14 octubre 1988
El diputado Luis Ramallo desvela con facturas los elevados gastos en vestuario de la directora general de RTVE, Pilar Miró
Hechos
El 14 de octubre de 1988 el diputado de Alianza Popular D. Luis Ramallo hizo públicas las fotocopias de facturas de Dña. Pilar Miró a nombre de RTVE que desvelaban que se gastó 700.000 pesetas en ropa en un mes.
17 Octubre 1988
El ropero de la Miró
Nada más tomar posesión del Ente, en el puesto dejado por Calviño, Pilar Miró se fue de tiendas. En un mes se compró un ropero envidiable. No se complicó la vida. Se fue a a Loewe y a Jesús del Pozo. Cazadora, abrigo, faldas, zapatos, bolso a juego y… ¡diez jerseys! Sólo la factura de jerseys, con descuento incluido, asciende a 192.400 pesetas. En total, la Miró cargó el primer mes de su mandato en las cuentas del Ente facturas de vestuario por valor de 700.000 pesetas. Luego, en 1987 fiuran en las cuentas de RTVE dos millones de pesetas en guardarropa.
La directora general lo ha confesado todo en el Parlamento, a requerimiento del diputado aliancista Luis Ramallo. No está dispuesta a gastar ni un duro de su sueldo – 477.612 pesetas líquidas al mes – en ropa. «Por mi cargo, tengo que utilizar un vestuario que en mi vida normal yo no utilizaría». Así que lo pagué el contribuyente.
Ya quisiera la inmensa mayoría de los españoles tener el sueldo de la directora general de RTVE. Los diputados y senadores ganan menos; también tienen que vestirse bien por razones de su cargo; pero a ninguno, que se sepa, se le ha ocurrido pasar sus facturas de ropa a los Presupuestos del Estado.
Hay que agradecer, en todo caso, a Pilar Miró su sinceridad y desparpajo. Y eso, a pesar de que la interventora general de Hacienda en RTVE, Angustias Marugán, ha sido contundente: «No hay partida presupuestaria que pueda amparar este tipo de gastos.» ¿Qué hacer ahora?.
A nadie le parece mal que la directora general vista bien. Ni que acuda para ello a las tiendas más caras. Con tal de que – eso sí – lo pague de su bolsillo. Usando el dinero de los contribuyentes, lo menos que se puede exigir es una cierta moderación. Con cualquier trapito es mona. Además no tiene que salir en pantalla. Antes ha sido directora general de Cine y se supone que no cargaba las facturas de Loewe en el presupuesto del Ministerio. De ahora en adelante, todo el mundo se va a fijar en los vestidos de Pilar Miró. ¡Vaya ropero! Esperemos que no cunda el ejemplo.
20 Octubre 1988
Los frufrús de Pilar
Cuando la mitad de los ciudadanos españoles consideran que en la vida pública existe «mucha o bastante corrupción» y un tercio de los consultados estima que esa corrupción es hoy mayor que hace 20 años (sondeo publicado el pasado domingo por EL PAÍS), merece la pena preguntarse acerca de los comportamientos que generan semejante opinión. Entre otras cosas, porque sin duda alguna la corrupción durante el franquismo fue muy superior a la que existe en la democracia, pero no podía trascender a la opinión pública, no se informaba sobre ella, no actuaban los tribunales, no investigaba el Parlamento y, en definitiva, se beneficiaba del silencio y de la complicidad de los gobernantes.Pero, de todas maneras, una cosa es cierta: la distancia de la prédica de los políticos respecto a muchas de sus actitudes y la aplicación de baremos diferentes por parte del poder según sea quien comete las pifias. Por ello, cada vez es mayor el escepticismo de la sociedad ante los mensajes de los líderes. Pero también se agudiza la tendencia de éstos a prescindir de la opinión pública, reforzándose sus reflejos elitistas. Ilustrado o no, hay un creciente despotismo de los comportamientos. El caso de Pilar Miró -una directora general que paga su vestuario con cargo al presupuesto del ente- y las reacciones que ha suscitado son paradigmáticos de cuanto decimos. Probablemente se trate de una de las más pequeñas de las muchas corrupciones que Televisión Españolas protagoniza, en el presente y en el pasado, pero también resulta una de las más llamativas. La importancia del tema no está tanto en el núcleo del mismo como en sus derivaciones políticas: interpelaciones parlamentarias, desplantes de la directora general, recriminaciones de su partido, ilustran una situación de fondo mucho más preocupante: la consideración permanente de la televisión estatal como una finca particular. Esto es de ahora, y es de antes, y lo que pone de relieve es que el cambio tampoco ha llegado a Televisión, que las corruptelas, humillaciones, obediencias y desaguisados que existían siguen existiendo, son estructurales y no se puede tener fe en que vayan a corregirse pronto.
