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La decisión de cuatro diputados de dejar el PP dio esperanzas a Jaime Blanco (PSOE) que creyó que podría conseguir su apoyo, aunque al final no se produjo

El PSOE presenta una tercera moción de censura contra el presidente de Cantabria Hormaechea buscando el apoyo de 4 tránsfugas del PP

HECHOS

  • En contra de la dirección nacional, el PSOE cántabro presentó una moción de censura contra el presidente de Cantabria, D. Juan Hormaechea (UPCA), para que lo reemplazara D. Jaime Blanco (PSOE) buscando el apoyo de los 4 tránsfugas del PP. La moción fracasó porque los tránsfugas se abstuvieron.

VOTACIÓN (Votos necesarios para aprobar una moción – 19 votos

A favor de la moción de censura: 18 votos (16 del PSOE + 2 del PRC)

En contra de la moción de censura: 17 votos (9 del PP + 8 de UPCA)

Abstenciones: 4 votos (4 ex PP)

transfugas_cantabria Los cuatro diputados tránsfugas del PP encabezados por el ex presidente del PP cántabro, D. Roberto Bedoya, dieron expectativas al PSOE de que podrían apoyar una moción de censura contra D. Juan Hormaechea. Finalmente optaron por abstenerse salvando al presidente cántabro.

30 Diciembre 1993

Moción polémica

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LOS SOCIALISTAS cántabros se han arriesgado a contagiarse con la peste del transfuguismo con tal de librar a Cantabria del cólera de la gestión catastrófica y del endeudamiento galopante que padece bajo Juan Hormaechea. La moción de censura que acaban de presentar contra el presidente cántabro reproduce, en sus causas y en sus justificaciones, la ensayada y fracasada en junio pasado. Como entonces, los socialistas cántabros amparan su iniciativa en el estado de necesidad en que se encuentra Cantabria. Como entonces, el Partido Popular -los dirigentes nacionales y los regionales- se hacen los distraídos e ignoran el bello principio de «no cambiar dignidad por poder», enunciado por su presidente, José María Aznar, como referente ético a seguir en sus relaciones con Hormaechea.Existirían, pues, atenuantes en la iniciativa de los socialistas cántabros, necesitados para triunfar del concurso de, al menos, dos ex diputados populares, refugiados en el Grupo Mixto. ¿O no configuran un verdadero estado de necesidad los comportamientos atribuidos por el propio PP a Hormaechea, al que acusó, en el debate parlamentario sobre la fracasada moción de censura de junio, de realizar «una gestión arbitraria», distorsionar «los métodos democráticos de relación institucional» y dirigir «sus estrategias políticas en un sentido contrario al del interés general de los cántabros»? Puede entenderse que la dirección socialista quiera desmarcarse de la iniciativa de sus correligionarios cántabros -el propio Felipe González manifestó que «no la veía»- so pretexto de no enfadar al PP y de no comprometer los contactos que ambos partidos mantienen sobre el llamado impulso democrático. Pero lo que no se entiende es que el PP no haga nada ni deje hacer para desalojar del poder a un responsable público al que imputa comportamientos tan reprobables y que está en trance de ser juzgado por prevaricación y malversación de fondos públicos. Esa complacencia sí que cuestiona la sinceridad del citado impulso democrático.

Lo menos que cabe decir de esta actitud es que es profundamente incoherente. Lo es rasgarse las vestiduras ante el fenómeno del transfuguismo y al mismo tiempo dar apoyo a un personaje al que el propio Aznar ha declarado antaño incompatible con la ética pública y con el mínimo de dignidad exigible a cualquier persona investida de autoridad. Si la moción socialista triunfa con el apoyo de ex diputados populares, ello se deberá en alguna medida al extraño hechizo que parece ejercer Hormaechea sobre los dirigentes del PP.

Éste paraliza su voluntad y parece impedirles liberarse de la servidumbre a un personaje desacreditado. Esta actitud no refuerza precisamente la coherencia del proyecto político con el que pretenden llegar al poder. Definitivamente, la defensa de este indefendible Hormaechea resta credibilidad a las proclamas regeneracionistas del PP. La solución ideal sería, por, supuesto, que el PP se uniera a los socialistas y al Grupo Mixto en el voto para acabar con el lamentable episodio Hormaechea. Si no es así, no caben lamentaciones hipócritas. Condenar el transfuguismo no significa condenar a los diputados, procedan de donde procedan, a votar en contra de su conciencia y del sentido común.

