16 enero 1920
Los primeros pasos fueron las Conferencias de la Haya de 1899 y 1907
Nace la Sociedad de Naciones con el objetivo de garantizar la paz y evitar que vuelva a producirse una Primera Guerra Mundial
Hechos
El 16.01.1920 inició sus funciones la Sociedad de Naciones desde el ministerio de exteriores de París (Francia).
Lecturas
El 28 de abril de 1919 se anunció el proyecto de constitución de una Sociedad de Naciones. Una iniciativa del presidente de los Estados Unidos de América para evitar que se repita una tragedia como la Primera Guerra Mundial, es aprobada en la conferencia de Paz que se desarrollaba en París. El proyecto de Wilson contempla la creación de un organismo internacional encargado de arbitrar los conflictos entre estados. La Sociedad de Naciones está, pues, destinada, a garantizar un nuevo orden político mundial y sus miembros se comprometen a auxiliarse mutuamente en caso de guerra, al mismo tiempo que se comprometen a reconocer el arbitraje del Tribunal Internacional de La Haya. Queda por determinar de qué manera la Sociedad de Naciones podrá castigar a quienes violen la paz.
–
MIEMBROS DE LA SOCIEDAD DE NACIONES
Primeros miembros con rango «permanente» – Francia, Reino Unido, Italia y Japón.
Primeros miembros con rango «no permanente» – España, Bélgica, Brasil y Grecia.
–
¿SOCIEDAD PARA LOS GANADORES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL?
Inicialmente los países invitados a formar parte de la Primera Guerra Mundial son los 32 que se alinearon con la Entente durante la contienda y 13 neutrales. Quedaban así expresamente excluidos los países perdedores, las potencias centrales: Alemania, Austria, Hungría y el Imperio Otomano.
–
–
El objetivo de la Sociedad de Naciones era que hubiera un foro donde estuvieran representados todos los países para que desde la mesa de negociaciones pudieran resolver todos sus problemas sin hacer necesaria la guerra.
–
EL PRIMER SECRETARIO GENERAL
–
Primeras decisiones de la Sociedad de Naciones:
El Análisis
Con la entrada en vigor del Tratado de Versalles, nace oficialmente la Sociedad de Naciones, el más ambicioso intento hasta la fecha de ordenar el mundo sobre principios de paz, arbitraje y cooperación entre naciones. Su primer secretario general, el británico Sir James Eric Drummond, ha sido designado para dar forma a este organismo que, en palabras de sus fundadores, busca evitar que la humanidad vuelva a precipitarse en el abismo de una guerra como la de 1914-1918. La premisa es noble: que los conflictos no se resuelvan en los campos de batalla, sino en las salas de negociación. Pero la pregunta persiste: ¿puede la diplomacia sustituir a la fuerza cuando los intereses de los poderosos están en juego?
La propia composición inicial de la Sociedad ya deja ver las limitaciones de ese ideal. Han sido excluidos los vencidos de la Gran Guerra —Alemania, Austria y Turquía—, como si la paz pudiera construirse dejando fuera a quienes más razones tendrán para desafiarla. También ha sido vetada la nueva Unión Soviética de Lenin, pese a que nadie puede negar que el régimen bolchevique es ya un actor determinante en la política europea. Pretender que un orden mundial puede asentarse ignorando la mitad de sus protagonistas es, cuando menos, ingenuo.
Drummond y los arquitectos de Ginebra tienen ante sí una misión titánica. La creación de la Sociedad de Naciones es, sin duda, un signo de progreso moral en la política internacional. Pero el riesgo es evidente: que la institución se limite a ser un foro de buenos propósitos sin herramientas reales para hacerlos cumplir. En un mundo donde la fuerza ha sido durante siglos el último argumento, las buenas intenciones deben ir acompañadas de una arquitectura eficaz, inclusiva y realista. La paz no se mantiene con discursos: necesita de reglas, sí, pero también de voluntad de cumplirlas. Y de reconocer, desde el principio, que nadie queda fuera del tablero.
J. F. Lamata