En todo esto hay además muchas ingenuidades que no hablan para nada bien de quienes las cometen. La primera es la congelación salarial que a importantes cargos de la Administración del Estado -que manejan miles de millones de pesetas- impuso el Gobierno de Felipe González. Eso ha motivado la fuga de muchos de esos altos cargos, que el Estado necesitaba para su mejor funcionamiento, a la empresa privada; otros han sido compensados mediante vías indirectas o con promesas políticas, y algunos, como Pilar Miró, han decidido asignarse unos gastos de representación no prohibidos en su presupuesto, pero no previstos.
La derecha política, que apenas se interesa por el origen y la contabilidad del dinero que dio origen y financiación a los GAL, abre ahora la caja de los truenos por los frufrús de Pilar, como antes lo hizo por la destitución de un mal locutor de media tarde, cosas que están dando casi más que hablar que los cientos de miles de millones que ha costado la reconversión bancaria. Y la directora general ha entrado al trapo con muy poco savoir faire. No es nada probable que la opinión entre sus subordinados acerca de la autoridad que pueda ejercer ahora en la casa mejore con todo este asunto. Su apelación a la inexistencia de una normativa que «excluya la posibilidad de abonar ese tipo de gastos» es simplemente pueril. ¿Cómo va a imponer un rigor administrativo y contable en una casa tan complicada como la que dirige si ella misma se permite estas actitudes? Pilar Miró no tenía derecho a hacer lo que ha hecho y lo demás son pamplinas.
En cuanto al silencio del Gobierno, merece una sola reflexión: la existencia en la clase dirigente de una moral de doble entrada, según la cual los actos se considerarán legítimos o no en función, antes que de su contenido mismo, de quién sea la persona que los realiza. En abril de 1980, destacados dirigentes del partido socialista -encabezados por Felipe González- presentaron una querella criminal por apropiación indebida y malversación de fondos contra el entonces director general de RTVE, a cuenta de irregularidades de gestión detectadas por la Intervención del Estado. Aquélla era una operación política, como lo es ésta. El juicio nunca se vio, el caso fue sobreseído, pero la honorabilidad de Fernando Arias Salgado sufrió un daño irreversible. Los socialistas están siendo pagados con la misma moneda que utilizaron y que se resume a las claras en el aumento de demagogia en nuestra vida pública. Porque la cuestión no está ahora en que Pilar Miró devuelva el dinero, los trajes o el rosario de su madre, sino, muy fundamentalmente, en cambiar un estatuto de la televisión pública que favorece las manías, las arbitrariedades, las corrupciones y los desplantes del poder. Y también las tonterías de los diputados.
20 Octubre 1988
El ropero y el Mystere
El episodio del ropero de Pilar Miró ha tenido, con razón, una considerable repercusión social. La propia interesada, tras la regañina pública del PSOE propinada por José María Benegas, ha confesado en el Parlamento que está dispuesta a rectificar legalmente.
Está claro que la directora general de RTVE hizo mal en cargar al Ente Público las facturas de su ropa como gastos de representación. También es evidente que después de esta embarazosa peripecia su situación en Prado del Rey es muy comprometida.
Pilar Miró fue acogida con esperanza como sucesora de Calviño. La etapa de éste fue ciertamente turbulenta. Hasta hace poco la directora de ‘El crimen de Cuenca’ había conducido la RTVE amparada en un cierto estado de gracia. Sus dificultades provenían más de las zancadillas interiores que de las críticas externas. Su trayectoria personal la librada de precipitadas censuras. Ella había cuidado personalmente la imagen de Felipe González, sobre todo en las campañas electorales, y el propio presidente impuso su nombramiento sin la complacencia de Alfonso Guerra. Los satélites de éste intentaron desde el principio, en el consejo de administración, hacerle la vida imposible. ahora están frotándose las manos. Casualmente la censura por el suceso del ropero procedente de la ejecutiva del PSOE ha ocurrido en ausencia de Felipe González y con Alfonso Guerra presidiendo la reunión.
Eso no minimiza el grave error de Pilar Miró, reconocido a estas horas por ella misma, pero sirve de marco de referencia. Lo suyo ha sido una falta ostentosa, que ha tenido el mérito de no ocultar al Parlamento y a la opinión pública, a la vez que ha anunciado propósito de enmienda. Seguramente esto le costará el puesto y tendrá que volver a hacer películas. Pero el ropero de Pilar Miró es una insignificancia – no ha buscado enriquecerse – al lado de los grandes negocios que se hacen ahora mismo a la sombra del poder.
