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Todos los países de la órbita soviética, menos Rumanía, respaldaron la invasión

Los países del Pacto de Varsovia invaden Checoslovaquia para poner fin a las reformas de la ‘Primavera de Praga’ de Dubcek

HECHOS

  • En agosto de 1968 los ejércitos de la Unión Soviética (URSS), la República Democrática Alemana (RDA), República Popular de Bulgaria, la República Popular de Hungria y la República Popular de Polonia (todos del Pacto de Varsovia) invadieron Checoslovaquia (del mismo Pacto).

DE LOS SALUDOS A LOS TANQUES

Dubcek_Breznev En esta imagen el Secretario General del Partido Comunista de Checoslovaquia, Alexander Dubcek, saluda al Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (URSS) y dictador de aquel país, Leonidas Breznev. La invasión del país para acabar con la política del primero por orden del segundo ponía fin a las buenas palabras.

LA POSICIÓN DE LOS DICTADORES COMUNISTAS DE EUROPA ANTE LA INVASIÓN DE CHECOSLOVAQUIA

Gomulka003 Vlaseslav Gomukla, dictador de Polonia, respaldó la invasión de Checoslovaquia por parte de la URSS y mandó a parte de su ejército para ayudar a los soviéticos.

Todor22 Todor Zhikov, dictador de Bulgaria, respaldó la invasión de Checoslovaquia por parte de la URSS y mandó parte de su ejército para ayudar a los soviéticos.

kadar3 Janos Kadar, dictador de Hungría, que padeció la invasión de su país por la URSS en 1956 apoya ahora que hagan lo mismo a Checoslovaquia incluso mandando a parte de su ejército a ayudar.

ulbricht Walter Ulbricht, dictador de la República Democrática de Alemania y contrario al reformismo de Dubcek apoyó la invasión de Checoslovaquia y mandó a parte de su ejército a respaldarla.

ceaucescu_1966 Nicolae Ceaucescu, dictador de Rumanía se opuso totalmente a la invasión de Checoslovaquia y apoyó la política de Dubcek el sentido de que los dictadores comunistas de cada país debían tener un grado de autonomía con respecto a la URSS.

Hoxha_1 Enver Hoxha, dictador de Albania y el más fiel a la memoria de Stalin, a pesar de detestar el aperturismo que representaba Dubcek, se negó a respaldar la invasión de la URSS, con quienes estaba enfrentado desde que estos renegaron de Stalin. Hoxha y su mano derecha, Mehme Shehu aprovecharon la ‘primavera de Praga’ como excusa para anunciar la salida de Albania del ‘Pacto de Varsovia’.

31 Agosto 1968

Una política de tanques

Eduardo Haro Tecglen

El incidente de Checoslovaquia no es, desgraciadamente, un suceso insólito en nuestro tiempo. No es tampoco importante desde un punto de vista estratégico; es, en cambio, muy grave para el comunismo, para los países, grupos o personas que se consideren como revolucionarios; Para quienes, sin serlo, tienen unas aspiraciones de libertad en la política y, en general, para el sentimiento abstracto, pero considerablemente arraigado de la dignidad humana. Para unos, por la personalidad del agresor, para otros por la del agredido.

El incidente de Praga no es insólito, no es excepcional, en una época en que esta clase de sucesos se han convertido en un sistema establecido. Su esquema se va haciendo monótono. Unos representantes del régimen de un país que consideran como legalmente establecido encuentran que hay una conspiración, una subversión que atenta a la legalidad; que esa subversión moviliza unas fuerzas superiores a las suyas, y acuden en petición de ayuda a una instancia superior, a un pacto al que pertenecen y éste acude, en forma de coalición internacional – y por lo tanto, ajena a intereses imperiales – en socorro del país así amenazado. Es el esquema perfectamente simétrico de la intervención americana en Santo Domingo o en el Vietnam. Lo grave es que no hay conspiración, no hay legalidad no hay pacto, no hay internacionalismo, y todo se plantea en el terreno de la ficción, ideológicamente, el Pacto de Varsovia es el recubrimiento de una hegemonía soviética como el tratado del Sudeste asiático que cubre la intervención en el Vietnam es una expresión imperialista americana, como lo era la organización interamericana que recubría la penetración en Santo Domingo, y los contingentes continentales que codearon a los ‘marines’ contra el regreso de países que han enviado soldados, junto con los soviéticos, a Checoslovaquia;; o que los grupos de filipinos, surcoreanos o australianos que tratan de legalizar la existencia de unas ‘fuerzas del mundo libre’ compuesta por quinientos mil soldados de un ejército de invasión en el Vietnam. La semántica que recubre todas estas operaciones es la misma: defensa de unas libertades amenazadas y, por extensión, defensa de la libertad en general. En una fórmula. Lo grave es que es un sistema.

