Hoy, en las escalinatas del Monumento a Lincoln, Martin Luther King Jr. soltó un discurso que resonó como un trueno en una nación que prefiere taparse los oídos. “Tengo un sueño”, dijo, pintando un cuadro donde los hijos de esclavos y los hijos de amos comparten mesa como iguales. Hermoso, poético, casi utópico. Pero mientras un cuarto de millón de personas lo aplaudía en Washington, uno se pregunta: ¿llegarán esas palabras a los despachos de poder? Aquí está Kennedy, en la Casa Blanca, con su aire de galán progresista, diciendo que apoya la causa. Sin embargo, su administración parece más preocupada por no molestar a los segregacionistas del Sur que por desmantelar el racismo que asfixia a millones. El sueño de King es inspirador, pero en un país donde el color de la piel aún decide dónde te sientas en el autobús, suena más a plegaria que a plan de acción.
No es que falten oídos sordos. J. Edgar Hoover, el todopoderoso jefe del FBI, ya tiene a King en la mira, etiquetándolo como un agitador peligroso, como si pedir igualdad fuera un delito. Y luego están los dinosaurios del Partido Demócrata, como el senador Russell o el gobernador de Alabama, George Wallace, aferrados a su “modo de vida” segregado como si el calendario marcara 1863 en lugar de 1963. Estos caballeros sureños no ven un sueño en las palabras de King; ven una pesadilla que amenaza sus privilegios. La Marcha sobre Washington fue un espectáculo de unidad, con blancos y negros hombro con hombro, pero no nos engañemos: el camino hacia esa “mesa de la paz celestial” está lleno de barricadas, y no todas son visibles. Mientras la multitud coreaba esperanza, los poderosos seguían afilando sus prejuicios.
King habló de un cheque que América aún no ha pagado, uno que promete libertad e igualdad para todos. Es una metáfora brillante, pero ¿quién va a firmarlo? Kennedy puede sonreír y asentir, pero sus manos están atadas por la política y los votos del Sur. La marcha de hoy fue un éxito, sí, pero también un recordatorio de lo lejos que está este país de cumplir ese sueño. Por cada paso adelante, hay un George Wallace bloqueando la puerta de la escuela. Las palabras de King son un faro, pero la niebla del racismo es espesa. Si esta nación quiere despertar de verdad, va a necesitar algo más que discursos: hará falta coraje para enfrentarse a los Hoover, los Russell y los Wallace que prefieren el statu quo al cambio. Por ahora, el sueño sigue siendo eso: un sueño.
J. F. Lamata