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La proclamación del republicano Bush como ganador se retrasó hasta diciembre por las impugnaciones presentadas por el candidato demócrata

Elecciones EEUU 2000 – George W. Bush Jr. gana gracias a los ‘votos electorales’ frente a Al Gore

HECHOS

Las elecciones de noviembre del año 2000 dieron la presidencia de los Estados Unidos a George W. Bush  tras varias impugnaciones de recuento de Al Gore. El 14.12.2008 el Sr. Bush fue proclamado ganador tras varios recursos presentados por Gore.

UN ‘HALCÓN’ EN LA VICEPRESIDENCIA

Cheney_Lieberman El veterano político Dick Cheney, fiel colaborador de George Bush padre durante su mandato, es ahora el Vicepresidente de Estados Unidos al ser compañero de ticket de la candidatura de su hijo George W. Bush. Está considerado como alguien del sector más conservador del Partido Republicano. Por su parte el candidato a Vicepresidente de Al Gore era Joseph Lieberman que ha visto como su candidatura Gore-Lieberman era derrotada.

OTROS PERDEDORES

Ralph_Nader El candidato del Partido Verde, Ralph Nader, veterano activista, se marcó el objetivo de intentar llegar al 5% de los votos que hubieran supuesto para Nader que su partido contara con ayuda oficial en las próximas elecciones. Aunque consiguió subir de la barrera del 2%, algo nada despreciable en un país tan bipartidista, quedó lejos de su objetivo y restó votos a la candidatura de Al Gore.

PatBuchanan El candidato del Partido Reformista es el ex presentador de la CNN Pat Buchanan. El Partido Reformista fue liderado con éxito por Ross Perot en las elecciones de 1992, y más discretamente en las de 1996 (ahora Perot se encuentra desvinculado de él). Buchanan fue presentado en europa como un racista anti-hispano. Resto votos a Bush, pero no logró gran relevancia.

 

14 Diciembre 2000

Bush, pero menos

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

George W. Bush será el 43º presidente de Estados Unidos. La larga batalla poselectoral, más fatigante que la propia campaña de los comicios, ha durado cinco semanas largas y ha devenido más en una pelea de abogados que de políticos. El Tribunal Supremo ha rechazado finalmente el recuento de 43.000 papeletas dudosas del decisivo Estado de Florida, lo que supone sancionar la derrota de Al Gore, que esta pasada madrugada reconoció la victoria de su rival. El hijo del que fuera presidente republicano ocho años atrás ha resultado vencedor. Sin embargo, el nuevo primer mandatario llega devaluado a la Casa Blanca y tendrá que poner todos sus esfuerzos iniciales en lustrar una legitimidad empañada. Gore ha obtenido más votos en el conjunto de Estados Unidos, pero las reglas de juego diseñadas en la Constitución federal le han dado a Bush la mayoría en el Colegio Electoral, que el próximo lunes ha de designar al vencedor. Después de más de 100 años, vuelve a instalarse en la Casa Blanca un presidente sin una mayoría de votos populares. Para disipar toda duda y evitar hipotecar la legitimidad del cargo con mayor poder en el mundo actual, seguramente se tenía que haber procedido a un recuento general en Florida. Ha habido tiempo para hacerlo. Pero tampoco podían aplicarse diferentes sistemas de validación de las papeletas, como ha resuelto el Supremo.

Es hora de recordar que no da igual que haya ganado uno u otro. Los programas políticos de Bush y de Gore eran distintos, y más aún lo son sus talantes. Algunos rasgos de Bush resultan preocupantes. Así, en estos últimos días, mientras Clinton aplazaba seis meses la ejecución de un reo para dar tiempo a la justicia a volver a examinar el caso, Bush confirmaba, como gobernador de Tejas, la enésima pena de muerte, y su hermano Jeb hacía otro tanto en Florida.

Demasiados litigios jurídicos han jalonado esta larga disputa. Gore, aunque sigue siendo vicepresidente hasta el 20 de enero, es ya el pasado. Con Bush como ganador, es hora de mirar al futuro. La pelea en los tribunales ha retrasado el proceso de traspaso de poderes, aunque no se ha llegado a ninguna situación excepcional. Bush había ya empezado a recibir de la CIA información sobre seguridad nacional, y gran parte de los previsibles integrantes de su equipo son gente experimentada en la Administración, precisamente durante el mandato de su padre, comenzando por el probable secretario de Estado, general Colin Powell, jefe del Estado Mayor durante la guerra del Golfo.

De momento, hay presidente; habrá que esperar a que defina su política. Como ha recomendado el Supremo, habrá de impulsar una mejora profunda en la técnica electoral para que no se repita lo ocurrido. Cabe esperar que Bush haya aprendido algo en estas últimas semanas. En la campaña se presentó como un político dialogante, arquitecto de consensos. Debe ahora propugnar políticas integradoras, haciendo suyos algunos postulados de los demócratas, por ejemplo, en materia social. Va a necesitarlo si se confirma que la economía de EE UU entra, con mayor o menor brusquedad, en un periodo de enfriamiento. La tentación de los republicanos en el Congreso puede ser diferente. Aunque están empatados en el Senado con los demócratas, el voto de calidad del vicepresidente Cheney les asegura la mayoría, a la vez que controlan la Cámara de Representantes y la Casa Blanca. La omnipotencia sería un error en el que el presidente republicano debe evitar caer. Va a tener que esforzarse mucho para que, en el ejercicio de su cargo, no se eche de menos a ese gran político que es Bill Clinton, que, de haber podido presentarse a un tercer mandato, y pese a los escándalos, habría ganado de calle.

