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Elecciones EEUU 2020 – John Biden gana por la mínima al presidente Donald Trump entre acusaciones de fraude

HECHOS

En noviembre de 2020 se celebraron elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América.

08 Noviembre 2020

Cambio de era

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

Los partidarios de las democracias liberales, de los valores de la tolerancia, del progreso social y de los derechos individuales, de las sociedades abiertas y el respeto a las minorías, del conocimiento científico y el amor a la cultura pueden celebrar —en Estados Unidos y allá donde estén— la derrota de una de las grandes amenazas a sus ideas desde que se afianzaron en Occidente como modelo de referencia tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. La victoria del candidato demócrata, Joe Biden, en las presidenciales de EE UU, la mayor potencia mundial, frena el paso al nacionalpopulismo. Biden no es un candidato perfecto o inspirador. Pero representa el regreso a la Casa Blanca de la moderación, el respeto a los principios y a las instituciones democráticas, así como la vuelta al diálogo y al multilateralismo en la escena internacional. Su éxito es un cambio de era para su país y para Occidente.

El camino que afronta Biden —exvicepresidente de Barack Obama— será tortuoso, repleto de peligros, con un Donald Trump que amenaza con no reconocer el resultado e insiste en insidias de regusto antidemocrático, amenazas de recuentos y múltiples demandas judiciales. Todo ello, con una sociedad tensa y dividida de trasfondo. En estas horas trascendentales, la actitud del mandatario saliente muestra rasgos peligrosos para la estabilidad del país. El candidato perdedor tiene derecho a presentar recursos judiciales contra el escrutinio; no lo tiene a minar la fe en la democracia sin argumentos. Varias cadenas de televisión llegaron esta semana a cortar la difusión de un discurso repleto de mentiras que trataba de socavar sin prueba alguna la confianza ciudadana en las instituciones, un gesto que ilustra la gravedad de la insidia trumpista. Trump no dudó desde el primer momento en enfangar el proceso electoral y sobreponer su interés partidista al de la nación. Al contrario, acertadamente, Biden se ha referido desde la noche electoral a la necesidad de unir a un país peligrosamente fracturado, entre otras cosas, por conflictos raciales. Es un paso lógico en la dirección correcta para afrontar el más urgente reto de la nueva era: gobernar para una nación partida en dos.

Contará Biden para ello con la ayuda de su compañera de candidatura, Kamala Harris, una mujer negra, pragmática, de perfil moderado, que fue fiscal general de California, que se define a sí misma como “solucionadora de problemas” y que será la primera vicepresidenta del país: otro logro que celebrar. Las líneas de fractura raciales, territoriales y sociales que siguen existiendo, junto al descontento de fondo que late en el gran respaldo obtenido por Trump, exigirá de Biden y Harris no solo políticas activas encaminadas a restañar las heridas, sino una retórica conciliadora, radicalmente opuesta a la de quien ha avivado durante años el fuego de la ira. Hay que ser conscientes de que la derrota no hará desaparecer el trumpismo de la noche a la mañana. En esta tarea, resulta necesario que el Partido Republicano se desmarque de la línea radical del magnate y contribuya a la ardua tarea de apaciguar los ánimos de una sociedad rota, recuperando los valores que lo hicieron grande en el pasado. Es posible que los republicanos retengan su mayoría en el Senado, y el Tribunal Supremo tiene una composición con fuerte mayoría conservadora, lo que hace especialmente esencial un espíritu colaborativo.

La Administración de Biden tendrá más fácil cambiar el rumbo de una potencia que en el plano internacional ha dado la espalda a sus aliados tradicionales, mientras su hasta ahora líder establecía vínculos personales con autócratas como Putin, Erdogan o Kim Jong-un. Cabe esperar un giro significativo con la vuelta al multilateralismo, el apoyo a instituciones internacionales, dotando también de un renovado vigor a pactos como el Acuerdo de París por la lucha contra el cambio climático o el pacto nuclear con Irán. En esa senda, la Unión Europea halla en la Casa Blanca de Biden el mejor aliado para afrontar asuntos clave de la agenda global. Europa volverá a contar con un socio fiable y asentado en valores compartidos. Aún así, hará bien en no sobrevalorar sus expectativas y en reforzar su autonomía estratégica. Como quedó claro estos cuatro años, no se puede dar nada por sentado.

