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Será enterrado en el Alcázar de Toledo

Muere el ex General Jaime Miláns del Bosch Ussía, principal cabecilla del Intento de Golpe de Estado del 23-F

HECHOS

El 25 de julio de 1997 falleció D. Jaime Miláns del Bosch Muñoz-Seca.

27 Julio 1997

¿Líder o militarote?

Javier Tusell Gómez

Armada atribuyó a Milans la condición de líder del Ejército y Gutiérrez Mellado empleó el término «militarote» para describirlo, pero estos juicios no eran contradictorios y ambos tenían razón. Muy condecorado y a cargo de algunas de las máximas responsabilidades militares, Jaime Milans del Bosch era considerado en el momento de la muerte de Franco como uno de los generales más brillantes del Ejército español. En un informe del que puede haber sido autor Luis Diez Alegría y recibió don Juan de Borbón aparece como uno de los tan solo cinco generales de División -había 40- con verdadero, prestigio. En ese texto se menciona su condición de monárquico, que le venía de familia.Pero otro Milans del Bosch estuvo al lado de Alfonso XIII cuando éste aceptó el golpe de Primo de Rivera en 1923 y su pariente nunca ocultó una actitud muy reticente frente a la transición. Se quejó de la influencia de la izquierda, de los Estatutos Vasco y Catalán y de las actuaciones de los partidos. Fue responsable de que un incidente de insubordinación ante Gutiérrez Mellado fuera liquidado sin sanción. No dudaba incluso en mantener un pugilato personal con algunos de los dirigentes políticos del momento: altas autoridades del Estado recuerdan todavía cómo no acudía a recibir a Suárez al aeropuerto de Valencia cuando el presidente acudía allí en visita oficial. Estando al frente de la División Acorazada sugería tan a menudo que iba sacar los carros de combate a la calle que alguien le repuso que se notaba que no pagaba el combustible. En todo ello -que permite conceptuarle como «militarote»- no resultaba en absoluto excepcional. Hoy en día parece obvio que la resistencia de los generales de entonces a admitir la transición hacia la democracia fue mucho mayor de la que se admitió en aquellos mismos momentos.

¿Cómo se explica, entonces, que ocupara tan altos puestos? La respuesta a este interrogante se encuentra en que los habría alcanzado de mucho mayor rango si su condición de líder no se hubiera visto doblada por la de «militarote». En condiciones normales hubiera llegado a la Jefatura del. Alto Estado Mayor o a la Capitanía General de Madrid. Sus quejas se podían interpretar, con benevolencia, como un intento de poner un techo máximo al cambio hacia la democracia. Luego se vio que no era tan sólo éso. Pero los dirigentes de la transición tenían poco donde elegir. Como decía Gutiérrez Mellado, «no se puede sacar una manzana de un cesto de fresas».

27 Julio 1997

Genio y figura

Pilar Urbano

Hace siete años -y también era julio- escribía yo una crónica a vuelapluma sobre don Jaime Milans del Bosch y Ussía, con motivo de su libertad forzosa, que comenzaba así: Genio y figura. Don Jaime Milans del Bosch ha sido excarcelado contra su voluntad. Se le ha dado una libertad que él no ha pedido. Regresa a una sociedad que no le gusta… El se consideraba «jefe moral» del golpe del 23-F y, como buen jefe, quería «ser el último en salir». No soportaba la idea de dejar a Tejero todavía en prisión. Quizá hoy, genio y figura, don Jaime Milans del Bosch ante la verdadera y definitiva excarcelación, ha dado un taconazo marcial, y se ha cuadrado como se cuadra un valeroso toro inclinando la cabeza para recibir -manso, mudo, rendido- el estoque mortal.

Genio y figura. Aquel 1 de julio, cuando Milans del Bosch atravesó la barrera de la cárcel de Alcalá-Meco llevaba sobre la solapa de su chaqueta el único emblema de «honor y heroísmo» que nadie podía arrebatarle: la medalla militar individual ganada en la Guerra Civil. Hoy, ni siquiera eso: la mortaja no tiene bolsillos.

Genio y figura. Don Jaime Milans del Bosch y Ussía, 82 años, ex teniente general, autor y firmante en primera persona del bando que puso en marcha la asonada golpista del 23-F de 1981, renunció en todo momento a cualquier medida de gracia. Prohibió que otros por él elevasen la petición de indulto. Se negó, irreductible, a expresar el arrepentimiento y a acatar la Constitución, condiciones sine quibus non para ser indultado.

