12 agosto 1994

Los comicios estuvieron marcados por la ausiencia de Luis Donaldo Colosio, el candidato oficial del PRI asesinado fulminantemente antes del inicio de la campaña electoral

Elecciones México 1994 – Ernesto Zedillo logra prolongar un mandato más para el régimen del PRI derrotando a PAN y PRD

Elecciones México 1994 – Ernesto Zedillo logra prolongar un mandato más para el régimen del PRI derrotando a PAN y PRD

Hechos

Ek 21.08.1994 Ernesto Zedillo, candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI) fue proclamado ganador de las elecciones presidenciales de México.

Lecturas

LOS CANDIDATOS DERROTADOS

cevallos_pan El derechista Fernández de Cevallos ha logrado que el PAN recupere la segunda posición que había perdido en las elecciones de 1988.

CuauhtemocCardenas Cárdenas, cuyos partidarios siguen pensando que fue el ganador real de las elecciones de 1988, no obstante en estas elecciones ha quedado muy por detrás.

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Cinco meses después del asesinato de Luis Donaldo Colosio Murrieta, México acude a las urnas para decidir quién sucederá a Carlos Salinas de Gortari y gobernará el país hasta el año 2000. Las elecciones se celebran después del año más traumático que ha conocido el régimen del Partido Revolucionario Institucional en décadas: el levantamiento zapatista de Chiapas el 1 de enero y el asesinato de Colosio el 23 de marzo han roto la imagen de estabilidad con la que el PRI pretendía presentarse ante el mundo después de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio. Su sustituto es Ernesto Zedillo Ponce de León, economista de 42 años, antiguo secretario de Programación y Presupuesto y de Educación Pública y, significativamente, coordinador de la campaña del propio Colosio. Zedillo carece del carisma de su antecesor y representa un perfil esencialmente técnico, estrechamente vinculado a las reformas económicas de Salinas. Su principal argumento termina siendo precisamente la continuidad y la estabilidad frente a un año dominado por la incertidumbre.

Frente a él aparecen dos oposiciones muy diferentes. Por la derecha, el Partido Acción Nacional presenta al abogado Diego Fernández de Cevallos Ramos, veterano opositor al PRI, formidable orador y diputado conocido como el «Jefe Diego». Fernández de Cevallos protagoniza la gran sorpresa de la campaña al imponerse claramente a sus adversarios en el histórico debate televisado del 12 de mayo, el primero entre candidatos presidenciales celebrado en México. Su agresividad dialéctica deja desdibujado a Zedillo y, especialmente, a Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, candidato del izquierdista Partido de la Revolución Democrática. Cárdenas llega cargando con el enorme capital político de 1988: hijo del expresidente Lázaro Cárdenas del Río, antiguo gobernador priista de Michoacán y dirigente de la escisión izquierdista del PRI, seis años antes había encabezado el Frente Democrático Nacional y obtenido oficialmente un 31% frente a Carlos Salinas en unas elecciones cuya limpieza quedó severamente cuestionada por la célebre «caída del sistema». Ahora dispone además de un partido propio, el PRD. Pero su campaña resulta mucho menos eficaz: su actuación televisiva es ampliamente considerada deficiente y Fernández de Cevallos consigue arrebatarle la condición de principal alternativa al PRI.

El resultado confirma al PRI pero transforma a la oposición. Según la estadística electoral del Instituto Federal Electoral, Zedillo obtiene 17.181.651 votos, el 48,69% del total emitido; Fernández de Cevallos, 9.146.841, el 25,92%; y Cárdenas, 5.852.134, el 16,59%. Muy por detrás quedan Cecilia Soto González, del Partido del Trabajo, con 970.121 votos (2,75%); Jorge González Torres, del Partido Verde Ecologista, con 327.313 (0,93%); Rafael Aguilar Talamantes, del Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, con 297.901 (0,84%); Álvaro Pérez Treviño, del PARM, con 192.795 (0,55%); Marcela Lombardo Otero, del PPS, con 166.594 (0,47%), y Pablo Emilio Madero Belden, de UNO-PDM, con 97.935 (0,28%). La participación es extraordinariamente elevada: alrededor del 77%. Dependiendo de si se calcula sobre todos los sufragios o únicamente sobre los válidos, Zedillo aparece con el 48,69% o ligeramente por encima del 50%.

