24 noviembre 1991

El presidente de Cantabria, Juan Hormaechea Cazón, es imputado volviendo a traer inestabilidad a la comunidad

El presidente de Cantabria, Juan Hormaechea Cazón, es imputado volviendo a traer inestabilidad a la comunidad

Hechos

Fue noticia el 24 de noviembre de 1991.

Lecturas

El presidente de Cantabria, Juan Hormaechea Cazón, vuelve a convertirse en un problema para el Partido Popular apenas unos meses después de que José María Aznar López aceptara su regreso a las filas populares. El magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Cantabria César Tolosa Tribiño dicta auto de procesamiento contra Hormaechea por dos presuntos delitos de malversación de caudales públicos y cuatro de prevaricación, todos relacionados con decisiones adoptadas durante su anterior Gobierno, entre 1987 y 1990. También quedan procesados el vicepresidente Roberto Bedoya Arroyo, varios consejeros y exconsejeros y el empresario Francisco de la Riva Sierra.

El procedimiento había comenzado casi un año antes. El 1 de diciembre de 1990, los representantes de la comisión parlamentaria que investigaba la gestión económica del Gobierno de Hormaechea —con la excepción del representante del PP— denunciaron los hechos ante el Tribunal Superior. Los cuatro denunciantes fueron el socialista Juan González Bedoya, el regionalista Miguel Ángel Revilla Roiz, Manuel Garrido por el CDS y Manuel Pardo Castillo, antiguo diputado popular entonces integrado en el Grupo Mixto. El 20 de diciembre transformaron la denuncia en querella. Por tanto, Revilla sí estuvo desde el principio entre quienes promovieron judicialmente el caso Hormaechea. La posterior auditoría de las cuentas del Ejecutivo proporcionó nueva documentación a la investigación.

¿Qué investigaba exactamente la Justicia? No se trataba inicialmente de una única comisión clandestina o de un supuesto enriquecimiento personal de Hormaechea, sino de diversas decisiones administrativas y utilización de fondos públicos. Entre los asuntos que terminarían llegando a juicio figuraban la contratación de publicidad institucional utilizada para publicar remitidos y cuñas contra adversarios políticos; la adjudicación sin concurso ni expediente ordinario a Oyprocansa, propiedad de Francisco de la Riva, de los carteles anunciadores de las obras públicas regionales; la adjudicación directa a Cantel de un estudio sobre pavimentación de 61 municipios; una encuesta adjudicada a Aecas; y determinadas actuaciones urbanísticas relacionadas con Las Llamas, en Santander. El procesamiento de noviembre de 1991 atribuía concretamente a Hormaechea dos delitos de malversación y cuatro de prevaricación, aunque no todas aquellas imputaciones terminarían posteriormente en condena.

Uno de los capítulos más llamativos era el de la publicidad. Con cargo a fondos públicos se habían pagado anuncios y cuñas con títulos como «Falsas declaraciones de Miguel Ángel Revilla», «Carta abierta a un corifeo», «Revilla, un siervo del PSOE disfrazado de regionalista» o «Alfalfa para un candidato socialista». La cuestión penal consistía en determinar si dinero destinado a finalidades públicas había sido utilizado para la lucha política personal del presidente. En el otro gran asunto, Oyprocansa había recibido sin publicidad ni concurso la fabricación y colocación de carteles de las obras regionales; posteriormente se determinaría que cada cartel se pagaba a 141.306 pesetas, frente a una valoración técnica de 87.586, y que entre 1988 y 1990 la Administración efectuó 650 pagos a la empresa por unos 246,5 millones de pesetas.

El procesamiento llega en un momento políticamente extraordinario. Sólo seis meses antes, las elecciones del 26 de mayo de 1991 habían demostrado que en Cantabria la fuerza electoral de Hormaechea superaba ampliamente a la del PP. Su recién creada Unión para el Progreso de Cantabria (UPCA) consiguió 99.194 votos y 15 diputados, quedándose muy cerca del PSOE de Jaime Blanco García, que obtuvo 102.958 y 16. El PP, encabezado por José Luis Vallines Díaz, quedó reducido a 42.714 votos y seis diputados. La conclusión para Génova fue incómoda pero evidente: el electorado de centroderecha que cuatro años antes había llevado a Hormaechea al Gobierno en las listas de Alianza Popular había seguido mayoritariamente a Hormaechea y no a las siglas populares.