Su importancia está precísamente en que no es un hecho asilado; es un síntoma de lo que pasa. Es el efecto lógico de la forma utilitaria y prepotente de ocupación del poder a que estamos acostumbrados. Todos conocemos corruptelas mucho más graves e impresentables. La denuncia de Alfonso Guerra en 1980, estando en la oposición, de ‘gastos de representación desaparecidos a todos los presupuestos», suena ahora a broma o a cinismo.
¿Qué son una partida de jerseys de Loewe para regalar en Navidad o los colaboradores cercanos, al lado de la utilización del Mystère por el vicepresidente del Gobierno para fines particulares? ¿Por qué entonces la dirección del PSOE no condenó el hecho ahora sí? ¿A qué vienen las sitemáticas obstrucciones a todas las iniciativas parlamentarias para investigar el tráfico de influencias? El propio señor Benegas utilizó abusivamente los servicios de la Embajada de España en Chile durante el reciente plebiscito sin que nadie se rasgara las vestiduras. Pero el secretario de organización del PSOE no tiene inconveniente en hacer ahora de fiscal de Pilar Miró, lo mismo que hizo implacablemente en su día del socialista histórico Pablo Castellano, que exigía precisamente limpieza en los comportamientos.
La frivolidad de Pilar Miró es, en resumidas cuentas, censurable y tendrá sin duda consecuencias, pero los actuales dirigentes políticos harían en emprender un ejercicio sincero de autocrítica para salir, si aun es posible, de los recintos tenebrosos donde reina la gran hipocresía.
21 Octubre 1988
CARTA A PILAR MIRÓ
Querida Pilar: Hace unos días tomaba yo a broma en esta misma columna a la que vivo atado el asunto de tu vestuario. Pero veo ahora que tu partido lo está tomando en serio, y eso, además de injusto me parece una ordinariez. El PSOE se rasga las vestiduras, pero sólo las tuyas, y con tanto entusiasmo te está dejando en cueros, que ya podrías decirles que se queden ellos a culo pasajero, como ese señor nudista que don Narcís Serra saluda tan cordialmente en las playas de Mallorca.
¡Que se desnuden ellos! como me dijo un día don Miguel de Unamuno, que siempre llevaba un jersey azul hasta el cuello. Ahora va a resultar que la única corrupción del poder está metida en tu guardarropa y que los únicos trapos sucios del Gobierno y del partido son tus trapos nuevos, y se vienen todos contra ti a quitarte los trajes a jirones en la plaza pública. Está bien ya sabemos que a quien de prestado se viste, en la calle le desnudan, pero como desnuden a todo el que se está vistiendo del préstamo del Presupuesto íbamos a contemplar a más de un cargo más o menos alto con las vergüenzas al aire y con el bolo colgando.
Peor fue lo del Mystere del Guerra y el tío se fue al Congreso con más cara que un saco de chocolatinas y dijo algo así como que los que habrían querido algunos es que pasara el río a nado. Tus compañeros socialistas en aquella ocasión, mi querida Pilar, cambiaron de conversación entre risas. Y hasta me parece que Txiki Benegas o alguien de su entorno, se apresuró a inventar que el señor vicepresidente tenía que llegar a una reunión de Estado en la Moncloa, cuando el señor vicepresidente adonde iba era a la Maestranza a ver los otros, que toreaba esa tarde Curro Romero, que siempre la arma y que boda sin la tía Juana.
Lo que tendrás que haber hecho tú es decir en el Parlamento a los mismísimos padres de la patria que oyeron al Guerra decir lo que dijo que lo que querían era que te fueras al Congreso o al Consejo de Administración del Ente en el vestido de nuestra madre Eva, con la hoja de parra, o sea, con el pámpano en semejante sitio o por una delicadeza ideológica y floral, con una rosa colocada en el viento sur de lo que Fray Luis de León llamó ‘taza de luna’, es decir, el ombligo. Estos tíos de tu partido, querida Pilar, son peores que los infantes de Carrión, y quieren dejarte como a doña Elvira y doña Sol, las dos hijas del Cid, en el robledal de Corpes, atarte al Pirulí y abandonarte, después de ponerte como a un eccehomo. Yo que tú, me hubiese presentado en la Comisión del Cognreso o en la sesión del Consejo del Ente en el caballo de Lady Godiva a ver si se avergonzaban tus jueces ante tu desnudez. Al fin y al cabo el presidente de aquella casa, templo de las leyes, le hace pagar al Estado por el alquiler de su chalé más de lo que tú cobras al mes por pastorear el rebaño de Televisión y eso, descontados los impuestos, debe de dar para unos dodotis de encaje y para una minifalda, que noe s vestimenta para presentarse en las fiestas oficiales y en las recepciones de la Corte.
