29 agosto 1947

Con sus 'manoletinas' revolucionó el mundo del toreo

Muere el más popular torero español Manuel Rodríguez Sánchez ‘Manolete’ en la plaza de Linares abatido por un toro

Hechos

El 30.08.1947 la prensa dio cuenta del fallecimiento de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez ‘Manolete’.

Lecturas

El 29 de agosto de 1947 el Mihura Islero segó la vida de una de las figuras míticas del toreo: Manuel Rodríguez Sánchez ‘Manolete’. El diestro supo granjearse el afecto del público durante la posguerra española.

Además de un gran torero y un símbolo de la cultura popular en los años cuarenta, fue para el régimen una especie de embajador de la ‘fiesta nacional’, gracias a los grandes éxito que había cosechado en América.

Tras la guerra civil ‘Manolete’ se convirtió en un símbolo en la España nacional alcanzando un nivel de popularidad que no había sido ostentado jamás por nadie hasta la fecha y no solo en España, sino también en México y otros puntos de América.

De Manolete se reconoció siempre su entrega y seriedad con el público, manteniendo siempre la misma actitud de dignidad profesional fuera el toro mejor o peor y toreara en una plaza fastuosa o una pequeña. Su prematura muerte en 1947 encumbró aún más el mito del singular matador.

30 Agosto 1947

Poema a Manolete

Agustín de Foxá

Leer
Un día del mes de diciembre de 1944, después de una de las más brillantes temporadas rematadas por Manuel Rodrigues Manolete Hombre muy hombre, valiente, entre los.valienientes, artista entre los grandes como acaba de decir Luis Miguel Dominguín -testigo excepcional de sus glorias, de su maestría y de su trágica. muerte- un grupo de preclaros poetas, acaudillado por José María Pe mánl ofreció en Madrid al gran torero un homenaje literario. Nuestro colaborador, Agustín de Foxá, leyó entonces este admirable poema, que evoca maravillosamente el arte y la figura del inolvidable cordobés, severo, arrogante, justo, profundo como un Séneca del toreo.

Viene el juego de Grecia por el Mediterráneo,

¡oh toros entre redes de los vasos de Creta!

Pasifae en la playa contempla enamorada

al blanco toro entre la espuma fresca.

¿Fue en la vieja Tartesos que exportaba la plata

la primera verónica? ¿En que arcilla alfarera

que hoy es arqueología citó el primer torero

con púrpura fenicia a la mortal cabeza?

Muchos siglos prensados cual dorado racimos,

¡oh, MANOLETE!, hasta llegar a tu muleta.

¡Cuánta herida y mugido hasta tu pase de oro!

¡Qué pedestal de sangre te sustenta!

Bisontes de Altamira, abultados en ocre,

¿soñaron tu verónica que da alas a la seda?

Negros toros ibéricos incendiadas las astas

murieron sin la gloria de tu arena.

De la primera línea de las Plazas lejanas

a nuestra retaguardia sencillamente llegas.

Noventa y tres ciudades del toro has conquistado.

Noventa y tres redondas Alhambras se te entregan.

Ya están bajo la noche de las ganaderías

fraguando los feroces combates de la tierra.

Ríos de sangra brava se encrespan en los prados

e instintos milenarios, para que tú los venzas.

La puerta de la Gloria ya está abierta; has entrado

al Teatro terrible de la muerte de veras.

¡Qué perfume de dehesas en el toro cegado

del toril con su noche a una plaza sin velas!

La cornada en la seca armazón del caballo

ha abierto la sorpresa de unas entrañas frescas.

Y en el quite te llevas prendidas las heridas

y en la leña del asta cuaja un abril de seda.
Ya está el toro en el centro; paso a paso despacio,

te acercas al asombro de una embestida ciega

y deshojan su empuje dieciséis naturales

como pétalos rojos que en el aire se quedan.

El terreno del toro ya es tuyo. ¡Y qué terrible

esa arena arrancada a su mar de violencia!

¡Qué tierra movediza donde pones tu estatua

con un seto de Muerte que erizado te aprieta!

ya es intangible el toro; ya es inútil la malva.

La fina flor del campo y el Betis que la riega

solo la Muerte puede eternizar su giro

cuando, cuadrado, el rayo fulminador le acecha.

¡Qué tempestad de plata en su jardín de entrañas!

¡Qué vidrio en su mirada cuando inmóvil se queda!

Destruido por dentro, y por fin se derrumba

humillando a tus plantas su almenada cabeza.

Luego, amaranto y oro, o de manzana y plata,

das el giro al anillo, el trofeo en tu diestra,

como brasa de sangre, y parece la Plaza

un velero arbolado de pañuelos que vuelan.

Dos mil años de lidia sobre esta piel de España

(¡oh cráteres de luna de su redonda tierra!)

hasta ti, MANOLETE, que das ritmo y medida

al anárquico empuje del instinto y la fuerza.

Yo saludo al torero más valiente en el ruedo.

Saludo el abanico difícil de tu izquierda,

que hace al toro satélite, luna de tu oro antiguo

con órbita de estrellas.
Yo saludo en ti a Córdoba, olivares y ermitas,

surtidor de odaliscas, hoy cubierto con tierra,

que te dio esa elegancia de califa sin trono,

de Almanzor que no vuelve, que es desdén y nobleza.

El Análisis

Manolete: la muerte del mito que defendió la rojigualda

JF Lamata

España entera se detiene y enmudece: ha muerto Manolete. La cornada fatal del toro Islero, en la plaza de Linares, ha sellado el destino del que fue mucho más que un torero: fue un símbolo trágico de la posguerra española, un hombre cuya figura encarnó, sin proponérselo, la solemnidad austera de un país herido. Su silueta, enjuta y triste, su rostro taciturno y esa manera grave y estoica de lidiar al toro, conectaron con el alma colectiva de una nación que aún lamía las heridas de la Guerra Civil. Manolete no hablaba, no sonreía, no agitaba las banderas de ningún bando: se dejó llevar por lo establecido, aceptando los honores de Franco como aceptaba la suerte del morlaco en el albero. Su único gesto político, paradójicamente, ocurrió lejos de casa: en la plaza de México, cuando se negó a torear bajo la bandera republicana. Él sólo aceptó torear si era bajo la bandera legal de su país: la rojigualda. Fue abucheado y casi linchado, pero se impuso, con su toreo, como sólo los grandes pueden hacerlo. Indalecio Prieto, que vivía exiliado en México, lo dijo todo en una frase: «Este es el primer español que no hace el ridículo en México desde Hernán Cortés».

Manolete fue mito antes de ser mártir. Lo fue en vida por su entrega, por su estilo grave, por esa forma de torear sin alardes ni adornos, mirando al toro a los ojos y a la muerte de frente. Y su muerte le terminó de consagrar. En un país necesitado de héroes sin discurso, de figuras que pudieran unir sin dividir, él se alzó como el gran referente popular. Sólo temía a su madre y amaba, en secreto y contra el protocolo, a Lupe Sino, la actriz que quedó como viuda sin papel, sin flores y sin derecho a duelo. Murió como vivió: silencioso, serio, trágico. En el ruedo, en su sitio. Con su muerte, no solo cayó un torero: se cerró una era. La España que le sobrevivirá seguirá buscando ídolos, pero difícilmente volverá a encontrar uno tan auténtico, tan hondo y tan inexplicablemente suyo.

J. F. Lamata