06 Enero 1994

Las 7 vidas de Hormaechea

Fernando Ónega

Cuando deba explicar a mis nietos qué pasó en Cantabria, lo tendré complicado. Resulta que había un presidente que nadie quería.

Era, al parecer, corrupto. Aznar le soportaba como una vergüenza. En una ocasión, al prescindir de él, pronunció una frase gloriosa: dijo, como el almirante, que prefería honra sin votos que votos sin honra. Encima, ese presidente sólo contaba con ocho de los 39 miembros de la Asamblea Regional.

Y, sin embargo, un día después de una moción de censura, sigue gobernando.

La situación en Cantabria parece grave. Sufre las consecuencias de la crisis económica. Además, según datos publicados, su crecimiento es el más bajo de todas las autonomías españolas. La precaria posición del Gabinete del presidente hace hablar de desgobierno La falta de asistencias al presidente en los órganos centrales del Estado hace perder oportunidades a la región. Sin embargo, el señor presidente sigue gobernando.

*

Triunfo seguro.- El promotor de la moción, un tal Blanco, aseguró al presentarla que estaba seguro de ganar. Todos sospechamos dos cosas: una, que montaba el acoso con el visto bueno de su partido, que no es otro que el que gobierna en España. Otra, que había hecho consultas suficientes entre los grupos parlamentarios para garantizar el respaldo para ganar. Y no acertamos. González desautorizó el asalto, y los cuatro puntales -conocidos en la crónica periodística como «tránsfugas»- hicieron honor al apelativo: pusieron su voto a disposición de todos, en una especie de carrusel, para dejarlo al final inmóvil. Hoy, a pesar de que un día esos tránsfugas abandonaron al presidente, tal presidente sigue gobernando.

Hay más: Alvarez Cascos, que vicepreside el Partido Popular, le pidió un día al presidente cántabro su dimisión. Sin embargo, cuando hay una oportunidad de derribarlo, prefiere que continúe. El PSOE, que parecía unánime en considerar al presidente la encarnación de todos los males, es el primero que se divide internamente cuando tiene la oportunidad de extirparlo. Conclusión: el presidente sigue gobernando.

Insisto: ¿cómo les contaré esto a mis nietos? Les tendré que decir que Hormaechea era un gato que tenía siete vidas; que caía de pie cada vez que lo tiraban desde el tejado; que nadie sabe el precio que hubo de pagar a los tránsfugas para que al final permitieran que todo siga como está; que el rival Blanco, parece mentira, pecó de ingenuidad e imprevisión y le van a pasar grandes facturas; que las acciones de sanidad política -como siempre se presentó el derribo de Hormaechea- valen para los discursos, pero se vuelven inútiles cuando tropiezan con intereses de partido; que aquí, por grandes que sean las razones, ya nadie regala una mínima parcela de poder; y que los pueblos español y cántabro han recibido otra amarga lección de su clase política: los juegos ocultos, las componendas, los pactos y precios secretos, siguen siendo un gran motor de la vida pública. Gracias a ellos, el señor presidente de Cantabria sigue gobernando.

Claro que también les tendré que decir algo positivo. Hay un hombre, llamado Felipe González, que al fin entendió que era pernicioso para la salud democrática del país lo que estaba ocurriendo con los tránsfugas: unos cuantos señores -a veces uno solo-, debidamente seducidos, han cambiado más gobiernos regionales y locales en España que las urnas. Y siempre, en medio de escándalo y dudosos comportamientos éticos. Si la falta de respaldo de Felipe González a Blanco ha servido para erradicarlos a ellos y a sus tentaciones, valió la pena que Blanco se haya quedado otra vez sin el ansiado poder.

