5 octubre 1998
Lula da Silva ha ido moderando sus posiciones marxistas para aproximarse al laborismo estilo Tony Blair
Elecciones Brasil 1998 – El socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso logra la reelección frente al izquierdista Lula
Hechos
En octubre de 1998 se celebraron elecciones presidenciales en Brasil en las que ganó la candidatura de Fernando Henrique Cardoso.
Lecturas
Las anteriores elecciones fueron en 1994.
El sociólogo y exministro de Hacienda Fernando Henrique Cardoso ha sido elegido presidente de Brasil sin necesidad de disputar una segunda vuelta. El candidato del Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB), aliado con el conservador Partido da Frente Liberal (PFL) y acompañado por Marco Antônio de Oliveira Maciel, obtuvo 34,3 millones de votos, el 54,24 % de los válidos, frente a los 17,1 millones y 27,07 % de Luiz Inácio Lula da Silva, candidato del Partido dos Trabalhadores (PT). A enorme distancia quedaron el médico y dirigente nacionalista Enéas Ferreira Carneiro, del PRONA, con un sorprendente 7,38 %; el exgobernador paulista Orestes Quércia, del PMDB, con 4,38 %; el histórico dirigente izquierdista Leonel de Moura Brizola, del PDT, con 3,19 %, y Esperidião Amin Helou Filho, del PPR, con 2,75 %. La mayoría absoluta obtenida por Cardoso hizo innecesaria la segunda vuelta prevista para el 15 de noviembre.
Cardoso, de 63 años, llegaba a las elecciones identificado sobre todo con el Plan Real, puesto en marcha durante su etapa como ministro de Hacienda del presidente Itamar Augusto Cautiero Franco. La introducción de la nueva moneda el 1 de julio había reducido drásticamente una inflación que durante años había destruido el poder adquisitivo de los brasileños. El efecto electoral fue extraordinario. Lula, antiguo obrero metalúrgico, dirigente sindical y fundador del PT, había encabezado claramente las encuestas durante la primera mitad del año; pero a medida que la estabilización comenzó a percibirse en los bolsillos de los ciudadanos, Cardoso pasó de perseguidor a favorito. El PT cuestionó inicialmente el Plan Real y denunció su utilización electoral, mientras Cardoso se presentó como la garantía de continuidad de la estabilidad económica. Los estudios posteriores sobre comportamiento electoral han identificado precisamente la reducción de la inflación como uno de los factores fundamentales del vuelco.
Para Lula era su segunda candidatura presidencial. En 1989 había obtenido alrededor del 17,2 % en primera vuelta y después había perdido el balotaje frente a Fernando Affonso Collor de Mello, alcanzando aproximadamente el 47 % de los votos. Cinco años después mejora considerablemente su implantación: pasa de unos 11,6 a 17,1 millones de votos y del 17 % al 27 % en primera vuelta. Además, consolida definitivamente su liderazgo sobre la izquierda brasileña: Brizola, que en 1989 había estado a punto de arrebatarle el acceso a la segunda vuelta, queda ahora reducido al 3,19 %. Pero la comparación ofrece una paradoja: Lula dispone de muchos más electores que en 1989 y, sin embargo, se encuentra mucho más lejos de la Presidencia, porque Cardoso consigue derrotarlo por más de veintisiete puntos y resolver las elecciones en una sola votación.
La campaña volvió a colocar bajo discusión el enorme poder político de la televisión brasileña y, especialmente, de Rede Globo. Algunos estudios sobre la cobertura de Jornal Nacional detectaron inicialmente un tratamiento más favorable a Cardoso y señalaron que, incluso cuando posteriormente se equilibró el espacio dedicado directamente a los candidatos, la extensa cobertura positiva de los efectos del Plan Real beneficiaba indirectamente al antiguo ministro de Hacienda. Ello no permite atribuir a Globo la victoria: la reducción de la inflación era un fenómeno que los propios ciudadanos experimentaban directamente y constituye una explicación electoral independiente y poderosa. Pero la televisión contribuyó a consolidar la asociación entre estabilidad, Plan Real y Fernando Henrique Cardoso, una identificación que Lula no consiguió romper antes de las urnas.
05 Octubre 1998
El valor de Brasil
Brasil, la eterna potencia emergente que no acaba de salir a flote, acudió ayer a las urnas entre el escepticismo y la esperanza para respaldar ampliamente como estaba previsto, a la colaición que apoya a Fernando Henrique Cardoso, la única posibilidad real que en estos momentos tiene la nación amazónica de capear la tormenta económica que se le avecina.
El país que quizá mejor ejemplifica los agudos contrastes a los que da lugar el complejo proceso del desarrollo, el que ayer intentaba conciliar el voto electrónico con las formas tradicionales de sufragio, el de los rascacielos de cristal y los ‘meninos da rua’, sólo tenía dos opciones en la encrucijada del momento actual: hacer de tripas corazón, y aceptar los sacrificios inevitables a los que toda política de ajuste obliga, continuando así el camino emprendido en junio de 1994 con el Plan Real, o desandar esa senda en no se sabe qué dirección, de la mano de un antiguo líder sindicalista, Luis Ignacio Luca da Silva, que, aunque reconvertido a la moderación, sigue inspirando temor en una población que ha preferido apretar el paso antes de que los nubarrones descarguen.
Porque las dificultades verdaderas empiezan ahora. Cardoso, que no quiso poner en marcha el nuevo ajuste anunciado a finales de 1997 por miedo al consiguiente desgaste electoral, deberá entender la renovada confianza de los brasileños. De las inversiones extranjeras supone una gran ayuda para luchar contra una deuda de 550.000 millones de dólares: la semana pasada el dinero salía del país a una media diaria de 500 millones al día, y ello contando con el mejor de los escenarios posibles, la prevista victoria de Cardoso.
