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Se dispara la imagen de 'político gafe' de Yañez

El barco ‘Victoria’ elaborado para la Expo se hunde en la costa de Huelva nada más ser botado por el dirigente socialista Luis Yáñez

HECHOS

La réplica de la nao ‘Victoria’, la primera embarcación que completó la vuelta al mundo al mando e Juan Sebastián Elcano, se fue a pique el 22.11.1991 a los 20 minutos de su botadura, en aguas del puerto de Isla Cristina.

El hundimiento de la nao ‘Victoria’ despertó un gran número de bromas, los primeros en hacerlo fueron los columnistas D. Jaime Campmany y D. Alfonso Ussía.

LUIS YÁÑEZ ‘EL GAFE’

yanez El incidente ha servido para que al histórico dirigente del PSOE andaluz, D. Luis Yáñez, presidente del V Centenario, se le incremente su fama de «gafe», que ya existía desde hacía tiempo..

24 Noviembre 1991

La Botadura

Alfonso Ussía

Entre 1519 y 1522, la nao Victoria al mando del gran marino español Juan Sebastián de Elcano, nacido en el vascongado puerto de Guetaria en 1476, dio la primera vuelta al mundo. En el pedestal de la estatua que en su villa guipuzcoana le recuerda, se pueden leer unos horrorosos versos, cuyo autor muy probablemente sería pariente del alcalde del momento: “Por tierra y por mar profundo / con imán y derrotero / un vascongado, el primero / dio la vuelta a todo el mundo”.

En 1991 la réplica de la nao Victoria, botada en la onubense ría de Isla Cristina, tras veinte minutos de azarosa navegación en unas aguas que se levantarían con el impacto de la meadilla de un niño, se escoró, zozobró y naufragó con una decisión difícilmente superable.  Entre 1519 y 1522 la nao ‘Victoria’, al mando de Juan Sebastián de Elcano, demostró que la tierra era redonda y que los barcos flotaban erquidos sobre la mar. En 1991, la réplica de la nao Victoria, al mando de un muñeco llamado Curro y ante la mirada atónita de las autoridades del V Centenario, nos sorprendió con la manifestación de la teoría contraria. Que lo único redondo es una quilla como un culo en pompa y que los barcos flotan siempre que lo hagan en posición de abatimiento horizontal.

En 1552, el Emperador Carlos I, recibió a Juan Sebastián de Elcano en la Corte de Valladolid, y le concedió el privilegio de presumir con todos los honores de un nuevo escudo de armas partido en dos mitades, la superior con un castillo dorado en campo royo, y la inferior con dos palos de canela, tres nueces moscadas en aspa y dos claves de especia en campo dorado, manteniendo en lo alto un yelmo cerrado y por cimera un globo terráqueo con esta inscripción: “Primus circumdedisti me”.

En 1991, Luis Yañez y Jacinto Pellón, presidían la solemne botadura de la nueva ‘Victoria’, que se llevó a cabo tras la encendida alocución – muy vitoreada por los presentes – del señor Yáñez, que dedicó el acontecimiento al recuerdo de Elcano y Magallanes. Y no concedió privilegios a nadie, incluido a Curro, por que Curro no estaba para privilegios por encontrarse en una situación de angustioso embarazo, más proclive a ser rescatado de su inmediata inmersión por los hombres-rana de la Armada, que de recibir el privilegio de un nuevo escudo partido en dos mitades; la superior con un castillo en trance de derrumbamiento en cambio de morado de asfixia y la inferior con dos patos de canela, tres nueces moscadas en estertores y dos áncoras de hierro en mar naugragado, manteniendo en lo bajo un cucurucho escurrido y por soterra una tarjeta postal de Isla Cristina con esta inscripción: “Así se navega, tía”.