* ¿Un mártir? A Hormaechea, si ha prevaricado y malversado, ya lo echarán los jueces. Si es un mal gobernante, ya lo echarán los votos, aunque yo creo que lo están convirtiendo en un mártir. Y a Jaime Blanco, si tenía razón para censurarle, ya lo premiarán las urnas. Quizá esa sea ya la única solución: que les permitan a los cántabros adelantar elecciones, aunque lo haya pedido Juan Hormaechea. Las situaciones de desgobierno no se resuelven sólo con repartos de poder. También se resuelven utilizando las urnas. Se equivocan menos que los políticos.

Fernando Ónega

03 Enero 1994

La crisis de Cantabria no espera

Jaime Blanco

¿Se imagina alguien un Gobierno que durante dos o tres meses únicamente puede ejercer dos días -a la semana porque los miércoles, jueves y viernes tiene que sentarse en el banquillo? ¿Es posible comprender que los integrantes de un ejecutivo formen parte del Grupo Mixto de la Cámara? ¿Comparte alguna persona la opinión del presidente Hormaechea de que enviar los Presupuestos a la Cámara para su aprobación «es una tontería»?.Cuando la situación política de una región llega a unos extremos semejantes, no vale mirar a otro lado, ni dejar «que Cantabria se pudra» como afirmaba un dirigente nacional del PP ante los enormes quebraderos de cabeza que le han dado sus . permanentes errores en esta pequeña comunidad que la derecha gobierna desde hace once años, con un breve lapso de apenas seis meses. Los políticos estamos para dar soluciones, no para agravar los problemas, y en Cantabria el deterioro institucional se ha convertido en un factor multiplicador de la crisis económica y de los conflictos sociales. Los ciudadanos son conscientes de ello, y si hay algo que no nos van a perdonar a los políticos, a los del Gobierno y a los de la oposición, es que nos resignemos a dejar las cosas como están, mientras continúa la imparable decadencia de la región.

A todos nos preocupan determinados usos, entre ellos el transfuguismo, que ha sido un mal endémico de Cantabria, hasta el punto de que hoy el principal tránsfuga es el propio presidente regional, que se ha asentado, con lo poco que queda de sus huestes, en el Grupo Mixto. Y no es fácil en la Asamblea de Cantabria discernir en cuál de los tres grupos en que se ha dividido la derecha no hay tránsfugas, porque todos han recogido diputados que han cambiado de grupo y en todos hay parlamentarios procesados.

En 1990, los socialistas pusimos una moción de censura contra Hormaechea. El PP presentó otra moción alternativa, y finalmente decidió sumar sus votos a los nuestros. Pero esa moción también- fue respaldada por dos diputados ex populares que se encontraban en el Grupo Mixto. El PP no habló entonces de votos tránsfugas y, por supuesto, aseguraba tener razones más que sobradas para censurar a Hormaechea por haber llamado a Aznar «charlotín» y «bigotines».

Ahora no hay insultos de por medio, lo que, al parecer, exonera al Partido Popular de tomar medida alguna para restablecer la cordura en esta región. Sólo hay un caos institucional, provocado, por un gobierno que no gobierna, con el único respaldo de 8 diputados en una cámara. de 39 y enfrentado con el poder judicial, las cámaras de comercio, las patronales, los sindicatos, las asociaciones sin ánimo de lucro y las dos universidades de la región, debido a su permanente recurso al insulto. Ni siquiera hay presupuestos, y están en el aire las importantes ayudas del FEDER que deben llegar a la región tras su inclusión en el Objetivo 1 de la Unión Europea. No son motivos suficientes para que el PP se sume a la censura, como tampoco lo es el que la región esté sumida en una absoluta desmoralización, o la circunstancia de que desde hace dos años no se realiza la más mínima inversión por parte de la diputación regional, cuya quiebra financiera llega al punto de que su parque móvil de carreteras queda repetidamente paralizado por la negativa de las gasolineras a suministrar combustible a crédito.

Cantabria no puede esperar más tiempo para recomponer una desnaturalización de la vida institucional que no tiene precedentes en los sistemas democráticos al uso. Y mucho menos puede admitir que los políticos nos enzarcemos en discusiones bizantinas absolutamente alejadas de la frustración que viven los ciudadanos de esta región.