Aznar decidió entonces recomponer lo que se había roto en 1990. El PP había contribuido a derribar a Hormaechea mediante una moción de censura después de sus enfrentamientos e insultos contra dirigentes populares; durante la campaña de 1991 había rechazado pactar con él. Pero después de contar los votos, la dirección nacional cambió de estrategia. Rodolfo Martín Villa intervino en la negociación y el PP pactó con la UPCA la reunificación del espacio político. Los 15 diputados de Hormaechea y los seis populares sumaban una cómoda mayoría absoluta de 21 sobre 39. Hormaechea recuperó la Presidencia y se afilió al PP; los diputados de ambas procedencias terminaron integrándose en el Grupo Popular. La operación provocó resistencias internas: la vicepresidenta regional Elena García Botín dimitió y Isabel Tocino Biscarolasaga expresó públicamente su disgusto.

Cinco meses después, el dirigente que el PP había recuperado porque había demostrado disponer de casi cien mil votos propios estaba procesado por presuntos delitos relacionados con su anterior gestión. La dirección popular se encontraba así ante una alternativa que ya no era únicamente judicial: aplicar a Hormaechea el criterio de dimisión que había reclamado anteriormente a dirigentes de otros partidos o intentar conservar dentro del PP al hombre que acababa de demostrar que podía llevarse consigo buena parte del electorado conservador de Cantabria.

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

24 Noviembre 1991

El embrollo cántabro

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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LA INDECISIÓN de los principales dirigentes del Partido Popular (PP) ante el procesamiento del presidente de Cantabria, Juan Hormaechea, es explicable. No hicieron caso de quienes les advirtieron sobre el riesgo de uncir la suerte de su partido a la de tan contradictorio personaje, y ahora, cuando se encuentran en Cantabria con un Gobierno en el que su presidente y seis de sus consejeros están en libertad provisional, ni Aznar ni Álvarez Cascos saben qué decir.Los motivos del procesamiento son anteriores al pacto del PP con Hormaechea y perfectamente conocidos por la dirección del partido: la denuncia se basa en las conclusiones a las que llegó en marzo la comisión parlamentaria que investigó las irregularidades en la gestión del Gobierno cántabro relacionadas con adjudicaciones administrativas dudosas, gastos de difícil justificación y endeudamiento imprudente. El PP tuvo ocasión de cortar amarras con Hormaechea aprovechando el incidente de los insultos tabernarios contra varios líderes del partido a finales del pasado año. Así pareció haberlo entendido Aznar cuando afirmó que nunca dudaría en renunciar al poder si mantenerlo implicaba perder la dignidad.

Pero todo ello fue olvidado tras las elecciones regionales y municipales de mayo, en las que el partido creado por Hormaechea se convirtió en la segunda fuerza de la comunidad, a escasa distancia del PSOE y muy por delante del PP. El reprobado en diciembre fue apoyado en junio, y Hormaechea recobró la presidencia. Los teóricos de la operación argumentaron que, tras el éxito de la alianza concluida en Navarra con UPN, la alternativa conservadora pasaba por la recomposición de la unidad del centro-derecha en Cantabria, posible modelo para otras estrategias similares. Frente a ese objetivo, otras consideraciones pasaron a segundo plano, y en un alarde de ingenuidad, los dirigentes populares creyeron protegerse ante eventuales nuevos conflictos sometiendo a Hormaechea a la disciplina de la formación conservadora. Lo que hicieron fue meter en casa a un futuro procesado por prevaricación y malversación de fondos.

Al conocerse la noticia, algunos dirigentes declararon que se trataba de «un nuevo caso de manipulación política», pero luego han abandonado esa línea. Aznar se ha limitado a comentar que no tomará decisión alguna antes de hablar con Hormaechea, que está en América. La incógnita es si el PP, que en otras ocasiones no ha dudado en exigir la dimisión de cargos electos procesados (así lo hizo el propio Aznar con el socialista Demetrio Madrid cuando éste presidía la comunidad de Castilla y León), ya a aplicar ahora el mismo rasero. Demetrio Madrid dimitió, pese a que el procesamiento nada tenía que ver con su gestión pública, y también lo hizo el ex popular pasado al nacionalismo Xosé Luis Barreiro, tras ser procesado por el asunto del juego; pero no lo hizo el alcalde de Burgos, José María Peña -otro independiente acogido en las listas del PP-, encausado por un supuesto delito de prevaricación, ni lo ha hecho el vicepresidente de Canarias, Manuel Hermoso, de la agrupación electoral AIC (que gobierna en coalicíón con el PSOE), procesado por un presunto delito de negligencia en el control de caudales públicos.