En cualquier caso, la victoria de Biden representa una nueva oportunidad para que los moderados de Occidente —sean progresistas o conservadores— ofrezcan soluciones eficaces a los legítimos anhelos e inquietudes de tantos ciudadanos que se han visto defraudados por la gestión de sus dirigentes en las últimas décadas, y que decidieron optar por propuestas radicales, nacionalistas y populistas. Muchos se han sentido abandonados por una globalización que ha sacado de la pobreza a cientos de millones en otras partes del mundo, pero que ha causado graves daños en Occidente. Este fenómeno ha alimentado una decepción y una pérdida de fe que minan nuestras democracias. De ahí han brotado el Brexit, la fuerza de Matteo Salvini y otras experiencias políticas radicales. Hoy empieza una nueva era con un cambio profundo en la mayor potencia global. No debe desaprovecharse.

08 Noviembre 2020

Biden ante una nación dividida

LA RAZÓN (Director: Francisco Marhuenda)

Joe Biden es ya presidente electo de los Estados Unidos al conseguir los últimos votos que necesita, los 20 electores de Pensilvania, y que hace irreversible su camino a la Casa Blanca. De nada sirve ya la suicida estrategia de Donald Trump de acusar de fraude electoral, aunque pueda continuar su ofensiva judicial, por encima incluso de mal que que está causando a los propios republicanos. Medios afines, como «The Wall Street Journal» y la cadena Fox, pedían a Trump que reconociese la victoria del candidato demócrata y no perjudicase a la vieja democracia americana. Efectivamente, Trump ha perdido las elecciones, pero no como esperaban sus adversarios, ni como auguraban las encuestas, ni esa poderosa alianza de intereses que va de las grandes empresas tecnológicas a la acomodada clase política de Washington y la mayoría de los medios de comunicación nacionales. La pregunta es si el trumpismo sale derrotado después de esta cruenta batalla que han sido estos últimos cuatro años de mandato culminados con unas elecciones traumáticas en las que por primera vez una candidato ha puesto en duda su validez. Ninguna universidad, ningún «think tank», tenía previsto un discurso como el de Trump, capaz de combinar una zafiedad nunca vista con conseguir más de 70 millones de votos, un récord que ahora es patrimonio de los republicanos, o no. Ya se verá si el trumpismo es sólo un estilo indisociable del modelo original, o es la nueva forma política del populismo conservador basado en el frentismo.

La duda es saber si la sociedad norteamericana puede soportar por más tiempo sin quebrarse ese choque entre republicanos y demócratas. Un dato que no debería menospreciarse es que esa política histriónica, esa descalificación sangrante del adversario, pero también esa defensa autárquica del «America first», ha sacado de las catacumbas del sistema a muchos votantes que antes se habrían quedado en sus casas. Por lo que sea, y aunque resulte incomprensible desde esta orilla del Atlántico, hay una parte de la sociedad norteamericana que se ve representa por un multimillonario soez y con demostraciones y de una egolatría patética. Es posible que el mayor enemigo de Trump haya sido él mismo. Todo fue bien hasta que su caudillista soberbia topó con un problema como la epidemia del coranivus ante la que respondió con desprecio e irresponsabilidad, sacrificando el resto de su mandato. Ahora será el momento de Biden, que es justamente lo contrario que representaba Trump, el «establishment» político, y no tenga más tarea que coser el destrozo institucional causado por estas elecciones, volver a los consensos que han constituido a esta gran nación, pero partiendo de un hecho innegable: estas elecciones han demostrado que hay también otros Estados Unidos al que no se puede dar la espalda.

