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ERC, PSC y CiU consideran que recoger firmas contra el Estatut es un síntoma de 'odio' contra los catalanes

El PP inicia una recogida de firmas contra el Estatut: Solicitan que en el referéndum para aprobarlo puedan votar todos los españoles

HECHOS

Fue noticia el 1 de febrero de 2006.

01 Febrero 2006

Partido Populista

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Mariano Rajoy inició ayer en Cádiz la campaña de recogida de firmas para pedir al presidente del Gobierno que convoque un referéndum en toda España sobre el Estatuto catalán. Dado que la campaña se desarrollará en paralelo a la discusión del texto en el Congreso, es difícil no ver en la iniciativa un intento de sustituir o presionar a las instituciones. Pedir firmas a favor de la unidad de España y la igualdad de todos los ciudadanos, para contraponer esos dos objetivos al Estatuto catalán que se debate en las Cortes, es puro ventajismo político destinado a movilizar sentimientos más que razones. Algo especialmente arriesgado cuando no faltan sectores interesados en presentar la discusión sobre el nuevo Estatuto como un enfrentamiento entre Cataluña y el resto de España.

La negociación entre el Gobierno y los cuatro partidos que habían aprobado el proyecto de Estatuto ha limado las aristas inconstitucionales o incompatibles con la lógica autonómica, sobre las que habían alertado expertos y políticos, incluyendo algunos del PP. Pero en lugar de felicitarse por esa corrección, la dirección popular ha decidido mantener el discurso del rechazo frontal, e incluso llevar esa confrontación a la calle. Y con los peores argumentos: «Me parece inaudito que haya quien se oponga a que los españoles opinen», dijo ayer Rajoy, en un rapto de demagogia.

Los españoles representados por los diputados están opinando sobre el Estatuto, de acuerdo con las reglas establecidas. La Comisión Constitucional del Congreso y una representación del Parlamento de Cataluña están a punto de iniciar el debate sobre los «motivos de desacuerdo» -así los denomina el reglamento del Congreso- que se presenten en relación al anteproyecto. Se negocia en diversos frentes para buscar el acuerdo más amplio posible, y mañana mismo está prevista una entrevista al respecto entre el portavoz socialista y el del PP. Pero es más fácil meter ruido que argumentar, y repetir lo que se piensa que la gente quiere oír que adaptar la estrategia a la nueva situación.

La pregunta planteada por el PP es una trampa. ¿O pretende convencernos de que defender la igualdad de derechos de los ciudadanos exige apoyar la convocatoria de un referéndum en toda España sobre el Estatuto de Cataluña? Basta poner la frase en negativo para ver hasta qué punto se trata de una de esas preguntas que sólo admiten una respuesta y que se hacen a los niños para conseguir su adhesión haciéndoles creer que son ellos los que deciden.

17 Mayo 2006

El PP se sale

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

El Congreso rechazó ayer la proposición no de ley presentada por el PP y avalada por cuatro millones de firmas por la que se instaba al Gobierno a convocar un referéndum sobre la unidad de España y la igualdad de los ciudadanos en derechos, deberes y acceso a los servicios públicos. La barroca formulación es el resultado de tener que adaptar a la legislación vigente una ocurrencia destinada a promover, mediante la iniciativa popular (que exige la presentación de medio millón de firmas), un referéndum en toda España sobre el nuevo Estatuto catalán. El argumento era que ese Estatuto encierra en realidad una fraudulenta reforma de la Constitución, por lo que todos los españoles tienen derecho a pronunciarse sobre su contenido.

La Constitución prohíbe la utilización de la iniciativa popular para ciertos temas, como las leyes orgánicas (lo son las reformas estatutarias), las tributarias o las relacionadas con la prerrogativa de gracia. La ley que desarrolla la iniciativa popular explica esas limitaciones por el deseo de evitar «manipulaciones demagógicas» o intentos de legitimar «iniciativas partidistas» bajo el amplio sayo del «consenso popular». La explicación vale para este caso. El PP quiso capitalizar a su favor la irritación producida en muchos ciudadanos de toda España por el proyecto de nuevo Estatuto salido del Parlamento catalán, y que estaba provocando un fuerte desgaste al Gobierno de Zapatero. Pero la vía elegida no sólo fue un disparate desde el punto de vista constitucional, sino errada políticamente.

Los aspectos inconstitucionales del proyecto catalán podían ser eliminados a su paso por las Cortes. La batalla política se planteaba precisamente entre quienes sostenían (y no era sólo Esquerra) que el texto, aprobado por una amplísima mayoría en Barcelona, debía ser convalidado sin más en Madrid -salvo ligeros retoques-, y los partidarios de su saneamiento a fondo. El PP pudo haber intervenido en esa batalla, incluso haber reclamado para sí el mérito de haber obligado a Zapatero, encuestas en mano, a cambiar de aliado, acercándose a CiU, para limar los aspectos más inasumibles del texto. La iniciativa del referéndum, incluso después de convertirla en proposición no de ley, significaba situarse al margen de ese debate concreto y plantear otro en términos excéntricos y que sólo tenía sentido si el objetivo era excitar las bajas pasiones para enfrentar a los catalanes con el resto de los españoles.

El procedimiento previsto en la Constitución es equilibrado y favorece la negociación y el pacto: iniciativa de la comunidad autónoma, aprobación por las Cortes y refrendo por la población concernida. La ocurrencia de un referéndum del conjunto de los españoles rompe ese equilibrio. No se trata, por tanto, de discutir si cuatro millones de firmas son muchas o pocas, sino de si esa iniciativa es compatible con la lógica del Estado autonómico. El Congreso le dijo ayer a Mariano Rajoy que no. Fue una mala idea y ha servido para bien poco.

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