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Su dimisión pone fin a una larga trayectoria de desencuentros entre el sector mayoritario de UCD y el director general del ente público

Fernando Castedo dimite como Director General de RTVE por presiones del Gobierno de UCD, le reemplazará Robles Piquer

HECHOS

El 23.10.1981 el Consejo de Ministros presidido por el presidente D. Leopoldo Calvo Sotelo designó a D. Carlos Robles Piquer nuevo Director General de RTVE reemplazando a D. Fernando Castedo, que había presentado su dimisión.

 El ex ministro franquista D. Carlos Robles Piquer, cuñado del líder de AP, D. Manuel Fraga, será el encargado de reemplazar a D. Fernando Castedo como Director General de la radio pública y de la única televisión de España.

 El cese en RTVE causó una ágria discusión en Radio Nacional de España, donde D. Ricardo de la Cierva descalificó las palabras de los directores de DIARIO16, D. Pedro J. Ramírez y EL PAÍS, D. Juan Luis Cebrián, a los que acusó de tratar de manera injusta a los Sres. Castedo y Robles Piquer.

D. Fernando Castedo habla con J. F. Lamata sobre su dimisión como Director General de RTVE en 1981:

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D. Eduardo Sotillos habla a J. F. Lamata sobre su salida como director de RNE en 1981:

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24 Octubre 1981

El Gobierno no cumple su ley

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

El despido, caricaturizado de dimisión, de Fernando Castedo como director general de Radiotelevisión Española era un hecho cantado desde antes del verano. La imposibilidad jurídica de que el Gobierno destituyera de su cargo a Fernando Castedo, protegido por el Estatuto de RTVE, demoró más de lo previsto su sustitución, ya que la operación de acoso y derribo del director general necesitaba no sólo la ayuda de la Prensa obediente a la Moncloa -encargada de lanzar una virulenta campaña de desprestigio contra un hombre ya en capilla-, sino también de la complicidad activa de ese indiscutible líder carismático que es Agustín Rodríguez. Sahagún y de quien le da las órdenes. El tiempo dirá cuáles han sido las contraprestaciones que el actual presidente del Gobierno ha ofrecido a su antecesor a cambio de sus servi cios funerarios que acaba de oficiar.La dimisión de Castedo se explica, en el campo de las motivaciones psicológicas, marginales en este asunto, por su falta de fondo físico y político para resistir las presiones combinadas que le cercaban. El caso nada tiene de excepcional y sería ingenuo esperar de los profesionales de la política que adoptaran, por motivaciones éticas o por respeto a su propia figura, decisiones que arruinaran sus carreras. Sin embargo, hay algo inadmisible en la actitud del ex director general, y es su tentativa de justificar su dimisión por «su profundo sentido del Estado».

Nadie puede condenar a Fernando Castedo por no haber dado la talla en este conflicto, pero el sentido del Estado exige, ante todo, la voluntad de respetar los intereses colectivos y hacer cumplir lás leyes por encima de las conveniencias personales o partidistas. Esto no lo ha hecho el Gobierno, no lo ha hecho UCD y no lo ha hecho Castedo. El Gobierno no ha respetado al Estado y el poder ejecutivo ha incumplido el espíritu de una ley orgánica aprobada por’el Parlamento después de laboriosos pactos. La vida pública española necesitaría, si de verdad el Gobierno y UCD tuvieran ese sentido del Estado que parecen confundir (por su comportamiento) con la ocupacion y usufructo de la Administración pública, que las instituciones fuesen respetadas y funcionasen. Al igual que el Tribunal Constitucional o el Consejo General del Poder Judicial, la televisión del Estado fue protegida, en el ordenamiento, constitucional, por unas garantías destinadas a amparar su autonomía,a fin de impedir que un medio de comunicación pagado por todos los ciudadanos y que debe reflejar el pluralismo de nuestra sociedad se convirtiera en instrumento monopolístico al servicio del poder. Han bastado unos pocos meses de balbuciente funcionamiento autónomo de-Televisión y Radio Nacional para que el Gobierno resolviera poner fin a ese escándalo que significa para él la libertad de expresión, de información y de opinión, si eso daña a sus intereses.

