28 agosto 1983

Es enterrado en San Sebastián con la bandera ikurriña en su féretro

Muere José Bergamín, el intelectual cuya amargura contra España le llevó a abrazarse al entorno de ETA

Hechos

El 28 de agosto de 1983 muere D. José Bergamín Gutiérrez.

Lecturas

El 28 de agosto de 1983 muere D. José Bergamín Gutiérrez. Nacido en Madrid, pero en el final de su vida decidió morir en Guipúzcoa, donde se instaló en octubre de 1982, pidiendo que en su féretro no hubiera ningún símbolo español, dado que acabó despreciando a su país.

Después de su muerte el batasuno Alfonso Sastre usaría su memoria para atacar a Aranguren. 

29 Julio 1983

La España Tenebrosa

J. Abiraneta

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La firma J. Abiraneta era un seudónimo en el que es ocultaban diferentes personas, entre ellas Erauskin. Bergamín aseguró ser el autor del texto 'La España Tenebrosa'.

«En medio de la ‘nocturna monarquía de lo tenebroso’ (Góngora) se perdió España para los españoles. ¡Amigos –clamaba con su voz más viva José Ortega y Gasset– nos han deshecho la patria! Cabezas y corazones de piedra golpeando sobre el sólido nacional nos lo han hecho polvo… Un día soplará una ráfaga y España será aventada como la duna en el desierto. Y Rubén Darío: Un cisne negro dijo ‘La noche anuncia el día’. Y uno blanco ‘La aurora es inmortal, la aurora es inmortal! Oh tierras de sol y de armonía aún guarda la esperanza la caja de Pandora!

(Sí. Pero los cisnes ya no hablan. No dicen nada. La peste socialista les ha hecho un nudo con su cuello para impedírselo. Puede que cuando mueran les dejen cantar para aterrorizarnos con su voz. El cisne al morir, como el ángel al caer, canta dando un espantable graznido»).

29 Agosto 1983

Bergamin y 27

Francisco Umbral

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José Bergamín muere con el puntazo -como espá viejo que era- de no haber entrado nunca en nómina y antología del 27. Era sólo de la generación del 27 cronológicamente y porque escribía versos, pero sus versos, precisamente, le separan, le distancian del 27 y le certifican a Unamuno e incluso a Sor Juana Inés de la Cruz.Todo escritor quiere salvarse colectivamente en la gloria generacional. Azorín, incluso, se inventa una generación, el 98, para salvarse dentro. Es el zapatero de portal del 98. Borges, llegado a España en estos días, ha reiterado su menosprecio por la inanidad de Azorín. El viejo capa José Bergamín no tenía por qué temerle a eso, pues que es uno de los escritores al margen del escalafón -Ranión, Miró-, cuyo bloque generacional es la soledad: los que uno más ama. Pero Bergamín -«el insuficiente Bergamín» de Juan Ramón- es un casi excesivo modelo de escritor fronterizo y cimarrón, al que le coge un aire, el aire guadarrameño de Unamuno, y le roza de costado un fastuoso trasatlántico: el 27. Quiso meter lo uno en lo otro y ése fue su error genial de escritor genialoide. La clave de Be.rgamín nos la da Gracián, unos siglos antes: «El ingenio se propone excesos y logra prodigios». O sea, que hay que ponerse a jugar con las palabras y, si uno es creador, siempre sale algo. Si no, el algo lo da la creacionalidad natural del idioma. Así, ideas libres/ ideas liebres. Un juego muy Bergamín. Las ideas libres corren como liebres. Sólo que Unamuno se juega la vida a cada uno de estos juegos y Bergamín no se juega nada. Es un Unamuno «desdramatizado», como dicen hoy los ministros.

Siempre me ha fascinado el caso de los escritores sin sitio, quizá porque yo sea uno de ellos. Bergamín no lo tuvo nunca. Para 27 resulta demasiado desentrañal, demasiado Unamuno, y para Unamuno o 98 queda un poco mondaine. Su fascinación es su marginación (mucho más apasionante de estudiar que la marginación fáctico/política). Frente a la Revista de Occidente saca Cruz y Raya, que Juan Ramón, caprichosito e implacable con él, llama «revista del más y el menos». Aunque la revista del más y el menos llegara a dar textos tan’ perdurables como el ensayo sobre lo cursi, de Gómez de la Serna. Cuando Ortega dice «lo cursi abriga», está citando tácitamente a Ramón, y Marías, que no lo sabe, anota puntualmente la frase del maestro. Estuvo siempre sin sitio, Bergamín, como torero sin toro que lidiar, y Jorge C. Trulock, siendo redactor / jefe de un semanario donde colaboraba, Bergamín, me lo dijo una vez: «Le he propuesto al di-, rector dar los originales de Bergamín directamente, por la belleza caligráfica y las correcciones, ya que, entenderse, no se van a entender de todos modos». Algunas noches cené con él, por los finos oficios de María Cuadra y el doctor Barros. Fue cuando me dijo aquello:

-«Al pobre Juan Pablo I lo han dormido en el Señor».