Genio y figura… Recuerdo aquella sesión de los Juicios de Guerra, en «Campamento», al mediodía del 24 de mayo de 1982, cuando los acusados hablaron por última vez en Sala. Milans, después de declarar su «apasionado amor a España» y su «creencia de que actuaba respaldado por el Rey, por la confidencia que me hiciera una persona de su máxima confianza», en alusión directa al general Armada, describió la situación de España, como él la veía en 1981: «Sumida en la bancarrota… en situación límite, más grave que en el año 36». «Muchos militares pensábamos que podíamos propiciar un golpe de timón. Esa es la verdad de esta Causa. Lo demás son… detalles».

Al fin, con firme contundencia, como esculpiendo palabras lapidarias, dijo: «Quiero afrontar mi responsabilidad en los hechos. Y para quienes han jugado con dos barajas y no han querido hacerse responsables de sus cargas, vaya mi mayor desprecio… En idénticas circunstancias, yo volvería a actuar de la misma manera».

Ciertamente, de los 3.500 hombres que obedecieron a Milans en Valencia, sólo tres resultaron acusados ante el Consejo Supremo de Justicia Militar. Los cinco capitanes generales que antes del golpe habían prometido su adhesión se retiraron del intento… una vez producido. Armada, con quien Milans contaba para encabezar la asonada al modo bicéfalo, declinaba la responsabilidad: «No puedo hacerme cargo de responsabilidades que no me corresponden». El 23-F-81, un puñado de militares, descontentos y sublevados, se estrellaron como kamikazes patriotas contra el Estado democrático que pretendían destruir.

El 23-F, como estrategia de putsch, como golpe de Estado fracasó. En mi opinión, son cuatro las claves de ese fracaso: la improvisación en la estrategia; la inasistencia de los apoyos logísticos militares preconcertados; la revelación del Rey que, no sólo no estuvo con el golpe, sino que desde el primer momento actuó a contragolpe, desarticulando el efecto dominó que se esperaba obtener con la invocación en vano de su nombre; y, en fin, la falta de liderazgo.

La división de funciones y el reparto de poderes con que se manejaban los golpistas (Armada tenía que actuar como el director político y Milans como el jefe militar), producía algo aberrante en la disciplina castrense: una bicefalia, condenada a sucumbir.

En el Ejército, no son cuatro, sino uno el que da órdenes. Uno manda, y los demás le obedecen.

Vuelvo a rememorar: Valencia. Despacho del capitán general don Jaime Milans del Bosch y Ussía, descendiente de don Francisco Milans del Bosch, general inscrito en la historia de los 203 golpes de Estado dados en España, por su pronunciamiento frente al absolutismo de Fernando VII (1817) y contra la regencia de Espartero (1843). Hijo, nieto, bisnieto… de una dinastía de generales Milans del Bosch que apuntalan en su interior cierta arrogante nobleza de entorchados, junto al aristocrático de la nobleza azul cortesana y monarquista de los Ussía, don Jaime Milans es muy suyo, aparentemente populachero y abierto; pero quien le conoce bien sabe que «calla mejor que habla» y… sabe dejar hablar. Por eso siempre ha estado muy enterado. No hace confidencias al primero que llega. El elige a sus hombres. Es elitista. Le gustan las camarillas de confianza. Los tocados por su «carisma» presumen de estar entre los «elegidos».

Ese día que evoco, Milans está repasando mentalmente la historia de los golpes y se detiene con especial atención en el de Primo de Rivera, en septiembre de 1923. Cuatro días antes de aquel putsch, Primo de Rivera hubo de escuchar del más antiguo teniente general, Aguilera Egea, estas bochornosas palabras: «¡Usted delira… en este movimiento no le sigue ni su asistente!». Apenas sí contaba con cuatro generales palaciegos: «¿Por qué, entonces, triunfó?… Ah, porque el Rey Alfonso XIII decidió apoyar el soporte de los conspiradores. A los capitanes generales de Barcelona y Zaragoza se les unió el de Madrid. Y el Gobierno no tuvo otra salida que ser arrojado por la ventana».

Recostado en el sillón, Jaime Milans del Bosch extendió las palmas de las manos sobre el bade de piel de su mesa de despacho. Movía sucesiva y pausadamente un dedo, otro, otro… haciendo recuento de las posibles neutralidades y de las posibles adhesiones: ¿Fernández Posse? ¿Campano? ¿Merry? ¿Polanco? ¿Pascual Galmes? ¿Elízegui? ¿Mariñas? ¿González del Yerro? ¿Quintana Lacacci?… Y siempre volvía al mismo punto: «¿Y el Rey? ¿Qué actitud tomará el Rey?». A esa maraña de incógnitas unía la de Armada. ¿Cuál era su juego? ¿Tendría venia de la Zarzuela?

