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Las tertulias del programa 'Buenos Días' de RNE que conducía Herrera habían sido reiteradamente acusadas por el Partido Nacionalista Vasco (PNV) de ser "anti-vascas"

ETA intenta asesinar con una bomba oculta en una caja de puros a Carlos Herrera, locutor estrella de RADIO NACIONAL (RNE)

HECHOS

  • El 27.03.2000 funcionarios del Grupo de Técnicos en Desactivado de Explosivos (Tedax) desactivaron un paquete bomba dirigido por D. Carlos Herrera.

02 Abril 2000

Arzallus, salvado in extremis por la estrella de la radio

Pedro J. Ramírez

Pudo haber sido una muerte política horrible. Más de un cuarto de siglo de militancia democrática hecho jirones por el estallido de una caja de puros. Todo un currículum jalonado por los grandes debates constitucionales, importantes victorias en las urnas e inteligentes acuerdos a diestra y siniestra, convertido en trizas por la activación de un detonador a través de una célula fotoeléctrica. Xabier Arzalluz nunca agradecerá bastante a Carlos Herrera esa reticencia que en el último segundo le hizo desistir de rasgar el envoltorio del paquete-bomba que tenía entre las manos. Hubiera bastado un paso adelante más, un gesto final de campechana resolución y ¡plaf!, adiós aita, agur jaunak, good bye burukide supremo.

Carlos Herrera estaría ahora haciendo doblete con Antonio Herrero en las algodonadas mañanas del paraíso, pero el líder del PNV habría pasado a la Historia como el inductor del asesinato de un periodista de enorme popularidad. Un ocaso terrible, sobre todo si tenemos en cuenta -y de eso no me cabe duda alguna- que Xabier Arzalluz nunca ha deseado que Carlos Herrera o cualquier otro de nosotros fuéramos asesinados. Pero la responsabilidad hubiera sido suya -será inequívocamente suya si alguna vez sucede- en la medida en que se presta a formar parte del macabro silogismo enunciado en nombre de ETA por su delegado político Arnaldo Otegi.

Siendo las premisas que «los medios de comunicación no son neutrales» y que «ETA existe» como un vengativo Dios de los Ejércitos; siendo el corolario que «ETA se cree en disposición de condicionar a los medios» asesinando periodistas, la cuestión clave es quién señala a las víctimas. Cuando se ha tratado de policías, guardias civiles o militares, a las víctimas las señalaba su uniforme; cuando se ha tratado de dirigentes o militantes del PP o del PSOE, era su carné de afiliado o su cargo público; cuando los elegidos eran supuestos narcotraficantes, las denuncias de asociaciones de vecinos u otros colectivos ponían las cruces sobre la frente de los reos; en el caso de los periodistas la infame tarea de repartir estigmas está siendo asumida por el PNV.

¡Claro que los burócratas nazis que colocaban las estrellas amarillas sobre la ropa de calle de los judíos no pueden ser técnicamente acusados de su posterior deportación y exterminio en las cámaras de gas! Pero su culpabilidad ante la Historia es tan flagrante que desde el cubo de la basura al que les ha arrojado la conciencia universal sólo son capaces de balbucear que ellos no sabían lo que estaba sucediendo. La única diferencia es que si siguen por su actual camino a Arzalluz y los suyos ni siquiera les quedará la coartada de la ignorancia.

Como Antonio dice de Bruto y Casio en el elogio fúnebre de César, vaya por delante que pienso que Arzalluz «es un hombre honrado», que Egibar «es un hombre honrado», que Anasagasti -cómo no- «es un hombre honrado», incluso que Javier Atutxa «es un hombre honrado». Pero son estos hombres honrados quienes día tras día van señalando el camino que recorrerán los puñales destinados a partir el corazón de algunos de los mejores ciudadanos de Roma. Como ayer nos recordaba con precisión hemerográfica Isabel San Sebastián, ellos no se andan por las ramas del debate aristotélico. Ellos acusan a los periodistas que les incomodan -a Carlos Herrera entre ellos- ni más ni menos que de «insultar, vejar y linchar… al pueblo vasco». Y lo hacen desde la campanuda solemnidad de sus documentos oficiales.