Siempre de foulard (Vilallonga le hubiera dicho que el foulard no se lleva hace 20 años), tuvo una época tardofranquista de cenar en El Alabardero, junto a su casa de la plaza de Oriente. Luis Lezama le puso rinconera con cornucopia y fotos sepia. «Le vamos a dar a usted la mesa de don José, que esta noche no viene». Siempre era un toque. Quiso ser Unamuno y 27 al mismo tiempo.

Síntesis imposible. Sus ideas libres / liebres estaban ya, más que en el conceptismo de Unamuno, en el automatismo de Bretón. A este gran escritor le cogieron todas las corrientes del siglo, y ya se sabe que las corrientes son malas.Drama callado

Más que exiliado de la guerra, exiliado de la Iglesia o exiliado del exilio, yo veo a Bergamín exiliado del 27. Me parece que es el drama callado de su vida. Pero el 27 es una gran generación a dos aguas: surrealismo europeo del momento (Aleixandre, Lorca); racionalismo Valéry/Perse. El 27 viene del institucionismo y de Juan Ramón, claro: dos inventos laicos. La moral del 27 no está.en los versos, sino en la decisión de no moralizar en verso. La conflictividad de Bergamín y, el trascendentalismo de las formas (sonetos barroco/conceptistas/unamunianos) hacen de él un gran poeta- metarisico que nada tiene que ver con los exentos poetas del 27, entre los que siempre quiso estar. Ésta me parece hoy la clave/llave de su vida/obra. Era un egregio exiliado natural, sí, pero, más que de la cronología, de la poesía.

 

29 Agosto 1983

Los años se le vinieron a los ojos

Eduardo Haro Tecglen

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Le esperé casi al pie del avión. El carné de periodista me abrió algunas barreras; el grupito de amigos -no muchos- se quedó al otro lado de los cristales, con las sonrisas de bienvenida borrosas por los reflejos y por una cierta inquietud. El regreso del exiliado era una escena siempre un poco incierta. El protagonista llegaba inseguro, un poco trémulo, sobre todo por el otro miedo, el de un reencuentro con algo que podía no ser ya lo que fue, ni lo que la imaginación -y el relato, y la lectura, y el, ensueño, y el recuerdo: tantas traiciones había elaborado. Bergamín venía, en el avión, pensando en ello. Lo ha escrito luego: «El viajero que por primera vez visita España, o el que vuelve a ella después de alguno o de muchos años de ausencia, puede volver a-encontrar la España de Goya y de Velázquez donde estaban, en el Museo del Prado -como pudo encontrarla fuera, en la lectura de Cervantes, de Galdós..-. Pero ¿la encontrará en la vida española, en la España viva que está viendo, oyendo, sintiendo? ( … ). ¿Los paisajes, los lenguajes las gentes… siguen siendo o estando en este ámbito vivo del mundo español, con nueva apariencia» claro es, pero con algo o mucho que evoque, que recuerde, que perviva … ?».Al otro lado, en París, le había llevado hasta el avión gracias a miento. otro documento cuerpo diplomático- Alonso Gamo, poeta y cónsul que había trabajado largamente para conseguir su regreso. De sus manos a las mías, que le pasaron al grupito de tras los cristales donde ya estaban las palmadas en la espalda a la española, los abrazos, los besos, las frases preparadas. Había salvado en un rato -entonces, con las hélices, tres horas- los años y años de distancia. El funcionario de la policía le había retenido el pasaporte: «Pase a recogerlo mañana a la Dirección

de Seguridad». Se le explicó que no era nada, una rutina, un paso habitual en el escenario del regreso del exiliado. El susto, el miedo, la amargura vendrían tiempo después cuando alguien influyente, en un periódico poderoso, le denunció como criminal en potencia (¿para qué citar nombres. de autor y periódico? El primero ya murió … ) y le obligaron a tomar de nuevo el camino del exilio para escapar a amenazas muy graves.

