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Elecciones Brasil 1994 – El socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso vence al izquierdista Lula y al ultra Carneiro

HECHOS

En octubre de 1994 se celebraron elecciones presidenciales en Brasil que dieron el triunfo a Fernando Henrique Cardoso.

05 Octubre 1994

Buen augurio para Brasil

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Aún no hay resultados oficiales de las elecciones en Brasil del lunes pasado. Pero todos los datos indican que el socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso ha obtenido una victoria aplastante, doblando con toda probabilidad los votos de su principal contrincante, el líder del Partido de los Trabajadores Luiz Inacio da Silva, Lula, y superandocómodamente la mayoría absoluta. Es en sí significativo que la carrera hacia la presidencia de este gran país que es la República de Brasil se haya dirimido entre dos líderes de la izquierda. Ha salido vencedor el pragmático y moderado, el reformista Cardoso, frente al carismático líder obrero Lula, más ligado a una tradición de marxismo radical. El enfrentamiento verbal durante la campaña ha sido duro, pero ambos han hecho gala de un respeto mutuo que los dignifica.Cardoso ha presentado al electorado un programa típicamente socialdemócrata, adaptado a las condiciones de América Latina y de Brasil. Se ha comprometido a modernizar las estructuras políticas y económicas del país, insistiendo en que Brasil no es tanto un país subdesarrollado como un país tremendamente injusto. Por eso ha dicho que su principal objetivo debe ser «la abolición de la miseria y de la brutal concentración de renta». Dentro de las numerosas posibilidades que se ofrecen para el futuro político de Brasil, un país gigantesco de 150 millones de habitantes, no cabe situar como algo imposible que Cardoso y Lula puedan ponerse de acuerdo en determinadas cuestiones políticas y cooperar para superar algunos de los grandes retos para el desarrollo del país. En el seno del Partido de los Trabajadores coexisten con el lenguaje revolucionario radical ciertas tendencias al reformismo que son bastante fuertes.

La trascendencia de estas elecciones -en las que el pueblo ha elegido a cerca de dos mil cargos públicos, desde el presidente de la República a los Parlamentos de los 27 Estados que constituyen Brasil- estriba en que pone fin a décadas de golpes y Gobiernos militares y a la etapa de caos y corrupción que vivió bajo el anterior presidente electo, Collor de Melo. En 1989, Lula ya había optado a la victoria en la elección presidencial. Entonces fue derrotado por un político que tras una imagen atractiva y muy telegénica que ilusionó al electorado demostró albergar pocos escrúpulos. Pero una vez logrado el cargo, su grado de corrupción y escándalos superaron el límite de la tolerancia popular. Una ola de protestas populares, en nombre de la moralidad y rompiendo barreras entre, los partidos, impuso la destitución de Collor de Melo, actualmente procesado, y una renovación política que ha llevado a las actuales elecciones. Brasil ha vivido una sacudida en la moral y el talante de la sociedad que desborda con mucho a la política. Se ha convertido en fuente de optimismo para todos los demócratas de América, y no sólo de América, en momentos en que sobran motivos de pesimismo y desesperanza.

La victoria de Cardoso se asienta en un balance de éxitos económicos -como antiguo ministro de Hacienda- que nadie que haya visto de cerca la experiencia brasileña pone en duda. El establecimiento de una nueva moneda, el real, en un país de inflación tradicionalmente desbocada, ha sido un éxito que todas las amas de casa han percibido al ir a la compra. En junio, la inflación mensual alcanzaba casi el 50%. Se. redujo al 7% en julio y agosto, y en septiembre estaba en torno al 1%. Esto explica que Cardoso haya logrado cautivar a segmentos muy diversos del electorado. Ha obtenido muchos votos de los sectores más pobres, ilusionados con una mejoría tan perceptible como es la consolidación de la moneda. Y las clases más pudientes no tenían otra alternativa para frenar a Lula. Con, el capital político que cosechó el domingo, Cardoso tiene ahora la autoridad para acometer los muchos obstáculos en el, camino hacia un Brasil no sólo más desarrollado, sino ante todo más justo.