La ley no obliga a dimitir al cargo público procesado. Lo contrario podría favorecer maniobras de desestabilización de las instituciones de gobierno mediante una utilización maliciosa de las posibilidades del sistema judicial. Será la sentencia la que establecerá, en su caso, la prohibición para desempeñar cargos públicos. No es lo mismo, por lo demás, que el procesamiento se deba a haber dicho que «la justicia es un cachondeo» -otro caso famoso- que a la existencia de indicios de criminalidad en la gestión de fondos públicos. Es verdad que la presunción de inocencia protege a Hormaechea, como a cualquier otro ciudadano, pero al PP le va a ser difícil explicar que la dimisión cautelar que pidió a Demetrio Madrid no sea igualmente exigible a Hormaechea. Y al fin y al cabo, el presidente cántabro sigue siéndolo gracias a los votos del Partido Popular.

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

24 Septiembre 1992

Cantabria, hora H

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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EL FACTOR Hormaechea, como antes el factor Peña (alcalde de Burgos), sigue minando la credibilidad del Partido Popular (PP) sin que sus dirigentes quieran darse por enterados. La principal preocupación de su secretario general, Francisco Álvarez Cascos, ante la crisis planteada por la dimisión de seis de los nueve consejeros del Gobierno de Cantabria ha sido dejar claro que la dirección nacional nada tenía que ver con la operación. Lo peor es que ese desentendimiento es perfectamente verosímil. El martes, tras la reunión de la junta directiva del PP de Cantabria, a la que asistieron cuatro de los consejeros dimisionarios, Hormaechea manifestó que se sentía «respaldado» por el partido. José María Aznar había manifestado poco antes que se trataba de un asunto interno que debían resolver los órganos del partido en la región: «Cada cual tiene sus responsabilidades», dijo.Sin embargo, habría motivos para que Aznar y su equipo rompieran con Hormaechea. La imagen regeneracionista con la que el PP pretende atraer al electorado de centro es incompatible con el mantenimiento de la alianza con alguien procesado por prevaricación y malversación de fondos. Sus críticas al descontrol del gasto público por parte de los socialistas resultan escasamente convincentes a la vista de una comunidad cuya deuda dobla su presupuesto anual. Por lo demás, el propio Aznar había empeñado su palabra afirmando que en caso necesario elegiría la dignidad, aun a riesgo de perder el poder. Lo que no impidió que, tras el éxito electoral de Hormaechea en las autonómicas de 1991, el PP volviera a pactar con él.

El pretexto fue garantizar la gobernabilidad, pero ya entonces hubo voces, como la de la diputada Isabel Tocino, que advirtieron que eso no podía hacerse a cualquier precio. Al uncir el futuro del centro-derecha en Cantabria a un personaje investigado por supuestas (y múltiples) irregularidades en la gestión, Aznar asumía un riesgo considerable. Poco después, la negativa de Hormaechea a presentar su dimisión cuando se hizo efectivo su procesamiento dejó en ridículo a los dirigentes del PP, que habían pedido la de Guerra por el procesamiento de su hermano. Esa negativa indicó hasta qué punto Hormaechea había convertido a los dirigentes del PP en sus rehenes.

La situación actual es bastante absurda. Los dimisionarios no han conseguido, como esperaban, la renuncia de Hormaechea, pero advierten que no tienen intención de forzar su salida mediante una moción de censura. La dirección nacional del PP se confiesa «informada pero no responsable» de la iniciativa, con lo que no se sabe si la apoya o no, aunque parece ser que en privado ha reiterado a Hormaechea su petición de dimisión. La idea parece ser la de intentar recomponer la unidad del grupo parlamentario en torno a un candidato alternativo.

