5 julio 1994

El nuevo presidente fue firme opositor al acta de defunción de la Unión Soviética

Elecciones Bielorrusia 1994: Alexandr Lukashenko, ex miembro del Partido Comunista de la URSS será el nuevo presidente

Elecciones Bielorrusia 1994: Alexandr Lukashenko, ex miembro del Partido Comunista de la URSS será el nuevo presidente

Hechos

En julio de 1994 las elecciones presidenciales en Bielorrusia dieron el triunfo a Aleksandr Lukashenko con el 80,1% de los votos frente a Vyacheslav Kebich, que se quedó con un 14%.

Lecturas

Tres años después de desaparecer la Unión Soviética, los bielorrusos eligen por primera vez directamente a su jefe del Estado y entregan una victoria aplastante al candidato que se presenta como enemigo de la clase dirigente que ha administrado el país desde la independencia. Aleksandr Grigórievich Lukashenko, diputado de 39 años y presidente de la comisión parlamentaria contra la corrupción, obtiene alrededor del 80 % de los votos, frente al 14 % del primer ministro Viacheslav Frántsevich Kébich. La magnitud del resultado sorprende, pero no su vencedor: en la primera vuelta del 23 de junio Lukashenko ya había obtenido aproximadamente el 45 %, dejando a Kébich en apenas el 17 %.

Bielorrusia había llegado a la independencia casi por desaparición del Estado al que pertenecía. La República Socialista Soviética de Bielorrusia proclamó su soberanía en 1990 y su independencia en agosto de 1991, después del fracaso del golpe contra Mijaíl Serguéievich Gorbachov. En diciembre, el presidente del Sóviet Supremo bielorruso, Stanislav Stanislávovich Shushkévich, se reunió con Borís Nikoláievich Yeltsin y Leonid Makárovich Kravchuk en Belavezha para certificar que la URSS dejaba de existir y crear la Comunidad de Estados Independientes. Pero el nuevo país conservó buena parte de las estructuras económicas y administrativas soviéticas y una estrechísima dependencia comercial y energética de Rusia. A diferencia de las repúblicas bálticas, tampoco apareció un consenso nacional mayoritario favorable a una ruptura política, económica y cultural profunda con Moscú.

La primera etapa independiente estuvo dominada por Shushkévich, físico nuclear y presidente del Parlamento, que representaba una opción reformista y relativamente occidentalista, partidaria de consolidar la soberanía bielorrusa. El poder ejecutivo cotidiano, sin embargo, estaba en manos del primer ministro Viacheslav Kébich, antiguo dirigente industrial y miembro de la nomenklatura soviética, mucho más favorable a mantener estrechos vínculos económicos y políticos con Rusia. La combinación de inflación, caída de la producción, deterioro del nivel de vida y denuncias de corrupción fue desacreditando rápidamente a quienes habían administrado los primeros años de independencia.

En ese escenario apareció Lukashenko. Antiguo oficial del Ejército soviético, director de una granja estatal y diputado desde 1990, había adquirido notoriedad nacional presidiendo la comisión parlamentaria anticorrupción. Su discurso mezclaba denuncia de los privilegios de las nuevas élites, nostalgia por determinadas seguridades sociales soviéticas, resistencia a las privatizaciones rápidas y defensa de una relación especialmente estrecha con Rusia. No concurría como candidato oficial del antiguo Partido Comunista: se presentaba como independiente y como enemigo de la nomenklatura, aunque buena parte de su lenguaje político reivindicaba aspectos del sistema desaparecido. Su gran habilidad fue poder presentarse simultáneamente como candidato de protesta y defensor de aquello que muchos electores echaban de menos de la URSS.

La primera vuelta demuestra hasta qué punto el sistema continúa abierto. Compiten seis candidatos. Lukashenko obtiene alrededor del 45 %; Kébich, aproximadamente el 17 %; el nacionalista Zianón Stanislávovich Pazniak, dirigente del Frente Popular Bielorruso y firme partidario de reforzar la identidad nacional y alejar al país de la órbita rusa, cerca del 13 %; Shushkévich, representante del reformismo democrático y de una independencia más equilibrada entre Rusia y Occidente, alrededor del 10 %; el agrario Alaksandar Iosifovich Dubkó, aproximadamente el 6 %; y el comunista Vasil Novikau, algo más del 4 %. El resultado constituye una humillación para el aparato gubernamental: Kébich había llegado a las elecciones con los recursos de la jefatura del Gobierno y termina a casi treinta puntos del joven diputado anticorrupción.

La segunda vuelta transforma aquella ventaja en avalancha. Buena parte de los electores que habían apoyado a candidatos eliminados se concentra en Lukashenko, mientras Kébich apenas consigue ampliar su electorado: más de cuatro millones de votos frente a unos 750.000. La participación ronda el 71 %. Kébich reconoce inmediatamente su derrota y presenta la dimisión como primer ministro. Lukashenko se convierte así en el primer presidente de la República de Bielorrusia.