Por más vueltas que le diera, concluía en una premisa inamovible: «Sin el aval del Rey, no me sigue… ni mi asistente, salvo que la situación se dé como un hecho consumado». El, Milans del Bosch, estaba dispuesto a dar el grito: a encabezar el pronunciamiento. Pero… ¡necesitaba el talismán del Rey… o de su vicario, el general Armada! Y desde ese momento decidió apropiárselo.

Durante la tarde-noche-madrugada del 23-F, Don Juan Carlos comunicó varias veces, por teléfono, con Milans del Bosch. La primera: «Jaime, ¿qué significa ese manifiesto, ese bando que estás publicando…?». La última, reiterándole órdenes terminantes: retirar las tropas que ha movilizado en Valencia; dar instrucciones inmediatas a Tejero para que abandone el Congreso con todos sus hombres; anular la proclama de asunción de poderes militares y civiles que ha publicado en la III Región…

El Rey tutea a Milans y le llama por su nombre, Jaime, como solía hacerlo, pero repetidamente utiliza la tajante expresión: «Te ordeno que…», llegando incluso a usar un tono bronco y rotundo, y dando algún golpe enérgico sobre la mesa de su despacho, al descargar por el auricular estas dramáticas palabras: «Te juro, Jaime, que yo ni abdico, ni me voy… No puedo, ni quiero, ni voy a apoyar un golpe de Estado, por mucho que me digas que esto lo dicta vuestro amor a España… Estoy contra el golpe y el golpe es ¡sin mí y contra mí…! Y si queréis otra cosa, no podréis contar conmigo… ¡Tendréis que fusilarme..!».

Hacía frío en la Zarzuela. El Rey se había quitado la guerrera del uniforme, después de grabar el mensaje televisivo, y en ese momento llevaba una cazadora negra, la que usaba para pilotar su helicóptero.

A las cuatro menos cuarto de la madrugada, todavía Milans solicita de sus colaboradores íntimos de Valencia «una opinión sobre las órdenes del Rey». El consejo es unánime: «General, anula el bando… esto ha fracasado». Milans, abatido, marca personalmente el teléfono de la Zarzuela. Cinco generaciones se desploman sobre sus espaldas. Es un general a quien ya no sigue… ni su asistente. «Señor… he redactado un texto, siguiendo vuestras órdenes, para dejar sin efecto el manifiesto. ¿Lo leo?..». El Rey no quiere seguir hablando con él: «Léeselo a Sabino… Ah, y mándalo después por télex». Los tanques vuelven a los cuarteles. El general que quiso «salvar a España» se va a descansar. En el palacio de la Zarzuela aquella noche no se apagó la lucecita. Fue, tenía que serlo, la noche de un rey que estuvo en vela, porque la paz de España estuvo en vilo.

Me informa un teletipo que don Jaime Milans del Bosch expresó su deseo de ser enterrado en el panteón militar del Alcázar de Toledo. Y así será. No me extraña, antes bien me reconforta tal coherencia. A eso lo llamo yo… genio y figura. Me hubiese gustado despedirle. En todo caso, don Jaime, hasta la eternidad.

31 Julio 1997

Milans del Bosch

José Luis Martín Prieto

RESPETANDO el dolor de su familia -entre la que se encuentra el muy querido por todos Alfonso Ussía- es hacer honor a la verdad, sin faltar al respeto que se merezca el difunto, recordar que quien fuera teniente general Jaime Milans del Bosch y Ussía era un militarote bastante chulo, de los que tienen a gala cagar cuadrado, ayuno de formación civil y que hace ahora casi 17 años reeditó el desastroso error de apreciación de la carga de la brigada de caballería ligera británica en Crimea, en Balaklava, contra un tren de batir de artillería rusa. Lo único bueno que tiene envejecer es contemplar escépticos y cínicos cómo olvidan las generaciones que vienen detrás, y así para nuestros adolescentes el 23-F de 1981 es ya la desconocida batalla del abuelito digna de figurar en los anaqueles junto a la bibliografía sobre el desastre del 98. Milans es el penúltimo de la lista de unos jefes militares decimonónicos cuya única experiencia en el teatro de operaciones del mundo fueron nuestros conflictos civiles, africanos y el frente de Leningrado en la división 250 del Ejército alemán. Hasta la lisonjera y retórica figura del príncipe de la milicia ha desaparecido del diccionario de los cuartos de banderas, y no hay gallo militar que saque los tanques a la calle ni aun pagando la gasolina de su bolsillo. Me atrevería a afirmar que Milans habría preferido ser fusilado que morir de viejo, en su cama y en el olvido.