Izquierda Unida de Cantabria defiende la moción de censura asegurando que, en este caso, el fin justifica los apoyos. Los regionalistas del PRC, por su parte, han echado mano de la escolástica al afirmar que, ante un mal mayor, a veces es imprescindible optar por el mal menor. Yo simplemente me limito a constatar que ante la situación que vive Cantabria no es posible ponerse la venda en los ojos y esperar que escampe en las próximas elecciones, dentro de año y medio, porque esta región no se lo merece.

Jaime Blanco García

07 Enero 1994

No jugar y perder

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Juan Hormaechea, presidente de Cantabria, jugó sus bazas y ganó. El socialista Jaime Blanco, que presentó una moción de censura contra el anterior, jugó las suyas y perdió. El Partido Popular (PP) no jugó, pero también perdió, y más que nadie: sigue uncido al caudillo cántabro. A partir del 2 de febrero, y durante tres días a la semana, el presidente de Cantabria se sentará en el banquillo para responder de los delitos de malversación de fondos públicos y prevaricación de que está acusado. La acusación es consecuencia del traslado a la judicatura de los resultados de una investigación parlamentaria sobre supuestas irregularidades en relación con adjudicaciones administrativas dudosas, gastos de difícil justificación y endeudamiento imprudente. Puede que sea condenado o puede que no, pero ni siquiera esa eventual absolución modificaría las opiniones que sobre la gestión de Hormaechea han venido expresando los dirigentes locales y nacionales del PP desde su (última) ruptura: arbitraria, contraria a los intereses de los cántabros, distorsionadora de los métodos democráticos, etcétera.

El compromiso de Aznar de anteponer la dignidad al poder no pasó la prueba de la práctica cuando Hormaechea sacó, en las autonómicas de 1991, siete diputados más que los ocho obtenidos por la lista del PP. El argumento del PP para sostener a Hormaechea fue entonces el de la necesidad de facilitar la gobernabilidad en una región en la que existía una clara mayoría de centro-derecha. Ello es cierto, pero también que José María Aznar se proclamó incompatible con los métodos y estilo de Hormaechea, y que esa incompatibilidad fue solemnemente reafirmada por el congreso del PP de febrero pasado. Por lo demás, hablar de gobernabilidad es un sarcasmo cuando, desde la ruptura de su grupo, el Ejecutivo que preside Hormaechea está apoyado por apenas la quinta parte de los parlamentarios de la Asamblea regional: 8 de un total de 39.

Una mayoría incapaz de articularse podrá ser una mayoría social, pero no es ya una mayoría política. Por ello, el criterio de la existencia de una mayoría de centro-derecha en Cantabria habrá de ser tenido en cuenta, pero no podrá ser el único criterio a considerar; sobre todo, no puede ser una excusa para no hacer nada mientras la situación se degrada a ojos vista. En la famosa macroencuesta del CIS de fines de 1992, el Gobierno cántabro era, de entre los de las 17 autonomías, el peor valorado por sus propios ciudadanos en honradez, eficacia, estimación global de la gestión y calificación de su presidente. Había, por tanto, buenos motivos para intentar la sustitución de Hormaechea antes de que se inicie su juicio, y el PP era, en teoría, el más interesado en que ello ocurriera.

Jaime Blanco lo ha intentado y ha fracasado al no contar con el apoyo del PP. El argumento del candidato socialista ha sido que la situación era insostenible. Seguramente lo era, pero en política todo argumento subjetivo necesita el apoyo objetivo de los votos, y si no contaba con los de los diputados del PP su iniciativa era más bien aventurera. Pero del PP precisamente, y no sólo de ese par de tránsfugas cuyos votos, al parecer, esperaba (ilusamente, como se ha visto). Cualquier salida que no implicase el compromiso del PP habría estado viciada de origen, por lo que el principal objetivo debió ser conseguir ese compromiso, planteando para ello, si fuera necesario, fórmulas como la de un Gobierno de gestión u otras. Escarmentado por la experiencia de Aragón, Felipe González tuvo interés esta vez en hacer conocer su oposición a la aventura de Blanco. El empecinamiento de éste tiene algún atenuante. La pasividad del PP, por el contrario, ninguno.

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