El resultado deja además una paradoja histórica. El primer presidente elegido directamente por los ciudadanos de la Bielorrusia independiente no es el hombre que participó en la liquidación de la URSS, Shushkévich, ni el nacionalista que pretende alejarla definitivamente de Rusia, Pazniak. Es un político que ha construido buena parte de su popularidad criticando las consecuencias económicas de aquella ruptura y defendiendo la restauración de estrechos vínculos con Moscú. Bielorrusia acaba de utilizar unas elecciones pluralistas para entregar la Presidencia al candidato que menos entusiasmo parece mostrar por la transformación política y económica que siguió al final de la Unión Soviética.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

20 Mayo 1995

Atraccion sovietica

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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LAS VOTACIONES del pasado fin de semana en Bielorrusia reflejan una tendencia preocupante a volver a prácticas y estilos de la antigua Unión Soviética. El rasgo común de esas consultas electorales ha sido confirmar o elegir a un presidente con tareas de jefe del poder ejecutivo, por un largo periodo y capacidad para gobernar al margen, o casi, de unas cámaras cuya operatividad se reduce. Con diferencias en la forma, éste era el sistema que funcionaba en la época soviética.Lo ocurrido en Bielorrusia responde a métodos aún más abiertamente autoritarios: el presidente Lukashenko, un antiguo aparatchik elegido Come, presidente el año pasado, refuerza sus poderes de modo que podrá a partir de ahora disolver el Parlamento. Pero ¿qué parlamento? Lukashenko ha animado a los electores a boicotear las elecciones parlamentarias, y él mismo ha dado ejemplo diciendo que ningún candidato merecía su voto. El resultado es que en la primera vuelta, sólo 20 diputados han sido elegidos sobre un total de 260. Lo más probable es que en la segunda vuelta queden asimismo vacíos muchos escaños.

Al mismo tiempo, Lukashenko ha utilizado su popularidad para lanzar una serie de referendos cuyo objetivo es el retorno descarado a la era soviética. Mayorías considerables de la población le han dado su apoyo, lo que pone de relieve que, después de una ola superficial de nacionalismo bielorruso, lo que predomina ahora es un sentimiento eslavo que tiene como primer eslabón la unidad con Rusia. Los bielorrusos han votado la incorporación del ruso, al lado del bielorruso, como lengua oficial; la vuelta a los signos estatales de la era soviética, bandera y escudo, aunque con la exclusión de la hoz y el martillo, y el apoyo a la política económica encaminada a una unión lo más estrecha posible con Rusia.

Tal es la nueva situación política de Bielorrusia tras las últimas votaciones. El fin del comunismo no ha dado paso a una mejora económica ni a un acercamiento a las democracias occidentales. La situación social ha empeorado y la ayuda exterior ha resultado ilusoria. Se vuelve a poner todas las esperanzas en el Estado y Moscú para que las cosas mejoren.

El Análisis

JF Lamata

Lukashenko se había opuesto a la desaparición de la Unión Soviética y reivindicaba haber sido el único diputado bielorruso que votó contra la ratificación de los Acuerdos de Belavezha, el acta de defunción política de la URSS. El primer ministro Viacheslav Kébich utilizó las ventajas propias del poder y, pese a ello, fue estrepitosamente derrotado; Zianón Pazniak pudo defender un programa nacionalista y antirruso; Stanislav Shushkévich, otro más reformista y occidentalista; y los observadores internacionales consideraron generalmente libres y competitivos los comicios. Lukashenko había obtenido ya aproximadamente el 45 % en primera vuelta y Kébich sólo el 17 %. Que en la segunda los electores de cuatro candidatos eliminados prefiriesen mayoritariamente al aspirante opositor antes que al desacreditado jefe del Gobierno explica ese triunfo tan abrumador, pero un presidente aclamado por un 80%, más que un presidente democrático, parece un nuevo caudillo soviético.

Su programa reivindica estrechar extraordinariamente las relaciones con Rusia, cuestiona algunas de las reformas económicas posteriores a 1991 y explota una nostalgia soviética considerable entre una población golpeada por el derrumbe económico. Existe por ello un riesgo más sutil que una simple anexión rusa: que Bielorrusia conserve bandera, fronteras y presidente propios mientras reconstruye voluntariamente buena parte de sus vínculos políticos y económicos con Moscú y concentra en la nueva Presidencia hábitos de poder heredados del sistema anterior. Lukashenko ha llegado al poder por unas elecciones que pueden considerarse democráticas. Saber si Bielorrusia continuará siendo una democracia dependerá ahora, precisamente, de que Lukashenko acepte que el mismo sistema que hoy le entrega el poder conserve mañana la capacidad de quitárselo, y no estará por la labor.

JF