A esa incapacidad del poder hoy gobernante para asumir los hábitos y modos democráticos, a esa aberrante confusión entre partido, Gobierno y Estado, a ese desprecio por la supremacía de la ley y a esa falta de respeto a la opinión pública se ha unido, en el cerco a Fernando Castedo, la urgencia del Ejecutivo por normalizar -a la checoslovaca- Prado del Rey con tiempo suficiente para preparar concienzudamente las próximas elecciones generales. La hecatombe de UCD en Galicia habrá, seguramente, redoblado el apetito de los antropófagos y, acabado con las últimas resistencias de los más templados. Al tiempo, la arrolladora victoria de Fraga en esos comicios aumenta las tentaciones para que Calvo Sotelo inicie la estrategia electoral de lagran derecha con una mayoria natural -siete votos contra cinco- en el Consejo de Administración de RTVE. El ya candidato ucedista a director general de Radiotelevisión Española ofrece en su biografía abundantes datos que permiten ratificar esta hipótesis, y muy pocos que ayuden a desmentirla.

Pero además, para llevar a cabo toda esta operación, el Gobierno ha incumplido unos acuerdos políticos suscritos con el PSOE. La airada reacción de Alfonso Guerra, con independencia de su tremendismo, revela la amarga decepción ante la ruptura unilateral por el Gobierno del acuerdo entre centristas y socialistas pára designar consejeros de administración de RTVE y pactar el nombramiento de Castedo. Ello echa por tierra una operación alumbrada por la estrategia de las negociaciones secretas y los conciliábulos de pasillo a la que tan aficionado ha sido el vicesecretario general del PSOE. El poder ejecutivo ha cometido un abuso de confianza con los socialistas al incumplir su pacto. Pero la firma de esos acuerdos, sin luz ni taquígrafos, entre las cúpulas de los partidos es una práctica casi tan aborrecible como su ruptura. Las negociaciones para repartirse el pastel de Televisión dejaron fuera del Estatuto un punto tan importante como la designaciónparlamentaria del director de RTVE, a fin de consensuarlo. Ahí está el premio.

24 Octubre 1981

La remonición del señor Castedo

YA (Director: José María Castaño)

El señor Castedo ha dimitido como director general de RTVE, o, mejor dicho, ha sido removido, puesto que su decisión la ha tomado a instancias del presidente del Gobierno. Como justificación, el señor Castedo ha invocado la disciplina del partido, pero añadiendo una consideración sobre el gran cambio que dicho partido debe de haber experimentado, puesto que se le pide que dimita por haber hecho lo que se le había encomendado. Este cargo es grave y suponemos que tendrá respuesta; nuestro propósito es salir al paso del planteamiento que se está haciendo y puede conducir a que se pierda de vista – ¿no es esto lo que se pretende? – la clave del a cuestión.

Que don Alfonso Guerra haya calificado el hecho como delictivo, antidemocrático y vandálico, no nos extraña en dicho señor, a quien se le han reído demasiado sus gracias. El envío de sus declaraciones al ministerio fiscal es la mejor respuesta que ha podido dársele. En todo caso, no es la cuestión del procedimiento que se ha seguido para la remoción del señor Castedo la clave de la cuestión, como tampoco es el planteamiento exclusivamente político de quienes presentan al Gobierno intentando adueñarse de RTVE con vista a las próximas elecciones.

A los que ahora se escandalizan de esto se les podría recordar la progresiva y efectiva infiltración de RTVE por elementos de la oposición política (¿no será ésta la causa del clamoreo de quienes ven lo que se les escapa de las manos?); pero tampoco es esa, repetimos, la clave del problema, ni creemos que el presidente del Gobierno se habría atreido al arriesgado paso que ha dado si se hubiese tratado exclusivamente de política.

Lo que hay en el fondo en una cuestión de salud social, y esto es lo que está intentando escamotear (es significativo el silencio sobre este aspecto en la rueda de prensa del señor Castedo). De lo que se trata fundamentalmente es del ataque constante y escandaloso hecho desde la radio y la TV oficiales a valores respetabilísimos y respetados por el pueblo español; del achabacanamiento y la procaridad crecientes; de la pregunta que tantos padres tienen que hacerse ante una TV que está siendo imposible ver en familia; de todo l oque ataca no ya a la moral, sino al buen gusto más elemental. ¿Qué tienen que ver, por ejemplo, la pública defensa del aborto o la presentación de un incesto en TV con las elecciones de 1983= Pues bien, si eso es lo que al fin ha despertado la dormida sensibilidad del Gobierno, debemos decir que, en definitiva, éste ha acertado en lo principal.