Juan Sebastián de Elcano, el gran marino español nacido al socaire del ‘Ratón’ de Guetaria, dio la vuelta al mundo en una nao construida en 1519. En 1991, su réplica lo único que ha conseguido es darse la vuelta así misma. El agua de la ría como un plato, la mar sosegada, el sol radiante, los vientos calmos, Curro a bordo. Yañez y Pellón en la tribuna, los raíles engrasados, la rampa dispuesta, la nao deslizándose, los aplausos rotundos, la nao zozobrando, los aplausos más tenues, la nao hundiéndose, los aplausos callados, Curro ahogándose, Yañez y Pellón ‘a toda leshe’ hacia el coche.

Y en el mar que no se navega, Juan Sebastián de Elcano, muerto de risa.

Alfonso Ussía

25 Noviembre 1991

El Botellazo

Jaime Campmany

Tomo la nao ‘Victoria’ en el punto y hora en que la dejara ayer, en esta misma página, don Alfonso Ussía, avisador de navegantes y cachondo cronista de naufragios. La cóncava nave, yañitega y casi homérica, se había escorado hacia estribor y tenía ya medio cuerpo hunido en el agua, a punto de irse a pique, recién bautizada con el botellazo crismal por don Luis Yañez Barnuevo, Almiramente Mayor de la Mar Sociata, y con don Juan Sebastián de Elcano dentro, muerto de risa, congestionado y casi sin respiración.

Acudía a la ría onubense de Isla Cristiana don Alfonso Guerra, marinero en tierra, Gran Poloto del Almirantazgo, que se encontraba a la sazón navegando por aguas del Brasil, y que traía de la lírica mano a Lope de Vega para que cantara el trance doloroso del naufragio ‘pobre barquílla mía, entre peñascos rota, sin velas desvelada y entre las olas sola’.

En el panteón de marinos ilustres, los huesos de los grandes capitanes del mar se levantaron de sus tumbas para desternillarse con la naumaquia. Don Fernando de Magallanes rodaba de risa entre las jarcias y los hermanos Pinzones hacían aspavientos agarrados al trinquete. La nave que diera por vez primera la vuelta al mundo se sumergía lenta y solemnemente bajo las aguas tersas de un mar como una balsa de aceite o a los embastes de las olas de un vaso de agua. El leve empuje de una espuma de Freixenet o Codorníu echó a pique la gloriosa ‘Victoria’ del V Centenario. Los socialistas no sólo estaban terminando con el presente, sino con el pasado. Nos joroban la vida y se cargan la Historia.

En la orilla, don Luis Yañez era como un niño rubio y lánguido que fletaba un barquito de papel en un estanque. Se imaginaba vestido con el pantalón azul corto y la blusita marinera, con ribetes blancos en el canesú y la chalina atada al cuello. Y en la gorra, una cinta negra donde se leía en letras doradas; ‘Nao Victoria, Yañez y Elcano, almirantes’. Dejaron suelta la nave sobre los carriles y con un gracioso bamboleo, casi femenino fue resbalando la nao hacia la mar, que es el morir. Al principio flotó sobre las aguas, majestuosa y grácil. El niño rubio, letras en tierra, sintió como le inflaba la blusa con la brisa marina y el viento propicio. Después, la ‘Victoria’ fue inclinándose hacia estribor (‘babor, izquierda, ‘estribor derecha’, se lo había aprendido bien aquella misma mañana), o sea, como Felipe, y su proa se metió en el agua, casi a la altura de las sirenas, buscando no sé cuáles tesoros sumergidos o quizá huyendo despavorida de los bucaneros de la orilla.

Don Luis Yañez Barnuevo se llevó las manos a la cabeza, cóncava y hueca a la par que el vientre de la nave hundida, y empezó a recordar frases célebres con la urgencia del caso. ‘No he mandado mis naves a luchar contra los elementos’ dijo con voz de tureno que se dejó oír por encima del fragor y el estruendo de la mañana soleada y calma. Y después, en tono heroico exclamó con entereza: “Todo se ha perdido menos la mamandurria, y al fin y al cabo, más vale cargo sin barco que barco sin cargo. Mientras haya nómina, habrá escuadra”. ¡Y hala, a la mar, madera, a la Virge cirios, y a don Luis, el chollo!