El PRI conserva así la Presidencia por otro sexenio, pero el sistema político mexicano ya no es exactamente el de elecciones anteriores. Las reformas electorales habían incrementado las garantías y en 1994 hubo observadores nacionales y extranjeros acreditados; además, por primera vez decenas de millones de mexicanos habían podido contemplar a los tres principales candidatos enfrentándose en televisión. Eso no eliminaba las enormes ventajas acumuladas por el partido gobernante ni las críticas sobre acceso a medios, recursos y estructura estatal. El problema de México seguía siendo que seis décadas de predominio priista hacían que incluso un resultado auténtico pudiera ser recibido con sospecha. Pero la gran discusión de 1994 ya no reproduce exactamente la de 1988: la victoria de Zedillo resulta mucho menos controvertida que la de Salinas seis años antes; la cuestión pasa a ser hasta qué punto la competición se había desarrollado en condiciones realmente equitativas.

Fernando Orgambides

23 Agosto 1994

Un destino impulsado por el asesinato de Colosio

Fernando Orgambides

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Ernesto Zedillo Ponce de León es ya prácticamente el nuevo presidente de México. Tendrá que aguardar unas horas para asegurarse numéricamente el triunfo, pero fundamentalmente su espera durará hasta el 1 de diciembre, día en que recibirá la banda presidencial y casi automáticamente su retrato será elevado a todos los centros oficiales de la República, desde Chiapas a Baja California. Con él, México entrará en el siglo XXI, dado que los periodos presidenciales de este país latinoamericano son sexenales.Zedillo representa el salinismo y, por ende, una continuidad del México en modernización, especialmente en lo económico y ya con el Tratado de Libre Comercio (TLC) de América del Norte como pieza maestra. Formado en las universidades de Yale (EE UU) y Brafford (Reino Unido), este joven economista de 42 años ha conseguido con esta elección darle una nueva inyección de oxígeno al viejo Partido Revolucionario Institucional (PRI), la deteriorada fuerza política de la que prácticamente ha dependido este país en este siglo. «Yo nací casi priista y moriré priista», le comentaba Zedillo el domingo a este corresponsal en una charla informal en su despacho.

Fue el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el primer candidato del PRI a estas elecciones, la circunstancia que le permitió a Zedillo llegar adonde ha llegado. Amigos personales e integrantes de la misma familia política dentro del PRI -la que crea y desarrolla desde posiciones centristas y con un grupo de tecnócratas el todavía presidente Carlos Salínas de Gortan- este joven economista fue su jefe de campaña, su gran confidente y su gran amigo hasta el mismo día de su muerte.

En el mes de noviembre, horas después del destape de Colosio, los especuladores y futuristas mexicanos ya hablaban de Zedillo como el candidato a partir del año 2000. Pero no fue así y su destino se adelantó seis años. Casado con Nilda Patricia Velasco, una mujer que le ha ido empujando durante esta corta campaña de cinco meses a creerse que podría ser el próximo presidente mexicano, es padre de cinco hijos, cuatro varones y una hembra.

Zedillo formó parte de la lista de políticos que desde hace dos o tres años se barajaban como presidenciables mexicanos. Amigo personal de José Córdoba Montoya, un economista francés que se integró en este grupo de tecnócratas cuando muchos de ellos estudiaban en Estados Unidos, el nombre de Zedillo fue lanzado por aquel por todos los rincones de fuera y dentro de la República. Pero no pasó de los cuartos de final, lo que no le provocó rabieta alguna ni celos de su amigo Colosio, como ocurriera después con Manuel Camacho, el gran perdedor de la batalla presidencial mexicana.

El futuro presidente de México es un hombre que pertenece al PRI desde 1971, cuando contaba sólo 20 años. No es que fuera un político convencido con la ideología priista, pero en aquellos tiempos ese partido todavía tenía que ver algo con la herencia de la Revolución mexicana y era el único trampolín que existía en el país para poder hacer política. Lo suyo, en cambio, era la economía y su carrera está vinculada al Banco de México, que fue el que le brindó una beca para estudiar en el extranjero.Hijo de un electricista, Zedillo tiene un origen modesto. Cuando era aún muy joven, su familia se vio obligada a emigrar de la Ciudad de México, donde nació él y algunos de sus hermanos, al norte de la República, concretamente en Baja California. No sólo acudió a escuelas públicas, sino que tuvo que ayudarse económicamente para sufragar su vida de estudiante con oficios tan populares en México como el de limpiabotas.

