuando en realidad lo son por su modo de serlo o por la manera impositiva en que tratan de marcar el ritmo de sus reformas.

Concretemos: no creemos que hoy fuera justo presentar al señor Ordoñez como un mártir y víctima de un conservadurismo opuesto a sus leyes de Reforma Fiscal o del Divorcio. Muchos que reconocían y reconocen la necesidad de la reforma fiscal siguen pensando que el señor Ordoñez hizo bien en realizarla, pero que la realizó con muchos componentes utópicos y con un serio desconocimiento del colapso económico que iba a producir en la sociedad española. Y, en cuanto a la ley de Divorcio, no debe olvidarse que su proyecto estaba en los dos proyectos electorales del partido y que otro ministro tenía ya en marcha un texto – cierto que con diversas connotaciones – para realizarla. Lo que en rigor ha aportado a esa ley el señor Ordoñez es todo aquello en lo que esa ley coincide con los proyectos de la oposición y todo aquello que ha creado un grave malestar en no pocos votantes de UCD que se han sentido estafados al ver que, con sus votos, se elaboraba algo muy distinto de lo anunciado y prometido en los programas electorales. Cabe, por ello, preguntarse si estas dos leyes han creado problemas al señor ordoñez para llevarlas a cabo o por actuar en ellas de modos y maneras objetivamente discutibles. Cabe pensar si más que entrar en la bienaventuranza de los ‘perseguidos por la Justicia’ no habrá caído el señor Ordoñez en la lógica polémica de los discutidos por sus errores al buscarla.

Más asombroso es aún lo referente al tema que parece estar en el origen inmediato de esta dimisión: el de la OTAN. Si nuestra memoria no nos es infiel, en su discurso de investidura el señor Calvo-Sotelo dedicó al menos una cuarta parte del mismo a anunciar tajantemente que se comprometía a llevar a España a la OTAN y a hacerlo de manera inmediata. Si el señor Ordoñez discrepaba en aspectos vitales que este planteamient, ¿no habría sido más coherente no aceptando el nombramiento ministerial inmediatamente después de ese discurso y ese compromiso?

Hace sólo cuatro días escribíamos en esta misma página: «Que dentro de UCD haya diversidades de colores y tendencias sería algo normal y conveniente. Peor que en el interior de un Gabinete existan diferencias tan radicales y, sobre todo, que estas distancias se manifiesten públicamente y en torno a temas absolutamente vitales, no puede llevar a otro sitio que al desconcierto».

No hace falta ser linces para adivinar adonde señalábamos. Por eso, lamentando la ausencia de un hombre del valor personal del señor Ordoñez en la primera fila de la lucha política, creemos que su dimisión facilita algunas cosas en la formación de un Gobierno coherente. Pero esto – quede claro – ni significa ni exige giros a la derecha. El fondo del problema no es aquí de progresismo o conservadurismo. El fondo es el de la coherencia de un Gobierno en el que es justo pedir a los ministros el recorte de ciertos personalismos. Porque son bastantes quienes temen que el señor Ordoñez, al querer imprimir a su partido impulsos de avance, ha impreso, de hecho, más líneas de tensión que de progreso. Una tensión que no podía prolongarse y que ha producido ayer esta dimisión que tenía que saltar en cualquier momento.

De ahí que más que la dimisión haya sorprendido la rapidez con que el señor Calvo-Sotelo ha resuelto la sustitución, deseoso, sin duda, de dejar en claro que en ningún terreno carece iniciativa.

Con ello – colocado un jurista reconocidamente hábil como el señor Cabanillas en el Ministerio de Justicia e incorporando al Gabinete ministerial un joven valor como Rodríguez Inciarte – da un primer paso hacia ese Gabinete verdaderamente suyo, funcional y eficaz que necesita para gobernar en un año nada fácil como el que ahora comienza.

02 Septiembre 1981

Víctima de su propio impulso

YA (Director: José María Castaño y Gómez de Valle)

Leer

El hasta ahora ministro de Justicia, don Francisco Fernández Ordoñez, abandona el Gobierno cansado. Hace unos meses, a raíz del debate del entonces proyecto de ley del divorcio, confesaba en una entrevista que no iba a ser él quien hiciera todas las reformas que España necesita. Y tenía razón. Ha sido el suyo un impulso excesivamente acelerado, tal vez imaginativo y poco acorde con la realidad sociológica de España.

Como ministro del Gobierno de Suárez su gestión, siempre discutida, se centró en temas fundamentales. La reforma fiscal ha sido su corona y su cruz. Un país como el nuestro so soporta sin agobio una presión fiscal como la que padece cuando la realidad económica y el alcance adquisitivo quedan muy lejos de las utopías fiscales que persigue la reforma. Su sucesor ha tenido que consolarse con la afluencia cuantitativa de declaraciones, ya que no ha podido congratularse de las aportaciones reales de los españoles al fisco. Como ministro de Justicia, con Suárez y con Calvo-Sotelo, se le reconoce una mayor humanización de las instituciones penitenciarias, más en el terreno de los deseos que en el de los logros; la ley del divorcio ha sido su último logro, una victoria pírrica ganada a precio de saldo del partido.

Esta faceta, la de hombre de UCD, es, sin duda, la más sinuosa de la personalidad de Fernández Ordoñez. Nunca encontró su sitio en el partido; sus apuestas nunca fueron lo suficientemente claras como para ganarse la confianza de sus jefes. Ha temido, aun cuando todos reconocían que su fuerza teórica era muy superior a sus efectivos reales. No nos sorprende su cansancio, aunque nos pille de sorpresa su dimisión.

Fernández Ordoñez se retira. No creemos que su retirada equivalga a una jubilación de la política, sino más bien una operación hecha con cálculo, una toma de postura para un próximo regreso. Lo que no sabemos es cuándo ni con quien.

El Análisis

Un hito en la crisis de UCD

JF Lamata

La dimisión de Francisco Fernández Ordóñez como ministro de Justicia el 31 de agosto de 1981, marcó un hito significativo en la crisis interna de la UCD y el gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo. Para Javier Pradera en El País, esta salida subraya la incapacidad del gobierno para mantenerse al margen de los conflictos internos del partido, y muestra a Fernández Ordóñez como un defensor de valores progresistas frente a una UCD cada vez más conservadora. Guillermo Luca de Tena, en ABC, aunque reconoce las virtudes personales y profesionales del exministro, lo critica por su «liberalismo impositivo» y considera que su salida puede facilitar la coherencia gubernamental. José María Castaño, en Ya, destaca la ley del divorcio como una victoria pírrica y sugiere que la dimisión de Fernández Ordóñez es una retirada estratégica con vistas a un posible regreso político [con el PSOE]. La renuncia de Fernández Ordóñez no solo refleja la volatilidad de la UCD, sino que también pone de manifiesto la dificultad de mantener un gobierno estable y coherente en un contexto de constantes tensiones internas.

J. F. Lamata