¿De qué pueden sorprenderse entonces? ¿Qué imprevisión pueden alegar ante el automático funcionamiento del resorte de todos conocido? Para el brazo armado de sus aliados políticos -el ángel exterminador que cuando de noche recorre espada en mano la ciudad siempre respeta las moradas de los elegidos por Sabino- los pesos y medidas están claros: si has «insultado al pueblo vasco» te quemamos la casa con tus hijos dentro; si has «vejado al pueblo vasco» te reventamos las manos, las tripas y los testículos con una caja de dinamita; si has «linchado al pueblo vasco» te pondremos un coche-bomba al lado de casa o camino del trabajo para que lo único que quede de ti y de quien te acompañe sean restos descuartizados esparcidos por cientos de metros a la redonda.

Esto es lo que Arzalluz y los suyos legitiman al no abandonar el Pacto de Estella: un espacio en el que descuartizar a seres humanos y esparcir sus restos por cientos de metros a la redonda no tiene otro coste político que unas medidas cosméticas ni mayor sanción social que la de los comunicados de condena para cubrir las apariencias; un territorio en el que el alucinógeno de la mitología «nacional» ofusca la vigencia no ya del imperio de la ley sino de las propias normas de la razón, dando poco menos que carta blanca al puñado de psicópatas que hubiera revuelto su cubata de celebración con las falanges sanguinolientas del dedo meñique de Carlos Herrera.

No es casual que el cerril equipo dirigente del PNV tenga crecientes dificultades con la totalidad de los medios de comunicación que no pagan o subyugan. Es Arzalluz y no Mayor Oreja quien está teniendo la insólita habilidad de poner de acuerdo a EL MUNDO y EL PAÍS, a la SER y la COPE, a TELECINCO y ANTENA 3, a ABC y EL PERIÓDICO, a LA RAZÓN y LA VANGUARDIA, al Grupo Correo y el Grupo Voz. El hecho de que el PNV tenga que mantener en el ámbito de la prensa escrita una antigualla como el «órgano del partido» y ejerza sobre ETB un control mucho más férreo que el de ningún otro gobierno sobre su televisión pública, es una patética muestra de la soledad en que le ha dejado su nueva estrategia y de la inseguridad que sienten sus rectores ante el contraste intelectual en una sociedad abierta.

Si tuvieran dos dedos de boina sobre la sesera de su infinita soberbia, Arzalluz y los suyos deberían atender las señales de alarma que se les encienden por doquier. Están las manifestaciones de dirigentes históricos como un José Angel Cuerda, un Emilio Guevara o un Mitxel Unzueta que advertía en un muy atinado artículo que si el nacionalismo vasco no se adapta a la «sociedad de redes» en la que Internet acabará con todo tipo de fronteras étnicas, lingüísticas o culturales, pronto quedará relegado a un fenómeno minoritario de tipo nostálgico y arraigo rural. Están los sucesos de Alava donde tanto en el plano institucional como en el ámbito socioeconómico de la Caja Vital se ha consolidado una mayoría alternativa que aleja a un segundo territorio histórico no ya de toda veleidad soberanista, sino de la propia idea de Euskalherria. Y están sobre todo los resultados del 12-M que ecuánimemente examinados no pueden sino preludiar una derrota nacionalista en unas próximas elecciones autonómicas a las que el PNV concurra con el lastre de su alianza con EH.

Pero en el caso de que la inteligencia política sea algo ya fuera de su alcance, Arzalluz debería reaccionar por un instinto básico de autoprotección. Está jugando a la ruleta rusa y no siempre va a tener tanta suerte como el pasado lunes. Que no le quepa la menor duda -ya que el espíritu de Ermua le provoca tantas pesadillas- que si los amigos de sus amigos hubieran mandado a Herrera, Carlos para el otro barrio, en cuestión de horas el cadáver insepulto por los siglos de los siglos habría sido el suyo.

Pedro J. Ramírez

09 Abril 2000

La burda mordaza

Xabier Arzallus

El pasado domingo, en una página completa del diario que dirige Pedro José Ramírez, conocido como Pedro Jota, lanzaba de nuevo contra mí la acusación de ‘inductor’ esta vez del asesinato frustrado, afortunadamente por medio de la caja de puros-bomba remitida por medio de Seur al periodista de Radio Nacional (RNE) Carlos Herrera.