De modo que los comicios de ayer pueden considerarse como un breve intermedio en un proceso que, aunque eficaz en sus comienzos – acabó con una inflación del mil por ciento – está muy necesitado de un relanzamiento. Los brasileños eran conscientes e ellos, y saben que la última palabra, al final, la tiene el FMI. Probablemente, habrá que devaluar la moneda, y hacer otros esfuerzos poco atractivos. Pero el hecho de que el electorado haya dado su aprobación en las urnas dice mucho de un país que lucha por vencer el tópico, o la inercia, de la política populista de promesas fáciles.
06 Octubre 1998
Los retos de Cardoso
Si, como parece, los brasileños han reelegido como presidente en la primera vuelta al socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso, jubilando al tres veces derrotado aspirante de la izquierda, Lula, lo han hecho en busca de salvación. Confiando en que este sociólogo de 67 años y ex ministro de Finanzas les libre ahora de las peores calamidades que se avecinan como lo hizo en 1994 con el plan de estabilización que introdujo el real y rebajó a menos del 4% una inflación que se medía en cuatro dígitos. Los ciudadanos del gigante latinoamericano no pueden llamarse a engaño. Estaban avisados por el propio Cardoso, que en plena campaña electoral tuvo el gesto inusual de anunciar que pintaban bastos en Brasil, malherido por la crisis financiera, y que su eventual reelección significaría el arranque de un programa de austeridad inaplazable. Para muchos brasileños se ha acabado ser los turistas más espléndidos en las tiendas neoyorquinas.Sobre Brasil, que representa el 45% del PIB latinoamericano, cabalgan como jinetes de mal agüero una vertiginosa deuda exterior, un formidable déficit público, la baja de ingresos presupuestarios, una masiva hemorragia de capitales y la desaceleración económica. Durante el mes pasado, de la octava economía mundial han huido unos 750 millones de dólares diarios. Sus reservas han caído en más de 20.000 millones de dólares desde agosto, y el precio del dinero ha subido hasta el 50% para intentar evitar que su divisa, el real, siga el tobogán del rublo. Sean cuales fueren las recetas que se apliquen, 1999 será el año de la recesión. El colapso del país de contrastes que cubre la mitad del continente -165 millones de personas que pese a relámpagos de modernidad viven todavía en un sistema político clientelista, donde los rascacielos y el voto electrónico coexisten con los terratenientes despiadados y los niños que mueren en la calle- arrastraría casi con seguridad a sus vecinos. Argentina, que vende a Brasil la tercera parte de sus exportaciones, contiene el aliento.
El segundo mandato de Cardoso, sus primeros cien días, deberán ser los del electrochoque fiscal, el arranque de reformas largamente aplazadas para poner orden en un insoportable déficit presupuestario que ha pasado en un año del 4,5% al 7%. No va a ser fácil, incluso con los 30.000 millones de dólares, millón más o menos, que el FMI parece tener apalabrados (aunque hoy por hoy no disponga de los mismos) para acudir al rescate. El reelegido presidente tendrá que lidiar dos viejos e intactos monstruos: la insaciable maquinaria del Gobierno (que da trabajo en condiciones privilegiadas a un 9% de los brasileños empleados) y un elefantiásico sistema de pensiones que favorece desmedidamente a los funcionarios. Hasta el punto de que tres millones de jubilados públicos perciben como 18 millones del sector privado, y muchos se retiran en la cuarentena para aprovechar la bicoca.
El Análisis
Fernando Henrique Cardoso es el vencedor indiscutible de las elecciones, pero difícilmente puede separarse su victoria de la del Plan Real. En pocos meses Brasil ha pasado de preguntarse cuándo llegará Lula a la Presidencia a entregar a Cardoso una mayoría suficiente para evitar siquiera la segunda vuelta. La estabilidad monetaria ha proporcionado al candidato oficialista el mejor programa electoral imaginable: un resultado que millones de ciudadanos podían comprobar al hacer la compra. Lula ha cometido el error de enfrentarse inicialmente a una medida que rápidamente se hizo popular, aunque sería equivocado considerarlo políticamente destruido. Obtiene seis millones de votos más que en 1989, pasa del 17 % al 27 % y deja prácticamente fuera de combate a su antiguo competidor por el liderazgo de la izquierda, Leonel Brizola. La paradoja consiste en que Lula sale de estas elecciones como un candidato mucho más fuerte que cinco años atrás, pero también como un candidato mucho más claramente derrotado: en 1989 estuvo a pocos puntos de la Presidencia; en 1994 Cardoso ni siquiera le permite disputar la segunda vuelta.
Sería exagerado conceder a Rede Globo el poder de fabricar por sí sola semejante resultado, pero igualmente difícil ignorar que el mayor grupo televisivo del país contribuyó a definir el escenario en el que se votaba. Los análisis posteriores encuentran elementos de cobertura favorables a Cardoso y, sobre todo, una enorme exposición positiva del Plan Real, de manera que incluso una noticia económica sin petición explícita de voto podía recordar diariamente quién era el político identificado con aquella estabilidad. Globo probablemente amplificó una ola que no había creado: la inflación cayó independientemente de los informativos y los brasileños podían comprobarlo sin intermediarios. Pero Cardoso consiguió algo electoralmente formidable: que la continuidad del Real y su propia elección parecieran formar parte de una misma decisión. El gran ganador es Cardoso; el gran derrotado inmediato, Lula; y el resultado más profundo quizá sea que Brasil acaba de descubrir que estabilizar una moneda puede ser también una extraordinaria forma de ganar unas elecciones.
JF