Tengo para mí que entre esos que tanto se escandalizan con tus trapos los hay que se han cubierto el riñón con tisú de oro y se curan de la viga en su ojo señalando la paja en el tuyo. Quien esté libre de pecado que se quede con el bullarengue a la interperie, o sea, con el culo al aire. Y quien no esté libre de pecado, que disimule, que tampoco tu guardarropa será el de La Begún. Total, cuatro trapitos para que no desmerezca el cargo. Mira, hija, ya que se trata de trapos y de vestidos, hazles un corte de mangas, pero de mangas ‘ranglán’ y quien quiera desnudos, que se compre el PLAYBOY, que algún ejemplar se ve por esos escaños.
Jaime Campmany
23 Octubre 1988
Matización de Fernando Arias-Salgado
El editorial del día 20 de octubre titulado Los frufrús de Pilar confirma una tradición ininterrumpida desde los primeros albores de la transición democrática en España: con razón o sin ella, el destino manifiesto de todo director general de RTVE es ser sacrificado en la plaza pública en una ceremonia cuya espectacularidad mayor o menor depende de la coyuntura política y de los participantes de la ejecución.Mi caso tuvo una repercusión especial por la intervención personal de Felipe González, Alfonso Guerra, Gregorio Peces-Barba y de Federico de Carvajal en el procedimiento administrativo. La ofensiva política en el Congreso de los Diputados y en los medios de comunicación contra mi gestión en 1980 fue completada con una querella criminal ante el Tribunal Supremo. Por razones que todavía ignoro, la dirección del PSOE tomó una medida que transformaba cualitativamente un debate político sobre la gestión de un director general en una cuestión judicial que incidía directamente sobre la honorabilidad personal de un cargo público y defacto significaba la utilización de los tribunales de justicia como instrumento para obtener un objetivo político.
Dice el editorialista con acierto que «esa querella fue política», que «el juicio nunca se vio», que «el caso fue sobreseído», pero que mi honorabilidad «sufrió un daño irreversible». Para completar esas apreciaciones, me permito añadir dos hechos que pueden ayudar a los lectores a valorar las consecuencias que ha tenido esa operación política.
Así, los querellantes, con el señor González a la cabeza, mantuvieron viva esa querella durante siete años, es decir, dos años desde la oposición y cinco desde el Gobierno, concretamente hasta el 22 de julio de 1987 en que la Audiencia Provincial de Madrid, en auto de fecha 22 de julio de 1987, decidió el sobreseimiento del caso, basándose en que «de ninguno de los informes periciales, por demás prolijos y meticulosos, practicados en la causa se desprenden indicios racionales -ninguno de ellosque dieran motivo, por virtud de las respectivas querellas, a la formación de la presente causa». Y añade la Sala que, si bien es cierto que del dictamen pericial correspondiente se desprende la existencia de «ciertas deficiencias e irregularidades desde la perspectiva contable, no es menos cierto que en parte alguna de su denso y detallado informe técnico aparecen indicios de que algunos de los querellados se haya apropiado o haya distraído o malversado propia o impropiamente cantidad alguna, lo que, por otra parte, no aparece asimismo en ninguna otra de las diligencias probatorias practicadas».
Por tanto, señor director, aunque con cierta dilación, la justicia sí ha reparado en su ámbito el daño sufrido por mi honorabilidad. La irreversibilidad del daño tiene más bien un ámbito social y su reparación depende del grado de difusión en los medios de comunicación de ésta o de otras decisiones, judiciales similares. EL PAÍS se: hizo eco destacadainente en su día de este auto y su publicación tuvo un efecto positivo y reparador que agradecí sinceramente.
En cambio, el silencio de los, querefiantes fue clamoroso, quizá porque frente a la rotunda desestimación de la justicia de las acusaciones contra mí y mis colabora.dores se prefirió hacer bueno ese dicho popular, desgraciadamente tan arraigado en nuestra sociedad: «Calumnia, que algo queda…».