En cuanto al movimiento comunista mundial, va de choque en choque. Acostumbrado a la idea de disciplina de unidad proletaria de concentración ideológica, la aparición de los marxismos nacionales, de policentrismo, de las coyunturas históricas, las causó un grave dolor de adaptación hasta que creyó descubrir una ampliación rica y generosa de los ideales marxistas mediantes el libre contraste de opiniones y de asociaciones libres. Apenas hecho a esta fórmula de la que ‘la vía checoslovaca’ era una representación insigne, la brutal llamada al dogma le causa una perplejidad, un estupor y una indignación fácilmente comprensible. La fuerza de la necesidad de libertad parece, ahora, mayor que la llamada al dogma: la mayor parte de los partidos comunistas occidentales, incluyendo las dos más numerosos, el francés y el italiano, han renegado de la invasión, de la yugulación de la vía checoslovaca. Países comunistas, países del Pacto de Varsovia como Rumanía, se han manifestado sin ninguna duda al lado de Checoslovaquia, a pesar de que ello les puede costar, en este momento de crispación su libertad. En cuanto al pueblo checoslovaco en sí, en una mayoría que prácticamente engloba sus trece millones largos de habitantes, no parece víctima de ninguna división importante, aunque pueden encontrarse en él elementos aislados de signo prosoviético. Todo lo que se sabe es que hubo unanimidad en la creación del nuevo camino del socialismo y que la hay en la repudiación de las fuerzas exteriores.

Todo ello lo sabía perfectamente la URSS en el momento en que lanzaba los tanques del Pacto de Varsovia contra Checoslovaquia. Había tenido largos meses para meditar las consecuencias de todas sus acciones. Sabía que occidente iba a lanzar profundos gritos de dolor para que no se viese demasiado el júbilo que produce a Kiesinger y a De Gaulle el enorme refuerzo que les proporciona en su política anticomunista; sabía que iba a servir de pretexto para una remilitarización alemana, que iba a causar un destrozo en los movimientos oficiales comunistas y una angustia en los revolucionarios de toda índole: sabía que iba a conmover profundamente las ideas de dignidad humana, de autorrespeto y de libertad que son hoy muy fuertes. Ha pesado esas consecuencias y ha elegido la acción. ¿Por qué? Este es un primer enigma. El segundo enigma es el de salto atrás, el de un movimiento represivo después de acuerdos moderados y ambiguos de Bratislava – quince días antes de la invasión – que parecían dejar concluido el incidente.

Dejando aparte la explicación ideológica con que se revista la operación está, en primer lugar, el terror soviético a un espectro que es realmente temible el de Alemania. La frontera ‘dura’ de Checoslovaquia con Alemania federal podría transformarse en una frontera blanda. Las relaciones Para-Bonn se habían incrementado en los últimos tiempos; se hablaba de la posibilidad de que Praga – que rápidamente lo desmintió – pidiese ayuda económica a Alemania Federal en forma de préstamo bancario.  La blandura de la nueva frontera podría implicar no, naturalmente, una entrada de las panzer divisionen que tan bien conocen el camino, pero que hubieran sido rápidamente detenidas, sino cierto tipo de infiltraciones, de acciones claramente contrarrevolucionarias. En Alemania Federal y en Austria hay partidos nazis quizá no muy importante en número, pero con una fuerza de acción típica; hay grupos de activistas de extrema derecha procedentes de varias revoluciones o contrarrevoluciones: los húngaros, los franceses de la OAS; hay algunos militares que no siempre siguen las políticas de sus gobiernos. Convertir la revolución de Checoslovaquia en contrarrevolución no hubiese sido demasiado difícil: por lo menos, en el grado de tentativa. El recuerdo de Hungría en 1956 está profundamente clavado en el pensamiento de Moscú: lo que comenzó como una ampliación ideológica del comunismo, terminó en unos días en una matanza de comunistas. Sin embargo, parece que las entrevistas bilaterales y en la del Pacto de Varsovia, en Bratislava, Checoslovaquia dio seguridades de que no abandonaría la alianza ni menos la vigilancia de una frontera que ha sido dramática en su historia.

