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Las deudas económicas del partido, la marcha de los liberales y el conflicto irresoluble entre el sector de Lavilla y el sector 'azul' de Martín Villa sentenció el final del partido

Landelino Lavilla dimite como presidente de la Unión de Centro Democrático (UCD) y oficializa la disolución del partido político

HECHOS

  • El 18.02.1983 D. Landelino Lavilla anunció su dimisión como presidente de UCD y como diputado en el Congreso, al tiempo que D. José Antonio Ortega anunciaba su dimisión como Secretario General. El Consejo Político anunció ese mismo día la disolución de UCD.

CALVO-SOTELO DIRIGIRÁ EL GRUPO PARLAMENTARIO DE LOS EX DIPUTADOS DE UCD

CalvoSotelo_Leopoldo El ex presidente del Gobierno, D. Leopoldo Calvo-Sotelo, que iba de nº2 de UCD por Madrid en las elecciones de octubre de 1982, por detrás del Sr. Lavilla, no fue elegido diputado (UCD sólo logró un escaño por Madrid). Ahora al renunciar a su acta Lavilla, él entra para sustituirle. Los 11 diputados de UCD han acordado que el Sr. Calvo-Sotelo sea el portavoz de este original grupo parlamentario que, pese a la disolución de UCD, piensa seguir funcionando como ‘Grupo Parlamentario Centrista’ hasta que acabe la legislatura (1982-1986).

MÁS DEMOCRISTIANOS DE UCD AL PDP:

Javier_Ruperez

La disolución de la Unión de Centro Democrático (UCD) abre la puerta a que los dirigentes del sector democristiano de UCD se integren en el Partido Demócrata Popular (PDP) de D. Óscar Alzaga (aliado de la AP de D. Manuel Fraga). No fue el caso ni de D. Landelino Lavilla ni de D. José Antonio Ortega, pero sí de D. Javier Rupérez, que pasará a ser el nuevo Secretario General del PDP, mientras que D. José Manuel Otero Novas, hasta ese momento Secretario General, pasará a asumir una vicepresidencia.

06 Febrero 1983

El desenlace centrista

José Luis Gutiérrez

Se acerca ya, lectores, el desenlace final al enigma – no hay otro modo de calificarlo – de los centristas.

La situación de la UCD es de auténtica UVI. Más de quinientos empleados despedidos por la organización en toda España, deudas que alcanzan cifras demenciales – si los bancos se deciden a reclamar lo que les debe UCD desde 1977, la suma podría rebasar los ocho mil millones de pesetas – cuatrocientos millones de pesetas que son angustiosamente solicitados por los acreedores más modestos, imprentas principalmente. Etcétera. Están incluso en marcha tres procedimientos judiciales de otros tantos acreedores que reclaman una cifra de unos treinta millones, a los que los dirigentes centristas piensan hacer frente como puedan.

Así las cosas, la UCD se resiste y da las últimas boqueadas ante los ataques de todos los interesados en que desaparezca definitivamente, que son muchos.

El principal, naturalmente, es don Manuel Fraga, líder de Alianza Popular. Los aliancistas ya han dicho que de cara a las municipales no quieren nada con UCD como partido, y sí con sus hombres, pero uno a uno y con el carné en los dientes.

Mientras tanto se sigue produciendo la sangría de militantes centristas hacia el PDP, de Óscar Alzaga o directamente a las filas de Alianza Popular. Por tanto el desenlace, lo que ocurra en UCD – la posible disolución o la permanencia meramente vegetativa – se acerca y se producirá inevitablemente en este febrero, mes delicado y crítico donde los haya, porque los políticos entran en el periodo de berrera electoral, en la fase reproductora de la elaboración de las listas para las candidaturas municipales de más de ocho mil ayuntamientos en toda España.

Landelino, mientras tanto, dubitativo y desmoralizado, vive sus horas más amargas, tan sólo arropado por la proximidad del secretario general, Juan Antonio Ortega. Cada vez está más claro que Rodolfo Martín Villa ha actuado, una vez más, con su legendaria habilidad de político curtido en mil batallas. Aprovechando el cisco leonés, abandonó el grupo parlamentario y el escaño, entregó el cáliz a Landelino y se fue a someterse a una cura de adelgazamiento y reposo.

19 Febrero 1983

Agonía y muerte de UCD

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

La disolución de UCD, anunciada inmediatamente después de que se hiciera pública la dimisión de Landelino Lavilla, pone fin a la dolorosa agonía del centrismo, acelerada tras la catástrofe electoral del 28 de octubre. El comentario sobre el acontecimiento, no por previsible menos dramático, debe ser suavizado por la consideración retrospectiva de los indiscutibles logros de UCD durante la etapa de transición, de los que todos los demócratas españoles son parcialmente deudores.Sin duda, le corresponden a Adolfo Suárez -formalmente ausente del partido centrista desde el pasado mes de julio, pero moralmente marginado de sus filas desde febrero de 1981- gran parte de los méritos de esa empresa. Pero a las positivas realizaciones de UCD en pro de las libertades también contribuyeron, en la medida de sus fuerzas y de acuerdo con sus capacidades, otros muchos hombres y mujeres que permanecieron hasta las últimas elecciones fieles a las hoy liquidadas siglas y que se encuentran ahora abocados a elegir entre la retirada a la vida privada o la cabizbaja entrada en la coalición dirigida por Fraga, tan denostada por ellos hasta hace bien poco y con más que sólidas razones. Para poner un solo ejemplo, Landelino Lavilla, ministro de Justicia desde julio de 1976 a marzo de 1979, desempeñó un papel decisivo en el diseño y puesta en práctica de la reforma política y cumplió después con dignidad, eficacia y respetabilidad las funciones de presidente del Congreso durante la pasada legislatura.

