25 noviembre 2017

Un supuesto intento de Mugabe por colocar a su esposa como sucesora terminó de forzar la intervención militar

El Ejército derriba al anciano dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, tras 37 años en el poder y lo sustituye por Emmerson Mnangagwa

Hechos

El 24.11.2017 Emmerson Mnangagwa asumió oficialmente la presidencia de Zimbabue.

Lecturas

Era dictador de Zimbabue desde 1980. 

El 15 de noviembre de 2017 el Ejército de Zimbabue toma el poder en el país deteniendo al presidente del país, Robert Mugabe, de 93 años de edad, al mando del país desde su independencia en 1980 cuando estaba al frente de la guerrilla llamada Ejército de Liberación Nacional Africano de Zimbabue (ZANLA). El 21 de noviembre de 2017 Zimbabue oficializará su dimisión tras 37 años de dictador absoluto del país.

La dictadura que controla el país desde su independencia seguirá en el poder de la mano de la Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico (ZANU-FP) como un régimen de partido único.

08 Noviembre 2017

Mugabe

Leila Guerriero

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Hoy ejerce una represión brutal en un país con un 90% de desempleo y una de las tasas de prevalencia de VIH más altas del mundo

Robert Mugabe, presidente de Zimbabue desde hace 37 años, dio en septiembre un discurso ante la ONU en el que dijo que la política de Donald Trump era “vergonzosa y aterradora”. Lo aplaudieron a rabiar. Curiosa celebración para quien en 2015, en ese mismo foro, defendió la ley que prohíbe la homosexualidad en su país, y que alguna vez dijo: “Me aseguraría de que todos los gais fueran al infierno y se pudrieran allí”. Más curioso fue lo que pasó después. La Organización Mundial de la Salud coordina la acción sanitaria de la ONU. Según The Associated Press, invierte 178 millones de euros en viajes y apenas 62 en combatir el VIH y la hepatitis. El 18 de octubre el director de ese organismo tan viajero, Tedros Ghebreyesus, nombró a Mugabe embajador de Buena Voluntad de la OMS y elogió su política de “cobertura universal de salud”. Argumento extraño, ya que la espera para un tratamiento con antirretrovirales en Zimbabue, cuando estuve allí en 2010, era de un año. No ha mejorado mucho. Mugabe fue, hasta los noventa, presidente de una nación con los mejores hospitales y la mayor alfabetización de África. Hoy ejerce una represión brutal en un país con un 90% de desempleo y una de las tasas de prevalencia de VIH más altas del mundo: en 2010, el virus mataba a 2.500 personas por mes y había dejado 1.300.000 huérfanos. Su designación como embajador produjo escándalo, Tedros dijo que iba a reflexionar, y el 22 de octubre le retiró el cargo. Cuatro días necesitó la máxima autoridad de un organismo mundial cuyo objetivo es “alcanzar para todos los pueblos el máximo grado de salud” para entender que había coronado a un monstruo. Algunos podrán llamarlo ingenuidad. No estoy entre ellos: si retirarle el cargo a Mugabe era necesario, más necesario era que al frente de un organismo como este hubiera alguien a quien nunca se le hubiera ocurrido dárselo.

16 Noviembre 2017

MUGABE NO ERA ETERNO

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

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TODO hacía presagiar que Robert Mugabe moriría algún día en la cama con las botas puestas, el gran sueño de todo dictador. De hecho, a sus 93 años, el sátrapa de Zimbabue seguía manteniendo su régimen a raya. Y, gracias a una monstruosa estrategia de represión, de depuraciones políticas y de ejecuciones que comenzó al poco de su llegada al poder, en 1987, disfrutaba de una plácida existencia. De ahí que resulte una paradoja, casi justicia poética, que Mugabe vaya a perder su reino por la ambición desmedida de su joven esposa. Las maniobras para que la impopular Grace Mugabe siguiera acumulando poder y se convirtiera de facto en la sucesora del tirano han desencadenado un golpe militar aún confuso.

Aunque en los primeros años de su matrimonio Grace Mugabe no pareció tan interesada en los asuntos políticos como en despilfarrar cantidades indecentes de dinero en el extranjero, de un lustro a aquí no ha disimulado sus ansias de suceder a su marido al frente de uno de los regímenes más corruptos del mundo. La avanzada edad del dictador y sus problemas de salud han acelerado los planes para preparar el relevo. Y la propia Grace ha impulsado purgas en el Gobierno –como la que se cobró la cabeza días atrás del vicepresidente, llamado a ser el sucesor natural de Mugabe– que han acabado con la paciencia de algunos sectores del partido y de la propia élite castrense. La desigualdad es alarmante en Zimbabue, con una de las rentas per cápita más bajas del continente y un nulo respeto por los derechos humanos. Ante esta crisis, la comunidad internacional debe ejercer presión para acabar con un régimen realmente execrable.

El Análisis

Zimbabue: el ocaso del eterno patriarca

JF Lamata

Tras 37 años gobernando con mano de hierro, Robert Mugabe ha caído. No lo derribó la oposición, ni una revuelta popular masiva, ni siquiera una presión internacional coordinada. Lo tumbó su propia casa: el ejército que hasta ayer mismo le servía con disciplina ciega, los mismos compañeros de partido que le auparon en 1980 y que, hartos de sus maniobras sucesorias para colocar a su esposa Grace como heredera, decidieron que el viejo león debía dejar paso. Emmerson Mnangagwa, su antiguo aliado y víctima reciente de sus purgas, regresa del exilio con uniforme civil y un mandato presidencial que no necesita urnas para ser efectivo.

La trayectoria de Mugabe es la historia de una independencia que se torció. Héroe guerrillero contra el apartheid de Ian Smith, se convirtió en el adalid de la mayoría negra, pero pronto degeneró en un gobernante personalista, que confundió el Estado con su propiedad. Su relación con el Reino Unido fue tan cambiante como su imagen internacional: Londres fue primero padrino y sostén, bendiciendo la transición de Rhodesia a Zimbabue; después, ante la corrupción, la represión política y el despojo de tierras a granjeros blancos sin compensación, se transformó en crítico incómodo. Mugabe respondió con un nacionalismo agrio y un desprecio abierto hacia sus antiguos aliados, mientras convertía la economía del país en ruinas y sus instituciones en comparsas.

La política moral de Mugabe fue tan severa hacia el pueblo como permisiva consigo mismo. Predicaba austeridad, pero su familia vivía en el lujo más ostentoso; se proclamaba paladín de los pobres, mientras se blindaba contra toda crítica y disidencia. Fue su esposa Grace —apodada con sorna “Gucci Grace” por su afición al gasto desmedido— la chispa final de su caída: su ambición sucesoria provocó la ruptura con Mnangagwa y encendió las alarmas del ejército, temeroso de quedar marginado. El final, pese a todo, fue suave: un Mugabe anciano, protegido en su mansión, con inmunidad garantizada y el recuerdo, cada vez más borroso, de haber sido alguna vez símbolo de liberación. Zimbabue, mientras tanto, hereda un país empobrecido, sin libertades plenas y con un cambio de nombres que aún no garantiza un cambio de rumbo.

J. F. Lamata