El tal Pedro Jota lanza su artículo a tumba abierta: Javier Arzalluz nunca agradecerá bastante a Carlos Herrera esa reticencia que en el último segundo le hizo desistir de rasgar el envoltorio del paquete-bomba que tenía entre las manos. Hubiera bastado un paso adelante más, un gesto final de campechana resolución y ¡plaf!, adiós aita, agur jaunak, good bye burukide supremo. (…) Y concluye aconsejándome: «Debería reaccionar por un instito de autoprotección porque en cuestión de horas el cadáver insepulto por los siglos de los siglos habría sido el suyo’.

Y Mayor Oreja, propagador habitual de este tipo de informaciones y sugerencias apostilla: ‘El PNV y ETA se reparten las palabras y la pistolas, uno no se puede quejar de las críticas que recibe en los medios, porque se sabe que cuando se acusa de una manera, se está impulsando a aquellos que hacen de esas prácticas nazis, del terrorismo, su manera de estar presente en la sociedad, les anima’.

Lo que dice Mayor Oreja con su afirmación del ‘reparto de papeles’ es un grave delito de calumnia, aunque la calumnia, la manipulación y la mentira jalonan la estrategia política que este individuo va practicando respecto al nacionalismo. Es inútil querellarse, dada la situación de la Justicia española. Como escribía recientemente el juez Navarro citando a Sciascia: ‘El poder es siempre el gran delincuente impune’.

Y lo es muy especialmente, en España. Y aún creyendo a pies juntillas en la decendia del magistrado Siro García y el fiscal Santos, no puedo sustrarme a la morbosa curiosidad de seguir atentamente el cumplimiento de pensa de Galindo y compañía…!

Y volviendo a Pedro Jota, es para mí, asimismo, un delincuente. Una cosa es que no haya explotado el paquete-bomba. Pero el inductor sigue siendo inductor de un asesinato en grado de frustración. Y esto es lo que proclama el Sr. Ramírez a los cuatro vientos. El que añada su persuasión de que yo no deseo la muerte de Carlos Herrera, cosa que es cierta, no le exonera de la calificación pública y delictiva sobre mi persona. Aún para el caso de que hubiera un o unos neuvos atentados contra periodistas.

La intención de Mayor, de Pedro Jota y de tantos que nos ha vituperado desde hace tiempo por protestar contra la mentira, la manipulación o el insulto de tantos periodistas sectarios o mercenarios, está muy clara: amordazarnos. Que tengamos que aguantar sin chistar lo que les pete soltar sobre nosotros. Ellos, blandiendo la libertad de expresión, pueden arrojar sobre nosotros, con nombre y apellido o siglas, cualquier demasía. Si nosotros le contestamos personalizando la agresión, los ponemos en el punto de mira de ETA. Comi si ETA tuviera que informarse por el PNV sobre a quién atacar o a quién secuestrar. Como si tuvieran que enterarse por nosotros sobre los vómitos de Zarzalejos, las barbaridades de Dávila, de Unzueta o de Isabel S. Sebastián y de tanto mercenario o facha a quienes conoce cualquier ciudadano o cualquier ama de casa.

Radio Nacional de España (RNE) es, como es público y notorio, un medio público de difusión, dependiente del Gobierno español. Está sometido a la ley. Y los principios de veracidad, igualdad de trato y de respeto a las personas son especialmente exigibles, en su caso precisamente por su carácter público y dependencia de su gobierno ‘de centro’.

Al margen de que se cumplan o no dichos principios, que es mucho pedir, sus tertulianos son especialmente reiterativos y crueles con nosotros. En una de sus tertulias de enero, dirigidas por el tristemente famoso Carlos Herrera, un individuo llamado, si no me equivoco, Garmendia, leyó unos versos en los que a Mon. Setién y a mí nos llamó ‘hijos de puta’ y el nombrado conductor de la tertulia apostilló los versos con un ‘olé’.

Yo, por supuesto, ni lo oí ni reaccioné. Si tuviera que atender a todos los excesos verbales sobre mí persona no podría dedicarme a otra cosa. Aparte de que sé de qué va y quién o quiénes son los directores de orquesta que surten material y de fondos a todos ellos. Pero alguien reaccionó y el director de Radio Nacional de España (RNE) se excusó en una carta personal con el siguiente texto:

Profundamente disgustado y avergonzado por los inaceptables insultos que un colaborador de esta emisora dirigió a usted y a su Eminencia, el obispo Setién, el pasado martes, le trasladó mis más sinceras disculpas, al tiempo que le informo que, independientemente de las acciones disciplinarias que adoptaré, le he exigido a él y al presentador del programa, que pida perdón en antena.