Jaime Campmany

24 Noviembre 1991

La «Victoria»

Francisco Umbral

Tanto hemos repetido los comentaristas que lo del V Centenario era una ficción histórica con decorado de papel que la calumnia se ha corroborado (como casi toda calumnia), se ha hecho verdad, y la «Victoria», gloriosa réplica de la nave de Elcano, que ha costado muchos millones, se hundió tal que ayer, nada más botarla, mientras el champán de la inauguración aún hacía burbujas en la copa de Yáñez. Se conoce que Yáñez le dio demasiado fuerte al barco con la botella bautismal. Yo no hablaría de la insoportable levedad del barco, como estarán haciendo todos los columnistas, sino de la excesiva solidez de la botella. Si es que ahora el champán viene muy duro y pega muy fuerte. Este barco de feria tenían que haberlo inaugurado con «Casera». Elcano, que era más sobrio que Yáñez, no andaba haciendo esas pijadas de golpear con una botella de vino la nao con que se proponía dar la vuelta al mundo. Ni Elcano ni Magallanes. Hace cinco siglos los barcos y los galeones se bendecían con agua bendita, que un galeón aguanta bien un hisopazo, pero éstos, como son laicos, bendicen con champán y luego pasa lo que pasa. Yáñez está llevando lo del V Centenario como una peli de los Hermanos Marx. Uno cree que debieran darle a la celebración un giro decididamente cómico, en plan risa del absurdo, y como parodia (que es lo que es) hasta les gustaría a los americanos. Ya está la oposición, empezando por este periódico, con que la España de Felipe no funciona, pero yo no creo que Yáñez sea Potemkin (ya quisiera), que hacía aldeas de cartón para engañar a Catalina , porque Catalina la Grande, como toda enamorada, estaba deseando dejarse engañar. Pero nuestra Catalina es América y no traga. Lo que pasa, ya digo, es que los barcos están hechos para dar la vuelta al mundo, boicotear el Pérsico, triunfar en Lepanto o San Quintín, patrullar los Seven Seas, pero si les andas golpeando con gaseosa el barco se cae. Normal. Los trascendentalistas querrán ver en este hundimiento de la «Victoria» recién botada, todavía con la cintita nacional uniéndola al astillero, como el lazo de una tarta, la metáfora de la España socialista que no funciona, los partidos que hacen agua por Ronda o por Hormaechea y la democracia que se escora, pero todo eso es mala leche y chistes fáciles. La verdad, por el contrario, es que el país y el Centenario de la cosa navegan a muchos nudos por hora, hacia la grandiosidad de la Nada. Lo único, hombre, que los armadores no han calculado bien la resistencia de una nao que dio la primera vuelta al mundo con un par (Magallanes y Elcano), contra una botella de Moét Chandon. Y Yáñez, por su parte, no ha calculado, coño, (tampoco se puede estar en todo, ya lo dice Serra) la pegada del champán francés. Se conoce que Yáñez ha bebido poco champán en esta vida, sólo desde que es fuerza viva. Todo el verbenón de la Expo, el Centenario, el 92 y eso está sujeto con un hilván, que es cosa de cuatro días para quedar bien. En cambio el champán lo hacen los franceses para toda la vida, como la Revolución o el Discurso del Método. Mitterrand será muy amigo de Felipe, pero últimamente nos está mandando un champán sólido que se va a cargar nuestra escuadra, si seguimos bautizando. A más de que Yáñez es hombre impulsivo, marchoso, y se ve que le dio a la «Victoria» con demasiado entusiasmo. Para bautizar barcos hay que ser la reina de Inglaterra, tío, y no un alcaldillo de provincias que ahora te ponen y ahora te quitan. Se nota que Yáñez ha inaugurado pocas cosas, salvo las esponsalicias o de sacramento. No tiene mano de reina. Este barco tenían que haberlo bautizado con una caja de cartón de leche Pascual. Yáñez, como Felipe II, no ha enviado sus naves a luchar contra los elementos. Ni contra el champán.