Sin embargo, los antecedentes más bien indican que se trata de una hipótesis poco probable. Primero, porque Hormaechea ha dejado claro que es él quien tiene los votos y que no está por la labor; segundo, porque tampoco es seguro que los 15 diputados que fueron elegidos en la lista del partido que creó Hormaechea para esas elecciones se inclinen a ello. Si así fuera, cabe la hipótesis de que el PP vuelva a claudicar, aceptando las condiciones que imponga el procesado presidente. Hay tradición en esto, y no sólo en Cantabria: los populares ya se plegaron a las exigencias de Morano en León y de Peña en Burgos.

Los ideólogos del PP presentaron el acuerdo con los regionalistas de UPN en Navarra como ejemplo de fórmula flexible capaz de acabar con la cantonalización del centro-derecha. A la vista de lo Ocurrido con el asunto de la autovía, es poco probable que hoy repitieran el intento en otros lugares. Pero el otro modelo ensayado, el de colocar a la cabeza de su lista a un líder populista local con etiqueta de independiente, con la idea de controlarlo desde el partido, no ha dado mejores resultados: la amenaza de crear un partido localista o provincialista capaz de disputar el electorado conservador se ha revelado como un eficaz chantaje frente al que Aznar no ha encontrado respuesta.

El Análisis

EL PROCESADO QUE TIENE LOS VOTOS

JF Lamata

Cinco años atrás, cuando la Audiencia Territorial de Valladolid procesó al socialista Demetrio Madrid López, entonces presidente de Castilla y León, José María Aznar López no necesitó demasiadas deliberaciones: «Le doy cinco horas para que dimita. Es impresentable que un presidente autonómico esté procesado». Madrid dimitió aquel mismo día, aunque años después terminaría siendo absuelto. Ahora es Juan Hormaechea Cazón, presidente de Cantabria incorporado al Partido Popular, quien ha sido procesado por dos presuntos delitos de malversación y cuatro de prevaricación, y la respuesta ya no resulta tan sencilla. Jurídicamente existe una razón perfectamente defendible para no exigir una dimisión automática: un procesamiento no es una condena y Hormaechea conserva íntegramente su presunción de inocencia. Políticamente, sin embargo, esa explicación deja al PP ante la comparación con el criterio que él mismo utilizó contra Demetrio Madrid. Y existe una diferencia adicional poco favorable para Hormaechea: el asunto por el que Madrid fue procesado procedía de su antigua empresa privada, mientras las imputaciones de Hormaechea afectan precisamente a decisiones adoptadas durante el ejercicio de la Presidencia autonómica.

Pero existe una cifra que explica buena parte del problema: 99.194 frente a 42.714. Son los votos que obtuvieron en mayo la UPCA de Hormaechea y el PP respectivamente. Cuando la derecha cántabra acudió dividida a las urnas, los electores resolvieron inequívocamente cuál de las dos marcas tenía más fuerza. Hormaechea obtuvo más del doble de votos y quince diputados; el PP sólo seis. Aznar podía expulsar nuevamente al hombre que acababa de procesar la Justicia, pero tenía motivos electorales para temer que no se marchase solo. De hecho, ésa había sido precisamente la razón del pacto posterior a las elecciones: colaboradores de Aznar reconocían entonces que Hormaechea estaba arrebatando al PP militantes, alcaldes y votantes hasta amenazar con «desguazar» la organización regional. La solución preferida por Aznar parece evidente: que Hormaechea abandone voluntariamente la Presidencia pero permanezca dentro del proyecto popular, permitiendo conservar reunido el electorado de centroderecha. El problema es igualmente evidente: Hormaechea no parece dispuesto a sacrificar su Presidencia para resolverle al PP su contradicción.

Por eso la eventual cuestión de confianza constituye una salida política antes que una solución al dilema. Con 21 diputados populares sobre 39, Hormaechea sabe que puede ganarla si el PP mantiene unido el grupo parlamentario; y el PP sabe que romper con él puede devolver Cantabria exactamente al escenario que trató de cerrar después de las elecciones. La dirección nacional queda así atrapada entre dos principios que no coinciden: el criterio político que reclamó a sus adversarios y la aritmética electoral que necesita para gobernar. Hormaechea dispone de algo más poderoso que el apoyo de Génova: dispone de la prueba electoral de que una parte considerable de los votantes del PP en Cantabria puede preferir a Hormaechea sin el PP antes que al PP sin Hormaechea. Mientras esa realidad no cambie, pedirle que se marche será mucho más sencillo que obligarle a hacerlo.

JF