En Oslo, el reverendo Martin Luther King Jr. recibió el Premio Nobel de la Paz de manos del rey de Noruega, un reconocimiento que huele a justicia, pero también a ironía. El comité Nobel alabó su lucha pacífica por la igualdad racial, esa terquedad de marchar sin violencia mientras los perros policiales muerden y los segregacionistas sureños escupen. King, con su sermón de no violencia, se alza como un faro en un país que aún no sabe si quiere encender la luz. Pero mientras el mundo aplaude, en Washington y en los estados del Sur, el FBI de J. Edgar Hoover sigue fisgoneando en su vida, etiquetándolo como amenaza comunista. ¿Un Nobel para la paz? Sí, pero en América, la paz de King parece más un desafío que una realidad.
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No es que falten contrastes para amargar el champán de la celebración. Mientras King recoge su medalla, los negros en Alabama o Mississippi siguen peleando por un derecho al voto que, en teoría, ya tienen. Pueden morir en Vietnam por la bandera estrellada o ganar medallas en las Olimpiadas, pero intentar registrarse para votar es como pedirle peras al olmo. Los censos sureños, con sus trabas y sus trampas, son la prueba de que la ley dice una cosa y la realidad, otra. El presidente Johnson, sureño de cuna, parece atrapado entre la memoria de Kennedy y las zancadillas de sus viejos amigos, como el senador Russell o el gobernador Wallace, que ven en la igualdad un ataque personal. Y luego está Malcolm X, gritando desde otro rincón, con un mensaje más incendiario que hace que el pacifismo de King parezca casi subversivo por comparación.
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El Nobel de King es un aplauso global, pero también un recordatorio de lo mucho que falta por hacer. Que Jean-Paul Sartre haya rechazado su Nobel de Literatura este mismo día solo añade un toque de absurdo: el filósofo francés renuncia al honor mientras King lo usa para amplificar su causa. Pero, ¿de qué sirve un premio si los negros siguen sentados en la parte trasera del autobús? El comité Nobel ha hecho su parte; ahora le toca a América decidir si el sueño de King es solo un bonito discurso o un compromiso real. Mientras Johnson titubea y Hoover espía, el Nobel brilla, pero el voto, la universidad y la igualdad siguen siendo un espejismo para millones. King tiene su medalla; ahora, América, ¿cuándo pagas la deuda?
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J. F. Lamata