¿Qué ha pasado después? Unas visitas urgente del dirigente yugoslavo Tito y del rumano Ceaucescu a Praga. Estas visitas tenían una finalidad inmediata y visible: demostrar a Checoslovaquia su solidaridad y mostrar a la URSS que este país no estaba solo. Han resultado probablemente, contraproducentes. Es muy posible suponer que la URSS haya imaginado, y con bastante fundamento la creación de un bloque nuevo. Que no sería enteramente nuevo, los pactos entre Rumanía, Checoslovaquia y Yugoslavia tienen el precedente histórico de lo que se llamó en 1920 ‘la pequeña entente’ que iba a durar hasta la agresión nazi y cuyo objeto principal era enfrentarse a un imperialismo potente, el de los Habsburgo. Una reconstrucción de la pequeña entente era ahora perfectamente posible, y el independentismo no se dirigía contra más Habsburgo que los soviéticos. La velocidad con que se cimentaba la unión, posiblemente idea de Tito, el marcado independentismo de Yugoslavia, ya antiguo, y el de Rumanía, mucho más decidido que el de Checoslovaquia, y el carácter fronterizo con occidente de estos países y la situación de Hungría que quedaría casi enteramente deglutida en el centro de esta alianza anular han debido pesar tanto en las oficinas del estado mayor soviético como en sus centros políticos.

Todo ello era posible o, más aún, probable: era un riesgo que la URSS debía correr. Su reflejo de seguridad inmediata, sus necesidades de gran potencia, han jugado con mayor fuerza que un pensamiento político a larga distancia. Ha preferido romper su imagen.

Ciertamente en todo este concierto de júbilo disfrazado de dolor, e dolor más real es el de los Estados Unidos: es decir, el de Johnson y el partido demócrata. No por la pobre víctima checoslovaca, sino por sí mismos. Están condenados a la inacción y a dejar hacer. La coexistencia con la URSS no es una política que hayan elegido: es una necesidad que se les ha impuesto y de la que ahora no pueden volverse atrás. Se convierte en complicidad a los ojos de los moralistas y los moralistas y los timoratos tienen mucho peso a la hora de las elecciones. Nixon ha ganado sin proponérselo una buena baza. Nixon, evidentemente, no podrá hacer nunca otra cosa distinta de la que hace Johnson, pero la deliberada sensación de que puede hacerlo: de que la URSS debe ser contenida – como fue la doctrina oficial en la época de su vicepresidencia – aunque no haya salido de sus zonas de influencia. Quien gane las elecciones, sin embargo, continuará la llamada coexistencia, y ella tendrá cada vez más el carácter de dos potencias de fuerza similar – el equilibrio del terror – que configuran mutuamente el mundo y lo subordinan a sus intereses. La convergencia de conservadurismos que representa el partido francés y el gobierno francés – como la convergencia de conservadurismos internacionales entre la URSS y los Estados Unidos representan en el mundo de hoy un factor de primer orden. Como lo representa la convergencia de los liberalismos procedan del sector ideológico que procedan, se muestran en el clima geográfico que sea: en la guerrilla árabe, Iberoamericanas o rhodesianas, en las barricadas de París, en el comité central rumano o en las calles de Praga.

Precisamente Checoslovaquia significaba una alternativa a esa política, la alternativa que China no llegó a definir. El socialismo es libertad está sencillamente inscrito en una serie de movimientos de orden libertario del que ha sido muestra visible el levantamiento francés de mayo apagado por otros tanques – los de Massu – y por otro dogmatismo comunista – el del partido francés – que actuando en sentido aparentemente opuesto, han convertido en su necesidad de conservar unas estructuras sociales establecidas.