24 Noviembre 1991

...«Todo en ti fue naufragio»

Ignacio Camacho

La historia comenzó hace casi siete años. Una mañana de enero de 1984, un sonriente Luis Yáñez, presidente de la Comisión Nacional del V Centenario del Descubrimiento de América, presentaba en el Ayuntamiento de Sevilla al polémico arquitecto catalán Ricardo Bofill como el hombre elegido por el Gobierno para hacerse. cargo de la comisaría general de la Expo 92. Al día siguiente, Yáñez desayunaba con una formidable campaña de prensa y opinión que, encabezada por el presidente socialista de la Junta de Andalucía, Rafael Escuredo, cuestionaba con inusitada dureza la personalidad del candidato. A los pocos días, desde el Gobierno se lanzaba un mensaje: no había candidato oficial, y Yáñez había actuado por su cuenta.

A Felipe González le molestó especialmente que el presidente del V Centenario no le consultara aquel movimiento que le colocaba en una posición sumamente incómoda. La candidatura de Bofill, urdida por ciertos sectores del PSOE nucleados alrededor de Salvador Clotas y otros hombres próximos a Alfonso Guerra, contaba con la firme oposición del «lobby» catalán del Gobierno, encabezado por Narcis Serra. El nombramiento fue bloqueado casi diez meses, y en noviembre González sorprendió designando a Manuel Olivencia, un pacífico catedrático de Derecho al que creía capaz de aglutinar a la beligerante derecha conservadora sevillana. Luis Yáñez nunca aceptó aquel fracaso. Tampoco había digerido del todo que, en diciembre de 1982, González no le tuviera en cuenta para formar un Gobierno a cuyo Ministerio de Exteriores aspiraba. Miembro del «clan de la tortilla», el grupo andaluz que renovó el PSOE a principios de los setenta, no terminó de entender su marginación a la hora del triunfo. Como consolación, obtuvo rango de subsecretario y recibió de Alfonso Guerra la misión de controlar a un Fernando Morán aficionado a pensar por su cuenta. Desterrado a La Trinidad, Yáñez buscó en el V Centenario y en la cooperación internacional, orgánicamente bajo su control, la cancha que no podía tener en el Ministerio.