A Zedillo lo han acusado durante la campaña de candidato débil. También ocurrió con Salinas, aunque tuvo una campaña electoral completa. Hoy, cuando ya se perfila como el nuevo presidente del país, ya le empiezan a ver de otra forma en México. Con el paréntesis de su campaña electoral y el tiempo en que colaboró con el candidato Colosio, Zedillo fue también un hombre clave en el Gobierno de Salinas. Fue precisamente quien le sustituyó en 1988 al frente de la Secretaría [Ministerio] de Programación y Presupuesto, donde ya ejerció otros cargos en el sexenio anterior. Salinas lo nombró en 1992 secretario [ministro] de Educación, lo que le permitió liderar desde este departamento una de las mayores reformas que se han hecho en el sector en los últimos tiempos: su descentralización en beneficio de los diferentes Estados del país.

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

23 Agosto 1994

México cambiante

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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MÉXICO HA votado y todos los resultados iniciales indican que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha salido de nuevo victorioso, esta vez con su candidato presidencial, Ernesto Zedillo, que sustituyó al asesinado Luis Donaldo Colosio. Con el 47% de los votos, las primeras estimaciones daban una ventaja ya insuperable a Zedillo sobre el candidato de la derecha tradicional del Partido de Acción Nacional, Diego Fernández de Cevallos, con el 31%, y sobre el 15% de Cuauhtémoc Cárdenas, del izquierdista Partido de la Revolución Democrática.Ha ganado el partido de siempre, el que lleva más de seis décadas gobernando México. Y lo hace entre denuncias de fraude de la oposición, como ha sucedido también siempre. Y, sin embargo, estas elecciones han sido muy distintas a todas las anteriores en este gran país y sus consecuencias deben serlo también. Muchas denuncias de irregularidades serán probablemente ciertas. Pero todos los observadores coincidían ayer en que éstas no han cambiado significativamente el resultado y en que estos comicios han sido los más limpios de la historia de México. Esto no es decir mucho, dirán los escépticos. Pero no podrán negar que es un paso considerable en el sentido correcto.

Muy mal haría el PRI si, acostumbrado su aparato a actuar con impunidad, privilegios, falta de control y corrupción, creyera que puede seguir indefinidamente con estas prácticas. Zedillo, al que muchos tachan de burócrata muy lejano del carisma de Colosio, asegura que quiere formar un Gobierno plural en el que tengan sitio personalidades no comprometidas con el aparato. Será, en todo caso, una buena señal que quizá ponga en marcha la profunda enmienda necesaria en los hábitos de este partido.

Pero esto no deberá ser sino el principio de las reformas ímprescindibles para preparar a México en una carrera hacia el siglo XXI que deberá acometer con las profundas contradicciones y los problemas que aquejan al país. No debe caer Zedillo en la tentación de establecer un Gobierno tecnócrata que se dedique a gestionar la riqueza de unos pocos y la miseria de muchos millones.

El primer día de este año, cuando entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre México, Estados Unidos y Canadá, la revuelta campesina e indigenista de Chiapas demostraba al Gobierno del presidente Salinas y al mundo entero que las contradicciones sociales acaban estallando cuando son ignoradas con obcecación. No se puede jugar indefinidamente a país rico cuando más de 40 millones de sus habitantes; cerca de la mitad de la población, viven en insultante pobreza. Salinas supo reaccionar al aviso imponiendo unas medidas de control para estas elecciones que evitaran que el vencedor se viera debilitado desde un principio por las dudas sobre su legitimidad, como le sucedió a él en 1988.

Ahora, Zedillo deberá dar a México un Gobierno que sepa dirigir el país sin la arrogancia acostumbrada y con la voluntad y decisión necesarias para crear una cohesión social imprescindible y devolver a los mexicanos una confianza en la democracia minada por años de abusos y engaños. Y la oposición contará con un Partido de Acción Nacional que, con Fernández de Cevallos como candidato, ha hecho una. brillante campaña y se perfila ya como una alternativa al PRI para futuras legislaturas. Sus llamamientos a un reforzamiento de las instituciones de la democracia cuentan sin duda con un gran apoyo en la población mexicana, y el nuevo presidente hará bien en encabezar este proceso.