Los poderes se van concentrando en una política de tanques y los liberalistas la repudian, los mande Massu o Johnson, aparezcan en Praga, en París, en Santo Domingo o en Grecia. Esta situación fomentada y acrecentada por la falta de solución de problemas económicos y geopolíticos en el mundo, se presenta hoy como más grave que la posibilidad de una guerra atómica. Se trata de un principio de guerra civil mundial con un carácter general y amplio muy superior al a conjunción de revolución de 1848. Los poderes oscilan entre la fuerza y la concesión de una manera vacilante, anárquica. Incoherente. Se refugian en sus puntos fijos doctrinales – libertad, marxismo-leninismo, democracia – y no aciertan a dar contenido actual al arcaísmo de sus doctrinas, o no ser el conservadurismo de sí mismo, el sostenimiento forzoso del poder.

El incidente de Checoslovaquia no ha terminado. Ignoro aún cuando escribo, cuáles serán los zurcidos con que se trate de remendar la situación, pero dudaría muchísimo de cualquier solución ambigua fuese definitiva como dudo mucho de que el argumento clásico escrito por De Gaulle para cancelar la revolución de mayo – contención, legalización electora, represión, promesa de reformas – haya podido ahogar una serie de posibilidades encerradas en una moción profundamente popular. Ya hoy comienzan a no servir ni los tanques ni las definiciones ideológicas.

Eduardo Haro Tecglen

22 Agosto 1968

Democracia breve

PUEBLO (Director: Emilio Romero)

Checoslovaquia no es una remotísima Corea ni un Vietnam desconocida, sino una de las naciones más cultas y avanzadas de la Europa central. La invasión militar de este país ilustre no es sólo un acto de violencia, sino un escándalo universal que desmiente los principios de soberanía e independencia de los pueblos, solementmenete consignados en la Carta de San Francisco. Pero los conceptos políticos son una cosa y otra muy distinta las realidades. El bloque comunista europeo no puede permitirse el lujo de un jardín democrático al este de la Alemania de Ulbricht y al norte del Austria libre. El telón de acero puede ser, en 1968, menos impenetrable y pesado que en 1945, pero no deja de constituir una frontera militar y política para Moscú. Checoslovaquia ha sufrido en 1968 la misma suerte que Hungría en 1956. Los tanques soviéticos han dado la última respuesta a la voluntad de independencia y libertad del pueblo checoslovaco.

Compartimos el horror de todas las conciencias honradas ante la brutalidad de la invasión. Aunque el sistema de la intervención extranjera para someter a un país sea tan vieja como el mundo, no por eso deja de ser una violación deplorable del derecho en que los pueblos pueden fundamentar su convivencia. Pero ni el razonamiento ni la sensibilidad pueden hacernos olvidar que el comunismo no se instaló en Praga en virtud de una revolución popular, sino como consecuencia de una ocupación militar exterior, pactada en Yalta entre Rusia y las grandes potencias occidentales. Seguramente la diplomacia conciliadora y aperturista de Kosyguin hubiera preferido retener a Checoslovaquia en el marco del bloque comunista con métodos menos descarados. Pero entre guardar las formas y perder el fondo Moscú ha optado por conservar férreamente un territorio, fundamental en su dispositivo estratégico a incrementar su prestigio de potencia alentadora de la independencia de los pueblos.

La prematura primavera democrática de Checoslovaquia ha terminado pronto, bajo la helada invasión de los vientos del este. La sombra vilipendiada de José Stalin no ha perdido su sitio en el Politburó, aunque su cuerpo fuera expulsado del mausoleo de la Plaza Roja.

Pero algo debemos a Checoslovaquia, por haber alimentado en el mundo libre esa fugaz esperanza que ahora se extingue dramáticamente. El comunismo ruso a la defensiva, obligado a reconquistar con las armas a la Hungria sublevada y a la Checoslovaquia, ya no es el régimen definitivo e irreversible que garantiza su doctrina. Donde quiera que el bienestar distiende la vigilancia de las dictaduras del proletariado, aflora la voluntad pública de independencia y libertad. Y contra esta evidencia, la dialéctica soviética sólo puede alegar la fuerza de sus divisiones acorazadas.

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