Lo que pasa es que los males de RTVE eran anteriores al señor Castedo y su obligada remoción, como máximo titular del organismo, no basta para remediarlos. Es mucho más lo que hace falta, como decíamos el pasado día 10, en un editorial que se titulaba “El problema no es sólo el señor Castedo”. En él precisábamos que no pedíamos una purga general de personas, sino, sencillamente, que la radio y la TV oficiales reflejen la realidad nacional y no la que una minoría, entre cínica e irresponsable, pretende imponer.

Es la labor que espera al nuevo director general; labor delicada e ingente, a la que habrá para añadir los obstáculos que ya le están poniendo quienes ha sacado a colación su hoja de servicios. Cierto que pocas habrá tan colmadas de merecimientos como la del señor Robles Piquer. Tanto de director general como de ministro, embajador y, últimamente, secretario de Estado, ha acreditado dotes nada comunes de inteligencia, discreción, laboriosidad y amplitud de espíritu. ¡Ah!, pero parte de sus servicios los prestó durante el régimen anterior. Este en el vetó ‘gravísimo’ que contra el interponen esos demócratas de nuevo cuño, para quienes, al parecer, hay dos clases de españoles: los de antes y los que después, éstos con toda clase de derechos, aquéllos sin ciertos derechos políticos, a lo que se ve. Algunos de esos censores habrían hechos bien en recapacitar antes si no podría aplicárseles la misma acusación que tan alegremente disparan contra otros; pero, en fin, se trata de miserias sobre las que el nuevo director general pasará sin duda y que nosotros debemos igualmente desechar. Registramos esas actitudes sin sorpresa – ¡tanto hemos visto! – aunque con dolor.

24 Octubre 1981

El Cese

Ricardo de la Cierva

El martes 20 de octubre, cuando los votantes gallegos y andaluces empezaban a acudir a las urnas (más exactamente, la mitad aproximada de esos votantes) ustedes podían leer en esta columna que Fernando Castedo, director general del ente público RTVE, sería cesado en el siguiente Consejo de Ministros, fijado entonces para el día 30. Varias veces se había anunciado antes en otros medios ese cese, pero no para informar sobre él, sino para evitarlo. Tengo mi actividad política fuera de esta columna, pero aquí me limito a informar y a comentar profesionalmente, al margen de mis preferencias o mis rechazos personales. Por eso anuncié en solitario y acerté en solitario.

Me lo reconocía ese periodista noble y generoso por esencia, Luis del Olmo, hace unos momentos, tras la rueda de prensa en que Fernando Castedo confirmaba su dimisión, después de que el presidente del Gobierno y el de la UCD se lo pidiesen expresamente anoche. Cuando me tocó cerrar la rueda de comentarios en el programa ‘De costa a costa’ tuve que pronunciarme con estupor y dureza. Un director de periódico [Pedro J. Ramírez] en la habitual línea de arbitrariedad e intemperancia con que monta sus ataques personales, hacía leña del árbol caído sobre la ejecutoria de Castedo con una falta de elegancia que hube de condenar ante diez millones de oyentes. En réplica, Pedro J. Ramírez, afirmó falsamente que no había hecho alusión alguna a Fernando Castedo en su crítica, cuando todos le habíamos oído criticarle y condenarle como ‘un mal director general de Televisión Española’. Acto seguido se permitió arremeter contra este periodista mediante destempladas acusaciones personales en las que, por supuesto, no pienso seguirle; porque las llevo muy satisfactoriamente en otro terreno mucho más serio. Es que a veces además del rumbo perdemos la memoria. Otro director de periódico, jefe de los servicios informativos de Televisión Española durante el antiguo régimen [Juan Luis Cebrián], descalificaba en la misma emisión a un presunto candidato a la Dirección General de RTVE, precisamente por su condición de político del antiguo régimen, olvidando que a ese político se debieron importantes avances en el campo de la apertura, y sin menor mención a sus servicios como ministro de la Corona en los momentos más difíciles e inciertos de la transición. En fin, que no todos los periodistas comparten la generosidad del gran Luis del Olmo a la hora de reconocer públicamente un éxito informativo ajeno; quizá porque no todos alcanzan en la brega diaria ni su calidad ni su categoría.