A Olivencia le juró odio eterno. Le desestabilizó cuanto pudo, le puso zancadillas dialécticas y administrativas, y le organizó un rosario de actividades paralelas. En diciembre de 1986, atacó de frente aprovechando la pasividad organizativa del catedrático, y provocó una crisis que sería el principio del fin de Olivencia. En verano de 1987, Jacinto Pellón, un ingeniero cántabro con el que González navegaba durante sus vacaciones en Doñana, fue nombrado director ejecutivo de la Expo con plenos poderes. A esas alturas, a Yáñez ya se la habían incendiado numerosos frentes en Hispanoamérica y en España. Las críticas de Fidel Castro al V Centenario, la oposición de los sectores indigenistas, las sospechas reiteradas de amiguismo en las concesiones discrecionales, le estaban convirtiendo en un pim-pam-pum. En la nueva Expo, ya bajo estricto control socialista, surgían escándalos por doquier. El logotipo oficial resultó un plagio; la multinacional contratada como asesora de imagen, Burson Marsteller, resultó tener en su curriculum corporativo trabajos tan democráticos como el apaño del Mundial de Fútbol de Argentina por cuenta de Videla o el lavado de cara del genocidio biafreño. Un informe interno recomendaba no contratar profesionales sevillanos. El primer puente construido en el recinto, el de la Barqueta, se volvió sobre su propio eje y estuvo a punto de provocar una tragedia. Yáñez, sin que nadie se lo pidiera, daba insólitos capotazos justificativos, aprovechaba para sacudirle lanzazos a Olivencia y se colocaba cuidadosamente al lado de Alfonso Guerra en las fotos que éste solía hacerse cada fin de semana en diversos «happenings» culturales en Sevilla. En 1987, Felipe González, alarmado por el bajo perfil electoral del alcalde Manuel Del Valle, le pidió que aceptase ser candidato a la Alcaldía. Yáñez puso como condición el control absoluto de la Expo, esbozó pegas, y al final tuvo suerte y escapó de la quema. A esas alturas, ya, era secretario de Estado y la Alcaldía le sonaba como un suplicio. Pero en 1991 no se pudo librar. Las encuestas estaban bajo mínimos, Guerra vetó a Rodríguez de la Borbolla y quedaban pocas opciones. «Que me lo pida Felipe», dijo como último argumento. Se lo pidió. Yáñez apretó los dientes, y aceptó, ante el escalofrío de buena parte del ya muy dividido PSOE sevillano. Parafraseando una frase aplicada al marqués del Contadero, un dirigente socialista local lanzó en privado veneno contra el candidato: «Hasta ahora sólo sabíamos unos cuantos lo cortito que es Luis. Ahora se va a enterar toda España». Yáñez trató de conservar la presidencia de la Comisión y la Secretaría de Estado, pero una feroz campaña de sus rivales, Rojas-Marcos y Becerril, le forzó a abandonar. «Tenemos un candidato perdedor», decían en el PSOE. En su primer acto público, un coloquio en un club de empresarios, un espectador avieso le interrogó sobre la localización de un barrio marginal. «¿Podría decirme dónde está La Bachillera, por favor?». Yáñez se zafó como pudo: «No creí que esto fuera un concurso radiofónico». En la campaña, Yáñez fue un sonámbulo llevado en volandas. Naturalmente, perdió. Y se encontró de bruces con la realidad. Había pasado en dos meses de Secretario de Estado, de embajador plenipotenciario en América, de acompañar a los Reyes, a concejal de la oposición en una ciudad donde llevaba una década larga sin vivir. Entró en una depresión personal inconsolable. No pudo resistirlo. Se acordó de la foto de la tortilla y tiró de la levita al presidente González para que le nombrase de nuevo presidente del V Centenario. Felipe se apiadó de él, y Yáñez aguantó el escándalo subsiguiente con tal de salir del pozo. El fracaso provocó una crisis en el PSOE sevillano, el núcleo duro del socialismo andaluz. El secretario provincial, Alfonso Lazo, limitó con una frase lapidaria: «Este partido no puede funcionar en torno a la foto de la tortilla. Es una falta de respeto para los que no nos la comimos, que somos el 99 por ciento». Yáñez se vengó logrando, al fin, la cabeza de Olivencia. No para ocupar su puesto, como el soñaba, sino para observar el desembarco de Narcis Serra en la Expo. Pero aún había de ver crecer los enanos de su circo. Una agrupación de alcaldes pidió una auditoría de las cuentas del V Centenario, situadas bajo la sospecha de haberse convertido en las cuentas del Gran Capitán. Sin sitio en el nuevo orden interno del PSOE, ridiculizado en Sevilla, despreciado por el stablishment en Madrid, cuestionado por los indígenas en América, acudió el viernes a Isla Cristina para botar la réplica de la nave que dio la vuelta al mundo. Pero ésta no llegó tan lejos. Ni siquiera recorrió cien metros antes de zozobrar e irse a pique, helando la sonrisa de un Yáñez que todavía es capaz de ser risueño y difundiendo por toda España la imagen viva de la chapuza nacional. En su retiro de Villanueva del Ariscal, en el Aljarafe sevillano, Manuel Olivencia debió esbozar ante la televisión una mueca parecida a una sonrisa. El sabe ahora que la venganza es un plato que se toma frío.