En los exilios, como en el regreso, José Bergamín era como una figurilla desprotegida, era un gorrión diminuto y levísimo, con un hilo de voz desesperante para quien quería escucharle, y desentrañar el juego de paradojas y de vocablos que estaba en su conversación como en sus escritos.Su primer libro se llamaba El cohete y la estrella, y ese juego de luces repentinas y efimeras fue siempre el suyo. «Don de aire, do-naire o Don Aire», decía, por ejemplo, hablando de Madrid: «Don Aire de Madrid, con su habitual airoso, luminoso, señorío, dominio de sí mismo…». Y esos hallazgos propios los hacía en los clásicos, a los que leía con esa mirada separadora, fragmentista, capaz de aislar una sola expresión que podría parecerle tan profunda como el todo, como la obra. Como cuando el Pedro de Urdemalas de Cervantes dice de sí mismo: «Yo soy hijo de la piedra, que padre no conocí»; o el autor del Lazarillo describe el entierro de su héroe ,,en aquella cárcel tan tenebrosa en la cual quedará acompañado por su perpetua soledad», o la frase «Tinieblas es la luz donde hay luz solo», de Unamuno; o «la mejor máscara es el rostro», de Nietz sche; o «un hombre completo es un pueblo en pequeño»* , de Novalis. De estos breves y luminosos hallazgos -cohetes, estrellas deducía -Bergamín lo que puede ser lo más importante de la obra que deja, si lo dice así el tiempo: una crítica literaria nueva, un descubrimiento propio de los clásicos.

Este gorrión levísimo, casi inaudible, se burlaba de su propia figura. Contaba que años atrás, en la playa de esta misma ciudad de San Sebastián donde ahora muere y donde él suponía que desde las alturas -materiales- había un obispo con un catalejoy un teléfono, para denunciar las inmoralidades, un guardia municipal le quiso multar porque sólo llevaba un calzón de baño. Le acusó (le obscenidad, y él, señalando su cuerpo exiguo, le replicó: «Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que lo que estoy es lúgubre?». Y constataba también que su rostro era hereditario: a su padre, que fue ministro de la Corona, un enemigo político le acusó de ser «un hombre de dos caras». %Y cree usted que si tuviera otra iba a llevar puesta ésta?».

Así pisó, con patitas de pájaro, la tierra del exilio. México, largo tiempo,- el París de Malraux, donde tenía una celda monástica, que correspondía con su frugalidad y con el catolicismo paradójico que le acompañó creo que siempre, y que definía con esta frase: «Yo iré, con los comunistas hasta la muerte, pero ni un paso más allá». Venía a mi casa de París con la receta y los ingredientes para hacerse un gazpachuelo andaluz que le unía gastronómicamente con una lejanía malagueña apenas experinrentada, quizá heredada. Como la nariz . Venía también Novais (padre).

La memoria es siempre un poco espectacular -o lo es la mía-, un poco dada a fijar momentos únicos más que continuidades-, instantáneas -«un instante eterno», decía él que era la pintura de Velázquez- y así tengo, a fragmentos, los recuerdos de Bergamín. También nuestras vidas han sido escasamente paralelas. El gazpachuelo, la puerta del avíón..-. Una, tarde en el Café de Flore, donde antes de llegar a la mesa de mi cita se detuvo y abrazó a un hombre grandote, de pelo blanco, y luego me dijo: ¿Cómo no saluda usted a Alberti?». Y es que yo no reconocía en este hombre venido físicamente a más al que veía de niño esbelto en un mono azul de guerra (todavía apenas le hablo cuando le veo: y es de respeto, de admiración, de enorme sentimiento de la distancia personal por lo máximo en su género).

Dejamos de vernos. Él dejó de verme antes; cruzaba por la Taberna del Alabardero hacia la mesa de ángulo, donde había un cartel permanente; le saludaba yo, charlábamos un rato y, si luego hablábamos por teléfono, le oía decir: «Hace tanto tiempo que no te veo…». Y es que no me había reconocido, ni visto. Los años se le habían venido a los ojos. últimamente hablé de él en París, con Florence Delay. Me explicó que había un grupo de amigos de Bergamín en París que regularmente le mandaban alguna cantidad de dinero -porque, claro, el gran escritor ha muerto pobre- y algunas cartas: no contestó nunca. «En, esas cosas él es así…».