En el cese de Castedo (porque la dimisión no hace sino facilitar, con grandeza personal y claro sentido del Estado, el propio cese) veo hoy, todavía en caliente, dos aspectos muy distintos: el personal y el político. En este momento duro y difícil para él no cabe regatear a Fernando Castedo el reconocimiento de sus relevantes cualidades personales, profesionales y político. Este es un país en que todo se perdona menos el éxito, y por el que pululan, como profesión pública más abundantes, los enanos y los leñadores del árbol caído. Sin haber cumplido aún los cuarenta años, este eminente abogado del Estado, brillante subsecretario que convirtió en un ministerio operativo el magma y el aluvión heredado de situaciones virtualmente inasimilables, el hombre que ha acreditado sus cualidades de gestión en terrenos dificilísimos se enfrentaba, desde primeros de año, con el más enconado problema político y administrativo de la transición: la inserción de Radiotelevisión Española en el contexto democrático. El organismo navegaba a la deriva en el centro de las tormentas del poder, cuyos embates convertían al conjunto de relaciones de poder en un cerco angustioso y un nido de víboras. Durante estos meses he discrepado más de una vez, privada y públicamente, de la gestión de Fernando Castedo. Pero ni por un solo momento he puesto en duda su categoría humana, su competencia administrativa y su altura de miras políticas. Cuando ahora no faltan cobardes que le abandonan, mal nacidos que le acosan y ajenos que tratan de instrumentarle en su caída como han intentado hacerlo en su tiempo de poder, deseo alzar mi voz para subrayar su capacidad y para pronosticarle, a la vuelta de la esquina, la continuación de carrera que se merece.

En la vertiente política del asunto ya insinué con relativa claridad, al formular mi pronóstico sobre el cese, un análisis de responsabilidades. Fernando Castedo ha manifestado, al dimitir, una ejemplar y coherente actitud de partido, justo en los momentos en que su partido, la UCD, se debate en la crisis interna más grave de su corta y asendereada historia. Fernando Castedo fue nombrado director general de Televisión por Adolfo Suárez con el entusiasta apoyo de Pío Cabanillas y la aprobación unánime de la ejecutiva del partido. Días después, o mejor horas después, Fernando Castedo inaugurbaa su mandato con el reportaje oficioso sobre la dimisión de Adolfo Suárez, y dirigía en Mallorca a los equipos de RTVE que comunicaban las noticias del ominoso (de omen, presagio) congreso de UCD. Los nueve meses de su gestión han sido, pues, nueve meses de crisis profunda en el Gobierno y en el partido del Gobierno. Frente a la solidaridad habitual en la izquierda, nunca se ha distinguido el partido vertebral de la transición española – excepto en el caso Sancho Rof – por un despliegue de solidaridad en torno a sus hombres más expuestos en posiciones de avanzada y de peligro. Hay una dramática frase en la carta final de Fernando Castedo: “Se me cesa por hacer aquello que se me encargó al designarme”. Claro que fue una persona quien le designó y otra diferente quein ha asumido la responsabilidad de su cese.

Pero hay más. A Fernando Castedo se le encargó dirigir un juego con cartas marcadas. Todavía más. Se le encomendó ganar ese juego cuando previamente, formalmente, expresamente, se había entregado al adversario las mejores de esas cartas, y toda la clave de las marcas. Fernando Castedo entró en el juego. Su erro fue quizás aceptar en aquellas condiciones y atenerse a la letra de la ley para dar luego opción a su propia capacidad negociadora. Se dejó arrastrar posiblemente en su gestión por los oportunismos y las aproximaciones al a izquierda que miembros más altos de su partido y del Gobierno había ensayado ya profusamente y seguían cultivando entre la habilidad y el cinismo. Trató, para cubrirse, de montar otras conexiones informativas y políticas.

Se produjo, como hemos explicado otra vez, la invasión y la instrumentación. El diagnóstico del presidente Rodríguez Sahagún es correcto, pero se refiere truncadamente a los efectos, no a las causas. Alguien había situado a Fernando Castedo al frente de la invasión y con el expreso encargo de contenerla. Con toda su excepcional competencia personal, administrativa y política, Fernando Castedo no ha logrado sobrevivir a la contradicción.

Ricardo de la Cierva

25 Octubre 1981

Aguijón

DIARIO16 (Director: Pedro J. Ramírez)

Aguijón para el ex ministro Ricardo de la Cierva por sus zafios y babeantes comentarios en Radio Nacional con motivo de la dimisión de Castedo, circunstancia que aprovechó para soltar sus habituales maldades contra dos directores de periódico – EL PAÍS y DIARIO16 – mezclando, como es habitual en él, los juicios políticos con sus personales resentimientos.

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