Lamentablemente, ayer noche, falleció en accidente de automóvil el suegro de D. Carlos Herrera, motivo por el cual hoy no hace el programa y hasta mañana no podrá cumplir la orden que le he dado.

Estoy convencido de que no es el estilo de RNE, este tipo de expresiones insultantes, sólo atribuibles a la irresponsabilidad de algunos de sus colaboradores, que parecen no haber entendido cuáles son las elementales normas de comportamiento que deben presidir el trabajo en una emisora pública. Con mis sinceros respetos.

No creo que en RNE se nos haya vuelto a llamar ‘hijos de puta’, ni si Carlos Herrera se haya disculpado tras el funeral de su suegro, ni si han sido sancionados. Sólo sé que sus noticiarios siguen siendo manipulados y en sus tertulias se siguen cebando contra nosotros.

Pero tampoco es eso lo importante en medio de esa ‘Brunete Mediática’ de la que habla Anasagasti, o de la Nueva Prensa del Movimiento como yo la califico. La ofensiva está diseñaada, aumentará en intensidad en su empeño en sacar al PNV de cualquier área de poder. Estamos ante un auténtico 18 de julio sin cañones, porque ya no son presentables en Europa.

Sólo quiero decirles a nuestras gentes una cosa. Todo 18 de julio contra los vascos desemboca y desembocará en un fortalecimiento del sentimiento nacional y de la decisión de plantar cara a cualquier tipo de invasión, aunque sea mediática y masiva.

En todo caso, y en lo que se refiere a los intentos de silenciarnos con la burda mentira de que ‘el PNV te hace el traje de enemigo vasco y ETA el de pino’, no va a amilanarnos en el ejercicio, no sólo de nuestra libertad de expresión, tan sagrada como la de ellos, sino en nuestro elemental derecho de autodefensa. No aceptamos mordazas.

Xabier Arzalluz

28 Marzo 2000

Todos somos Carlos Herrera

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

La suerte evitó ayer que el amosal remitido por los terroristas mutilase al periodista Carlos Herrera, director del programa ‘Buenos días’, de Radio Nacional. Hoy, todos somos Carlos Herrera. Con él están todos los ciudadanos decentes, y en particular los periodistas que no se someten a los intentos de amedrentamiento de ETA. Porque de eso se trata. De intimidar, de condicionar a quienes no se pliegan. A falta de argumentos, cartas bomba. El miedo es el mensaje.Quienes, horas después de celebradas las elecciones del 12-M, advertían con un «se van a enterar», ¿se referían a esto? Quienes encuentran gracioso denominar «acorazada mediática» y también «la Brunete mediática» a la prensa crítica con el nacionalismo, ¿tienen algo que decir, o se lavarán las manos? La semana pasada, los de la kale borroka hicieron estallar un artefacto explosivo en el domicilio de los padres de un periodista de EL CORREO. Días antes, en vísperas de las elecciones, desde los aledaños de HB se había lanzado, con nulo efecto, la consigna de boicot a la prensa no nacionalista. Hace tres años fue la dirección del PNV en Vizcaya quien mantuvo durante meses una campaña de boicot contra EL CORREO. Y algunos años atrás, el portavoz de ese partido en el Congreso amenazó con concentrar 5.000 afiliados ante la sede del mismo periódico. Son numerosos los casos de periodistas que han visto su nombre en el centro de una diana. O su domicilio rodeado por grupos de personas que gritaban consignas amenazantes.

El terrorismo se fundamenta en el principio de «atacar a uno para atemorizar a mil». Pero en Euskadi hay un mecanismo perverso previo, de legitimación insidiosa de esos intentos de amedrentamiento. La paranoia de culpar a la prensa de los resultados electorales, o la acusación a periodistas concretos de estar boicoteando el proceso de paz, no es algo inocente o inadvertido: nadie puede ignorar a estas alturas el efecto de esas palabras en sujetos cuya principal ocupación consiste en buscar pretextos para incendiar, asaltar, enviar cartas bomba. Unos mueven las ramas y otros envían cartas.