No era ésta, en verdad, la actitud que hubiera podido esperarse de unas personas que hoy ostentan los cargos de presidente y vicepresidente del Gobierno español.-
Cuando ya nada es urgente
2025
Pilar Miró fue objeto de una dura persecución porque había cargado gastos de ropa de uso personal en el apartado de vestuario, en el que formalmente solo aparecían los de presentadoras y presentadores. Podía haberlo hecho en gastos de representación porque, a fin de cuentas, se trataba también de eso; prácticamente ella solo vestía camisetas, camisas y vaqueros, pero ya en la dirección de RTVE tenía que representar al ente público en multitud de eventos, galas, etc. La muy obstinada – carácter militar, decían, heredado de su padre – decidió hacerlo de esa manera, cargando en gastos de vestuario, y las sospechas de que algo irregular podía estar ocurriendo se extendieron rápidamente.
Mirado con perspectiva no se trataba de nada que pudiera ser considerado como un caso de corrupción, sino un encaje anómalo de una partida en un aparato que no correspondía. Aquello avivó una guerra entre el Partido Popular y el PSOE y entre socialistas felipistas y los guerristas, que nunca amaron a la ‘muy independiente Pilar’, todo lo contrario. El asunto tomó cuerpo cuando empezó a ser denominado como el caso de los Tajes de Miró. Además, era muy fácil hacer la traslación ‘mujer, vestidos, gratis’ para que nadie, absolutamente nadie, le echara una mano y que todo aquello desembocara en un gran escándalo.
Fue condenada desde el principio en una especie de juicio popular sin sentencia. ¿Ensañamiento? Sí, ensañamiento y un tanto de mala uva. La dirección de Informativos [Julio de Benito] no quería que se dijera nada de esto en los telediarios. Los máximos responsables del departamento consideraban que se trataba todavía de un asunto interno, pero el malestar iba creciendo y la persecución y los titulares se amontonaban en los resúmenes de prensa hasta convertirse ya en una cuestión política. Un día, el entonces secretario de organización de los socialistas, Txiki Benegas [guerrista], aludió a que Pilar Miró debía dimitir. El asunto empezaba a ser demasiado público como para mantenerlo en el apartado de la discreción. En medio de la vorágine, Pilar y yo hablamos del asunto.
- ¿A ti qué te parece todo esto?
- Pilar, creo que ya hay que dar la noticia cuanto antes.
- ¿Por qué lo piensas?
- Porque Benegas – entonces secretario de organización del PSOE – ha dicho que tienes que dimitir por este asunto. El caso no se puede tapar.
- ¿Y qué dice Julio?
- Ya sabes. Julio te quiere mucho e intenta protegerte, pero creo que mantenerlo en el silencio es malo para nuestros informativos y para ti…
- Déjame cinco minutos. Enseguida te llamo.
Supongo que haría sus indagaciones, esas ruedas de contactos que tanto le gustaban antes de tomar una decisión. Siempre escuchaba; luego, cuando tenía una idea clara, se ponía la ropa de camuflaje, el casco y el escudo y se lanzaba a defender lo que finalmente había decidido. Seguro que habló con Julio de Benito, con Jesús Martín y con Hermida, en quienes confiaba plenamente. Al cabo de unos minutos, no sé si fueron diez o quince, me llamó-
- Dalo. Pero con una condición.
- ¿Cuál?
- Informa de ello, pero como si no se tratara de mí. No pienses en mí con compasión. Dalo como si se tratara de cualquier otra noticia.
No le tembló la voz. era fuerte aun en su aparente fragilidad. Y di la noticia con una cierta compasión, por supuesto, sin ensañamiento de ningún tipo; conté aquello como se cuentan muchas de las cosas que nos rodean y que debemos contar, aunque nos duela. No se podía esconder por más tiempo.
Al día siguiente, en alguna parte del periodismo, se interpretó que habían ganado los guerristas, incluso alguno con maldad cierta llegó a escribir que yo era guerrista. No sabían o no querían saber que aquello se hizo así por decisión de una persona honorable y valiente. Fue procesada; incluso una asociación de trabajadores, técnicos y cuadros de RTVE se presentó como acusación particular pidiendo para ella catorce años de prisión. Para ese momento Pilar Miró había devuelto de su bolsillo la mayor parte de los gastos de vestuario realizados. Finalmente, el juez no encontró delito alguno de su actuación y fue absuelta. El diputado popular que inició la investigación y la casi persecución, Luis Ramallo, llegó a decir, pasado el tiempo, que no vio que Pilar fuera consciente de cometer un delito. Así fue el final de Pilar Miró en RTVE. Su vida allí fue como su película ‘El Crimen de Cuenca’, que narra las torturas padecidas por dos hombres en la provincia castellanomanchega por un delito, un homicidio que nunca habían cometido.