14 Diciembre 2000

La democracia balsera

LA RAZÓN (Director: José Antonio Vera)

Las elecciones estadounidenses nos han traído lo mejor y lo peor de la democracia. No hay que olvidar que unas elecciones no son otra cosa que la arena legal y pacífica dispuesta para la transición del poder, a fin de que éste no se decida a tiros, ni que vaya al más fuerte o al más rico, sino a aquel que cuente con mayor apoyo popular. Pero eso no impide que se trate de una auténtica guerra, donde vale casi todo. Florida, crucial para el desenlace de las elecciones, nos ha ofrecido, por una parte, el más disputado, minucioso y abierto recuento de votos que se recuerda. Y, por otro, una muestra de todas las trampas legales que pueden hacerse en unas elecciones. Grave fue la actuación partidista de los tribunales, especialmente de los Supremos: el de Florida, favoreciendo descaradamente a Gore; y el de la nación, inclinándose por Bush. Tampoco las Cámaras de Florida – dominadas por los republicanos – han mostrado la menor ecuanimidad al inmiscurise descaradamente en el proceso electoral. Aunque los demócratas, al judicializarlo, habían abierto la puerta a ello.

La primera lección que se extrae de estas elecciones es que los Estados Unidos necesitan engrasar y modernizar su mecanismo electoral. Diseñado hace 200 años, no rsiste los desafíos de la rea tecnológica. Hay que disponer de nuevas máquinas y concretar las normas de recuento para que no vuelva producirse un escándalo como el vivido.

Es un elemento positivo que los ciudadanos estadounidenses hayan demostrado una enorme paciencia (que a veces podía interpretarse como indiferencia) sin caer en la alarma en ningún momento.

A corto plazo, sin embargo, tenemos que contar con el posible efecto corrosivo en la confianza de los ciudadanos en sus representantes e instituciones. Pero la experiencia nos advierte qye esto es superable. Políticos que llegaron sin prestigio a la Casa Blanca se convirtieron en magníficos presidentes una vez que demostraron saber llevar las riendas. Pero eso tendrá que demostrarlo George W. Bush. De momento, lo importante es que la pesadilla ha terminado

Al final, los votos arrancados por Bush con el caso del niño balsero, Elián González, que irritó profundamente al electorado cubano de Florida, han sido decisivos. Pero no sólo para la derrota de Gore. También para demostrar que la americana es una democracia balsera, que debe cruzar todavía el estrecho de la modernidad.

14 Diciembre 2000

Presidente a dedo, tribunal cuestionado, opinión apática

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

Un texto tan largo -65 folios- como farragoso, confuso y hasta contradictorio es lo que ha presentado el Tribunal Supremo de Estados Unidos más de tres días después de haber ordenado que se detuviese el recuento de votos en Florida que podría haber dado la Presidencia al demócrata Al Gore. El Supremo suspende definitivamente el famoso recuento manual porque no ve uniformidad de normas operativas en los diferentes condados del estado sureño -con lo que dice que no se garantiza la igualdad en la protección de los derechos de los ciudadanos- y porque materialmente no queda tiempo para el recuento. Y es que el ansiado veredicto llegó dos horas antes de que acabase el día 12 de diciembre, teóricamente el último para designar a los miembros del colegio electoral por cada estado.

Pese al intento de la mayoría conservadora por camuflar su decisión con alambicadas razones legales, el efecto perseguido era evidente: dejar tan ínfimo espacio de maniobra a Gore como para obligarle a tirar al fin la toalla. Así ha sido. Pero las consecuencias van mucho más lejos.

La votación por cinco a cuatro -como en la decisión cautelar del sábado-, con una clara división entre conservadores y liberales, deja la impresión indeleble de un Supremo partidista y obcecado. Y aún más viendo los frágiles argumentos de la mayoría para detener un proceso tan normal en democracia como un recuento de votos. Hay algo grotesco en exigir ahora la igualdad de criterio de recuento, cuando la ley permite que la modalidad del voto y la forma misma de las papeletas varíen de un condado a otro. Y decir que no queda tiempo para recontar, cuando es el propio Supremo el que ha dejado sin tiempo a los recontadores, ya es puro regodeo… Para remachar esa lamentable impresión, ahí están los votos particulares, de una dureza y de un pesimismo absolutamente desacostumbrados. El fallo «no puede más que reforzar la opinión más cínica sobre el trabajo de los jueces en todo el país», dice en el suyo -que firman también los otros tres liberales- John Paul Stevens. «Es la confianza en los hombres y mujeres que administran el sistema judicial la que forma la verdadera columna vertebral del Estado de Derecho», recuerda el juez, insistiendo en que la pérdida de esa confianza es la gran víctima del proceso.

Pero los sondeos indican que la apática opinión pública norteamericana estaba deseando que se nombrara -a dedo, como de hecho ha acabado siendo- a un vencedor, fuese el que fuese. No es una constatación alentadora para la democracia en EEUU.

Dicho esto, la amargura y las suspicacias de los derrotados pueden convertir la Presidencia de George Bush en una etapa de conflicto o de parálisis. Tampoco es una constatación alentadora para el resto del mundo.

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