14 Septiembre 1983

De X a X

Rafael Alberti

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José Bergamín y yo fuimos siempre grandes amigos. De X a X. Dios y el diablo. André Malraux decía: «El realmente católico es Alberti, y el comunista, Bergamín». O sea, que yo era Dios, y él, el Diablo. ¡Quién puede saber si esto ha sido verdad!Supe de su muerte muy tarde. Me enteré después de pasados más de tres días. Estaba yo en Sicilia. Bajaba aquella noche del Etna, de una de sus laderas achicharradas por la lava volcánica. Cascotes, piedras inmensas, todo negro, rodante, resbaladizo. Descenso peligroso entre la densísima niebla que se había levantado de súbito, precipitando la entrada de la noche. Yo venía de recitar en aquellos solitarios espacios:

Su aliento, humo, sus relinchos, fuego,

si bien su freno espumas…

Una octava real de la Fábula de Polifemo y Galatea, para un breve film sobre el cíclope ojanco mitológico y la bella ninfa hija de Nereo, homenaje a don Luis de Góngora, que prepara la isla de Sicilia en honor del poeta cordobés, creador del más genial poema de entre todos los que narran la furiosa ternura del temible gigante enamorado. Y me acordé inmediatamente de José Bergamín en Sevilla, en compañía de Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, García Lorca y yo. Era en el mes de mayo de 1927. Fecha del tercer centenario de la muerte de don Luis. De ese acto conmemorativo iba a nacer el nombre de generación o, como ya se ha establecido definitivamente, Grupo del 27, al que yo, con más o menos complacencia hoy, pertenezco. Allí Bergamín, junto a las de Dámaso Alonso, pronunció nuevas palabras, juicios agudos, punzadores, para el hasta entonces vilipendiado poeta de las Soledades y el Polifemo, poemas de los que García Lorca y yo recitamos al alimón algunas de sus laberínticas silvas y fulgurantes octavas, arrancadoras de sorprendentes aplausos en aquella sala del Ateneo de Sevilla.

Ya Bergamín había publicado entonces El cohete y la estrella, Enemigo que huye y Tres escenas en ángulo recto, anticipando en estas tres obras todas las particularidades, ingeniosas complicaciones, torturas, relámpagos y enrevesamientos de su estilo.

Yo lo veía casi todas las mañanas, bien en su casa o por las calles y paseos de Madrid. Su voz venía como de una caña distante, del silbido de un junco playero o, quizá, como el aire de las quenas bolivianas, del afilado tubo de algún hueso acusador de su esqueleto. La verdad es que me ha sacudido su muerte, después de su salto desde la sierra onubense de Aracena al País Vasco, adonde quiso exiliarse y en el que ha exhalado su último suspiro.

Amigo fidelísimo, como enemigo peligroso, más tarde, lo veía y no lo veía. Pero casi siempre me llegaban noticias de sus insuperables faenas valerosas, ya en su peregrinaje por París, Venezuela, México, Madrid, el Uruguay. Cuando yo estaba en la Argentina, él se encontraba en Montevideo, en donde nos veíamos con frecuencia, ya que el Gobierno peronista nunca lo dejó entrar en Buenos Aires. Coincidió en Montevideo con la visita al Río de la Plata de Juan Ramón Jiménez, su admiradísimo poeta y amigo de otros días. Juan Ramón, antes de nuestra guerra, se había peleado con él por cosas, casi siempre arbitrarias e injustas, que el andaluz universal solía provocar entre sus más adictos amigos. Bergamín me dijo que estaba dispuesto a verlo. Pero Juan Ramón me hizo decir a Bergamín que si estaba dispuesto a retractarse de todo, publicándolo antes en algún periódico, lo recibiría. Se lo comuniqué así a Bergamín, quien, entre divertido y molesto, me dijo que él no tenía que retractarse de nada. Y lo mandó definitivamente a paseo.

Después de su regreso a España y de ser expulsado pocos años más tarde por el ministro de Propaganda, Manuel Fraga Iribarne, se refugió en París, en donde, con la ayuda de Malraux, vivió hasta su regreso definitivo a España, en 1970. Allí en París lo solía ver escribiendo en el Café Flore, alguna vez en compañía de algunos pintores españoles.