05 Octubre 1994

Brasil sale del túnel

ABC (Director: Luis María Anson)

Fernando Henrique Cardoso será el trigésimo cuarto presidente de Brasil. En marzo pasado rompió el cascarón de su candidatura con menos del 20 por 100 de la intención del voto. A las elecciones llegó en olor de multitud. Y todo indica que treinta y seis de los noventa y cuatro millones de votantes le han endosado su confianza. La fórmula de esta hazaña es muy simple: Cardoso se batió contra el dragón de la inflación, que llegó al 46 por 100 sólo en el mes de junio, y salió triunfante. Inventó el Real, una nueva unidad paritaria con el dólar, disciplinó todo lo que pudo el gasto público y la recaudación fiscal, y demostró, al revés que Fujimori, que la democracia no tiene por qué ser la tierra baldía donde impere el desorden y abunden las cifras rojas. La inflación de septiembre ha sido de 1,6 por 100 y, aunque se teme un ligero rebrote para octubre, nadie puede negar que el camino elegido es el correcto. A Cardoso lo catapultó el éxito. A Lula lo hundió la demagogia. Libre del ominoso recuerdo de Collor, Brasil sale del túnel.

31 Julio 1995

Brasil afronta sus crímenes de Estado

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LA DECISIÓN que ha adoptado el nuevo presidente de Brasil, Henrique Cardoso, de reconocer en nombre del Estado los crímenes que sus agentes cometieron durante el periodo dictatorial de 1964 a 1985 tiene un valor ejemplar para otros casos semejantes. Son 21 años durante los cuales no hubo en Brasil ni libertades democráticas ni respeto a los derechos humanos. Es más, durante ese periodo, al menos 136 personas, principalmente militantes de los partidos de izquierda y defensores de los derechos humanos, fueron asesinados por funcionarios públicos.En la decisión del presidente Cardoso aparecen tres puntos muy positivos: primero, se hace público el hecho monstruoso de que el Estado brasileño cometiera esos crímenes por su propia responsabilidad; segundo, las familias de los 136, asesinados recibirán una indemnización de entre 12 y 19 millones de pesetas; y tercero, se ha establecido que cada familia recibirá un certificado oficial reconociendo el crimen del que han sido víctimas sus esposos, hijos u otros de sus miembros.

Con estas medidas, la sociedad brasileña y la opinión pública internacional tienen un reconocimiento oficial de que ha sido el Estado brasileño el culpable de esos crímenes. No cabe duda de que han sido los militares, y en algún caso la policía, los culpables personales. Por ello, resulta rechazable que el Estado se haya quedado a mitad de camino y se niegue a dar testimonio, ante los familiares, del lugar y, de las condiciones en que tuvo lugar el crimen.

La razón invocada por el presidente es que existe una ley de amnistía del año 1979 en virtud de la cual se prohíbe todo posible juicio contra los culpables de haber cometido crímenes presumiblemente en defensa del Estado. Si se facilitara a las familias datos sobre las circunstancias del asesinato de sus familiares, ello les permitiría realizar averiguaciones sobre los presuntos culpables. Por lo tanto, la solución adoptada es la de un silencio total sobre las circunstancias concretas que rodearon los asesinatos.

Este primer paso dado por el presidente Cardoso, positivamente acogido por los familiares de las víctimas, dará lugar probablemente, al menos en ciertos casos, a nuevas gestiones para un esclarecimiento más completo de lo ocurrido. En primer lugar, la cifra misma de 136 asesinados no es completa. Varios miembros de la propia Comisión de Derechos Humanos constituida en el Congreso brasileño ya han anunciado que será preciso incorporar a la lista un número importante de víctimas que no figuran en ella.

Por otra parte, aunque se acepte en principio la vigencia de la amnistía de 1979, lo más probable es que surjan casos específicos que las familias quieran conocer. El hecho en sí de que el Estado haya reconocido que es culpable de 136 asesinatos, una cifra aterradora, exigirá del propio Estado que no deje en el aire ese crimen colectivo, sino que responda con las precauciones que juzgue necesarias a las demandas de muchas familias deseosas de recibir una información más completa.

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