23 julio 1992
Espectacular fuga de prisión del capo del narcotráfico en Colombia, Pablo Escobar, alcanzando así la fama mundial

Hechos
Fue noticia el 23 de julio de 1992.
Lecturas
Durante trece meses el Gobierno colombiano había podido presentar a Pablo Escobar como un narcotraficante sometido finalmente al Estado. El jefe del cartel de Medellín se había entregado el 19 de junio de 1991, después de años de terrorismo y enfrentamiento abierto con las autoridades, beneficiándose del nuevo marco constitucional que impedía la extradición de colombianos. Su encarcelamiento, sin embargo, era excepcional: cumplía su sometimiento en La Catedral, una prisión levantada en las montañas de Envigado en un terreno escogido con intervención de su propio entorno y en condiciones negociadas que le proporcionaban una autonomía extraordinaria. Allí permanecía junto a su hermano Roberto Escobar y varios de sus principales lugartenientes. La imagen oficial era que el Estado había conseguido sacar de la guerra al narcotraficante más poderoso del país; la realidad que fue emergiendo era bastante menos tranquilizadora: Escobar continuaba dirigiendo sus asuntos desde dentro y La Catedral se parecía cada vez menos a una cárcel que él controlaba y cada vez más a un cuartel general que el Estado vigilaba desde fuera.
La situación se hizo insostenible cuando las autoridades conocieron que los narcotraficantes Fernando Galeano y Gerardo Moncada, antiguos socios de Escobar, habían sido asesinados dentro de La Catedral. El Gobierno de César Gaviria decidió entonces quitarle el control efectivo del recinto, militarizarlo y trasladar a Escobar y sus hombres a una instalación bajo auténtica custodia estatal. El 21 de julio de 1992, tropas de la IV Brigada comenzaron a rodear la prisión mientras el viceministro de Justicia Eduardo Mendoza y el director general de Prisiones, coronel Hernando Navas Rubio, entraban en La Catedral para organizar la operación. La improvisación resultó desastrosa: los funcionarios terminaron en manos de Escobar, que comprendió que pretendían sacarlo de su particular fortaleza y los tomó como rehenes.
Durante aquellas horas el Gobierno tuvo ante sí una paradoja humillante: había desplegado centenares de soldados alrededor de una cárcel que teóricamente ya controlaba, pero el verdadero dueño de lo que ocurría dentro seguía siendo el preso. Escobar y sus hombres se negaron al traslado. Mientras las autoridades negociaban, reorganizaban el dispositivo y trataban de rescatar a los funcionarios, el narcotraficante preparó la salida. En la madrugada del 22 de julio, aproximadamente entre las dos y las cinco, Escobar, su hermano Roberto y nueve hombres atravesaron una zona posterior de la prisión —las reconstrucciones posteriores hablan de un muro de yeso especialmente débil— y descendieron a pie por la montaña, favorecidos por la oscuridad, la niebla y el conocimiento del terreno. Cuando las fuerzas de asalto terminaron ocupando La Catedral y liberaron a los funcionarios retenidos, encontraron a cinco miembros del grupo que no habían escapado. Pablo Escobar ya no estaba allí.
La cuestión de las complicidades resultó inevitable. Escobar difícilmente había podido convertir La Catedral en su dominio privado sin corrupción, intimidación y colaboradores entre quienes debían custodiarlo; reconstrucciones posteriores hablan expresamente de complicidad de guardias, militares y miembros de su aparato criminal. Pero sería excesivo presentar la fuga como una conspiración perfectamente esclarecida con una lista cerrada de funcionarios comprados. Lo que sí quedó inmediatamente acreditado fue un fracaso institucional de enormes dimensiones: una semana después habían sido apartados de sus puestos alrededor de cuarenta responsables civiles y militares relacionados con el operativo, incluido Mendoza.
El resultado era devastador para Gaviria. En junio de 1991 Colombia había anunciado al mundo que Escobar se había rendido; trece meses después tenía que admitir que el hombre al que había permitido cumplir condena en una prisión diseñada en condiciones extraordinarias había secuestrado a los funcionarios enviados para recuperar el control y se había marchado mientras centenares de soldados rodeaban el edificio. Escobar volvía exactamente al punto de partida: fugitivo y perseguido. Pero ahora llevaba consigo algo que no tenía antes de entrar en La Catedral: la imagen internacional del hombre que había conseguido entregarse al Estado en sus propias condiciones, construirse prácticamente su propia cárcel y abandonarla cuando el Estado intentó cambiar las reglas.
El Análisis
La fuga de Pablo Escobar constituye mucho más que un fracaso policial: es una catástrofe simbólica para el Estado colombiano. El Gobierno había dado enorme importancia a su entrega de 1991 porque necesitaba demostrar que la estrategia de sometimiento podía conseguir lo que años de bombas, asesinatos y persecuciones no habían logrado: sacar al jefe del cartel de Medellín de la clandestinidad y colocarlo detrás de unos barrotes. Ahora la fotografía se invierte. El preso ha tomado como rehenes a quienes pretendían trasladarlo y ha desaparecido de una prisión rodeada por el Ejército. Poco importa para la construcción del mito que la fuga haya sido posible gracias a errores, corrupción, improvisación o simplemente una cárcel concebida desde el principio de manera disparatada: la leyenda será mucho más sencilla que los hechos. Pablo Escobar se entregó cuando quiso, estuvo preso donde quiso y se fugó cuando quisieron trasladarlo. Para quienes ya lo contemplaban como un personaje capaz de desafiar al Estado, la humillación de La Catedral puede convertir definitivamente al narcotraficante en mito mundial: el criminal que parece tener más poder que el Gobierno que intenta encarcelarlo. Pero los mitos también pueden matar a quienes los protagonizan. Escobar ha perdido la protección física y jurídica de La Catedral, ha humillado personalmente al Gobierno de Gaviria y ha obligado al Estado colombiano a demostrar que todavía puede imponer su autoridad. La fuga que hoy engrandece su leyenda puede haber sido también el error que condene a Pablo Escobar a pasar el resto de su vida huyendo de ella.
JF