Para ello tendrá, sin duda, que arriesgarse a un pulso con fuerzas de su partido que intentarán impedir todos estos cambios que amenacen sus intereses caciquiles. Pero es de esperar que el nuevo presidente haya entendido que dichos intereses de miembros de su partido amenazan directamente a las aspiraciones de modernidad y desarrollo de México. Y que si no dirige él esta batalla es muy posible que lo hagan otros por vías no institucionales.

El gran perdedor de las elecciones es el líder del PRD, Cárdenas. Éste se había proclamado, ya antes de las elecciones, como seguro vencedor o víctima de un fraude. No parece muy ecuánime esta postura de anunciar que la única garantía de limpieza es la victoria propia. Cárdenas ya había sido víctima de irregularidades -según todos los indicios, mucho más masivas- en las elecciones de 1988. Ayer convocó movilizaciones contra los resultados. Es de esperar que sean pacíficas. Cárdenas tiene, pese a todo, motivos de satisfacción. Muchos de los cambios en marcha se deben a su pundonor y a sus denuncias. Y el reto de hacer de México un país más justo, más libre, más moderno es de todos, y todos deben asumirlo.

El Análisis

EL PRI GANA; LA OPOSICIÓN CAMBIA DE LÍDER

JF Lamata

Seis años después de las elecciones de la «caída del sistema», el PRI vuelve a ganar y lo hace con un porcentaje sorprendentemente parecido: Carlos Salinas de Gortari recibió oficialmente alrededor del 49% de los votos emitidos en 1988 y Ernesto Zedillo Ponce de León obtiene ahora el 48,69%. La diferencia fundamental está enfrente. En 1988 Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano reunió oficialmente alrededor del 31% y relegó al panista Manuel de Jesús Clouthier del Rincón a aproximadamente el 17%; seis años después las posiciones prácticamente se invierten: Diego Fernández de Cevallos Ramos lleva al PAN al 25,92% mientras Cárdenas cae al 16,59%. El PAN ha acertado escogiendo un candidato capaz de aprovechar una herramienta completamente nueva en la política mexicana: la televisión como escenario de confrontación directa. Fernández de Cevallos convirtió el debate del 12 de mayo en su gran momento electoral y consiguió presentarse como una alternativa opositora que no necesitaba proceder del viejo PRI. Su error pudo estar precisamente después de aquel triunfo: cuando había adquirido una inesperada centralidad, redujo durante un periodo su actividad pública y no consiguió transformar el espectacular impulso del debate en una amenaza suficiente para Zedillo. Cárdenas cometió el error inverso. El prestigio opositor de 1988 y la denuncia del régimen podían conservar a sus convencidos, pero ya no bastaban ante una elección en la que los mexicanos pudieron comparar directamente a los candidatos. Su deficiente debate resultó especialmente costoso: quien seis años antes personificaba prácticamente por sí solo la alternativa al PRI termina ahora tercero.

Y ésa puede ser la noticia política más profunda de estas elecciones, además de la victoria de Zedillo. El régimen que Mario Vargas Llosa bautizó como «la dictadura perfecta» continúa funcionando: México tiene Constitución, Congreso, elecciones y partidos de oposición, pero un mismo partido conserva la Presidencia que controla ininterrumpidamente desde 1929 y afronta cada elección con ventajas que sus adversarios denuncian como incompatibles con una competición plenamente equilibrada. Sin embargo, dentro de ese sistema algo se está moviendo. El PRI ha ganado otra vez, pero necesita unas elecciones más vigiladas, un debate con sus adversarios y una campaña auténticamente competitiva para conservar el poder. Zedillo ha conseguido transmitir estabilidad en el peor año posible para el PRI y Fernández de Cevallos ha conseguido que el PAN vuelva a ser la segunda fuerza nacional; el gran retroceso corresponde a Cárdenas, que pierde casi la mitad del porcentaje oficialmente obtenido seis años antes. Eso tampoco convierte retrospectivamente 1988 en unas elecciones limpias: sus resultados continúan marcados por graves controversias y denuncias de fraude. Pero sí demuestra algo sobre 1994: el PRI conserva prácticamente su suelo electoral mientras cambia por completo quién encabeza la oposición. El presidente vuelve a ser priista; el segundo partido de México vuelve a ser el PAN.

JF