6 noviembre 1960
Muere Erich Raeder y Walter Funk, dos de los tres jerarcas nazis condenados a cadena perpetua en Nuremberg
Hechos
Erich Raeder falleció el 6 de noviembre de 1960.
Lecturas
El anterior preso de Spandau en quedar libre había sido Doenitz
Erich Raeder murió el 6 de noviembre de 1960 (había salido de la prisión de Spandau en 1955).
Walter Funk murió el 31 de mayo de 1960 (había salido de la prisión de Spandau en 1957).
Las siguientes salidas de Spandau serán en 1966.
Ha fallecido Erich Raeder
El almirante Erich Raeder nació el 24 de abril de 1876 en Wandsbeck. Salió de la Escuela de Marina en 1897 con el título oficial: siguió los cursos de la Academia Naval; fue agregado a la Sección de Información de la Marina de Guerra. Como capitán de corbeta hizo la guerra internacional de 1914 en los cruceros Seidlitz, Lutzkov y Hindenburg. Dirigió después de la guerra la Sección Central del Almirantazgo alemán. Fue nombrado contraalmirante en 1922 y luego inspector de la Marina. En 1924 ocupó el cargo de jefe supremo de las fuerzas navales en el mar del Norte y más tarde del Este. Después de ascender al grado de vicealmirante se le nombró jefe supremo de la Marina de Guerra en 1935.
Raeder era considerado como el depositario y guardián de las tradiciones de la Marina germánica, la cual pudo, gracias a él, conservar a través de los cambios políticos su perfecta unidad. Mientras que el nazismo penetraba en el Ejército y en la Aviación, la Marina resistía, alejada de las pasiones políticas.
El 29 de mayo 1940 Hitler convocó a los comandantes de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire para decidir la invasión de Inglaterra. Todos los jefes militares aprobaron calurosamente este proyecto. Raeder fue el único que se opuso y en vista de la indignación del Fuhrer presentó su dimisión, que fue rechazada. Se abandonó el proyecto de invasión. Hitler no quiso entonces disgustar a la Marina porque ella le era muy útil para la guerra submarina. En el verano de 1942 Raeder fue sustituído por el almirante Doenitz.
Raeder fue detenido en 1945, al mismo tiempo que otros jefes militares alemanes. Las fuerzas de ocupación aliadas consideraron que era culpable de tes delitos en lugar de cuatro. Uno de ellos, la agresión contra Noruega hecha con la colaboración de Quisling y Rosenberg. Se le condenó a cadena perpetua y fue puesto en libertad en septiembre de 1955.
El Análisis
Con la muerte de Erich Raeder y Walter Funk, desaparecen dos de los tres condenados a cadena perpetua por el Tribunal de Nuremberg que aún vivían fuera de la prisión. Ambos abandonaron Spandau hace años, por razones de salud, sin haber cumplido íntegramente sus sentencias. La justicia de los vencedores, como siempre, mezcla el castigo ejemplarizante con una piedad final que, en estos casos, raya en la indulgencia. Mientras tanto, la inmensa y desproporcionada prisión de Spandau —custodiada por turnos por las cuatro potencias aliadas— aloja hoy solo a tres hombres: Albert Speer, Baldur von Schirach y, sobre todo, el espectro solitario de Rudolf Hess.
Funk, que fue ministro de Economía del Tercer Reich y colaborador entusiasta en la maquinaria de expolio nazi, se despidió con una plegaria por los compañeros que dejó atrás. Palabras de aparente remordimiento que, sin embargo, no ocultan el hecho de que su condena —como la de Raeder, artífice de la Kriegsmarine hitleriana— se diluyó mucho antes de su muerte. La simbólica perpetuidad que el tribunal de Nuremberg quiso imprimir a algunas sentencias ha sido desmentida por la práctica. Y aunque la historia no se escribe solo con barrotes, sí deja preguntas incómodas: ¿hay condenas que deben cumplirse hasta el final, o bastan unos años y el olvido?
Rudolf Hess, el preso más incómodo del nazismo derrotado, sigue encerrado, probablemente para que al menos uno de ellos pague en vida, hasta el último día, por el conjunto del horror. Pero mantener toda una prisión internacional abierta para él solo, como si fuera una reliquia maldita que nadie quiere ni liberar ni enterrar, es también una muestra de la confusión moral de una Europa que aún no sabe cómo gestionar su memoria ni su justicia.
J. F. Lamata