No se sabe hasta qué punto los estrategas que organizaron, a partir de la primavera de 1980, el safari contra Suárez fueron conscientes de que UCD, pirámide invertida cuya estructura descansaba en el liderazgo del presidente del Gobierno, estaba irremisiblemente condenada a la desintegración una vez que el vértice de la construcción fuera destruido por la piqueta. Cabe suponer que los conservadores afiliados luego a Alianza Popular y los democristianos integrados después en el PDP trabajaron casi desde el primer momento en favor de la gran derecha y el modelo bipartidista preconizados por Fraga. Los resultados de las urnas, en las que los socialistas casi doblaron en votos populares a Alianza Popular, mostraron el error de ese cálculo insensato. Sin embargo, otros críticos de Suárez, entre ellos Lavilla, probablemente aspiraron de manera sincera a una regeneración del centrismo que democratizase su funcionamiento interno, colegiara la adopción de las decisiones y relegase a un segundo plano a los llamados azules.Paradójicamente, la defenestración de Suárez, además de acelerar de forma vertiginosa la crisis centrista, acentuó los rasgos autoritarios en el seno del partido del Gobierno y fortaleció las posiciones de hombres de pasado azul. La hecatombe del 28 de octubre mostró la falta de arraigo popular de la UCD renovada y proporcionó a esos mismos azules la hegemonía dentro del escuálido Grupo Parlamentario Centrista.

Una reunión extraordinaria celebrada en el pasado diciembre concluyó con la ocupación de los órganos dirigentes de UCD por significados representantes de la corriente democristiana. El impresionante monto de las deudas centristas y la fama maniobrera de los sectores azulesdio pábulo a la hipótesis de que los democristianos habían sido víctimas inocentes de un astuto pase negro. La intención de esa estrategia habría sido que los dirigentes del partido cargaran con la responsabilidad de atender a los acreedores mientras el grupo parlamentario, que goza de plena independencia política, se dedicaba, sin la sombra de las deudas, a realizar sus propias jugadas. Los democristianos pronto repararon en la inviabilidad de reflotar esa empresa quebrada e iniciaron movimientos de aproximación al PDP, federado con Alianza Popular. El rumor, nunca desmentido de forma rotunda, de la elección de Landelino Lavilla como miembro del Tribunal Constitucional y candidato a su presidencia (inaugurando así la fea costumbre de convertir a las instituciones del Estado en un nuevo INI para hombres de partido cansados de las refriegas cotidianas) pudo ser explicado no tanto por la megalomanía anticipatoria de los promotores de la idea o por los deseos socialistas de no dar su brazo a torcer en la renovación del alto tribunal como por el deseo de quitar el tapón del baño centrista y facilitar su desagüe hacia la coalición de Fraga.

La liquidación del partido centrista abre a un sector de sus dirigentes y cuadros la posibilidad de integrarse en dicha coalición. Las deudas millonarias de UCD, incrementadas durante la última campaña electoral y sin la menor posibilidad de ser canceladas mediante los aportes de una militancia inexistente, han desempeñado un papel tan sórdido como decisivo en el desenlace de este drama. El PDP ha podido imponer leoninas condiciones a los democristianos de UCD para aceptarlos en su seno y la mayoría de los escasos parlamentarios centristas han estado en desacuerdo con el apresurado desguace del partido y la entrega de sus restos a Fraga.

No era fácil una salida para los problemas de UCD que respetase su autonomía política, tuviese futuro electoral y fuera algo más que un numantino acto de solidaridad con los propios errores del pasado. Aunque existe un claro espacio electoral entre los socialistas y Alianza Popular, la penosa historia reciente del centrismo le incapacitaba para aspirar a llenar ese hueco, hacia el que gravitan ahora el CDS de Suárez y el proyecto de Miquel Roca. No es descartable que el ingreso de los democristianos centristas en el PDP pueda fortalecer las tendencias centrífugas de esa formación política respecto a Alianza Popular y sentar las bases de una opción electoral autónoma. Si losbarones de UCD no pudieron soportar el liderazgo de Suárez, resulta casi inimaginable que hombres como Alzaga, Rupérez o Schwartz se conviertan en súbditos obedientes del autoritarismo fraguista, renuncien a las posiciones ideológicas de derecha moderada y coloquen su capital político al servicio de un programa de conservadurismo autoritario del que sufrieron personalmente la represión y la persecución hace dos décadas. Queda por despejar la incógnita del destino del Grupo Parlamentario Centrista, o, mejor dicho, de los contados miembros que lo integran. No parece que la autodisolución de UCD conceda a sus diputados -o a quienes les sustituyan en el Congreso- otra vía que la entrada en el grupo fraguista o el exilio al Grupo Mixto. Triste final para una campaña electoral que costó muchos cientos de millones de pesetas y que dejará a un millón y medio largo de votantes sin voz propia en las Cortes Generales. Y preocupante solución para las opciones de derecha democrática de este país, sometidas ahora indiscriminadamente a la imagen de un líder y a los votos de sectores sociales difícilmente compaginables con las ideas de libertad y modernidad que esa misma derecha moderada preconiza.

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