12 Abril 2000

La Brunete mediática

Javier Pradera

Sólo la buena suerte y la intuición personal para advertir el peligro libraron hace dos semanas a Carlos Herrera -presentador de un escuchado programa matutino de Radio Nacional- de morir víctima de la explosión de un paquete-bomba enviado por ETA como si fuese una caja de puros. Tras conocerse la noticia, muchos periodistas -entre otros el director del diario El Mundo- relacionaron de diversas maneras ese atentado frustrado con las graves denuncias lanzadas anteriormente desde las filas del nacionalismo vasco contra el destinatario. Ratificando una vez más que el carácter es el destino, Xabier Arzalluz publicó el pasado domingo en las páginas de Deia un virulento artículo contra los periodistas que -como el «tristemente famoso» (sic) locutor de Radio Nacional- critican a los nacionalistas moderados o radicales; guiado por la sabiduría jurídica del belicoso magistrado Navarro Estevan («el poder es siempre el gran delincuente impune»), el presidente del PNV descarga también sobre Pedro J. Ramírez la responsabilidad penal de haberle acusado de un delito de inducción al asesinato.A fin de negar cualquier posible nexo entre las descalificaciones nacionalistas de algunos periodistas y los posteriores atentados criminales, Arzalluz aduce que ETA sabe muy bien «a quién atacar, a quién asesinar o a quién secuestrar» sin necesidad de recibir información del PNV. Los dirigentes y portavoces del PNV, lejos de poner «en el punto de mira de ETA» a Carlos Herrera y a otros compañeros de profesión, se limitan a «protestar contra la mentira, la manipulación o el insulto» de los periodistas «sectarios o mercenarios» que pretenden amordarzarlos a las órdenes de unos misteriosos «directores de orquesta» que les surten «de material y de fondos». Si los críticos de Arzalluz se parapetan tras la libertad de expresión para justificar sus demasías, los militantes del PNV -con su presidente a la cabeza- invocan el mismo sacrosanto principio para justificar su «autodefensa».

Porque no se trata -sostiene Arzalluz- de un debate ideológico o de una controversia política entre nacionalistas y constitucionalistas, sino de una ofensiva «contra los vascos» en su totalidad desencadenada por la «Nueva Prensa del Movimiento» como batallón propagandístico de la «Brunete mediática» (delicada metáfora acuñada por Anasagasti en recuerdo del Estado Mayor de la División Acorazada implicado en el golpe de Estado del 23-F). Las informaciones y las opiniones críticas contra el PNV y los firmantes del Pacto de Estella son «un auténtico 18 de julio sin cañones» organizado por los fascistas españoles contra los demócratas vascos. Arzalluz facilita los nombres de algunos periodistas de la Brunete mediática, considerablemente alejados entre sí por sus biografías personales y adscripciones ideológicas; la pregunta sobre qué pueda tener en común Patxo Unzueta (un veterano militante antifranquista vinculado al nacionalismo radical hasta finales de los 60) con los directores de Abc y El Mundo, Carlos Dávila o Isabel San Sebastián, tiene una sola respuesta: por numerosas y profundas que sean las diferencias que separen a esos periodistas entre sí, su común denominador no es el espíritu corporativo, sino la lealtad constitucional y el rechazo a la violencia de ETA.

El debate sobre las fronteras que la libertad de expresión está obligada a respetar cuando entra en colisión con otros derechos fundamentales descansa sobre algunos supuestos indiscutibles. El magistrado Oliver Wendell Holmes ilustró con un ejemplo la doctrina de la Corte Suprema americana sobre el «riesgo claro y evidente» como uno de esos límites: la libertad de expresión no tutela el grito de ¡Fuego¡ lanzado gratuitamente por un insensato en un teatro atestado de público; tampoco parece que las palabras proferidas por el jefe de un comando de ETA («¡Listos¡ ¡Ya¡») para ordenar la explosión de un coche bomba sean un uso lingüístico merecedor de amparo constitucional. Sin duda, hay zonas grises entre lo evidentemente prohibido y lo claramente lícito: los conflictos legítimos en torno a la libertad de expresión se sitúan precisamenrte en ese tramo de borrosas lindes. Sin embargo, sería muy dificil de aceptar que la descalificación de Herrera o Unzueta como «enemigos del pueblo vasco» decretada por los dirigentes del PNV sea aquí y ahora -en el contexto de la permanente amenaza terrorista de ETA- un mero ejercicio de la libertad de expresión y no una irresponsable llamada de atención que sólo atienden los asesinos.

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