7 marzo 1933
Dolfuss parece dispuesto a instaurar una dictadura fascista austriaca antes que permitir que los nazis (pro-alemanas) tomen el poder o lo hagan los comunistas (pro-rusos)
El canciller de Austria, Engelbert Dollfuss, disuelve el parlamento y establece una dictadura para frenar a comunistas y a nazis
Hechos
El 7 de marzo de 1933 la cancillería de Austria disolvió el Parlamento.
Lecturas
El 19 de junio de 1933 el gobierno austriaco con el canciller Dollfuss (desde marzo de 1932) a su cabeza como dictador decidió prohibir el Partido Nacional Socialista en Austria (partido hermanado al partido que está en el poder en Alemania con Hitler de canciller). Dollfuss acusa al Partido Nacional Socialista de Austria de ser responsable de los atentados de Insbruck y Viena.
Para muchos constituye un freno al terrorismo hitleriano, pero para los propios hitlerianos la marcha adelante del nacionalsocialismo no podrá ser detenida con tales prácticas pues cada vez hay mayor número de austriacos que simpatizan con Hitler (que es de origen austriaco). Hitler y Dollfuss son así dos dictadores enfrentados. Sólo que el segundo parece tener menos respaldo en la población de su país que el primero.
Los primeros que protestarán contra la dictadura de Dollfuss serán los socialistas con un levantamiento en febrero de 1934.
El Análisis
El 7 de marzo de 1933, Engelbert Dollfuss ha decidido disolver el Parlamento austriaco y asumir plenos poderes, instaurando de facto una dictadura personalista en Viena. No se trata de una medida fruto de un golpe impulsivo, sino de una jugada deliberada para evitar lo que considera el mayor de los males: una victoria electoral del Partido Nazi austriaco, que no ha hecho sino crecer desde la llegada de Hitler al poder en la vecina Alemania. El canciller se ha convencido de que sólo una autoridad férrea podrá mantener la independencia del país frente a los tentáculos del nacionalsocialismo alemán y del comunismo soviético. Pero en su afán por frenar a los extremos, ha sacrificado la esencia misma del Estado democrático.
El drama es evidente: para impedir que los enemigos de la libertad tomen el poder por la vía electoral, Dollfuss ha optado por anular la libertad misma. Austria ya no se defiende como una república, sino como una plaza sitiada que recurre a su comandante supremo para resistir. Y sin embargo, este gesto heroico puede volverse suicida. Porque no sólo ha desafiado a los nazis y a los comunistas, sino también a todos aquellos austriacos —y no son pocos— que, sin ser violentos, se identifican con esos proyectos ideológicos. ¿Aceptarían sin más ser gobernados por decreto? ¿Resistirán los partidos, los sindicatos y los jóvenes militantes esta clausura del debate y del sufragio?
En una Europa cada vez más inclinada hacia los extremos, Dollfuss ha elegido un camino que pretende preservar la autonomía nacional, pero que arriesga dinamitar la paz interna. La democracia no ha muerto en Austria por los votos de los totalitarios, sino por el miedo de sus defensores. Y cuando un régimen cae por temor, rara vez se levanta con dignidad.
J. F. Lamata