1 junio 1932
Máxima inestabilidad en la República de Weimar
Hindemburg encarga al católico Franz von Papen que intente un gobierno de coalición para frenar la crisis en Alemania
Hechos
El 1 de junio de 1932 Frank von Papen asumió el cargo de canciller de Alemania.
Lecturas
Franz von Papen, político católico alemán enfrentado a Kurt von Schleicher, formó en junio de 1932 un ‘gabinete de concentración’. Von Papen, como confidente del Jefe de Estado de Alemania, el Presidente Paul von Hindenburg, seguiría desempeñando tras su dimisión, en noviembre de 1932 un papel decisivo en la República de Weimar.
Designado por el presidente Paul Hindemburg, el dirigente de centro derecha Franz von Papen acaba de constituir un nuevo gobierno al margen por completo de los partidos con el equilibrio político obligado por las últimas elecciones presidenciales de abril de 1932 en las que los nazis lograron el 30% de los votos.
El grupo de personalidades de la industria y las finanzas que lo integran es llamado por la prensa ‘el gabinete de los barones’. Von Papen, de 53 años, fue diputado del Centro católico en el parlamento de Prusia, antes de adherirse al Deutscnationale Volkspartei. El nuevo canciller ha adoptado ya su primera medida de gobierno, que consiste en levantar la prohibición que pesaba sobre las S. A. (grupo de milicia liderado por Ernst Röhm, afín al Partido Nacional Socialista) y la S. S. (la llamada policía personal el líder del Partido Nacional Socialista), ambas organizaciones armadas son fieles a Adolf Hitler el líder del Partido Nazi, cuya propaganda dirige Josep Goebbels y su aparato organizativo Gregor Strasser.
Así pues, indica que Von Papen se dispone a disolver el parlamento y a destituir al gobierno socialdemócrata instalado en Prusia.
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La crisis parlamentaria motivada por el bloqueo al que nazis y comunistas someten al Reichtag causará una nueva convocatoria electoral en julio de 1932.
El Análisis
Alemania tiene nuevo canciller, pero no nuevo rumbo. El presidente Hindenburg ha nombrado a Franz von Papen al frente del Gobierno, un aristócrata católico, conservador, de escasa proyección popular, sin partido propio —pues ni siquiera cuenta con el apoyo pleno del Zentrum del que procede— y cuya autoridad nace, más que de la política, del favor personal del mariscal. En una república donde el Reichstag se ha convertido en una arena bloqueada por los extremos, la estrategia combinada de los comunistas y los nacionalsocialistas de paralizar el parlamento ha hecho imposible la continuidad del canciller Brüning, quien ha dimitido sin capacidad de sostener ni su programa ni su gabinete. El país entra, de nuevo, en un experimento autoritario disfrazado de legalidad, con un canciller que deberá gobernar por decreto y por la tolerancia, cada vez más exigente, de los radicales.
Consciente de la magnitud del desafío, Von Papen ha optado por una peligrosa aproximación: buscar la integración del Partido Nazi en un gobierno de concentración, ofreciendo a Hitler el puesto de vicecanciller. Como gesto a los nazis, Von Papen ha levantado la prohibición de las S. A. de Ernst Röhm, milicia violenta cuyo comportamiento ya ha sembrado el caos en muchas ciudades alemanas. Pero los gestos no bastan para apaciguar al señor Hitler, quien no acepta otro acuerdo que no lo nombre a él mismo como canciller. Esta ambición desmedida choca con el juicio del presidente Hindenburg, que desprecia profundamente al agitador austríaco, al que sigue llamando, con no poca ironía, “el cabo bohemio”. Ni el mariscal ni su flamante canciller parecen dispuestos, por ahora, a cederle el poder.
Sin embargo, si los bloqueos continúan —y todo indica que tanto los comunistas como los nazis seguirán torpedeando cualquier estabilidad institucional— Von Papen se verá obligado a convocar nuevas elecciones, en lo que ya empieza a parecer un ciclo fatal para la república. Cada cita electoral es una oportunidad más para que el Partido Nazi fortalezca su posición, mientras las instituciones se desgastan ante una ciudadanía desesperada y humillada. Von Papen, sin apoyo parlamentario ni carisma popular, está sentado en una silla prestada. Y si no logra controlar el pulso entre radicales ni conquistar legitimidad, su mandato podría ser apenas un puente más hacia el abismo.
J. F. Lamata