25 Noviembre 1991

El gafe

Pedro de Tena

«Alguien me ha echado una maldición», soñaba Luis Yáñez en su casa de San Vicente, tras despertarse sudando como una caballa de Isla Cristina fugada de las fauces de un marrajo. Es cierto. El resultado de su pesadilla parece sacado de una deducción aristotélica tipo «bárbara». En los recovecos de sus entretelas corianas, este exiliado de la ginecología por dictado de la política tiene que estar formalizando una comisión de investigación íntima, para que aclare quién o quiénes pinchan con alfileres su efigie amuñecada en las trágicas noches de vudú. Y tiene sus razones para ello. Desde hace ciertas fechas, con algún antecedente rimbombante, al contrario que el Rey Midas, todo lo que toca se convierte en ceniza, que es, como se sabe, el femenino singular de cenizo. Ya no recuerda nadie aquellas maledicencias del señor Tamames, que, en pleno arranque de motor diplomático, pusieron en solfa sus aspiraciones internacionales en el Palacio de Santa Cruz. La verdad es que los corredores de alfombras de Exteriores no guardaban en sus valijas el busto de Luis Yáñez. Es la leyenda negra, ya se sabe. Pero es que hay más. Cuando ya colocado como gran jefe del V Centenario apostó por el excelso Ricardo Bofill como comisario de la Expo 92, los poseedores de la fórmula del hechizo echaron sus sapos en el caldero y salió bendecido el catedrático Olivencia, entre el incienso y los cirios de la divinidad. Sin embargo, Luis Yáñez no conocía todavía el rigor y la perseverancia de su malaventura. Cuando ha comenzado a coger cuerpo la sospecha de que álguienes están maleficiándole, ha sido ahora, desde hace algunos meses. La primera señal de los augurios tuvo lugar en Sevilla, cuando vio que ese pájaro de mal agüero en que se había convertido Alfonso Guerra se empeñó, cuando Yáñez estaba en la carrera para alcalde, en darse un par de vueltas por los barrios. Otra vez un pinchazo al muñeco, y Rojas Marcos va, y ayudado por los árbitros de la derecha recalcitrante, le tumba de un mazazo en los mismísimos. Golpe bajo, sin duda, pero el K.O. fue «dabuten». Cuando en un rapto místico, largó sobre el final del dúo dinámico Guerra-González, los demonios sanjuanistas del PSOE de Andalucía le vomitaron fuego en los pulmones y decidieron que había llegado la hora de su expiración. Y con esa aventura, se le abrieron sus cajas de Pandora -por lo visto unas cuantas, y las pócimas han surtido efecto.

Tras aquel vapuleo, que hay quien cree destrozó una operación monclovita para aligerar de guerristas la ciudad del Betis, defendió a los renovadores del socialismo sevillano, y , su propia mujer, Carmen Hermosín, sacudió sus entrañas presidiendo la lista urdida por el maquiavelismo oficialista. Más cianuro político para sus desdichadas vísceras. Y ahora, tras el descanso de la magnífica presentación del espectáculo «Tierra», del Lebrijano y Caballero Bonald, viene el navío, el puto barco, y se hunde delante de las sardinas jartándose de tierra, pero del fondo del maldito puerto. «Socorro -gritaba Curro- que me ahogo». Elcano, Elcano, ruega por nosotros. Si Carlos V hubiese estado aquí… o Magallanes mismo… ¡Qué cruz!. Y la nao «Victoria» da la vuelta al mundo, pero esta vez gracias a la televisión. O sea, que sí, que Luis Yáñez tiene serios motivos para considerar la posibilidad de estar gafado, de tener un mal fario como la copa de un pino o de estar a merced de los guisos brujeriegos de algún enemigo fértil e incansable, que lo conoce bien, que lo espía, lo vigila, lo acecha y lo machaca. «Pedazo de conspiración, gloria de trama», dicen que trina el hombre, interrogando al espejito mágico por la cara y las señas del maligno.

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