Durante el cuartelazo que venía fraguándose de lejos y por distintos caminos, Milans no fue víctima de ningún engaño, ni siquiera de parte de Alfonso Armada; en todo caso sucumbió a su propio espejismo y quiso forzar la voluntad del Rey durante aquella tarde-noche interminable, no atendiendo sus llamadas personales por la red territorial de mando, delatando el cumplimiento de órdenes claras y expeditivas para que derrogara su bando marcial y acuartelara la división Maestrazgo. Mintió al Rey y a Sabino Fernández-Campo y esperó hasta el amanecer la reacción en cadena de otros capitanes generales, alguno de los cuales hubo de ser adormecido con ginebra por sus asistentes. Pudiendo hacerlo no conminó a Tejero, quien reconocía su liderazgo, para que desalojara el Congreso y liberara a diputados y Gobierno cuyas vidas peligraban seriamente. Su Estado Mayor estudió subir los tanques desde Valencia a Madrid por carretera aun repostando gasóleo en las gasolineras del camino y ante las dudas de la división acorazada Brunete I acantonada en la capital. Tejero fue un fulminante, un petardo, un buscapiés que corría solo e iluminado; Armada, un zorro lleno de dobleces, medias palabras y grandes ambiciones; Milans, un empecinado que nunca aceptó el régimen democrático ni la libertad libremente expresada de la nación y que con plena conciencia de sus actos se sublevó con disimulos, traicionó hasta su monarquismo alcanforado y nos llevó al borde de que se dispararan más tiros que los que afectaron al lucernario del palacio de la madrileña Carrera de San Jerónimo. Tal se pusieron de negras las cosas en aquella aciaga jornada que fue preciso sondear al ala táctica de Manises sobre si se plegarían los pilotos a bombardear una columna de blindados de Milans.

Con gran acierto político y siniestro total para la Justicia y la Historia aquella barbaridad en la que tantas voluntades militares y civiles estaban implicadas se jibarizó encapsulando las responsabilidades en un núcleo de 32 militares y un obeso sindicalista que quería movilizar a los serenos como tropa de apoyo. Milans ha muerto en silencio pero no sólo por discreción, sino porque apenas tenía manta de la que tirar que no fuera la que le cubría a sí mismo. Armada sabe mucho más, pero desde aquel día es una tumba viviente y se llevará muchos secretos a la huesa. Para todos aquellos protagonistas, ya que no respeto, sí una condescendiente comprensión. El más absoluto desprecio debe reservarse para quienes urdieron la asonada o la dejaron correr y no sólo no techaron con sus culpas, sino que se han visto recompensados en sus carreras y hasta pasan algunos por adalides de las libertades públicas. Sin ir más lejos el general Javier Calderón, número dos del Cesid el día de autos. Tirando del sentido común o fue felón o manifiestamente incompetente. Pues ni lo uno ni lo otro: el más listo y leal de todos hoy dirige la casa que no supo subdirigir y promocionando a todos los manglanitos en nuestra inteligencia de ópera bufa. Los papeles más interesantes de ese nido de huelebraguetas no son los de Perote sino los que José Luis Cortina alberga en su excelente memoria. Cuando se civilice el Cesid habrá muerto en verdad el espíritu de Milans.

30 Julio 1997

Don Jaime

Alfonso Ussía Muñoz Seca

Fue estricto y riguroso en su vida y en sus convicciones. Al final de su brillante carrera militar se equivocó gravemente y pagó con la misma gravedad su error. Pudo haber abandonado la prisión al cumplir los 70 años, pero se negó rotundamente. A los 65, después de nueve años de cumplimiento de condena fue obligado a recuperar la libertad. En su especial código de conducta no figuraba el alivio de la rectificación. Para mí, que fue engañado por alguno de sus compañeros, y para mí también, que estaba deseoso de ser engañado. Se ha marchado con su silencio a cuestas y han enterrado su cuerpo en el lugar que defendió hasta el milagro cuando era cadete.

Fue el militar de más alta graduación involucrado en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Asumió todas sus responsabilidades y aceptó su condena. De teniente general en la cárcel. Hasta sus más enconados enemigos han reconocido su hondísimo – para algunos arcaico – sentido del honor. No entendió en su momento la llegada de los nuevos tiempos y creyó más en el ánimo de su entorno que en el de la sociedad española que había elegido, por abrumadora mayoría, el difícil camino de la libertad.