Una de las veces que tuve más relación con Bergamín, pero de carácter epistolar, fue -él ya de nuevo en Madrid y yo todavía en Roma- antes de la muerte de Franco, desde el 10 de mayo de 1971 hasta el mes de julio de 1972. Nos escribimos cartas poemáticas, en verso, con toda clase de métrica. Cartas de nostalgia, de tristeza y desconsuelo a veces, satíricas, divertidas, mordaces, pensando en esa España que ansiábamos y no llegaba nunca, perplejos ante la incógnita de la monarquía que el régimen franquista estaba preparando. De X a X, firmábamos aquel epistolario lírico, en el que sobre todo relucía nuestra amistad durante más de medio siglo. Así lo decía Bergamín en una de aquellas epístolas:

Equis soy… Equis eres… Equis fuimos…

Y somos de repente dos equis juntas como el siglo XX.

José Bergamín ha muerto como perdido, lejano, pero ejemplarmente, íntegro, en su fe, en su desilusión de tantas cosas, admirado, pero conocido, para lo extraordinario que era, no tanto como merecía; discriminado, marginado, como personaje molesto, con el que para muchos no era muy grato tropezarse.

Ahora, antes de terminar estos breves pasajes de nuestra amistad, quiero recordarlo en la plaza de toros de Jerez, viendo torear a un torero por él muy ensalzado, y en la presentación de un nuevo Ebro suyo, La música callada del toreo, para el que yo le escribí un soneto. Allí estábamos -primero, presenciando la corrida, con la princesa de Orleans, -admiradora de Bergamín-, el doctor José Luis Barros, José Manuel Caballo Bonald y el editor Manuel rroyo. ¡Cuántos toros se acordarán ahora de Bergamín y cuántos toreros todavía le brindirían a su muerte el último toro de la tarde!

De Bergamín no puede despedirse uno diciéndole: Descanse en paz, ya que a él, en esa postura de descanso pacífico, no lo podemos imaginar nunca. Si ha llegado a las puertas del infierno, en el que creía, tal vez se haya encontrado con su amigo Luis Buñuel, otro creyente de las llams eternas. Pero a Bergamín, con la voz baja que tenía, no lo habrán escuchado los diablos y la entrada no le habrá sido posible. Y puede ser que tampoco haya sido escuchado en la portería del cielo. ¿Qué hará entonces Bergamín? ¿Por dónde andará? ¿Qué espacios habrá elegido, peregrino maravilloso, siempre errante, en busca de una patria que le dé asilo verdadero y lo comprenda?

De X a X. Quiero enviarle ahora, como despedida, un raro trabalengua andaluz que nos repetíamos casi siempre que nos encontrábamos:

Doña Dírriga, Dárriga, Dórriga, trompa pitárriga,

tiene unos guantes de pellejo de Zírriga, Zárriga, Zórriga,

trompa pitárriga, le vienen grandes.

Grande le viene todavía a muchos la obra peregrina de este extraño poeta y pensador que, entre ikurriñas y oraciones en vasco, ha sido enterrado en tierra vasca en el cementerio guipuzcoano de Fuenterrabía.

El Análisis

VALIENTE CONTRA EL FRANQUISMO, COBARDE FRENTE A ETA

JF Lamata

Nada de lo que puedan decir los enemigos de José Bergamín contra él quitará el hecho de que se atrevió a poner su firma contra el poder, un poder tan absoluto como es el de una dictadura, para solidarizarse por las víctimas de la represión franquista. Lo hizo en un momento en que no era fácil hacerlo y donde no serían pocos lo que cuando nadie mirara opinarían lo mismo que él, pero que a la hora de firmar optaban por pensárselo mejor. Su valentía en aquellos momentos está fuera de duda.

Pero fuera de dudas está tan bien toda la valentía que le faltó para, en su etapa de escribir para las publicaciones de ETA, la revista PUNTO Y HORA y el periódico EGIN, haber puesto una sola letra en contra de los asesinos de ETA. Nunca lo hizo en el periodo 1979-1983. Sabía el motivo por el que le querían: para escribir textos despotricando de España y su monarquía, y si prestó a ello. Fue también su decisión. Pero su falta de empatía con las víctimas de ETA enturbiaba su solidaridad con las víctimas del franquismo de una década antes.

Bergamín murió en 1983, pero el respeto que podía merecer murió desde el momento en que negó que ETA fuera terrorismo para asegurar que ellos eran ‘los que se defendían del terror’. Descanse en paz.

J. F. Lamata