07 Noviembre 2020

Biden, el triunfo de la moderación política

EL MUNDO (Director: Francisco Rosell)

EL PUEBLO estadounidense se ha sentido siempre orgulloso del sistema político diseñado por los padres fundadores asentado en valores como la moderación, el consenso y el pacto que han garantizado el vigor de la democracia liberal en EEUU así como su irradiación al resto del mundo. Y, en un momento de tanta polarización, es desde luego alentadora la victoria de Joe Biden, representante genuino de esa cultura política que tanto chirriaba con el paréntesis populista de Trump. Las apelaciones del presidente electo en su primer discurso tras la victoria a «dejar atrás la ira y la retórica estridente» y a que la nación vuelva «a unirse» resumen bien cuál es el primer reto, titánico, del demócrata, quien ya, durante las primarias de su partido, al imponerse al izquierdista radical Sanders, hizo revivir la ilusión de que la política estadounidense podía volver a ese gran espacio del centro en el que se reconoce la mayoría.

Ojalá tenga fuerzas suficientes Biden para afrontar un mandato que se antoja tan difícil, en el que acabar con la polarización y reanimar la economía son sus desafíos domésticos más urgentes. A Europa se le abre una gran oportunidad para restañar los lazos atlánticos. Y bueno sería que el espejo estadounidense sirva como acicate en tantos lugares, desgraciadamente España entre ellos, donde la política se ha escorado hacia extremos incompatibles con la libertad y la prosperidad.

09 Noviembre 2020

Huérfanos de Trump

Federico Jiménez Losantos

LA MITAD de América que ha votado por Trump y contra la campaña mediática más ruin que haya padecido ningún candidato republicano desde Ronald Reagan en 1980 está menos huérfana que los columnistas finos y los periodistas bastos en España. Si el padre Ángel no se hubiera pasado a Podemos le invitaría a hacer una oenegé para ayudarles en el invierno temático que les espera. Si con Donald Trump daban poco de sí, ¿qué harán sin Trump? Si tuviera derecho a que le asista la Ley, que no lo tiene, ganara sus recursos en tres estados y le diera la vuelta al resultado, respirarían aliviados. ¿Pero qué harán con Joe Biden? ¿Quemar la tienda de los Abascal?

Aun así, vale la pena recoger el escorial de relatos con ínfulas de epitafio de estos herodotos de secano. Leo que Trump ha destruido la democracia americana. Han debido de votar entre ruinas y sin garantías. Aseguran que ha elevado la conspiración a ideología. Pero ¿no conspiraron los jefes de las tres grandes cadenas televisivas en abierto para cortar la señal a la vez cuando Trump denunció irregularidades en el voto por correo? Si no, hubiera sido imposible hacerlo y a la vez. ¿No confirmaron así lo que Trump siempre ha denunciado, que hay un periodismo para el que vale todo y que en estas elecciones él no luchaba contra el Partido Demócrata, ayer del Sur del KKK hoy del Norte de BLM, sino contra los imperios mediáticos, los billonarios dueños de las redes y esa industria del entretenimiento que, con la presunción de inocencia, destrozó el Estado de derecho con el #metoo?

Cualquiera de los que censuraron en televisión o en Twitter tiene más dinero que Trump, pero el periodismo huerfanito nos vendía una conjura de millonarios y basura blanca contra las minorías raciales. Resulta que en todas las minorías ha subido el voto republicano y baja en los hombres blancos. Ni caso.

Dicen que el Washington Post lleva contadas 22.000 mentiras de Trump. Las del New York Times desde que negó que Lenin hubiera asesinado a la familia del Zar hasta el golpe de Cataluña, serán millones. Ha ganado la democracia, dicen, con Biden, apoyado por China, Cuba o Venezuela. Una derrota del machismo, añaden, pero tapan los videos de Biden sobando a niñas de 11 años en público, para que nadie imagine lo privado. Se taparon sus negocios en Ucrania, por una buena razón. Ahora, sin esa razón, ¿qué harán los huérfanos de Trump? ¡A por Vox!

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