Dio su palabra, cumplió con su palabra y se arruinó con su palabra. Otros se desmarcaron y se desdijeron. Ha sido el único español que se ha mantenido preso durante cinco años, durante más de mil ochocientos días, por voluntad propia. Escribirlo es muy fácil. Le hicieron creer – y lo creyó – que contaba con el más alto apoyo. Cuando en la noche del 23-F se encontró con la magnitud de la mentira, hizo lo que pudo. Anuló el bando del levantamiento, retiró las tropas a los cuarteles y se enfrentó con gallardía a su única derrota. Cuando salió de la prisión militar se encontró con una España que casi había olvidado la noche de su drama.

Se llamaba Jaime Milans del Bosch Ussía. Era primo hermana de mi padre y sus hijos han sido auténticos hermanos míos. Para mí, personalmente su participación en el golpe del 23-F fue una tragedia. Pero supe separar mi absoluto desacuerdo con su actitud de mi profundo respeto y cariño hacia su persona. Aquel golpe abrió dolorosísimas grietas en mi familia, y la convivencia se recreó en los malentendidos.

No son éstas palabras un intento de justificación. Sí de homenaje a un hombre que supo ser leal a sí mismo, y a sus convicciones e incluso a sus errores. Jaime Miláns del Bosch fue un gran militar. No sabía mentir. De haberlo hecho, podría haber sido un buen político, y hasta un estupendo escritor. Nuestra vida – la de los escritores – se mueve entre la realidad, la imaginación y la fábula. A los buenos militares sólo les importa su verdad, aunque ésta no se corresponda con la verdad ajena. Don Jaime Milans del Bosch fue un ejemplo de lealtad a su verdad, mantenida hasta el final desde la solead y el silencio.

Hoy le escribe estas palabras un sobrino entristecido por la noticia de su muerte. Entre un vivo y la quietud de una tumba no pueden existir las discrepancias. Sí la comunicación de un hondo cariño por el recuerdo de un hombre bueno y leal. Para un miembro de su familia es mucho más hermoso – y más literario – llorar la ausencia de un caballerazo consecuente que de un débil mentioso.

Dios te guarde, tío Jaime.

Alfonso Ussía

01 Agosto 1997

Menos don Jaime

Darío Valcárcel Lezcano

La mezcla de vínculos familiares y asuntos públicos suele crear confusión. Alfonso Ussía escribía anteayer un artículo equívoco – Don Jaime – sobre el ex general Miláns del Bosch. El respeto al que acaba de desaparecer – una cortesía a veces cuestionable – se mezcla aquí con versiones de aquel 23 de febrero que carecerían de importancia de no utilizarse abusivamente una tribuna pública. Viví el 23-F en la Redacción de ABC y recuerdo la claridad ejemplar del periódico en aquellas horas.

Considerar a Miláns un modelo de lealtad es una broma de mal gusto, quizá para decenas de millones de españoles. El entonces general se sublevó contra el orden constituido olvidando la norma básica del honor militar: la lealtad a los juramentos. Este es el primer escalón de todo heroísmo castrense. Lo demás es mala literatura.

Ningún general es el dueño de las fuerzas a su mando. Si las utiliza a su antojo – como el cajero que se lleva la caja – puede caer en la traición. Es posible que el general Miláns tuviera a su favor algunas circunstancias atenuantes – bajo nivel de lectura, hábitos adquiridos en un círculo social habitualmente simplificador – pero su deber saltó por los aires, llevándole al deshonor. Que se nos presente ahora como un hombre noble y engañado, a la espera de altos apoyos, es por lo menos, irresponsable. Si el general fue engañado, era su problema. Su deber, entre otros, era disponer de buena información. Las consecuencias de la traición consumada el 23-F hubiera podido desembocar en un baño de sangre, precisamente cuando los españoles habían decidido reanudar, después de tantas y tan terribles bifurcaciones, la vía del civilizado diálogo democrático. Y es en aquel momento cuando Miláns, equivocándose de continente creyéndose en Managua, sacaba sus carros de combate a la calle.

«A los buenos militares les importa su verdad, aunque esta no se corresponda con la verdad ajena». ¿Qué significa esta frase tan bonita? ¿El libre examen aplicado al acatamiento de la ley?

Al morir el reo de una grave sentencia ¿conviene aprovechar la oportunidad necrológica para justificarle? Al ensalzar a este caballerazo, termino al uso en las antiguas alumnas de la Asunción años cincuenta ¿no entramos de paso en la revisión del golpe? Aquella humillante, panameña noche de 1981 ¿no debe ayudarnos a restablecer el significado del honor militar?

Darío Valcárcel

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