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Muerte repentina del periodista de DIARIO16, Francisco Cerecedo durante un viaje con Felipe González

07 Septiembre 1977

DÓNDE SOLÍA

Miguel Ángel Aguilar

En Bogotá un aneurisma criminal ha terminado con Cuco, mi hermano. Quien tantos riesgos asumió sin pose ni arrogancia alguna como enviado especial en las guerras y guerrillas del medio mundo, llevaba en la aorta coroide una bomba de relojería para su cerebro. Eso explica la escuela literatura clínica del Hospital Militar. Pero su cerebro, su talento, también venía siendo considerado peligroso en ciertos círculos de la política, fuera y dentro de España.

Cuando empiezo a teclear estas líneas, aquí en el hotel en la misma máquina donde Cuco mecanografió sus últimas crónicas para DIARIO16, tengo el corazón embotado y los ojos ardientes por su muerte, que ha ido a sorprenderle en plena tarea periodística. La misma que desde hace doce años nos había unido.

Coincidimos por primera vez en la aventura del diario MADRID. Arrancábamos de circunstancias vitales muy distintas pero nunca fue posible que conspirasen contra una amistad siempre afianzada. EL paro y la penuria se alternaban con épocas más benignas de empleo y salario. A Cuco le sobraba sentido del humor e ironía galaica para dramatizar o engreírse y para distinguir la necesidad de la virtud.

Ahí está su ejecutoria profesional, sobre la que habrá que volver ocn detalle más despacio. Ahora me urge decir que frente a tanto maestro de periodistas nacido de los bombos mutuos de la dictadura, tenemos que alzar la figura de Francisco Cerecedo, al que ‘El Tiempo’ de Bogotá define en un editorial como un producto de la inquietud intelectual y la pasión periodística.

Los caminos para medrar en periodismo estaban y están meridianamente claros en la reciente historia de nuestro país, pero no eran los de Cuco. Es inútil buscarle en las nóminas de los premios y condecoraciones. Basta repasar la relación de sus viajes para descubrir su interés por aquello conflictos sobre los que pesaban los silencios más intencionados.

La tierra del Oriente Medio la vieron caminar junto a los guerrilleros sin más credencial que la de francotirador del periodismo. Mucho más duro tenía que resultarle al regresar a Madrid convencer a tanto inútil encaramado en la jerarquía del valor de sus reportajes y lograr que se los pagaran.

Después de aquella travesía del desierto, que supuso para muchos de nosotros el cierre del diario de MADRID, volví a coincidir con Cuco en los inicios de POSIBLE, en la que plasmó la huella de su talento. Luego hemos seguido juntos la andadura de CAMBIO16 y DIARIO16.

Vino a proponerme la serie ‘Figuras de la fiesta nacional’ que quería publicar coincidiendo con las corridas de la última feria de San Isidro. Resultó una explosión de gracia y de talento que ya nadie pudo  discutir. Aguantando sin enmendarse, por decirlo con su terminología taurina, siguió con la serie ‘Y Fraga cogió su fusil’ que nos llevó juntos al Juzgado. Acababa de estrenarse como cronista parlamentario desde su sección ‘El Hemicisco’, pero se había ganado desde el comienzo un lugar de honor en las antologías del género.

Hasta Madrid, donde regresó con infinita tristeza, me acompañan las últimas cintas con entrevistas grabadas por él y los últimos rollos fotográficos impresionados durante su gira latinoamericana. Vuelvo con un sentimiento de inmensa gratitud a Hernando Santos, subdirector de ‘El Tiempo’, a Belisario Betancourt, candidato a la presidencia de la República; a Pepe fajardo y a toda la Embajada española, por cuanto han hecho para atender a Cuco durante su enfermedad y lograr su último regreso a España.

Miguel Ángel Aguilar

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