21 febrero 1934

Los sandinistas consideran que los somocistas tendieron una trampa a los opositores

Nicaragua: Asesinado el líder rebelde Augusto César Sandino por la Guardia Nacional de Anastasio Somoza

Hechos

El 21.02.1934 se produjo el asesinato.

Lecturas

El líder de la guerrilla nicaragüense Augusto César Sandino ha sido aprehendido y asesinado en un campo de aviación cercano a Managua este 21 de febrero de 1934. Miembros de la Guardia Nacional detuvieron a Sandino y a sus acompañantes, los generales Estrada  y Umanzor, y don Gregorio Sandino, padre del jefe revolucionario, cuando salían de la residencia presidencial.

Acababan de asistir a una cena que les había ofrecido el presidente Sacasa, para celebrar los nuevos acuerdos de paz entre Sandino y el Gobierno. Hacía ya un año que Sandino y sus hombres se habían retirado a cultivar las tierras que en Las Segovias les había concedido el gobierno, tras firmar un acuerdo de paz. La Guardia Nacional no respetó el acuerdo y continuó hostilizando a los hombres de Sandino.

Cuando la situación se hizo insostenible a comienzos de año, Sandino viajó a Managua. Con su presencia en la capital parecía haberse logrado el clima de pacificación buscado. Parecía confirmarlo unas fotos en las que se veía a Anastasio Somoza – Jefe de la Guardia Nacional – abrazando a Augusto César Sandino.

Poco duró la comedia somocista. Sandino y sus generales fueron ejecutados a medianoche con fuego de ametralladora. Su hermano, Sócrates Sandino, fue asesinado a la misma hora. A Don Gregorio lo dejaron en libertad.

En 1936 Anastasio Somoza García asumirá la presidencia de Nicaragua. 

Anastasio Somoza García será el hombre fuerte de Nicaragua hasta 1956. 

El Análisis

La traición a Sandino: cuando el poder teme al símbolo

JF Lamata

Augusto César Sandino ha sido asesinado. Con él muere no solo un hombre, sino el símbolo más persistente de la dignidad nicaragüense frente a la intervención extranjera. Guerrillero, autodidacta, místico incluso, Sandino había librado una lucha tenaz —y en buena medida solitaria— contra la ocupación estadounidense que marcó la historia reciente de Nicaragua. Cuando muchos optaron por el acomodo o el silencio, él eligió resistir en las montañas, convirtiéndose en leyenda para unos y en molestia para otros.

Su asesinato, perpetrado tras un acuerdo de paz con el Gobierno provisional, no fue un arrebato. Fue una ejecución premeditada. Lo mataron cuando ya había entregado las armas, cuando había apostado por la reconciliación nacional. El ejecutor material fue la Guardia Nacional, pero el responsable político y beneficiario directo tiene nombre: Anastasio Somoza García, jefe de esa misma Guardia, formado y armado por Estados Unidos. Somoza entendió lo que Sandino representaba: un obstáculo insobornable a sus ambiciones autoritarias. Y lo eliminó.

La muerte de Sandino no es el fin de su causa. Es su consagración. Al desaparecerlo, los hombres del nuevo orden —más interesados en la estabilidad del poder que en la justicia— han creado un mártir que seguirá cuestionando desde la memoria aquello que quisieron sepultar con balas. Porque Nicaragua, aunque sometida, aún recuerda a quienes se atrevieron a decir “no” donde otros callaron. Y Sandino dijo “no” hasta el final.

J. F. Lamata