14 julio 1979
Hussein había compartido el poder con Al Bakr desde la llegada del Baas al poder en 1968, ahora pasaba acumular todos los poderes: Presidencia del país, presidencia del partido Baas y presidencia del Consejo de la Revolución
Sadam Hussein se convierte en nuevo dictador de Irak reemplazando a Al Bakr e instaurando una purga en la cúpula del país
Hechos
El 17.07.1979 Sadam Hussein fue nombrado por el Consejo de la Revolución de Irak nuevo presidente de la República de Irak reemplazando al general Ahmed Assan Al-Bakr.
Lecturas
Al Bakr era dictador desde julio de 1968.
En 1980 se produce la guerra entre Irak e Irán.
Entre los ‘purgados’ el Vicepresidente de Sadam Hussein, Adnan Hamdani. Hussein asegura que se tramaba un complot en su contra.
En octubre de 1988 el hijo de Sadam, Uday, también será protagonista de escándalos.
10 Agosto 1979
Irak: complot supuesto, matanzas auténticas
EN DOS oleadas, con escasos días de intervalo, el nuevo dictador de Irak, Saddam Hussein, ha mandado fusilar unas 75 personas; parece que las detenidas y destinadas ya a un parecido fin son unas 250. Entre los muertos hay ministros, altos mandos del Ejército, dirigentes del partido Baas, miembros del Consejo de la Revolución y dirigentes sindicalistas. Por otra parte, Amnesty International señala que hay peligro grave de ejecución para siete comunistas detenidos desde 1978 y que la actual purga de comunistas se eleva a unas 20.000 personas ya encarceladas. Ninguno de estos fusilamientos ha sido precedido de un juicio previo, por lo menos público: los ejecutados no han tenido posibilidades de defensa. Para encubrir estas ejecuciones sumarias, el poder ha anunciado, como es costumbre, el descubrimiento de una conspiración. El anuncio es tan confuso, también, como de costumbre en todos estos casos la conspiración sería de origen extranjero. Pero el comando del Consejo de la Revolución «considera contrario al interés nacional divulgar de momento» el país que fomentó la conspiración, aunque sí explica el motivo del supuesto complot: «Colocar a Irak en el cuadro del plan de capitulación dirigido por el imperialismo americano por cuenta del sionismo». Una traducción realista de la frase indicaría un intento de sumar a Irak al tratado de paz de Egipto e Israel.Sin embargo, se dejan filtrar tres posibilidades, las tres contradictorias. Una es la iraní: el ayatollah trataría de movilizar a los chiitas para convertir a Irak en «Estado islámico» (a su vez, Irán está acusando a Irak de fomentar las insurrecciones tribales en su territorio). La segunda acusaría a Siria: la proyectada unidad entre los dos países sería considerada por los sirios como una anexión con capital en Damasco y presidencia de Assad. La tercera posibilidad sería la de Yemen del Sur: las relaciones entre los dos países son hostiles desde hace tiempo.
Al margen de todo ello, y de la intervención de la CIA, a la que siempre se cita en estos casos -y no en todos sin razón-, lo que parece más realista es que se trata, pura y simplemente, de una purga de Saddam Hussein, que tomó el poder de una manera irregular y poco estable, y que desearía consolidarlo por una campaña de intimidación entre los miembros de cualquiera de las oposiciones posibles y de sus enemigos personales dentro de las estructuras de la nación. Antes de los quince días de su ascensión procedió a la primera oleada de ejecuciones, que ahora no parecen detenerse. Hay una parte de liquidación de cuentas anteriores, otra de limpieza de posibles enemigos y también la sospecha de que la influencia extranjera, en una zona decisiva, para que Irak cambie en algún sentido todavía ignorado su política de alianzas, pueda estar precisamente detrás del nuevo dictador.
El procedimiento de denunciar un complot para destrozar las posibles oposiciones y para desarmar a posibles enemigos por medio del terror es un sistema tan antiguo que es prácticamente de una ley de las tiranías nuevas. No parece que en este caso sea muy distinto. Más que en analizar los posibles componentes de un complot que probablemente no ha existido jamás,conviene esperar y ver qué camino toma ahora Irak bajo esta dirección, que se presenta ya como sangrienta, en un país y una región donde no es sangre lo que falla. Y elevar una vez más la protesta por esta forma de arrasar las esperanzas de una humanización de la política, de una claridad y una seriedad en los juicios, del respeto a los más elementales derechos humanos.
El Análisis
El 17 de julio de 1979, Irak ha cambiado de dictador, aunque sin salir del mismo régimen. El general Ahmed Hassan al-Bakr, en el poder desde el golpe de 1968, ha cedido la presidencia al que hasta ahora era su hombre de confianza y vicepresidente, Saddam Hussein. La prensa oficial habla de “renuncia voluntaria” de Al-Bakr, pero pocos dudan de que se trata de un golpe palaciego cuidadosamente preparado por Saddam, quien llevaba años tejiendo su red en el aparato del partido Baaz y la temida policía secreta.
Los analistas apuntan que una de las claves de la caída de Al-Bakr fue su aparente acercamiento al régimen sirio de Hafez al-Assad, en busca de una unión baazista entre Damasco y Bagdad. Pero ese movimiento inquietaba a Saddam, que veía en Assad un competidor directo en la pugna por el liderazgo árabe en un momento clave: la revolución islámica en Irán acababa de abrir un nuevo frente de rivalidades regionales. Saddam comprendió que si Irak quería reclamar ese liderazgo frente a Irán y Egipto, no podía permitirse ser el “hermano menor” de Damasco.
El nuevo dictador no tardó en mostrar su estilo. Apenas unas semanas después de su llegada al poder, Saddam ordenó una purga brutal dentro del Baaz. En una reunión televisada del Consejo de la Revolución, se acusó a decenas de dirigentes de conspirar contra el régimen, muchos de ellos veteranos compañeros de la década anterior. Entre las víctimas estaba su propio vicepresidente, Adnan Hamdani, junto a otros altos cuadros. Las ejecuciones y desapariciones fueron el aviso de que el poder de Saddam no admitiría disidencias ni siquiera dentro de la familia baazista.
A su lado se consolidaba un círculo cerrado de colaboradores que marcaría el futuro de Irak: su primo Barzan Ibrahim al-Tikriti, pieza clave en la inteligencia; el despiadado Ali Hassan al-Majid, “Alí el Químico”, encargado de la represión kurda; el hábil diplomático Tarek Aziz, rostro respetable del régimen en el exterior; y más adelante, figuras como Hussein Kamel Hassan, yerno del dictador, encargado de los programas militares y armamentísticos. Un entramado de lealtades familiares y tribales que aseguraba que el poder permaneciera en manos de Saddam.
El Irak de 1979 inicia así una nueva era. Del “nasserismo a la iraquí” de Al-Bakr se pasa a un personalismo feroz en torno a Saddam Hussein. Con la revolución iraní desbordando la región, con Siria como rival incómodo y con las tensiones internas aún abiertas, el “hombre del bigote” parece dispuesto a usar tanto la represión como la propaganda para convertirse en el indiscutible líder de la Mesopotamia moderna.
J. F. Lamata